viernes, 26 de marzo de 2021

AÑOS CIEGOS

No supo bien porqué, pero comenzó a rememorar toda aquella época convulsa de su vida. 

Recordó ese dolor intenso de cabeza y los mareos recurrentes que se habían convertido, en los últimos días de aquel lejano tiempo, en compañeros fieles, e indeseados. Sintió un pequeño escalofrío cuando le vino a su mente aquella sensación que sintió durante ese tiempo. Esa sensación de que su pequeño mundo se veía aún más constreñido, debido a la incapacidad para realizar algunas de las acciones básicas que constituían su vida previsible.

Aspectos como conducir se habían convertido en poco más que una utopía, en especial si eran trayectos de larga duración. Sus relaciones sociales se redujeron al mínimo posible. El dolor, los mareos y, sobre todo, la preocupación por el origen, aún desconocido, de estos problemas lo empujaban, siempre que era posible, a encerrarse en su cuarto con las persianas bajadas, a oscuras, huyendo de cualquier estímulo que pudiera empeorar su, ya de por sí, mala situación.

Tras unas semanas desde el inicio del malestar físico, éste no remitía y las diversas pruebas médicas no parecían ser las apropiadas para alcanzar un diagnóstico, que permitiera abordar la patología con éxito. Nada. Solo dolor, en ocasiones insoportable, y la sensación continua de aturdimiento, esa era la constante que hilvanaba el tiempo discurrido desde aquel sábado en que todo comenzó. 

Una mezcla de miedo e impotencia iba adueñándose de él, hasta que no hubo lugar para casi nada más en su pensamiento. Miedo a lo desconocido, al dolor, al sufrimiento e impotencia por desconocer la forma de acabar con todo ello. Al menos, eso pensaba él en ese instante.

Al fin buenas noticias: alguien puso nombre a todo ese maremagnum de sufrimiento físico y emocional: un cuadro ansioso-depresivo. Aunque, tras la alegría inicial, cayó en la cuenta de que su dolencia no iba a remitir tras una pequeña intervención o con la mera ingesta de unos fármacos. Pero hasta ahí llegó toda su lucidez, porque a partir de ese instante se dejó caer por el tobogán de la depresión, exhausto por todo el trabajo para sobrevivir que había desarrollado para llegar hasta ese punto límite de sus existencia. 

Ahora, años después, allí, viendo el atardecer, recordaba los hechos como algo casi etéreo, sin que levantase ningún sentimiento en él. Todo formaba parte de un tipo de recuerdo aséptico, que había contribuido a que él estuviese disfrutando de los colores cálidos que un sol en retirada dibujaba sobre las escasas nubes del firmamento estival estival.

Siguió, sin proponérselo de manera consciente, detallando en su fuero interno todo lo que le acontenció en esa circunstancia. Recordó esas semanas, de una densidad viscosa, en las que el dolor iba, de manera progresiva, disminuyendo hasta llegar a desaparecer; pero el alma, si alguna vez la tuvo, había abandonado su cuerpo y él solo deambulaba por el espacio y, sobre todo, por el tiempo, casi siempre encerrado en casa. Algo tan sencillo como ir a comprar el pan constituía un reto titánico. Las personas generaban en él un terrible desasosiego, rayano en una crisis de ansiedad. 

Había caído la careta de hombre duro y, en ocasiones, procaz, que llevaba años usando a modo de piel encallecida, para evitar que los demás conocieran su verdadera forma de ser. En esos instantes no había nada que esconder, solo comenzar a enfrentarse con él mismo y con su realidad. Y había muchas cuestiones que abordar y solucionar, algunas de ellas ni tan siquiera imaginadas en ese instante.

Continuó dejándose llevar por esa corriente densa y envolvente, compuesta de la nada, durante unos meses, hasta que llegó la frase que quebró todo lo establecido hasta ese momento: "¿Y tú qué estás haciendo para mejorar?" La persona que la pronunció nunca podrá tener una idea exacta de lo que supusieron esas palabras: volver a querer protagonizar la propia existencia. Y desde ahí todo supuso una batalla, primero contra lo que habitaba en su interior, y después, mucho después en algún caso, contra aquello que le había conducido a esa ciénaga.

Recordó en ese instante del presente, mientras daba una calada a un cigarro, como agradeció esa frase a la persona que la pronunció, de la que ella no tenía constancia en su recuerdo. A veces los profesionales de la mente, ayudan más por amigos, que por su profesión. Nunca se lo había planteado hasta ese momento. 

Tras el impacto que aquella obviedad representó, la solución nunca va a venir de fuera,  se estableció se estableció en él una pugna silenciosa y constante entre su estado anímico y la necesidad de atajar esa situación, para revertirla. La tristeza, la apatía, el miedo constituían la parte fundamental del lienzo constituido por cada uno de los segundos de su vida, pero, en una esquina inferior, iba dibujándose, sin estridencias, pero sin remisión, una luz vívida, que iba impregnando cada vez más fragmentos, minúsculos aún, del cuadro que conformaba su presente. Todo siguió la evolución lógica, hasta llegar a conformar una escena típica del tenebrismo de Caravaggio: una luz central iluminaba la escena, quedando muchos espacios envueltos por una oscuridad de diferente intensidad. 

