lunes, 13 de febrero de 2023

EDUCACIÓN CON MAYÚSCULAS

 Uno, que envejece de manera irremisible y a la par se vuelve más escéptico, contempla el estado de lo que rodea y piensa que los bufones de Velázquez se han adueñado de todo aquello que podría convertirnos en una sociedad mejor. Resulta obvio, que cuando hablo de los bufones me refiero a esos personajes encargados de hacer reír a la Corte, y, por ende, a que sus descendientes en esta labor han conseguido hacer de la caricatura ley moral y también normativa.

Mi deseo no es realizar una radiografía de esta sociedad, me apetece centrarme en exclusiva en una rama de este mundo que conozco medianamente, la Educación, y desvestir a esos reyes desnudos de toda coherencia, que solo pueden ser considerados bufones de una forma de pensar que está de moda. 

Comenzaremos, una vez más, por definir Educación y educación. Educación son aquellos procesos de enseñanza-aprendizaje que se producen en instituciones con el fin de que un individuo alcance a conocer, en la medida de lo posible, aquellos conocimientos y valores fundamentales de la sociedad en que vive. En otras palabras, se trata de que el individuo aprenda lo necesario para poder participar en todos los aspectos de esa sociedad. 

La otra educación es la que se proporciona en el hogar, donde se transmiten una serie de valores, como por ejemplo, la importancia de la responsabilidad. 

Esta primera distinción aleja a los gurús de las emociones del sistema educativo. No, el sistema educativo  no debe impartir cuestiones relacionadas con la inteligencia emocional, aspecto que nadie a demostrado que exista, ni zarandajas por el estilo. La Escuela, debe contribuir a aumentar la autoestima del individuo, a su autonomía y a una capacidad crítica, mediante el aprendizaje de contenidos, y la presentación de distintos puntos de vista (razonados) de diferentes aspectos sociales y morales (cuestión que se evita a toda costa por los amantes de lo políticamente correcto).

Una vez hecha esta distinción, pasemos a otros aspectos, también muy de moda.

Vayamos con el asunto de la memoria. La memoria resulta imprescindible. De hecho, sin memoria no podríamos hablar, escribir, sumar, restar, multiplicar.... Y aquí es donde debemos hacer una distinción entre aquello para lo que estamos programados para aprender y aquello, que por su complejidad, nos resulta más difícil de aprender, y debemos realizar un mayor esfuerzo para adquirirlo.

Cuestiones como el lenguaje oral, el concepto de número, la suma y la resta (existen pruebas realizadas a bebés de meses donde se muestra que a esas edades se tiene el concepto de número hasta tres y de suma y resta de estos números), ciertas nociones espaciales, nos vienen de serie. Es decir, que tenemos creadas las estructuras para el aprendizaje de este tipo de conceptos.

Mi experiencia me dice que algo similar ocurre con el aprendizaje de la lectoescritura, que, salvo alumnos con dislexia o disgrafia, adquieren con una pasmosa facilidad. 

Estos aprendizajes se realizan sin "apenas" esfuerzo. Pero el resto de aprendizajes, requieren una mayor dedicación y la utilización de otras estrategias, entre ellas el uso correcto de la memoria. La memoria no resulta algo que está ahí y funciona sin más. La memoria va perfeccionándose a medida que madura nuestro sistema nervioso y, además, se entrena. Este proceso fundamental tiene un aspecto del que muchas veces no se habla, mucho menos los defensores de lo flower power, que es el de recuperación de la información. Para que la memoria funcione debemos ser capaces de recuperar la información y, por experiencia, una parte significativa de los alumnos que fracasan fallan en este apartado. Puede que por desmotivación, por falta de entrenamiento... No lo sé, pero fallan. La memoria, como cualquier otra actividad debe ser trabajada, mejorada y, en determinadas edades, mantenida, para evitar deterioros cognitivo. Resulta paradójico que a nuestros ancianos les invitemos a utilizar la memoria y a nuestros niños no.

Por otra parte, la memoria es fundamental para construir nuevos aprendizajes y para eso que los flower powers defienden de la creatividad. No recuerdo si fue Renzulli u otro de los grandes estudiosos de la superdotación, altas capacidades o como quieran llamarlo, que dijo que parte del éxito de estos alumnos se debe a recomponer lo que ya conocen de una manera distinta y original (en eso se basó buena parte de la obra de Leonardo da Vinci). Es decir, que para ser creativo tenemos que conocer, que tener almacenado en nuestra memoria, conocimiento con los que podamos "jugar" mentalmente para crear algo distinto. 

La memoria viene enlazada con otro aspecto, el de los conocimientos "inútiles" que aprenden los niños. Lo que voy a escribir a continuación se puede encontrar en la obra de uno de los filósofos cruciales para Occidente en los últimos siglos: Immanuel Kant y viene a decir que cuántas más cosas conozcamos mejor comprenderemos nuestro mundo. Siento decepcionar a bufones como Samantha Hudson y su afirmación absurda de que se siguen estudiando la lista de los reyes godos, parece ser que no se estudian ni en la licenciatura de Historia. Este personaje resulta un fiel reflejo de esta sociedad de la que hablaba al principio. Una sociedad en la que los bufones toman la voz y, en este caso, retransmiten lo que desean sus amos: una concepción de que lo único válido es lo útil desde un punto de vista material o porque está de moda. Una utilidad basada en la mentalidad del ingeniero o el snob, lo único válido es lo útil. Sin embargo, el sistema educativo, como se dijo con anterioridad debe hacer que el individuo conozca para comprender mejor el mundo y actuar en consecuencia, no dejándose manipular por mamarrachos como este tipo o toda la caterva que le da cabida en sus programas. 

Por cierto, Samantha Hudson, una anécdota personal. Este curso estoy haciendo apoyo dentro del aula a un alumno de 3º de la ESO con un TEA y, ¡sorpresa!, en Biología están estudiando aspectos como el consumo de calorías en la dieta, dieta equilibrada, índice de masa corporal, gasto de energía según la tipología de cada persona, lectura de etiquetas, diferencia entre fecha de caducidad, fecha de consumo preferente... Algo poco útil para la vida de los alumnos, como el lector podrá comprobar. 

Pero, volvamos al tema que  nos ocupa. No todo en la Educación debe ser memoria, aunque, mal que pese a muchos, esta resulte crucial. Los defensores de la no memorización defienden que todo se puede aprender a través de actividades pintonas, que facilitan el aprendizaje sin esfuerzo. Cierto, existen actividades que pueden motivar a que se impliquen más los alumnos, pero, ¡ojo!, este tipo de actividades no conllevan que los alumnos aprendan los contenidos trabajados con solo realizar o completar este tipo de ejercicios. Esta es otra de las mentiras de los flower powers. El hecho de que una actividad sea más lúdica no implica aprender. En muchos casos el alumno deberá analizar lo que ha hecho, que conocimientos hay en dicha tarea y volver a repasarlos. Que una tarea sea lúdica, que motive más a participar a los alumnos, especialmente a algunos, no significa que vayan a adquirir de manera automática los conocimientos. Sin olvidar que muchas de estas tareas son atractivas por el efecto novedad. Cuando este decae también se pierde esa fuerza de atracción de parte del alumnado. También cabe reseñar que existen estudios desde la neurología que aseguran que uno de los problemas de este tipo de sistemas de aprendizaje tienen un problema, el mismo que el del otro tipo de actividades si no se plantean correctamente, la transferencia de los aprendizajes, lo que antes conocíamos como la generalización. El problema es que los alumnos per se suelen ser capaces de aplicar lo aprendido a otros contextos. Necesitan, como es lógico, que los docentes presenten otro tipo de actividades para que apliquen lo aprendido a otros contextos. En definitiva, ocurre lo mismo que en el llamado aprendizaje memorístico, siempre que no se plantean de manera adecuada la adquisición de conocimientos.

Capítulo aparte merece ese afán de cambiar a las personas, a los niños, para conseguir que sean seres beatíficos y perfectos, debido a una educación de los sentimientos y no sé que más. A este respecto sólo decir que quien quiera milagros se haga católico y se vaya a Lourdes o Fátima. Estas zarandajas de formar seres bondadosos y demás solo se le puede ocurrir a alguien que desconozca cómo funciona la sociedad y cuál es la función de la Educación. 

Empezando por el primer aspecto. Todos los individuos, hasta los flower powers, viven en diferentes contextos, que nos influencian. Resulta obvio, que el primer agente socializador de los individuos es la familia y de ahí nacen muchas de las respuestas de los niños ante el mundo que los rodea. Entre los docentes no resulta infrecuente hablar del "ambiente que tiene en casa" para explicar ciertas cosas que ocurren en determinados alumnos de nuestros centros. Imagino que no hará falta explicarlo de manera detallada, pero que sepan los flower powers, que no todos han tenido una vida regalada y que algunos niños tienen problemas en sus hogares, que van de los más nimios a algunos inimaginables para las personas de "bien".

