sábado, 10 de abril de 2021

EXPERIENCIAS SEXUALES

 Lo reconozco, la vida de hombre sin compromisos sentimentales es un mundo complejo, donde no siempre resulta fácil estar a la altura, en especial cuando te enrollas con una jugadora de baloncesto que te saca una cabeza. 

Pero, en realidad, ese es el menor de los problemas. El problema fundamental reside en conseguir contactar con mujeres, ¿y qué mejor sitio que esas aplicaciones para solteros, separados, divorciados, curas de incógnito y demás tropa? 

Yo me metí una vez en una y pronto comprendí que las mujeres se dividían entre las que buscaban conversaciones serias y las que querían reír. Uno, más necesitado que un ñu en la temporada de sequía en la sabana, daba me gusta a toda foto que iba acompañada de dos pechos y la primera con la que hice match fue una de las que buscaba conversaciones serias y ahí me empleé a fondo. Tras el primer hola y su respuesta la pregunté: "¿Qué opinas de los resultados obtenidos en el Gran Colisionador de Hadrones y la posibilidad de que exista una quinta fuerza fundamental, hasta ahora desconocida?" Imagino que se puso a buscar información sobre el tema y aún anda en ello, porque no me volvió a contestar. 

La segunda vez que el match llamó a mi puerta fue con una de esas mujeres que quieren reír. Tras el pertinente saludo la conté lo siguiente: "¿Te querrás creer que diez minutos antes he hecho match con otra mujer que quería conversaciones serias, la hablé de lo ocurrido en el Gran Colisionador de Hadrones y no me ha vuelto a contestar? ¿A que es para partirse?" Paso un rato y me llegó su respuesta: "¿Me lo estás diciendo en serio?" Y yo, que ya veía camino el camino abierto, contesté: "Sí, aún tienen que volver a interpretar los datos, pero parece que la quinta fuerza existe". Y no volví a saber nada de ella. Desde entonces  solo hablo del Gran Colisionador de Hadrones cuando estoy de copas con los colegas, justo después del Asturias patria querida.

A pesar de todo, no me ha ido mal en la vida en el tema de las mujeres. Incluso se podría decir que tengo una cierta experiencia con ellas. Y sí, voy a contar algunas anécdotas con ellas. 

En la primera, y ocasiones única, ocasión en que te acuestas con una mujer existe un tema peliagudo: quitarla el sujetador. Existen dos posibilidades: quitárselo a la primera, ante lo cual la respuesta es siempre la misma: "Se nota que tienes experiencia", que, por lo general, se acompaña de una sonrisa pícara. Reconozco que alguna vez con ganas de decir que he trabajado cuatro años en una fábrica de Playtex, pero me he mordido la lengua a tiempo, porque a un colega que gastó la broma a una mujer con la que acababa de pillar obtuvo como respuesta que "a ver si era posible que le sacara unos cuantos a precio de fábrica" y de ahí a compartir casa hay cuarto de hora.

Luego está aquellas ocasiones en las que es más fácil quitar un cinturón de castidad que los cierres del sujetador. Ahí la respuesta de ellas suele ser algo como lo que sigue: ¡Jajaja! Eres un poco torpe con el sujetador. Al principio te quedas un poco descolocado, lo que, a la larga, resulta más adecuado, porque si contestas como yo hice: "Con el modelo nuevo, el que salió hace tres años, no me ocurre. Es solo con este modelo, que ya está descatalogado, entre otras cosas por la dificultad para quitarlo", la cosa puede que no vaya por el mejor camino.

Pero antes del sujetador siempre está la pregunta típica: "¿Pero tú qué tal en la cama?". Antes daba explicaciones y demás, pero ahora ni me molesto. Me limito a sacar la cartera y rebuscar, entre los condones y los billetes, el certificado ISO 22000 de calidad sexual y seguridad alimentaria (hay que contemplar todos los aspectos). Se le enseño y me ahorro explicaciones. Yo, en estos casos, soy más de aportar pruebas, aunque, la verdad, reconozco, que fue un poco violento cuando los inspectores de calidad estuvieron tomando notas mientras practicaba sexo. 

Yo, lo reconozco, soy un tipo con suerte. Recuerdo una vez que ligue con una tía y a las dos horas estábamos en su cama practicando el bello arte del sexo nocturno. Cuando estábamos en los prolegómenos ella me dijo que no solía hacer esto y que era la primera vez y ahí fue donde yo pensé que era un tipo con suerte: era la quinta vez que una mujer me decía eso en lo que iba de año. ¿A qué es para sentirse afortunado? Todas las mujeres que echan una cana al aire por primera vez me tocan a mí.