Y ese fue el paisaje hasta que todo estalló en mil pedazos, imposibles de reconstruir. La mentira, la traición, la avaricia y la mezquindad ajena, que siempre estuvieron ahí, pero nunca quiso ver, le asestaron un golpe devastador. La traición solo puede venir de aquel en quien confías. Pero el grado de la traición es lo que marca la diferencia. Y existen gradaciones insoportables, que definen a sus ejecutores y a los que la sufren. Y, en ocasiones, el impacto resulta tan demoledor que todo se convierte en un naufragio. Un naufragio en tierra firme, en su tierra firme, que casi constituyó el fin. Por momentos sopesó la idea de acabar, pero nunca sintió la necesidad real de hacerlo. Sin saberlo, tenía grabado a fuego que la vida, su vida, sería siempre el mayor tesoro que podría alcanzar y, por tanto, debía conservarla. Nada ni nadie podría arrebatárselo.  

A pesar del dolor, que había descosido cada uno de sus puntos cardinales, siguió sobreviviendo, otra vez. No fue hasta pasados unos meses que comprendió que la misma persona que había provocado esta situación también había generado la anterior. Dos formas diferentes de aprovecharse de alguien, con un resultado similar: llevarla al extremo de su capacidad anímica. Existen muchas formas de maltrato asumidas como conductas socialmente aceptadas, pero eso, en aquel instante, no formaba parte de su pensamiento.

Un día, durante un leve momento, sintió, mientras practicaba deporte, una de esas rutinas que sabía no podía abandonar, pues de hacerlo caería sin remedio en un pozo sin fondo, que la luz había vuelto a penetrar en él. Entonces comprendió que había comenzado el lento inicio, que le conduciría a algún lugar distante. Un lugar no ubicado en el espacio, más bien se encontraría localizado en el baúl de la autoestima, que suele ser el que abre la puerta de la felicidad intermitente, lo máximo a lo que podemos, y debemos, aspirar. Sí, la luz había retornado; aunque fuese débil y fugaz.

Sentado en el patio de su casa, contemplando como la noche se imponía y los últimos rayos de luz estaban a punto de claudicar ante la luminosidad de la luna llena, recordaba aquel fogonazo de esperanza, que constituyó el inicio de todo lo que había de venir. Jamás comprendió por qué se produjo en ese instante, que desencadenó ese atisbo de cambio, pero sí supo, desde el instante en que lo vivió, que suponía su redención y se aferró a ese salvavidas lo mejor que pudo y supo.

Durante ese período buscaba el placer inmediato, sin contraprestaciones que generasen vínculos duraderos. A pesar del sentimiento de soledad, estuvo acompañado, sin él apreciarlo, por su gente. Conoció a nuevas personas, que le aportaron lo necesario para ir tirando hacia un lugar anímico más confortable. El viaje duró varios años, pero salió alguien nuevo de todo aquel trayecto. Ahora se conocía y sabía de su vulnerabilidad en determinados aspectos, pero también de su fortaleza para apartar de él todo aquello, resulta más correcto decir a todas aquellas personas, innecesarias o dañinas. 

Esa determinación se tradujo en conocer y disfrutar de nuevas personas, entre ellas mujeres con las que compartió lecho para algo más que practicar sexo, con las que disfrutó de placeres como viajar, comer, beber, sumergirse en el arte, hablar de todo y de nada... Pero, sobre todo, este nuevo planteamiento le permitió conocer cuán limitado había sido su mundo anteriormente; cuán absurda había sido su apuesta a un solo número, a una sola realidad, que, además, distaba mucho de ser la que él creía conocer. Aunque, a fuer de sinceridad, la realidad siempre fue esa, solo su ceguera le impedía contemplar los hechos. Ello le llevó a comprender que las personas somos un poliedro con distintas facetas y que el error mayor que se puede cometer es elegir una cara, la más vistosa, sin analizar el resto. Resulta imprescindible conocer las diferentes perspectivas para poder decidir.

Ahora, dando una calada a ese porro de marihuana, poseía la certeza de que todo aquel drama le había servido para valorar lo imprescindible. 

Ahora, cuando le quedaban pocos días de vida, la metástasis le había corroído por dentro, comprendía que los años vividos desde aquellos sucesos constituían la preparación necesaria para aquel tiempo de plenitud que había vivido. La plenitud de los besos en labios nuevos. De las caricias dirigidas desde ojos por estrenar. Esa misma plenitud que le llevaba a saber que fumaba marihuana porque le gustaba el estado que le había vivir, y no porque le ayudaba a sobrellevar los ciclos de quimioterapia que había recibido. Esa misma plenitud que le llevaba a contemplar el que podía ser su último atardecer con vida, poniendo para ello todos sus sentidos en la belleza de lo que sus ojos abarcaban, apartando de sí todo aquello que solo contribuye a perder los instantes irrepetibles. Esos instantes que no supo apreciar durante aquellos años ciegos. 

Cerró los ojos y vio su rostro. No pudo evitar sonreír. Nunca la pudo conseguir, aunque durante años sintió algo muy fuerte por ella (él creía que ella por él también). Pero no pudo ser. No supo o no quiso ir más allá. Y ahora, mientras su pupila volvía a contemplar el horizonte, no se arrepintió de nada. Comprendió que siempre había que dejar algún sueño por cumplir y ella había sido ese sueño.