Alguien puede responder: ¡Hombre, para eso están los centros educativos, para cambiar esas realidades! Hasta cierto punto tienen razón, siempre que sea factible. Si el tutor habla una y otra vez para que su  hijo haga las actividades, estudie o, simplemente, acuda al centro limpio (sí, esto sigue ocurriendo) y no se produce una respuesta adecuada por parte de los progenitores, existe un problema. Una reflexión antes de seguir profundizando en el asunto: Para cualquier docente es mejor que los alumnos sean todos muy listos, aprendan sin esfuerzo y se porten bien en clase, pero eso, por la diversidad de todo tipo que existe: social, intelectual... es imposible.

Volvamos al asunto de cambiar a las personas, los alumnos son personas, nunca lo olvidemos. Una persona puede cambiar una conducta por dos motivos: porque ella lo desea y se pone a ello, porque alguien se lo impone.

Un ejemplo de lo primero sería cuando una persona decide dejar de fumar, adelgazar... Y, como el lector habrá inferido, no siempre se consigue llevar a cambio ese tipo de cambios voluntarios. Alguien puede preguntarse si los niños no tienen la capacidad de cambiar motu proprio para alcanzar lo que se le pide o lo deseable. Para contestar a esta pregunta lo primero es distinguir entre lo funcional y que socialmente funciona.

Lo funcional es aquello que a una persona le sirve para desenvolverse en su entorno, sin que ello implique que sea lo deseable para alcanzar todo su desarrollo y/o conseguir los objetivos que debería alcanzar. Lo podemos ver con nuestros hijos, sobre todo los adolescentes. El orden parece ser su enemigo, en especial en su habitación. Este desorden conlleva continuas reprimendas, cuando no pequeños castigos. ¿Por qué no cambian si conocen la conducta correcta? Porque no les aporta nada sustancial en su vida y en sus necesidades y preferencias. 

Imagine el lector que un niño pequeño o un adolescente solo ha conocido una determinada forma de relacionarse con su entorno cercano, entre el que se incluye la Escuela, porque es lo que ha conocido en casa. Lo normal es que lo reproduzca, sin mayor cuestionamiento. Son niños y jóvenes con un número de experiencias limitadas, que no pueden comparar. 

Para entenderlo mejor bastará poner un ejemplo. Un niño sin gafas, por lo general, no va a decir que ve mal a un adulto, por el mero hecho de que siempre ha visto mal y no puede comparar lo que implica tener una agudeza visual correcta y lo que no lo es. Ha crecido con ese problema y no concibe que sea tal, porque nunca ha podido comparar. Esto es lo que ocurre en muchos niños con problemas, no en todos, y por eso es complicado que cambie. Es complicado que cambie porque no tiene modelos y porque ese cambio es incertidumbre, lo que hace hasta ese momento le sirve para ir tirando y lo que le dicen que tiene que hacer es complicado y, sobre todo, incierto.

El segundo tipo de cambios, la imposición externa de otro tipo de conductas resulta más complejo y, al igual que en el anterior caso, no siempre da buenos resultados o los cambios no resultan todo lo importantes que quisiéramos. Existen múltiples formas de hacerlo, por lo general asociados al conductismo, trabajando a la vez aspectos como la autoestima y el sentimiento de autoeficacia tanto en lo académico como en lo social, que no siempre dan buenos resultados y para que funcionen, en especial en lo académico, hay que trabajar a pico y pala con el alumno, día tras día, para conseguir logros muchas veces pequeños, casi nunca grandes (excepto al principio, una vez más la novedad), y en ocasiones de regular tamaño (que permiten al alumno tirar para adelante sin grandes alaracas y con gran dependencia del docente).

Pero, que quede claro, como he escrito en el párrafo anterior, que los avances, por lo general, son en el campo académico, porque desde los centros no se pueden cambiar las dinámicas familiares, y mucho  menos si las propias familias  no quieren. 

Crear seres de luz es una estupidez digna de estúpidos flower powers, que ante los problemas reales, que en muchos casos desconocen, utilizan discursos huecos, llenos de vaguedades y presuntas buenas intenciones, que lo único que dejan ver es su estulticia y el desconocimiento de lo que es la Educación.  Los flower  powers, que tanto hablan de Educación, necesitan conocer quien es el mejor docente del año y luego descubren que los alumnos le rajan las ruedas del coche. La gente que nos dedicamos a trabajar no tenemos tiempo para gastarlo en darnos publicidad, como hacen todos estos tipos que suelen ser un fraude. Pero los pijos necesitan tener un referente que les diga que todos somos malos y que hay gente que sí sabe como hacer bien las cosas. ¡Error! No existen fórmulas mágicas en Educación, solo el trabajo diario, a veces repetitivo y monótono por la insistencia, por ejemplo, en la adquisición de hábitos que lleva a que nuestros alumnos aprendan, especialmente aquellos alumnos que tienen más dificultades para adquirir los contenidos trabajados en el aula. 

Me gustaría acabar aclarando una cosa: el sistema educativo y la gran mayoría de docentes (en todos los colectivos hay ovejas negras) nos dejamos los cuernos para que todos, repito: TODOS LOS ALUMNOS,  tengan las mismas oportunidades, que en eso consiste la Educación y no ideas de cuatro pagafantas. Si alguien defiende que eso no es cierto, que no dude en escribir un mensaje en esta entrada y hablamos de datos de asistencia a clase, implicación de las familias... También es verdad, que el pagafantismo da más dinero, porque sus seguidores suelen ser de clases medias altas, que son los que tiene la pasta. Basta ver como un tipo como Seligman, que en 1975 andaba definiendo la indefensión aprendida ahora se dedica al buen rollito y ser líder los flower powers pagafantes del orbe. 

Espero haber ayudado a aclarar algunos conceptos y desenmascarado a algunos estafadores.

 

 



domingo, 4 de diciembre de 2022

¡BUENOS DÍAS!

Esa mañana de domingo amaneció junto a ella en la cama. Se detuvo a contemplarla mientras dormía. A pesar de que sus preciosos ojos permanecían ocultos, él disfrutaba mirando su hermoso rostro plácido, que en nada se asemejaba al que unas horas atrás dibujaba en sus facciones una mezcla primigenia de amor y deseo en porcentaje fluctuante, en función de una hermética fórmula que nadie había sido capaz de desentrañar, ni, por otra parte, a nadie debiera interesarle hacerlo, por la inutilidad de tal hecho.

Y allí, en la penumbra de su habitación, embelesado por ese pequeño y hermoso rostro que no se cansaba de ver, comprendió que hasta hace bien poco no hacía el amor, practicaba sexo, ocasionalmente,  y volvió a recordar la diferencia entre hacer el amor y tener sexo. En realidad, según él, solo se trataba de un matiz. Un matiz tan necesario, y tan inmenso, como estar vivo o estar muerto; como desnudarse externamente o internamente; como sentir solo placer o a la otra persona dentro de uno mismo mientras se entra en ella.

Escuchó su propio corazón en ese silencio solo roto por la respiración de ella y sintió que esa mezcla de sonidos rítmicos esenciales, componían una melodía básica en la que se fundamenta todo lo que vivía en ese momento. La respiración de ella y el latido del corazón de él. En resumen: la vida de la persona que amaba. 

Por un momento pensó en esa imagen que podía transmitir a quienes no le conocían y lo diferente que en realidad podía llegar a ser. Quienes se habían tomado la molestia de saber cómo concebía y sentía el mundo le definían como un tipo con un sentido del humor ágil y, en ocasiones, irreverente, que escondía a una persona sensible, en ocasiones extremadamente sensible. Tal vez, solo tal vez, de ahí que el sentido del humor se hubiese convertido en su tarjeta de presentación. Mostrar sensibilidad solo debe hacerse con las personas y en los contextos apropiados. Poseía la certeza de que el mundo podía seguir girando con una pequeña dosis de sensibilidad institucionalizada (el día de..., un hecho luctuoso repetido hasta la saciedad en los medios...) y él no quería cambiar esos esquemas de funcionamiento. Solo quería mostrarse como era a quienes consideraba que podía hacerlo.

Un ligero movimiento de ella le hizo olvidar todo y volvió a concentrarse en su rostro y en el bulto, su cuerpo, que se perfilaba bajo el edredón. ¡Cuántas veces había deseado ese cuerpo! ¡Cuántas veces se había quedado con ganas de decirle lo que sentía! Hasta que un día decidió quemar sus naves y, de una manera torpe, como corresponde a la persona tímida que era, se lo expuso. En estas situaciones siempre le ocurría lo mismo: la sensación de alivio tras hacer participe a la otra persona de lo que le corroía por dentro se adueñaba de él. Hasta los sonidos del exterior se amortiguaban para sentirse imbuido de esa paz, que precedía a la inmediata respuesta que modificaría esa sensación, para bien o para mal. 