Una cosa que no soporto, lo reconozco, es que, si el plan es para una sola noche, ella me llame cariño. Lo detesto. En estas ocasiones siempre me viene a la cabeza una anécdota real que me ocurrió en un trabajo que tuve hace muchos años. Repito que es real. Tenía un compañero de pueblo, con su barba cerrada y su apariencia rural, pongamos que se llamaba Rubén, y otro que era lo que técnicamente se llama una loca, le denominaremos Roberto, este último le sacaba una cabeza al hombre rural. Un día a Roberto se le ocurrió anteceder una pregunta de la palabra cariño y la respuesta del nuestro agreste hombre fue inolvidable: "A mí solo me llama cariño mi mujer y mi madre". Pues cuando una mujer en la cama me llama cariño, si solo hay sexo, me entran ganas de contestar lo mismo que Rubén; pero luego pienso que para poder decir eso tengo que buscar una mujer y casarme con ella y se me quitan las ganas. 

Dando vueltas a este asunto llegué a una solución, que desde entonces uso con notable resultado. Cuando el vocablo cariño aparece por segunda o tercera vez suelo decir con voz indecisa que me gustaría pedirla algo, pero que no me atrevo. Ella suele responder: ¿A ver qué es? Yo la digo que me da un poco de palo y ella insiste en que la cuente lo que pienso y ahí es cuando, con voz temerosa, la digo que nunca nadie me había hecho disfrutar tanto con el sexo oral como ella, que si no la importaba repetirlo... y un halago de este tipo no suele folla..., perdón, fallar.

Una vez me encontré con una mujer que me pedía que firmásemos un consentimiento para practicar sexo, la cosa me pillo un poco de sorpresa, pero rápidamente la remití a mi apoderado (llevo tantos años viviendo en el pueblo que yo no tengo representante, como los de ciudad, tengo apoderado, como los toreros). Al final, quedamos en echar un polvo, y si nos gustaba y repetíamos llevábamos ambos un documento de consentimiento firmado. En esa ocasión no estuve a la altura. Pensaba en todo lo que debía llevar en la cartera para darme un revolcón: condones, certificado ISO, certificado de penales, documento de consentimiento mutuo, certificado médico de no padecer enfermedades contagiosas... y se me vino todo abajo; especialmente eso. 

Lo que sí recomiendo es no beber mucho antes de enrollarte con una mujer. Seguro que todo el mundo piensa que el rendimiento baja con el alcohol, puede ser, pero el mayor problema viene al día siguiente cuando te despiertas y ves a tu lado una mujer despeinada, con el maquillaje corrido, que en nada se parece a lo que el sexto gintónic te hizo ver. Si fuese una compra por Internet se podría pedir que te devolvieran el dinero, o el polvo, por publicidad engañosa. Lo jodidos es cuando te dicen: "Podemos desayunar juntos".  La respuesta es inmediata: "Me encantaría, pero soy sagitario y los sagitario no desayunamos los... ¿Qué día es hoy?¿Sábado? ¡Gracias! Pues eso, que los sagitario no desayunamos los sábados". 

Todo esto puede parecer una exageración, que lo es, pero puedo asegurar que alguna de las cosas contadas, convenientemente deformadas, son reales. 

Y ahora voy a ver si echo un ratico en el Tinder, que anoche estuve con una vegana y me supo a poco.



viernes, 26 de marzo de 2021

AÑOS CIEGOS

No supo bien porqué, pero comenzó a rememorar toda aquella época convulsa de su vida. 

Recordó ese dolor intenso de cabeza y los mareos recurrentes que se habían convertido, en los últimos días de aquel lejano tiempo, en compañeros fieles, e indeseados. Sintió un pequeño escalofrío cuando le vino a su mente aquella sensación que sintió durante ese tiempo. Esa sensación de que su pequeño mundo se veía aún más constreñido, debido a la incapacidad para realizar algunas de las acciones básicas que constituían su vida previsible.

Aspectos como conducir se habían convertido en poco más que una utopía, en especial si eran trayectos de larga duración. Sus relaciones sociales se redujeron al mínimo posible. El dolor, los mareos y, sobre todo, la preocupación por el origen, aún desconocido, de estos problemas lo empujaban, siempre que era posible, a encerrarse en su cuarto con las persianas bajadas, a oscuras, huyendo de cualquier estímulo que pudiera empeorar su, ya de por sí, mala situación.

Tras unas semanas desde el inicio del malestar físico, éste no remitía y las diversas pruebas médicas no parecían ser las apropiadas para alcanzar un diagnóstico, que permitiera abordar la patología con éxito. Nada. Solo dolor, en ocasiones insoportable, y la sensación continua de aturdimiento, esa era la constante que hilvanaba el tiempo discurrido desde aquel sábado en que todo comenzó. 

Una mezcla de miedo e impotencia iba adueñándose de él, hasta que no hubo lugar para casi nada más en su pensamiento. Miedo a lo desconocido, al dolor, al sufrimiento e impotencia por desconocer la forma de acabar con todo ello. Al menos, eso pensaba él en ese instante.