¡La deseaba tanto! ¡La amaba! Necesitaba hacer el amor con ella en cuanto se despertase. Necesitaba repetirle, una y otra vez, que la amaba mientras se sentía dentro de ella; mientras la recorría de manera lenta; mientras le recibía con la necesidad tranquila y compulsiva de quien espera fundirse en el espacio, en el tiempo, en una respiración, con aquel con el que ha construido un universo sin puertas ni ventanas, solo con la energía gravitacional de lo recién construido en torno a dos cuerpos, a dos pasiones, a dos personas deseándose infinitamente en los limites sustanciales de sus cuerpos y de su tiempo. 

Sentía la necesidad de que despertarse; de que abriese sus preciosos ojos; de sentirla por completo junto a él, de ella, pero poseía la certeza de que observarla así, a su lado, constituía una experiencia magnífica, que hace no mucho tiempo resultaba impensable. Se sentía afortunado de poder observarla con el detenimiento que proporciona la seguridad de que ella se encontraba junto a él. Con la seguridad de que había renunciado a muchas cosas para poder compartir ese lecho con a él. 

Un silencio inespecífico se apoderó del momento tras las frases en las que él exponía sus sentimientos hacia ella. La terraza en la que se encontraban parecía sellada al mundo exterior en espera de una respuesta, de una solución al ese acto teatral real, que aún no tenía un género asignado, ¿comedia o tragedia?. "Me gusta mucho lo que me has dicho, pero no puedo. Lo siento". Y el mundo explotó en mil pedazos, que él estaba dispuesto a recoger con prontitud. En el fondo esperaba escuchar algo similar. Creía conocerla y en su mente anticipó, tiempo atrás, que optaría por la opción más fácil: seguir como hasta ahora. Sin embargo, él se enfrentaba a un gran reto: descubrir si sus sentimientos eran recíprocos. El asunto radicaba en saber si sus palabras se correspondían con la realidad o con la lucha entre sus sentimientos y su situación personal, sus obligaciones y su férrea moral uncida por el sentimiento de lealtad hacia los suyos, anteponiéndolo a sus propios sentimientos y necesidades. 

 Sintió la necesidad de darle un beso en la frente. Un beso lento, casi una caricia, que no la despertarse. El calor de su cuerpo casi inmóvil impregnaba todo, el cuerpo de ella, el de él, la penumbra, la espera hasta que despertase, la razón, el deseo. En ese momento sintió la impresión de ese calor atravesando su piel y ya no la miraba con los ojos, solo la percibía a través de lo que ella irradiaba y sentía que la amaba aún más, como cuando se descubre la felicidad tras la desgracia o unos ojos nuevos que te hacen enfebrecer solo con mirarte. Y volvió a depositar con suavidad sus labios en su frente, para intentar transmitir sin palabras todo aquello que en ese momento sentía.

En ese instante ella abrió sus ojos y sonrió, pero los volvió a cerrar. Él no pudo evitar recordar ese momento en el que ante la negativa de ella respondió diciéndola: "Sé que yo también te gusto. No sé cuanto ni como, pero te sientes atraído por mí". Se la jugó, tal vez de farol, pero era lo que correspondía en ese momento. "¡Qué más da! No puedo, tengo obligaciones. Aunque quisiera...". Había ganado la partida y ambos lo sabían. El sentimiento resultaba mutuo. Aunque aún desconocía como hacerlo, todo consistía en envolverla en el amor que él sentía por ella. En ilusionarla. En hacerla sentir especial. En contarla, de mil formas diferentes, lo que sentía por ella. 

De nuevo ella volvió a abrir los ojos, a sonreír y mirándole dijo: ¡Buenos días!. Él respondió: ¡Buenos días! ¡Te amo! Se acerco a ella. La besó en los labios despacio, a modo de preludio al nuevo día, para luego besarse con la necesidad de escucharse en el otro, de generar un inicio para poseerse y entonces ella comprendió que había tomado la decisión correcta cuando se dejo llevar por sus sentimientos.

viernes, 7 de octubre de 2022

EL MOMENTO ADECUADO

 A pesar de su edad hasta ese momento no había comprendido que en lo relacionado con el amor y con las relaciones asociadas el dolor podía constituir un elemento tan importante y común como el placer o el bienestar que este genera. La convivencia, el final de la misma. La unión, la separación. La compañía, la soledad. El deseo de estar solo, el sentimiento de soledad. El conformismo, el inicio de una nueva búsqueda... El anverso y el reverso.  Disfrutar y sufrir.

Él, Manuel, ahora se encontraba en algún lugar del reverso, ya conocido con anterioridad, pero con unos matices distintos a lo vivido hasta entonces. Con absoluta certeza esta mutación se debía a dos cuestiones: un cansancio indefinible, cimentado en una acumulación, tampoco excesiva, de fracasos y el escepticismo que empezaba a adueñarse de él sobre su propia capacidad para convivir con alguien. Esta forma de afrontar esta etapa lo encaminaba a seguir el sendero de la prudencia, de la frialdad racional antes de tomar decisión alguna sobre hacia dónde encaminarse y, sobre todo, con quién debía rehacer el camino.  Él lo resumía esta forma de vivir esta situación en tres palabras: ¡La puta edad!

Todo ello no le impedía utilizar algunas plataformas de citas, "para no aburrirse... Y si cae algo, pues...", explicaba a algunos de sus conocidos.  De ahí salieron varias citas y alguna aventura de una noche en la cama, que no tuvieron continuidad. Ni él ni su compañera ocasional tenían mayor interés en volver a verse de manera concertada. 

Manuel se dejaba llevar. Los días no resultaban iguales, pero sí faltos del aliento vital, que convierte lo cotidiano en algo excepcional. Cabalgaba sobre las semanas, sobre los meses, con la tranquilidad de quien no espera nada, absolutamente nada, y solo se deja llevar revestido por la certeza inapelable del paso del tiempo. Acompañaba al frío de las noches de enero, al calor de las tardes del estío, el nacimiento de la luz y la vida en primavera y la paulatina claudicación de la luz en otoño, reflejada en los ocres que tintan el suelo de antiguas y efímeras existencias vegetales. 

De vez en cuando escuchaba La canción del daño, de León Benavente, y, aunque trataba de no hacerlo, se sentía identificado con la cruda letra, una historia de mil historias tan certera como lúcida. De manera automática, como si de un resorte que le impelía a salir del abismo se tratara, se proponía hacer mil y una cosas diferentes, que con el paso del tiempo iba olvidando. 

En una de estas fases agudas que le empujaban a cambiar, a abandonar su abandono, conoció a Blanca. Blanca puede describirse como todo aquello que necesitaba Manuel, sin él intuir siquiera que lo necesitase. Tal vez solo buscase, en un primer momento, que todo fluyese sin grandes pretensiones ni expectativas. Lo esencial, lo nuclear, radicaba en que todo parecía avanzar con facilidad. No existían preguntas innecesarias ni respuestas abruptas, solo aquello que los unía. 

Por supuesto, Blanca le resultaba atractiva. Miente quien defiende que el físico no tiene importancia a la hora de iniciar una atracción; la primera impresión, positiva o negativa, entra por los ojos. Después ya cada cual debe jugar sus cartas, pudiendo modificar esa primera impresión. 

Cuando Manuel describió a Blanca a sus amigos, que aún no la conocían, dijo de ella que "era  morena, guapa, bajita y con un buen culo". Por supuesto también habló de su personalidad, pero eso pareció importar menos a sus oyentes y lo que verdaderamente provocó la curiosidad en ellos tenía que ver con aquello que se puede percibir a través de los ojos. Cuando la conocieron no dudaron en felicitar a su amigo porque "parecía muy maja", mensaje que, de manera eufemística, significaba que concordaban con la descripción inicial que su amigo les dio de su nueva pareja, al menos en la parte que a ellos les interesaba. 

La relación volvió a hacer que Manuel volase a ras de suelo, de nuevo. Había olvidado esa sensación. Tal vez porque hubiese desterrando la posibilidad de volver a vivirla en ese caldo espeso formado por la dejadez, que durante los últimos tiempos le había invado. Ahora le importaban poco las horas, los días o las noches, la lluvia o el viento, el Sol o la Luna, los sueños o la realidad, la sed o el hambre, viajar o permanecer en la cama... Porque las horas, los días, las noches, la lluvia, el viento, el Sol, la Luna, los sueños y la realidad solo constituían un escenario en el que vivir junto a Blanca, que daba sentido a todo. La sed era un anhelo de los labios de Blanca o de los fluidos de su vagina y el hambre solo existía cuando no podía poseer su cuerpo en la cama de sus casas o en cualquier otro lugar donde se encontrasen de viaje.

Manuel aún seguía en la fase de enamoramiento, Blanca también, cuando ella, por primera vez, le invitó a compartir unas rayas. Era sábado por la noche, se encontraban en un local de moda para gente que se encontraba en el entorno de los cuarenta y le dijo que fuesen al servicio a "meterse unos tiritos". Él se sintió desubicado. Respondió que había fumando mucha maría y mucho costo, pero que hacía tiempo que lo había dejado, y que "nunca se había metido farlopa, porque se conocía y sabía que iba a acabar enganchado".

 "Mira, yo suelo pillar medio pollo algún sábado, más o menos una vez al mes, lo suelo compartir con una amiga. Nos metemos tres rayas cada una, como te he dicho, igual en un mes o en un mes y medio no vuelvo a probarla. Si tienes cuidado no acabas pillado. Yo llevo así unos cuantos años", explicó mientras le enseñaba con mucho sigilo la bolsa donde se encontraba el medio gramo de cocaína. 

Indeciso, Manuel demoró su respuesta. Por una lado quería compartir la sensación con Blanca, pero, por otra parte, sentía pánico ante la idea de la adicción que generaba esa droga y él sabía que si la probaba le iba a gustar y iba a repetir con demasiada frecuencia. Tras unos segundos, confuso aún, declinó la invitación. 

"No pasa nada. Lo entiendo", contestó ella antes de darle un beso en los labios e irse al servicio. Cuando volvió, varios minutos después, él la observó y no notó nada, tal vez los ojos un poco más abiertos, pero dos minutos después ella cambió. Comenzó a moverse, bailar, acercarse a él de manera sugerente. Fue en ese instante donde Manuel se decidió: "Vamos al servicio, yo también quiero estar como tú" y ambos se encaminaron al servicio de hombres, en el que no había que esperar para entrar. 

La noche discurrió de manera divertida y frenética. Al menos así lo recordaba él, cuando se despertó, ya con el mediodía superado, junto a ella. A su lado Blanca seguía dormida, mientras la miraba embelesado. La amaba. Era feliz. No necesitaba nada más. 

Ambos seguían enamorados algún mes después, pero la rutina diaria de cada uno iba reclamando su lugar en la vida de ambos. La magia comenzaba a desvanecerse, aunque querían, y necesitaban, seguir el uno junto el otro. Sin embargo, no varió la necesidad de seguir saliendo los fines de semana para romper con todo aquello que la semana conllevaba. Pero, como todo aquello que se repite por sistema, este aspecto también terminó por adoptar el color gris de lo predecible y solo algún viaje ocasional conseguía rebajar la tonalidad cenicienta. Esta previsibilidad, con total certeza, influyó en que ambos aumentasen la cantidad de cocaína que adquirían y consumían La euforia que les procuraba cada raya  conseguía que abandonasen todo lo que en su mente les lastraba, abandonándose el uno en el otro y en sí mismo.

Durante más de un año limitaron este estilo de vida a fines de semana, algún viernes, cada vez más, y todos los sábados. Los domingos no solían probar la droga, pero, de vez en cuando, hacían excepciones. 

Llegado ese momento, Manuel sabía que el siguiente paso en esa recorrido que habían emprendido Blanca y él hacía tiempo poseía un nombre: adicción. De nuevo, como cuando ella le ofreció consumir por primera vez, se sentía confundido. De nuevo, analizó los pros y los contras. 

Dos días después había tomado una decisión, que Blanca sabría cuando llegase el momento oportuno.

Esa misma tarde el móvil de Blanca sonó. En la pantalla aparecía una foto de Manuel, mientras sonaba un tema de Vetusta Morla. "¿Qué se le habrá olvidado?", pensó. Cuando pulsó el botón verde sobre la pantalla escuchó una voz femenina: "¡Buenas tardes! Conoce usted a Manuel Sánchez Vela", inquirió la voz. Ella, sorprendida, respondió: "Sí, es mi pareja". "Siento comunicarle que ha fallecido hace unos minutos debido a un accidente de tráfico". No oyó nada más. La luz se desvaneció, el alma, en el que no creía, pareció deslizarse fuera de ella a través de todos y cada uno de los poros. Apenas escuchaba a alguien preguntándole desde el otro lado del teléfono si seguía ahí. Haciendo un esfuerzo hercúleo, como el boxeador que se levanta por enésima vez del suelo del ring para continuar el combate, solo acertó a articular: "¿Dónde está?". La voz femenina le explicó que estaban trasladando el cuerpo al Instituto Anatómico Forense...


Pasaron dos o tres meses desde el fallecimiento de Manuel antes de que ella se atreviese a enfrentarse a los papeles, recuerdos conjuntos y demás objetos de él. No cabe duda de que el hecho de recibir la notificación de la autopsia, donde certificaba que cuando tuvo el accidente no se encontraba bajo el efecto de la cocaína, contribuyó a abordar esta tarea, pospuesta hasta ese momento sine die. El contenido de esa carta había liberado a Blanca de un sentimiento de culpa que la asfixiaba desde el trágico día en que perdió a la persona a la que amaba. Nunca se hubiese perdonado que la causa del fallecimiento, o la posible causa, hubiese estado vinculada al uso de la cocaína, que él no había probado con anterioridad hasta que ella se la había ofrecido aquel sábado. 

Al poco de entrar en la casa encontró un sobre en el que se podía leer: Para mi amada Blanca. Se tomó un tiempo antes de cogerlo y ver su contenido, porque el significado de lo que acababa de ver descartaba todas las certezas que poseía sobre el luctuoso suceso que había acabado con la vida de Manuel. Aunque desconocía el contenido, tenía conciencia plena de lo que implicaba: él sabía que iba a morir. 

Un día antes del accidente había comprando un gramo de cocaína, que no había consumido. Hoy la llevaba en el bolso, "por si acaso", y ante lo que acababa de ocurrir decidió hacer uso de la misma. Se hizo una raya y la esnifó antes de abordar la lectura de la carta dirigida a ella. 

Cinco minutos después, cuando decidió que su ánimo era el adecuado, abrió el sobre y extrajo un único folio de él y leyó en voz baja:

"Querida Blanca, si está leyendo esto lo primero que debo hacer es pedirte disculpas. 

Como ya intuirás mi muerte no se debe a un mero accidente. En realidad, se trata de un suicidio. De nuevo te pido disculpas. 

Sé que, seguramente, no vas a entenderme ni a perdonarme, pero, al menos, me gustaría explicarte lo que me ha llevado a tomar esta decisión. Espero que lo leas hasta el final, aunque después acabes odiándome.

Unos días antes del accidente me di cuenta de que íbamos camino de convertirnos en unos adictos a la coca y pensé en las opciones que se presentaban ante esta realidad. Las dos opciones, obvias, eran dejar de consumir o seguir hasta el final. 

La primera opción nos privaría de esos momentos, los mejores de nuestra relación desde hacía unos meses, y, muy probablemente, acabaría separándonos, pues el día a día no nos gustaba a ninguno de los dos y necesitábamos ese escape, controlado, para salir de la realidad que nos envolvía. Sabes, no quería volver a pasar por el dolor que implica una ruptura, el sentimiento de soledad, la nada. 

Seguir consumiendo nos llevaría a no ser nosotros nunca más y yo estoy enamorado de ti, y no creo que lo estuviese de una persona adicta, que solo viviese para meterse rayas. Una persona que no es la que yo conocí y a la que, hasta la fecha de mi muerte, seguía amando.

Ante esta disyuntiva, el dolor o la adicción, y lo que ello conllevaba, solo parecía existir una salida, dejar todo tal como estaba en este momento y lo que he hecho me ha parecido la única forma de mantener todo suspendido en el tiempo, aunque sea a través de tu recuerdo. De nuevo te pido disculpas, pero creo que es lo mejor para ambos. Tú, con el tiempo, podrás rehacer tu vida. Yo no sufriré ni dependeré de ninguna sustancia para ser feliz.

Te amó."

Mientras arrojaba lo que quedaba de la cocaína a la taza del váter, mascullaba entre dientes: "Podías habérmelo dicho, en vez de suicidarte, ¡hijo de puta!"  Y en ese momento lloró, porque recordó que en las fechas anteriores a su suicidio ella también había pensado lo mismo que él la había contado por escrito y tampoco se lo dijo. Simplemente lo pospuso hasta que llegase el momento adecuado.

lunes, 3 de octubre de 2022

EN REALIDAD

 El mar se encontraba a unos metros. La Luna Llena, mucho más distante, formaba una línea que iba ganando en grosor a medida que se acercaba a la orilla, atravesando el agua desde el horizonte hasta los espuma que se formaba en el borde de la arena. Esta distribución de la luz no podía evitar recordar a los cuadros tenebristas, dotando al conjunto de la misma potencia que alguna de las  obras del genial Caravaggio.