Al fin buenas noticias: alguien puso nombre a todo ese maremagnum de sufrimiento físico y emocional: un cuadro ansioso-depresivo. Aunque, tras la alegría inicial, cayó en la cuenta de que su dolencia no iba a remitir tras una pequeña intervención o con la mera ingesta de unos fármacos. Pero hasta ahí llegó toda su lucidez, porque a partir de ese instante se dejó caer por el tobogán de la depresión, exhausto por todo el trabajo para sobrevivir que había desarrollado para llegar hasta ese punto límite de sus existencia. 

Ahora, años después, allí, viendo el atardecer, recordaba los hechos como algo casi etéreo, sin que levantase ningún sentimiento en él. Todo formaba parte de un tipo de recuerdo aséptico, que había contribuido a que él estuviese disfrutando de los colores cálidos que un sol en retirada dibujaba sobre las escasas nubes del firmamento estival estival.

Siguió, sin proponérselo de manera consciente, detallando en su fuero interno todo lo que le acontenció en esa circunstancia. Recordó esas semanas, de una densidad viscosa, en las que el dolor iba, de manera progresiva, disminuyendo hasta llegar a desaparecer; pero el alma, si alguna vez la tuvo, había abandonado su cuerpo y él solo deambulaba por el espacio y, sobre todo, por el tiempo, casi siempre encerrado en casa. Algo tan sencillo como ir a comprar el pan constituía un reto titánico. Las personas generaban en él un terrible desasosiego, rayano en una crisis de ansiedad. 

Había caído la careta de hombre duro y, en ocasiones, procaz, que llevaba años usando a modo de piel encallecida, para evitar que los demás conocieran su verdadera forma de ser. En esos instantes no había nada que esconder, solo comenzar a enfrentarse con él mismo y con su realidad. Y había muchas cuestiones que abordar y solucionar, algunas de ellas ni tan siquiera imaginadas en ese instante.

Continuó dejándose llevar por esa corriente densa y envolvente, compuesta de la nada, durante unos meses, hasta que llegó la frase que quebró todo lo establecido hasta ese momento: "¿Y tú qué estás haciendo para mejorar?" La persona que la pronunció nunca podrá tener una idea exacta de lo que supusieron esas palabras: volver a querer protagonizar la propia existencia. Y desde ahí todo supuso una batalla, primero contra lo que habitaba en su interior, y después, mucho después en algún caso, contra aquello que le había conducido a esa ciénaga.

Recordó en ese instante del presente, mientras daba una calada a un cigarro, como agradeció esa frase a la persona que la pronunció, de la que ella no tenía constancia en su recuerdo. A veces los profesionales de la mente, ayudan más por amigos, que por su profesión. Nunca se lo había planteado hasta ese momento. 

Tras el impacto que aquella obviedad representó, la solución nunca va a venir de fuera,  se estableció se estableció en él una pugna silenciosa y constante entre su estado anímico y la necesidad de atajar esa situación, para revertirla. La tristeza, la apatía, el miedo constituían la parte fundamental del lienzo constituido por cada uno de los segundos de su vida, pero, en una esquina inferior, iba dibujándose, sin estridencias, pero sin remisión, una luz vívida, que iba impregnando cada vez más fragmentos, minúsculos aún, del cuadro que conformaba su presente. Todo siguió la evolución lógica, hasta llegar a conformar una escena típica del tenebrismo de Caravaggio: una luz central iluminaba la escena, quedando muchos espacios envueltos por una oscuridad de diferente intensidad. 

Y ese fue el paisaje hasta que todo estalló en mil pedazos, imposibles de reconstruir. La mentira, la traición, la avaricia y la mezquindad ajena, que siempre estuvieron ahí, pero nunca quiso ver, le asestaron un golpe devastador. La traición solo puede venir de aquel en quien confías. Pero el grado de la traición es lo que marca la diferencia. Y existen gradaciones insoportables, que definen a sus ejecutores y a los que la sufren. Y, en ocasiones, el impacto resulta tan demoledor que todo se convierte en un naufragio. Un naufragio en tierra firme, en su tierra firme, que casi constituyó el fin. Por momentos sopesó la idea de acabar, pero nunca sintió la necesidad real de hacerlo. Sin saberlo, tenía grabado a fuego que la vida, su vida, sería siempre el mayor tesoro que podría alcanzar y, por tanto, debía conservarla. Nada ni nadie podría arrebatárselo.  

A pesar del dolor, que había descosido cada uno de sus puntos cardinales, siguió sobreviviendo, otra vez. No fue hasta pasados unos meses que comprendió que la misma persona que había provocado esta situación también había generado la anterior. Dos formas diferentes de aprovecharse de alguien, con un resultado similar: llevarla al extremo de su capacidad anímica. Existen muchas formas de maltrato asumidas como conductas socialmente aceptadas, pero eso, en aquel instante, no formaba parte de su pensamiento.

Un día, durante un leve momento, sintió, mientras practicaba deporte, una de esas rutinas que sabía no podía abandonar, pues de hacerlo caería sin remedio en un pozo sin fondo, que la luz había vuelto a penetrar en él. Entonces comprendió que había comenzado el lento inicio, que le conduciría a algún lugar distante. Un lugar no ubicado en el espacio, más bien se encontraría localizado en el baúl de la autoestima, que suele ser el que abre la puerta de la felicidad intermitente, lo máximo a lo que podemos, y debemos, aspirar. Sí, la luz había retornado; aunque fuese débil y fugaz.

Sentado en el patio de su casa, contemplando como la noche se imponía y los últimos rayos de luz estaban a punto de claudicar ante la luminosidad de la luna llena, recordaba aquel fogonazo de esperanza, que constituyó el inicio de todo lo que había de venir. Jamás comprendió por qué se produjo en ese instante, que desencadenó ese atisbo de cambio, pero sí supo, desde el instante en que lo vivió, que suponía su redención y se aferró a ese salvavidas lo mejor que pudo y supo.

Durante ese período buscaba el placer inmediato, sin contraprestaciones que generasen vínculos duraderos. A pesar del sentimiento de soledad, estuvo acompañado, sin él apreciarlo, por su gente. Conoció a nuevas personas, que le aportaron lo necesario para ir tirando hacia un lugar anímico más confortable. El viaje duró varios años, pero salió alguien nuevo de todo aquel trayecto. Ahora se conocía y sabía de su vulnerabilidad en determinados aspectos, pero también de su fortaleza para apartar de él todo aquello, resulta más correcto decir a todas aquellas personas, innecesarias o dañinas. 

Esa determinación se tradujo en conocer y disfrutar de nuevas personas, entre ellas mujeres con las que compartió lecho para algo más que practicar sexo, con las que disfrutó de placeres como viajar, comer, beber, sumergirse en el arte, hablar de todo y de nada... Pero, sobre todo, este nuevo planteamiento le permitió conocer cuán limitado había sido su mundo anteriormente; cuán absurda había sido su apuesta a un solo número, a una sola realidad, que, además, distaba mucho de ser la que él creía conocer. Aunque, a fuer de sinceridad, la realidad siempre fue esa, solo su ceguera le impedía contemplar los hechos. Ello le llevó a comprender que las personas somos un poliedro con distintas facetas y que el error mayor que se puede cometer es elegir una cara, la más vistosa, sin analizar el resto. Resulta imprescindible conocer las diferentes perspectivas para poder decidir.

Ahora, dando una calada a ese porro de marihuana, poseía la certeza de que todo aquel drama le había servido para valorar lo imprescindible. 

Ahora, cuando le quedaban pocos días de vida, la metástasis le había corroído por dentro, comprendía que los años vividos desde aquellos sucesos constituían la preparación necesaria para aquel tiempo de plenitud que había vivido. La plenitud de los besos en labios nuevos. De las caricias dirigidas desde ojos por estrenar. Esa misma plenitud que le llevaba a saber que fumaba marihuana porque le gustaba el estado que le había vivir, y no porque le ayudaba a sobrellevar los ciclos de quimioterapia que había recibido. Esa misma plenitud que le llevaba a contemplar el que podía ser su último atardecer con vida, poniendo para ello todos sus sentidos en la belleza de lo que sus ojos abarcaban, apartando de sí todo aquello que solo contribuye a perder los instantes irrepetibles. Esos instantes que no supo apreciar durante aquellos años ciegos. 

Cerró los ojos y vio su rostro. No pudo evitar sonreír. Nunca la pudo conseguir, aunque durante años sintió algo muy fuerte por ella (él creía que ella por él también). Pero no pudo ser. No supo o no quiso ir más allá. Y ahora, mientras su pupila volvía a contemplar el horizonte, no se arrepintió de nada. Comprendió que siempre había que dejar algún sueño por cumplir y ella había sido ese sueño.

jueves, 28 de enero de 2021

NO EXISTEN LOS HÉROES

"Todo el mundo es especial. Todo el mundo es un héroe, 
un amante, un loco, un villano..."