Lo que no se podía ver, se podía sentir, o no sentir, como el aire que se encontraba detenido.  Esta quietud pudiera hacer pensar que esa ausencia de viento se pudiese deber que ese aire quería participar en la escena  como un mero espectador o, tal vez, en realidad estaba descansando del inmenso trabajo que había supuesto mantener a flote el Terral, que había elevado las temperaturas sobremanera, en los tres últimos días y que, por fin, había amainado. La escena en su conjunto parecía sostenerse en un delicado equilibrio que invitaba a sumergirse en él sin preámbulo alguno.  

En realidad, invitaba a que ambos se abrazasen y se besasen, formando parte de ese magno decorado...

Así comenzaba la novela que lo había afianzado entre los escritores más conocidos, y vendidos, del país, y de algún otro de habla hispana. 

El argumento, en el fondo, no aportaba ninguna novedad a la Literatura. Un hombre de unos cuarenta años se traslada a una población nueva, bastante lejana de aquella en la que residía, para comenzar, en muchos aspectos, de nuevo. En ese lugar costero conocía a varias personas, solía veranear allí, y quiere profundizar en una relación con una mujer por la que siente una cierta atracción, tanto física como intelectual. 

El inicio de la novela narra el momento en que vuelven a revivir una situación que hacía unos cuantos años había tenido lugar entre ellos. En las siguientes páginas se describe como esa relación se va afianzando, y ambos parecen haber encontrado lo que llevaban tiempo buscando (tal vez, únicamente, no sentirse solos).

Hasta aquí nada haría presagiar el éxito que tendría Luis Orellana, que así firmaba su autor, con su opera prima. Sin embargo, en este momento se encontraba rodeado de una serie de personalidades de la cultura y de la vida social, que le iban acompañar en la entrega de uno de los más prestigiosos premios literarios, al menos por la cuantía del mismo. Galardón que reconocía el más de medio millón de ejemplares vendidos de Lejos de la hipocresía, el título del libro, que unía en ese momento a toda esa gente tan dispar en aquel lugar. 

En el amplio salón, junto al premiado, se encontraban personalidades de la cultura patria; prohombres de los medios de comunicación, entre ellos tertulianos de diverso pelaje y la misma condición; representantes de la Política de diversos partidos, todos con la mejor sonrisa y con necesidad de aparecer en la foto junto al homenajeado; algunos actores asociados a una forma de pensamiento en boga en ese momento; unos cuantos cantantes de la misma cuerda ideológica, así como ciertos representantes de colectivos varios, entre ellos un muy destacado y conocido miembro de una asociación gitana, que se encontraba allí porque la novela, en un giro inesperado, se inmiscuye en el mundo calé y en sus costumbres. Aunque sería más preciso apuntar que refleja las costumbres de ese colectivo, y de toda la sociedad española, a finales de los años noventa. 

Tras ese reencuentro descrito al inicio, que sirve de base para crear una relación entre ambos protagonistas, el hilo argumental vira de manera brusca cuando el protagonista, Pablo, conoce a una adolescente de etnia gitana de 15 años y se enamora como solo se puede hacer cuando se arroja al infierno el miedo a equivocarse. 

Pablo conoce a Saray, la adolescente, casi mujer, que le incendia cada una de sus células, en clase. Es su alumna. Él ejerce de profesor de Lengua y Literatura en un instituto y ella es la única alumna de etnia gitana que acude regularmente al centro educativo, el resto apenas hacen acto de presencia, estando muchas de ellas ya casadas y, en algún caso, siendo ya madres a temprana edad. En realidad, Saray es el único miembro de ese colectivo que acude con regularidad a clase. Por suerte para Pablo, que cuenta cada uno de los segundos que restan hasta la próxima que coincidan en el aula. 

No resulta difícil encontrar el paralelismo entre el planteamiento de Luis Orellana y el clásico de Nabokov Lolita. Al menos en un principio porque la historia se iba adentrando en recovecos trágicos, pero nada que ver con la obra del ruso, nacionalizado estadounidense. El best seller del español incidía, además de en la diferencia de edad de los amantes, que generaba un rechazo en la sociedad de la época, en la relación entre personas de diferente etnia y el rechazo que este aspecto creaba tanto en la comunidad gitana, como en la paya, por diferentes motivos. Para algunos por puro racismo;  para otros, los más progresistas, por un extraño concepto de contaminación cultural. 

Las críticas que recibieron los dos enamorados, desde diversos estamentos sociales, les llevó a huir lejos del lugar donde se conocieron, diluyéndose en las sombras del anonimato en una gran ciudad. Allí, lejos de las miradas de unos y otros, refugiados en el olvido de lo que una vez fue actual, para pasar a ser una cuestión privada e íntima, lejos del juicio histriónico de los puristas morales, gestaron la hercúlea epopeya de tener una vida en común. El relato concluye así, con los dos protagonistas juntos, sumergidos en la cotidianeidad, lejos de todos aquellos que intentaron modificar lo que ambos sentían en nombre de no sé sabe que leyes no escritas en lado alguno. El triunfo de la constancia, del amor, de lo íntimo,  sobre aquella gente que mira hacia afuera, hacia los demás, para buscar dar sentido a su vida, en  nombre de unas creencias o unas normas.

La novela y su argumento daba vida a un amplio corrillo en el gran salón donde, unos minutos después se entregaría al autor el premio creado y financiado por un grupo de comunicación. El escritor como eje vertebrador del grupo, daba coherencia y consistencia a esa variopinta amalgama de personajes, acostumbrados a participar en este tipo de eventos, formando parte del paisaje en los distintos premios, presentaciones y actos varios relacionados con la Cultura o, al menos, la Cultura oficial.

En ese preciso instante, un conocido tertuliano radiofónico, con un estudiado gesto teatral y una de sus peculiares chaquetas, que constituían su seña de identidad, defendía la imposibilidad de que un hecho así ocurriera en nuestros días. "Por suerte, este país ha avanzado en ese aspecto muchísimo, y nadie juzgaría un amor intergeneracional entre razas. La transversalidad del pensamiento resulta evidente". Aseveración que provocó el asentimiento de los miembros de esa improvisada tertulia.

Acto seguido tomó la palabra el miembro de la asociación gitana que no dudó en hablar, de igual modo, de la evolución que la etnia a la que pertenecía había vivido en las últimas décadas, "A pesar de toda la incomprensión de la sociedad y de todas las trabas que nos hemos encontrado, hemos luchado para abrirnos a las nuevas formas de pensamiento, sin olvidar el legado de nuestros ancestros". Discurso que fue refrendado por parte de las personas que conformaban la audiencia con movimientos de cabeza afirmativos o breves frases hechas.

Un tercer integrante de esa improvisada tertulia, un conocido periodista que había hecho de los derechos de las minorías su bandera, se centró más en el autor y en sus circunstancias. Alabando el hecho de que una persona, dedicada profesionalmente a la hostelería, fuese capaz de realizar una obra literaria de tanta calidad. También recalcó lo inusual, y estimulante, que le resultaba que una persona con una edad que se acercaba más a los cincuenta que a los cuarenta, se hubiese decidido a dar rienda suelta a su anhelo, escribir una novela, dedicando parte de su tiempo libre y su energía a ello.

El aludido se limitó a dar las gracias, acompañando con las palabras con una mínima sonrisa, casi circunstancial, en su rostro.

Un cuarto integrante de aquel animado círculo retornó al tema sobre el que pivotaba el relato premiado. Contrariamente a lo que los anteriores intervinientes habían defendido, él dudaba de la aceptación hoy en día, al menos por una parte significativa de la sociedad, de una experiencia como aquella.

Unos y otros no tardaron en rebatir este argumento, con mayor o menor firmeza, en función del estatus que cada cual tenía en el grupo. Lo curioso es que, en algún caso, los discursos  defendían causas tan dispares, para oponerse a que esa situación se repitiese en nuestra época,  que a alguien no introducido en ese maraña de personajes, tan dispares entre sí, al menos en lo formal, podría parecerle que los unos se rebatían a los otros, en vez de defender la imposibilidad de discriminar a alguien por un acto de amor entre personas de diferente edad y raza.

El laureado escritor  no parecía prestar mucha a la discusión del grupo. Miraba, una y otra vez, hacia el lugar donde se encontraba la entrada, con gesto preocupado. La insistencia de gesto acabó siendo observada por todos los participantes en el animo grupo, provocando un silencio incómodo. Parecía que al novelista no le importasen los argumentos de aquellos conocidos, y según ellos, distinguidos contertulios. Ante este silencio espeso Orellana se disculpó, explicando que su intranquilidad se debía a que estaba esperando que su mujer llegase. Tenían dos hijos de corta edad y precisaban que una persona adulta estuviese con ellos en todo momento. Habían contratado una canguro, conocida por ellos, pero una pequeña avería en su automóvil, un pinchazo, había impedido que llegase a la hora. Él, protagonista del evento, dejó a su mujer en casa, a la espera de que apareciese la cuidadora de sus pequeños, para, cuando ya todo estuviese arreglado, incorporarse ella al acto. 

El, hasta hace un momento, silente grupo aceptó unánimemente la explicación, retornando a su animada conversación. 

Quedaban cinco minutos para el inicio del acto, cuando hizo acto de presencia en el recinto una joven mujer,  rondaba los veinte años, morena, de una gran belleza, que atrajo la mirada de muchos de los que allí se encontraban. Luis se dirigió hacia ella, alzando la mano derecha para llamar su atención mientras se acercaba a la recién llegada. Ella le reconoció de inmediato, como anunciaba su amplia sonrisa. 

Tras unas palabras, Orellana acompañó al grupo a la recién aparecida. La reacción en el corrillo varió entre quien esbozó una sonrisa bobalicona ante la mujer y aquellos, dos o tres, que no supieron que decir. Alguien se aventuró a romper el hielo, comentando que desconocía que Luis tuviese una hija tan mayor y, por cierto, tan guapa. La ocurrencia provocó una ligera carcajada en algunos de los que escuchaban. 

"No, no es mi hija. Ella es Saray, mi mujer", comunicó con total naturalidad él.

"Hola, tío. Hace cuatro años que no sé nada de ti, desde que me vine con mi marido a Madrid. Mi número de teléfono sigue siendo el mismo", dijo la recién llegada al representante de la asociación gitana, cuyo rostro había mudado desde el momento en que vio como el escritor se dirigía a la que enseguida reconoció como su sobrina. 

A continuación, como si todo estuviese previamente ensayado, tomó la palabra el escritor para aclarar algunos aspectos: "Mi nombre real es Pablo Martín, Luis Orellana es un pseudónimo, y hasta hace cuatro años era profesor de Literatura de Educación Secundaria. Posiblemente eso explique por qué alguien que se dedica a la hostelería ha sido capaz de escribir un libro".

La sorpresa en las personas que escuchaban a la persona ahora llamada Pablo iba en aumento, lo que se reflejaba en la expresión de sus rostros y en su silencio. 

"A Saray y a mí nos conocen todos ustedes. O eso creen. Unos cuantos de ustedes dedicaron, hace unos cuatro años, parte de su tiempo a calificar en tertulias televisivas y radiofónicas, así como en alguna columna de periódico, nuestros sentimientos. Como recordarán, todos ustedes no tuvieron ningún pudor en descalificar nuestra relación sin conocernos y, lo más importante, sin tener intención alguna de hacerlo".

Saray cogió la palabra para corregir a su marido. "En realidad, alguien si nos conocía, al menos a mí, mi tío. Pero tampoco se tomó la molestia de hablar conmigo para interesarse por conocer lo que yo sentía o pensaba. Solo importaba algo que nos representaba a todos los gitanos... Menos a mí". 

El escritor retomó la palabra: "Tuvimos que alejarnos de nuestro lugar de residencia, de los nuestros, sobre todo Saray, para poder amarnos lejos de la mirada inquisitorial de quienes nos despreciaban por no amoldarnos a sus cánones. No, una historia, casi un relato autobiográfico, como el que desarrollo en el libro puede producirse hoy en día, aquí y en cualquier otro lugar". Dicho lo cual siguió las órdenes que le daba el conductor del acto, subiendo las escaleras y sentándose tras una mesa en la que había varios ejemplares de su libro. 

Tras la introducción del presentador del acto y la entrega del premio, el escritor se dirigió a la audiencia, señalando a su mujer antes de decir: "En realidad, los protagonistas de esta novela somos esa mujer y yo, pero también el amo y la falsa moral que siempre ha existido y siempre existirá. O, tal vez, en realidad, el protagonista de la novela sea el afán de dos personas por continuar, pese a todas las trabas, es el afán de creer en lo que sienten y en el otro, junto con el derecho de acertar o equivocarse por uno mismo. En definitiva, esta obra solo intenta ser un alegato a favor de que cual escriba su propia novela. Gracias."

jueves, 29 de septiembre de 2022

IDIOTARIO (CXI)

Antiguo Régimen: en términos de Historia, dieta que se hizo hace tiempo.


Consentimiento sexual:  con una disposición emocional inclinada a todo lo relativo al sexo.


Empanadilla: mujer que tiene una confusión pequeña.


Escorbuto: enfermedad producida por la carencia de vitamina C, que produce síntomas como cantar: "Mucha policía, poca diversión, mucho hijo de puta vestido de marrón" o "Para vivir alegre y contento, Eskorbuto al parlamento"


Fascitis: patología caracterizada por la inflamación del tejido fibroso, con una alta prevalencia entre los personas con ideología de extrema derecha.


Modernidad: dícese de lo que en un breve periodo de tiempo se considerará antiguo.


Terraplanista: persona con una acentuada discapacidad visual, tanto física  como mental.


Wonder, Stevie: cantante y músico multinstumentista encuadrado en el movimiento que gira en torno a la compañía Motown. Ciego de nacimiento fue elegido por la Dirección General de Tráfico de España para encabezar una campaña contra el uso del alcohol en el acto de conducir. La campaña fue muy aplaudida, entre otras cosas porque el cabeza visible de la misma posee una dilatada experiencia a la hora de ir ciego en un automóvil.

domingo, 28 de agosto de 2022

CUADERNOS DE VIAJE

 En determinadas circunstancias, cuando se emprende un viaje, se hace de dos formas diferentes. Una, la obligatoria, aquella que te traslada en el espacio a un lugar diferente del que resides. La segunda, prescindible, o no, en función de la situación personal, es el que se realiza en tu interior. En este caso, con alguna excepción, he pospuesto esta segundo variable, aunque hubiese un reencuentro, que me hecho pensar y cuestionarme decisiones anteriores (al menos en un primer momento superficial y falto de una reflexión más profunda), que puede que, aunque quisiese repararlas hiciesen imposible volver a un punto anterior. Tendré que invitar a un café o a una cerveza, o a más de una, a esa persona, en ocasiones bastante hermética, que motu proprio me ayudó a demoler la indecisión. 

Imagino que el lector no tendrá mucho interés en mis cuitas personales, imprescindibles, pues ayudan a comprender como percibe el viajero lo que está viviendo, pero poco trascendentes para describir un templo, un río, el desierto, una ciudad o las pirámides. Parece obvio, tras estas pistas, que escribiré sobre Egipto. Egipto, el país de los faraones, de las botellas y las bolsas de plástico inundando el suelo de las ciudades, del desierto y algunos puntos del Nilo; el país del calor, de los contrastes. Contrastes al menos para los turistas, que pueden estar por la mañana en una ciudad con unas infraestructura de los años 60 en España o bañarse en el Nilo ("donde no está contaminado"), para pasar a estar por la noche en un hotel de cinco estrellas, perteneciente a una conocida cadena internacional, en la capital del país, viendo desde el bar de la última planta del rascacielos, una buena parte de ese caos ininteligible que es El Cairo, tanto de día como de noche, mientras te bebes un gintónic. Egipto el país de los contrastes entre el Sur y el Norte, entre la tradición que se resiste a desaparecer y la acomodación del modelo de vida occidental tamizado por la herencia secular musulmana.

Aún no he procesado toda la información, creo que sí la básica, la que alimenta lo que me resulta imprescindible, pero si tuviese que escoger momentos o lugares me quedo con algunos de estos:

La puesta de sol navegando en un barco sobre el Nilo, con el canto a la última oración del día por parte de los muecines de Luxor. 

Karnak y su sala hipóstila. La desmesura arquitectónica, realizada con tal equilibrio que sólo puedes sentirse fascinado y atrapado, sintiéndote tan maravillado como cuando visitas el Museo del Cairo y tienes ante ti los sarcófagos de Tutankamon y parte del ajuar funerario que encontró Howard Carter. 

Abu Simbel y el viaje de tres horas por carretera hasta allí en un convoy de autobuses escoltado por la Policía, para evitar "problemas" con bandidos o combatientes de la guerra civil que se desarrolla en Sudán, país limítrofe. Si a ello le añades una tormenta de arena que vivimos y anécdotas varias, que no merece la pena narrar, pero que nos alegraron el resto del viaje a los que las vivimos, resultó un cóctel más que interesante, y no sólo por la majestuosidad del lugar.