V de Vendetta




En estos tiempos convulsos, donde nada se parece a lo que hasta hace bien poco parecía lo lógico, se oye hablar de héroes. Héroes a los que se le aplaude o, en algunos casos, se trata como apestados, por estar en contacto aquellos a los que les ha tocado la china de enfermar. Héroes que, al fin y al cabo, resultan ser las mismas personas que hace dos años. Héroes que hacen, más o menos, lo mismo que cuando no eran aclamados como héroes. Héroes que no ha mucho, clamaban por la mejoría de su campo, para beneficio de todos y que, para muchos, en aquellos entonces eran unos villanos. Al fin y al cabo, personas a las que se las ha decidido convertir en héroes porque resultaba lo más apropiado en estas circunstancias para ocultar la realidad. 
Para comenzar debemos aclarar que esas personas, a las que convirtieron los medios, y parte de la sociedad, en superhumanos, desempeñaban trabajos que requerían estudios universitarios: médicos, enfermeros... Poco se hablaba de los auxiliares y muchos menos de celadores o personal de limpieza que recogía los deshechos contaminados de médicos y enfermeras. Y este detalle no es casualidad. No cabe duda de que en los medios de comunicación luce más una persona con estudios superiores, que una persona sin ningún título o con uno de EGB o de la ESO, cuya labor resulte, igualmente, imprescindible para la sociedad. ¿Cómo se iban a justificar los salarios miserables que cobran estas personas? Resulta más útil para justificar las desigualdades centrarse en personas con batas y estudios superiores. 
También resulta esclarecedor que poco o nada se habla de otros héroes, que han bregado, y bregan, con sus trabajos en los peores momentos. A mí me viene a la cabeza un primo mío, que durante el confinamiento del año pasado,se contagió en su trabajo, envasando pienso para perros. O la mujer que realizaba la ayuda a domicilio de lunes a viernes a mi padre. O el transportista que no encontraba lugares para parar, al menos en un principio. O la cajera y el reponedor del supermercado. O un amigo que trabaja en los cuerpos y fuerzas de seguridad del Estado que me llamó al principio de todo para que preguntase a mi pareja, sanitaria, como se ponía la mascarilla que le habían dado. O cualquier otra profesión que usted, amable lector, conozca y considere que se debe incluir en este listado. Pero, volvemos a lo mismo, lucen menos que otros profesionales en los medios, porque reconocer que personas cuyo trabajo no requiere determinada cualificación solo pueden ser considerados como imprescindibles, se da de bruces con el modelo neoliberal que nos venden los medios.
Pero  ni los unos ni los otros son héroes. Nadie es un héroe ni un superhéroe por hacer su trabajo. Solo son, somos, personas desempeñando su profesión. 
Alguien podrá alegar que el riesgo que corren los sanitarios es mayor. Cierto, pero tengan por cuenta que si el sanitario no tuviera comida que le han vendido en una tienda o supermercado, tras haber sido transportada y producida por otros trabajadores, no podría haber salvado vidas. Y todo esa cadena ha seguido funcionando. De igual forma si no se hubiesen producido y trasladado el material médico necesario no se habría podido llevar a cabo su labor.
Y aquí radica la esencia del asunto: muchos trabajadores llevando a cabo su labor normal durante un período de excepcionalidad, han conseguido que todo siga funcionando, mejor o peor. Pero, sin embargo, la atención se ha focalizado sobre solo un pequeño colectivo que, ¡ojo!, ha cumplido su papel de manera excepcional, jugándose, en algún caso de manera literal, por desgracia, la vida. ¿Por qué se han centrado los medios en ese reducido grupo de trabajadores? La respuesta parece obvia: Si no se hablase de héroes y se reconociese que lo indispensable para que salga adelante una sociedad son los trabajadores, el tinglado neoliberal del emprendimiento, las reformas laborales, la creación de riqueza por parte del empresario y demás estupideces del credo neoliberal se habrían visto desacreditadas. Por eso, antes reconocer que el emperador iba desnudo, han necesitado crear héroes, focalizando la atención sobre un reducido grupo de trabajadores. 
Si uno echa la vista atrás todos los gurús de la Economía, jetas que defienden la explotación del ser humano, callaron durante esos primeros meses, y no solo eso nadie los echó de menos ni necesitó de su concurso para abordar la situación. En esos momentos, y en estos, y en todos, los que contribuimos a que todo funcione con nuestro trabajo, y en ocasiones con nuestra vida, somos los que realizamos el mismo trabajo que realizábamos antes de la aparición de la pandemia. 
Uno reconocé que no aplaudió nunca a las ocho. Me limité a dar las gracias a mi pareja y a una amiga enfermera por su labor. Como se la doy a mi primo, aunque yo no tenga perro, a la auxiliar de ayuda a domicilio que iba a casa de mi padre. A los trabajadores de la residencia donde está mi madre y cualquiera que esté haciendo su trabajo para que todo esto funcione. Porque no somos héroes. Somos trabajadores realizando la misma actividad laboral que hacíamos antes de que todo esto se nos viniera encima. Consiguiendo que todo esto funcione, aunque sea de otra manera, como hacíamos que funcionase  hace dos, tres o diez años.
Un saludo.

miércoles, 20 de enero de 2021

CORAZÓN LOCO

Cuando uno, con demasiada frecuencia, escucha comparaciones entre hechos para justificar comportamientos despreciables, no puedo evitar acordarme de la letra de esa magnífica copla titulada Corazón loco. En especial de ese fragmento que reza: "Cómo se puede querer a dos mujeres a la vez y no estar loco". ¿Por qué? Muy sencillo: porque esas falsas diatribas solo esconden una realidad: la laxitud de ciertas personas a la hora de seguir los principios que predican por tierra, mar y aire, erigiéndose, en muchas ocasiones, en la quintaesencia de la honestidad. Todo muy en la línea de esa Iglesia todopoderosa de tiempos pretéritos, cuya forma de actuar parece haber calado tanto en los de un lado como en los situados frente a ellos en lo verbal, lo de ideológico es mucho más cuestionable, en especial cuando llegan al poder.
Este subterfugio dialéctico, recurso de quien carece de argumentos o hechos que mostrar, oculta una verdad apabullante: la falta de principios. Los hechos comparados pueden ser aberrantes, sin tener que elegir entre uno y otro. 
¿Qué prefieres, que te extraigan las unas de los pies o que te den cuatro hostias mientras permaneces atado? 
¿Qué es mejor, un ladrón que milita en un partido que no es el tuyo o un mangante, afín ideológicamente, pero que ha robado poco? 
¿Qué te gustaría más, una noche de lujuria con Rosi de Palma o comer en un restaurante de los que salen en Pesadilla en la cocina?
Ese es el nivel del argumentario del personal. Pero el problema no reside en ese tipo de dicotomías ficticias. El núcleo del asunto radica en si uno es coherente con los argumentos que defiende y no tanto si los demás comulgan con los planteamientos de uno. En otras palabras: resulta muy fácil ver la paja en el ojo ajeno, pero no tanto la viga en el propio. Y este tipo de planteamientos distractores no son más que cortinas de humo con la finalidad de desviar la atención, ajena y, en ocasiones, la propia, la de la propia conciencia, sobre actitudes nuestras o de los nuestros. 
Por supuesto, todos tenemos contradicciones varias en nuestras vidas, en nuestras ideas o en nuestros actos, pero estas contradicciones, asumibles o no, resultan más llevaderas, e incluso fácilmente subsanables, cuando no ponemos con saña la lupa sobre los demás, dictándoles lo que deben y no deben hacer y nos preocupamos más de nosotros mismos.
También mejora mucho esa percepción de nuestras contradicciones y las hacen más fácilmente subsanables, si es el caso, cuando nuestros hechos muestran que en muchas ocasiones hemos mostrado coherencia con nuestras ideas y valores. Sin embargo, aquí existe un hatajo, usado por políticos de variado pelaje, periodistas (o lo que sean) y seguidores acérrimos de unas siglas: cambiar, con más o menos disimulo, esas ideas o valores, en función de lo que "se puede" o "no se puede" hacer. 
Si se recapacita sobre este asunto, lo único que varía es la posición de quien muda de ideas o valores. El resto de variables no suelen cambiar, son las mismas que cuando se optaba por las primigenias ideas o valores. En este caso solo ha mutado una cosa:  ya no se predica, ahora se debe dar trigo y las personas tienen la pésima costumbre de no alimentarse de palabras, ni de promesas. 
Por supuesto, ante esta situación de las cosas siempre se puede plantear la disyuntiva: ¿Acaso preferís lo otro?. De nuevo una pregunta absurda. Yo prefiero que la gente cumpla con aquellas ideas que decía tener; pero la memoria es muy frágil y la capacidad para no dejarse arrastrar por esas trampas dialécticas por parte de ciertas personas también es frágil. Sin embargo, imagino que a una parte del personal, estos planteamientos ladinos, aunque no tengan una respuesta fácil, les generan un malestar interno, que es un claro indicador de que las cosas no son lo que parece. Porque ese tipo de cuestiones te vuelven el corazón loco.
Un saludo.

miércoles, 13 de enero de 2021

REFLEXIONES REFLEJAS

 Resulta clarificador que el sistema de libre mercado penalice a la gente con menor capacidad adquisitiva cuando necesita servicios básicos, debido al "incremento de la demanda" (ley de la oferta y la mandanga). Esto se ha podido comprobar estos días, no solo en nuestro país, con el incremento del precio de la electricidad y en otras ocasiones, cuando los productos de primera necesidad escasean (a veces porque unos pocos los acaparan). El mercado siempre funciona para los que tienen dinero.