Para uno, al que le apasiona el arte y en especial la arquitectura, Sáqqara se convirtió en algo así como un orgasmo intelectual. Sáqqara, el lugar donde se concibió en toda la Historia de la Humanidad un edificio monumental con tejado, con las incertidumbres plasmadas del gran Imhotep ante esta colosal tarea. Con la pirámide escalonada, del mismo autor, que dio el pistoletazo de salida para lo que después habría de venir y que podemos contemplar en Guiza.

Ahora que lo pienso, a pesar de que pueda interrumpir lo más agradable para el lector, sí ha existido ese viaje interior. Ese viaje dentro del viaje y que, como de costumbre, ha estado protagonizado por los demonios de siempre, aunque creo haber aprendido la lección, de una vez por todas. Empiezo a tener claro que debo ser una persona mucho más interesante de lo que yo sospechaba, a pesar de todos mis frenos y de los fantasmas. Los fantasmas implantados, de manera consciente o inconsciente, desde los tiempos primigéneos,  y que espero hayan saltado por los aires de manera definitiva. Tal vez, solo tal vez, por fin tenga una idea clara de mi sitio. Cuando más pienso en ciertas cuestiones, más considero que todo se debe a un error de enfoque por mi parte. 

El templo de Filae, situado en una isla, y último construido de este tipo, ya en época romana, en cuya construcción está implicado un paisano nuestro, un tal Trajano, nacido en Híspalis. Resulta imprescindible.

Imagino que el lector estará esperando que hable de las pirámides, que son impresionantes, y que consiguieron lo que los faraones querían, que pasaran a la eternidad, al menos su nombre, que ha llegado hasta nosotros. Sinceramente, me pareció algo magnífico, pero a mí lo que más me impresionó es la visión de la Esfinge alineada perfectamente con la pirámide de Kefrén. También me pareció algo fabuloso el paseo en dromedario y observar sobre este animal las tres grandes pirámides. Consejos, si tienes miedo a las alturas, como yo, atrévete, merece la pena. Si eres muy escrupuloso con las condiciones higiénicas, ni lo intentes.

El viernes por la mañana en El Cairo. Tuvimos la suerte de estar allí, al lado de una gran mezquita, cuando los fieles debían acudir a ella. Resulta sorprendente ver a una infinidad de hombres (sí, solo hombres) empujándose para acceder al recinto de oración a través de una puerta minúscula, pero más impactante es aún ver como las calles aledañas se llenaban de grandes alfombras, el que suscribe, y alguno más pisamos una porque no sabíamos para que eran y recibimos, con razón, una regañina, que se llenaron de hombres arrodillados para escuchar el mensaje del imán, entre ellos  nuestro guía. Impresionante.

El tráfico de El Cairo. No voy a describirlo, se puede buscar en Internet,  aunque intuyo que no dará una idea real de lo que pudimos contemplar. Podría contar anécdotas variadas, pero intuyo que perderían parte del significado que tenían para todos los que las vivimos y no lo haré. Solo decir que el tráfico rodado y el peatonal, capaces de atravesar una carretera de varios carriles sin mirar en exceso, constituye en sí mismo parte del paisaje imprescindible y un atractivo más. Los que tengan problemas auditivos con sonidos como los de las bocinas no deberían visitar esta ciudad.

Seguro que se me quedan más lugares, circunstancias o situaciones dignas de narrar, pero tampoco me voy a enrollar mucho en este aspecto, porque creo que a nadie le interesará mucho saber que fuimos a tomar un té con menta a un local muy afamado, que frecuentaba uno de los escritores egipcios más famosos del siglo XX, que murió a finales del mismo, y que tuvimos el honor de compartir nuestro espacio con una cucaracha, que apareció bajo un banco y que nos proporcionó un momento de angustia para las más aprensivas y un momento de risa para los menos escrupulosos.

Los turistas somos vacas a las que ordeñar para muchos egipcios, en especial en el Sur del país, desde Luxor a Aswán, pero también, en menor medida, en el Norte. La idea está clara: debes gastarte la mayor cantidad de dinero posible. Para ellos te pedirán dinero por comprar, por ayudarte, aunque no lo hayas pedido, por hacer algo que ya has pagado, por... Además, no dudarán, si pueden, en estafarte, aunque sean pequeñas cantidades, sobre todo en los cambios. Somos el maná del desierto con forma de euros.

Una de las cosas que suelen hacer es pedirte cambiar monedas de euro en billetes de cinco o de diez. ¿Por qué? Porque todo es "un euro". Y uno se dio cuenta de que esa gente que te cambia diez monedas por un billete ha hecho una gran recaudación. En especial cuando te enteras de que la botella de agua que a ti te cobran a un euro, y que es imprescindible porque no puedes beber agua del grifo y además para evitar la deshidratación cuando haces visitas en lugares que están situados al lado del desierto o en pleno desierto, a ellos les cuesta tres céntimos. 

Existe pobreza, sí, mucha, muchísima, pero también existe gente que consigue sobrevivir de manera holgada gracias a nosotros. Para que el que lea esto se haga una idea, en el mercado que había en Abú Simbel los compradores decían: "sin agobiar", como forma de atraer al cliente. En todos los lugares, más acentuado en el Sur, niños, adolescentes, adultos, siempre hombre, excepto en el poblado Nubio, que también lo hacían las mujeres, se abalanzan con un objeto y con las palabras: "un euro". Incluso en los mercado te ponían prendas en las manos, cuyo precio era un euro de inicio, pero, misteriosamente, cuando entablabas conversación con ellos ese precio se multiplicaba por quince o por veinte. La verdad, era divertido regatear y siempre, yo al menos, me iba con la impresión de poder haber rascado más. Por cierto, lo de irse en medio del regateo da buen resultado, porque te van a buscar, pero cuando van a por ti hay que seguir regateando para aún más el precio del vendedor.

Anécdota, de paseo por un mercado de El Cairo pasamos por un puesto de comida típica, faláfel, que estaban haciendo allí mismo, olía de muerte, y a la vuelta me acerqué (creo que nadie de los que me acompañaba tenía el espíritu aventurero que tenía yo a la hora de probar comida, cocinada, en la calle) me dieron uno y les pregunté el precio, como solo hablaban árabe no nos entendimos y decidí darme la vuelta y pirarme mientras me comía el falafel. Imagino que se cagarían en mis muelas. El mejor de todos los que probé. 

Compartí habitación con alguien que no conocía que era homosexual. Resultó una experiencia nueva y enriquecedora. En el fondo era como cuando en alguna ocasión he compartido cuarto con alguna amiga en un viaje. Nunca me había planteado esta situación y lo único que puedo decir es que nos organizamos muy bien para los turnos de baño y para ayudarnos si alguno necesitaba algo que el otro le podía proporcionar . Una nueva vivencia que añadir al carro de situaciones diferentes que conforman mi paso por esta vida. 

Más anécdotas. Fuimos un grupo de 21 personas y llegamos a la conclusión de que Tinder y Grinder (versión de la primera para personas homosexuales, además de mi compañero había otro) funcionaba y si alguno no mojó, con una árabe o con una pareja de homosexuales, fue porque lo que comenzó como una broma de grupo, quedó en broma. En ambos casos había determinada hasta la hora de cita en los hoteles.

 Una cosa que nos llamó la atención sobremanera: las casas parecían estar inconclusas. Siempre había vigas a la vista sobre el último piso construido, sobre todo en las casas más bajas, muchas más en el Sur. La explicación nos la dio nuestro guía. Los hijos varones se quedaban a vivir en casa de los padres cuando se casaban, construyendo encima de ellos su hogar. Los hijos varones son los que deben mantener con sus sueldo a sus padres si no pueden trabajar y a sus hijos, que, a su vez, mientras dure la tradición, deberán mantener a sus padres cuando estos sean mayores y construir una nueva casa sobre la de sus padres.

Cuando volvía ya en coche desde Barajas me di cuenta del error de enfoque de parte de este viaje, creo que más importante que la muesca que podía haber sido, es ser consciente de que lo que una vez funcionó hubiese funcionado si no me hubiese perdido en laberintos interiores míos, una vez más, porque el trabajo inicial estaba realizado el primer día que fue posible. 

Si vais a Egipto debéis saber que podéis tocar los jeroglíficos de paredes o columnas de los templos o la mayoría de las esculturas del Museo de El Cairo. No son conscientes del deterioro que a la larga puede producir eso, por suerte para nosotros y para desgracia de su patrimonio. Merece la pena tocar ciertas esculturas o ciertas paredes para comprobar la extraordinaria habilidad para pulir piedras que los egipcios tenían hace más de 4000 años, con unas herramientas toscas, que ni tan siquiera eran de hierro en muchas ocasiones. 