Al hilo de este asunto cabe reseñar la miserable actuación de la gente de Podemos, echando balones fuera, cuando hace unos años aparecían en todos los medios indignados por este problema. Es culpa de la Unión Europea, de las empresas y de mi prima, la del pueblo. Los gestores están para solucionar problemas, máxime si estos han sido objeto anterior de critica por esos mismos gobernante. Echar la culpa al empedrado no es una opción, ni moral ni operacional, y mucho menos intentar disfrazar la inacción con la excusa de que solo se tiene un mínima representación parlamentaria. Cuando se tuvieron bastante más representantes en el Congreso no se quiso pactar, por tanto, los responsables de que ahora tengan menor representación no son los ciudadanos, si no sus políticas erráticas. Y, por otra parte, si en el Gobierno no se consiguen unos mínimos, o unos máximos, lo más digno es irse y apoyar en aquello con lo que se esté de acuerdo.


Siento un alto nivel de saturación cuando oigo hablar del Gobierno de la Comunidad de Madrid, en manos de una inepta supina. En la comunidad autónoma donde vivo, gobernada por el PSOE, tenemos en estas fechas el mayor porcentaje de afectados por COVID-19, debido a la estulticia manifiesta de nuestros gobernantes. Esta ineptitud, reconocida en parte por ellos mismos (se les olvida comentar aspectos como alardear de que el confinamiento de la comunidad no sirve para nada o aumentar el horario de la restauración para las cenas de empresa previas a la Navidad) no aparece en los focos mediáticos mañana, tarde y noche, porque lo que importa en conseguir el Gobierno de la Comunidad de Madrid. Lo que se haga o se planteé a la hora de abordar las cuestiones no es algo crucial, mejor acudir a las vísceras para conseguir lo que se quiere. 


Me importa una mierda lo que ocurre en EEUU y la lucha de sus élites por copar el poder. Tal vez porque esas élites, los unos y los otros, sean los que hayan potenciado un sistema neoliberal deshumanizador.


¿Alguien se acuerda cuando las autoridades autonómicas reivindicaban que ellos gestionarian mejor el problema asociado al COVID-19? A uno le vienen a la memoria politicastros de Madrid y Cataluña y lamenta mucho que no existan delitos que puedan juzgar el populismo y la incompetencia. En este sentido también me acuerdo de personajillos, pretendidamente de izquierdas, como Suso del Toro, hablando sobre qué haremos con Madrid cuando comenzó la segunda oleada. Tal vez, sea mejor que hagan algo útil en su región para que la derecha no gobierne, elección tras elección, con mayoría absoluta.


Ya escribí hace tiempo sobre la necesidad que tenemos de solucionar los problemas con inmediatez, como si los seres humanos estuviésemos por encima de la Naturaleza. Deberíamos aprender a ser modestos; comprender que, a pesar de nuestra tecnología, somos un engranaje más del Universo y cuando la Naturaleza alza la voz a nosotros solo nos queda bajar la cabeza e intentar capear la situación lo mejor que podemos. 



Por si alguien lo duda, un estado fuerte evita o minimiza que muchos de los problemas que ocurren cuando todo se sale de la norma acaben en un desastre absoluto. No se pueden cubrir todos los supuestos, pero si se puede dar respuesta a muchos de ellos de manera pronta y eficiente, con una organización poderosa de las administraciones.


¿Cuántos de los que se han manifestado a favor de la Ley Celáa o la defienden se la han leído?






viernes, 8 de enero de 2021

PEREZA

En estos últimos meses no he escrito ni una sola línea en este blog. Aunque no dejaban de rondar ideas por la cabeza, un cierto cansancio me alejaba de esta bitácora. En estos tiempos, en los que todo parecía girar en torno a Internet, y sus diferentes formas de expresión, el que suscribe sentía una profunda pereza me impulsaba a huir lo más lejos posible de este alterego que es mi blog.
Esta época de ausencia no ha sido baldía, determinadas cosas han cambiado en mí, o no, tal vez solo me haya despojado de cosas superfluas; aún no lo tengo claro. Pero no he venido aquí a hablar de mi libro interior. Me apetece mucho más hablar de la pereza que me provocan ciertas cuestiones que me rodean y que, sin ningún tipo de pereza, intentaré describir.
La primera vez que sentí la necesidad de escribir, tras meses de desidia, fue cuando escuché, por enésima vez, a alguien, uno más, pontificando sobre la necedad de los que no pensaban como él y su falta de principios y cultura.
Me producen mucha pereza, y otra serie de sensaciones mucho menos beatíficas, esta gente, tan ocupada en juzgar a los demás que, da la impresión, no tienen capacidad para vivir su propia vida. El mismo esquema de pensamiento que los curas y las beatas nacionalcatólicas. ¡Qué pereza! Gente que no ama, que no es capaz de ponerse en el lugar del otro. Personas que solo descalifican, que siente resquemor por el otro, por el diferente, aunque a algunos de ellos se les llene la boca con el diferente, sobre todo si es de otro color o profesa una religión que no sea la católica. 
Gente que produce pereza. Gente que ha visto en esta desgracia, en este virus que nadie sabe como parar, un caldo de cultivo óptimo para criticar a los demás por sus malas costumbres. Gente que deja entrever que infectarse es poco menos que un castigo, casi divino, por no seguir las normas. ¡Qué pereza les da pensar en que las personas se infectan en sus trabajos, comprando o abrazando a sus hijos! ¡Qué pereza da esa superioridad moral!
Pereza produce, a mares, esa gente que habla de su libertad para no llevar mascarilla, para no pagar impuestos y luego se queja de la libertad de las personas para decidir morir dignamente. Pereza producen los que, en nombre de una falsa libertad, intentan imponer su visión esclavista a los demás. Va siendo hora de que dejen a la gente vivir y morir como les salga de la entrepierna. La libertad de hacer lo que ellos quieran se ha convertido en la nueva tiranía. Vivir para trabajar, consumir y consumir productos sin salir de nuestras neocuevas. Consumir esas series tan estupendas que nos permiten presumir de ellas a través de las redes sociales a cientos o miles de desconocidos. Libertad para escuchar en los medios su única voz. Libertad para sufrir en los últimos momentos de nuestra vida. ¡Qué pereza de dictadores económicos, que solo calibran la felicidad en la posesión de un coche de alta gama alemán, cuanto más grande mejor!
Comienzo a notar que la pereza me gana cuando hablo de ser joven. No soy joven. Hace tiempo que dejé de transitar por aquellas épocas. No lo necesito. A veces me identifico con mi medio paisano Leo Harlem, cuando en sus monólogos se cachondea de las cosas modernas, siempre con nombres ingleses, que, como el sexo en Roma, es mucho mejor si lo puedes contar y presumir de ello. ¡Qué pereza! Al final solo necesito buen café, una cerveza, gente para hablar, a veces verborreicamente, sexo, cocinar y comer bien y viajar de vez en cuando. Lo demás, en especial si es por obligación, me genera pereza. Ser moderno es digno de pereza.
Cuando me preguntaban cómo o qué quería que fuese mi hijo de mayor siempre respondía que coherente o medianamente coherente y es que me producen mucha pereza, y alguna otra cosa más cercana al cabreo, los incoherentes. Esos tipejos que critican o halagan algo en función de que lo hagan ellos y los suyos o los del otro lado. Sorprende como la coherencia, esa vara de medir que debería delimitar lo que es justo o no, sufre embestidas día sí y día también por unos y por otros. En este mundo de las redes sociales basta aparcar un rato la pereza y bucear en las publicaciones de hace unos años para comprobar como unos y otros se contradicen, sin el menor rubor, sobre un mismo asunto, en función de la oposición que ocupen. Les da pereza ruborizarse u ofrecer una explicación a esas contradicciones. ¡Qué pereza provocan esos personajes!
Sin embargo, no me da pereza probar nuevas comidas, nuevos restaurantes acompañado de viejas amistades, el sexo, las sonrisas, los ojos bonitos que te miran sobre una mascarillas, los abrazos, el deporte, las risas, hablar por teléfono con gente que, por las circunstancias, no puede ver, ponerme en el lugar del otro cuando lo considero menester, equivocarme, rectificar en ocasiones, la Naturaleza, hacer deporte, soñar con el mar...
Pensaba que me iba a provocar más pereza volver a escribir, pero, en el fondo, escribir forma parte de mi vida y vivir no me da pereza.
Un saludo.


 

jueves, 1 de octubre de 2020

IDIOTARIO (CX)

Educación a distancia: dicho tipo de educación se produce cuando el alumno procura tener los libros lo más lejos de sí que pueda.


Empresa de seguridad: modelo de negocio privado, basado en asegurar que, ante un suceso, ellos se encargan de avisar al usuario de dicho servicio para que advierta  de lo que ocurre a la Policía, pagada con dinero público, con la finalidad de que ésta intervenga.


Epidemia: enfermedad que afecta a un número significativo de personas a la vez de un determinado lugar, transmitida por un muñeco de peluche regordete, con una mata de pelo negra, caracterizado por unos grandes ojos y boca de similar características. Una variante es la Blasdemia, transmitida por un muñeco de peluche, alto, delgado y de color amarillo, que comparte lecho, en ocasiones, con el primero.


Música coral: expresión musical realizada por un grupo numeroso de invertebrados que viven en el fondo del mar, formando colonias de individuos unidos entre sí, con forma arborescente y colores vistosos.


Nueva normalidad: momento histórico, tras el confinamiento por la COVID-19, en el que las personas  sin pareja estaban más pendientes de que no te entrase que de meterla.


Sexo binario: cuando se echa 1 o 0 polvos.


Tartamudez: pastel redondo, dulce y adornado, hecho con masa de bizcocho relleno y cubierto con nata, crema, chocolate... que te deja sin palabras.


Triángulo: relación amorosa o sexual entre tres personas. Cuando una de ellas desconoce tal hecho se le denomina cateto.