La minivisita que realicé al Barrio Copto (cristianos que ayudaron a los árabes, que prometían tolerancia, a conquistar Egipto, liberándolos del yugo bizantino, con los que disentían en aspectos "fundamentales" de la fe cristiana y que les reprimían por desviarse del credo oficial) me provocó la necesidad de volver a El Cairo. El Barrio Copto es una isla de paz en medio de un ciudad que se alimenta de tráfico, ruidos de bocinas y multitudes. Por cierto, aquí se puede visitar la Iglesia, merece la pena verla,  en la que se sitúa, según la tradición, el lugar donde José, María y Jesús se refugiaron cuando huyeron a Egipto. Los coptos (palabra que significa cristiano) son un 10% de los 105 millones de habitantes del país. 

El contraste con las dos mezquitas que visitamos, espacios abiertos rotos por las columnas, es abrumador. Como el lector sabe un no creyente no puede entrar en una mezquita. Sin embargo, durante nuestra visita tuvimos la suerte de acceder a dos, una inmensa como la de Muhammad Ali y otra más pequeña. En ambos casos, además de los espacios diáfanos, de los que he hablado con anterioridad, hay otra característica, la altura de los techos, de las cúpulas, que proporcionan al que la frecuenta una sensación de amplitud y de pequeñez frente a ese dios, o a ese arquitecto si no resultas ser creyente.

Resulta curioso este tipo de viajes en los que la mayoría de la gente no se conoce y como se va conformando el grupo, los roles, las interacciones, las personalidades, pero, sobre todo, lo que cada cual puede aportar para que él y los demás se lo pasen lo mejor posible y eso también va a formar parte de la geografía de Egipto, al menos en mi recuerdo. 

A continuación de publicar esto tengo que volver a mi vida cotidiana, a una conversación pendiente, a decidir que hacer sobre ciertos aspectos pendientes, pero antes de todo ello deseaba contar, aún sin haber asimilado todo, como he vivido en mi interior las ciudades, el desierto, casi infinito y al que he decidido volver para vivirlo de otra manera, el Nilo, la miseria, la grandeza de las 20 dinastías, la convivencia, los errores, la autoestima, el carisma, el calor, el sudor, la sensación de ser solo una fuente de ingresos para los lugareños, la gran cantidad de Policía que había por todos los lados con el Kalasnikov como compañero inseparable (chavales de no más de 20 años lo llevaban como si se tratase de un juguete), la suciedad, la belleza, la facilidad para adaptarse a los diferentes entornos... En fin, escribir sobre una  experiencia agotadora, insuficiente, pero magnífica.

miércoles, 17 de agosto de 2022

ESPERO Y DESEO QUE TE VAYA BIEN

 Creo llegado el momento de contarte, y contarme, porqué. Por qué todo acabo de esa maner,a inesperada y abrupta, a través de una llamada, ni tan siquiera cara a cara.

Puede que deba comenzar por el final, por la forma. Como sabes, como sé, las decisiones importantes en la vida ocurren tras un tiempo de reflexión, sufrimiento, incertidumbre o cualquier otro aspecto que pueda conmover los cimientos de una persona. Por tanto, no se trató de un hecho irreflexivo, fruto de la impulsividad. Hacía meses que en mi mente rondaba la idea y en los dos o tres meses anteriores a transmitírtelo se había convertido en una certeza. Por supuesto, mi intención era hablarlo contigo en persona, pero la maldita distancia, interpuesta por las circunstancias, lo aplazaba semana tras semana. 

¿Qué me llevó a tomar la decisión de hacerlo a través del teléfono? El dolor. El dolor de no decirte que te quería a través del altavoz por no mentirte. El dolor de que no te dieses cuenta de que llevaba un par de semanas sin hablarte de amor y sentimientos y que tú no te dieras cuenta. El dolor de no saber cuando podría estar frente a ti para contarte que no quería seguir junto a ti. El dolor de alargar algo que para mí ya no tenía sentido.

Puede sonar absurdo que, tras ser yo el culpable de la ruptura, hable de dolor propio. Pero así lo viví.

Mi punto de vista puede resultar extraño, pero creo que, en el fondo, se basaba en el respeto hacia ti. Yo no puedo controlar cuando amo o dejo de amar a otra persona; pero sí puedo tener control sobre el respeto que siento hacia alguien y considero que comunicar a tu pareja que ya no deseas seguir, cuando en tu interior ya murió ese latido con su nombre, se puede considerar un acto de respeto. Porque, sabes, difiero de ti en algo: las palabras no se gastan por usarlas. Lo que se deterioran son los sentimientos y lo que degrada una relación, casi hasta lo humillante, es pronunciar palabras huecas, que perdieron su sentido hace tiempo. El respeto hacia quien quieres consiste en que esto no ocurra. Y te respeto, como te respeté cuando tuve ocasión de estar con otra mujer de manera ocasional y no lo hice, porque merecías y aún mereces todo mi respeto.  

He comenzado por el final, o casi, y, tal vez, debería contarte qué ocurrió para dejarte de amar. Podría parecer absurdo narrar cómo se empieza a dejar de amar a alguien. ¿Existe un punto de inflexión en el amor? En este caso sí, e intuyo que si te hablo de la ciudad donde nos conocimos y la segunda que volvimos a ella, casi seguro que recuerdas lo que aconteció. Lejos de pedirte fidelidad o zarandajas por el estilo, solo quería que compartieses conmigo el poco tiempo que teníamos para estar juntos. En el fondo, ya que no solías decir que me amabas o que me querías, ese interés por estar juntos me hacía sentir querido o amado. 

Después hubo alguna otra circunstancia similar que me empujo a tomar la decisión. El estilo de relación que teníamos nos proporcionaba una infinidad de tiempo libre para que cada uno, por su cuenta, hiciese lo que apeteciese dónde, cuándo y con quién quisiera. Pero el tiempo, el escaso tiempo, del que disponíamos para estar juntos para mí era importante. Quería vivir el mundo contigo, a través de ti. 

Una cuestión que suele pasar desapercibida tiene que ver con mi tiempo libre. Por mis circunstancias tengo mucho más espacio para ocio y para descansar que la mayoría de gente. Cuando la persona con la que tienes una relación no dispone de unos períodos semejantes de descanso, se debe rellenar esa diferencia de alguna manera, siempre esperando. Lo haces porque deseas compartir hasta el último segundo con ella, sin más. Tal vez por ello, cuando tú insistías aquella vez en irte de vacaciones sin mí me sentí mal. 

Como bien sabes, jamás te pedía cuentas de con quién ibas o lo qué hacías, como tú tampoco lo hiciste conmigo (comprobaste que existía otra forma de libertad), pues nuestra relación se basaba en la confianza y eso me parece algo maravilloso. Algo que siempre recordaré de ti. Igual que siempre tendré presente cuando escuchaste esa canción de León Benavente, Estado provisional. Me dijiste que era muy bonita, pero muy triste. Ahora sé que eso me cautivó de ti. Conseguías, casi siempre, que la tristeza quedase lejos, en un país sin nombre ni accesos. Eso me gustaba tanto de ti. Tal vez sea lo que reflejaba tu sonrisa, que sigo representando en mi recuerdo en ocasiones.

Teníamos nuestra canción, esa versión que hizo Manu Chao de un tema que se volvió muy famoso, poco después de adoptarlo como nuestro, en boca de una artista muy famosa. En perspectiva, creo que el que tema que mejor nos reflejaba era Ser brigada, también de León Benavente. Una mujer y un hombre que se encuentran, con sus cargas respectivas, y que deciden, a pesar de todo, construir su pequeño universo, por el mero hecho de arrojarse juntos hacia lo que haya de venir. Fuimos brigada y siempre sentiré añoranza de ese período.

Te amé igual que después me sentí vacío y necesitaba estar lejos de ti. En ese momento me inventé, ahora lo sé, la excusa de que amaba a otra mujer. Siempre utilizo esa excusa y esa mujer, pero tengo plena conciencia de no amarla, a lo sumo puedo llegar a desearla, como a otras mujeres, pero sin que exista una verdadera posibilidad de que nada pase del plano mental al real. Cada cual construye sus castillos en el aire para seguir avanzando en la vida y el mío fue ése. Tal vez, ese constructo me ayudó a dar el paso de dejarte, estoy dándome cuenta de ello según escribo esto.

Como bien sabes, me encanta viajar y junto a ti se convirtió en una constante. Me encantaba esa faceta tuya, como me gustabas con gafas cuando visitábamos monumentos. Reconozco que te hecho de menos en ese aspecto. Como hecho de menos, los restaurantes, las excursiones de un día.

Te dije que había comenzado por el final, o casi, pero aún queda algo que contarte sobre ese período. Tarde un tiempo en dejar de sentirme como un cabrón cuando rompí contigo. Aunque no te lo creas te quiero, para mí, como ya sabes, es algo distinto a amarte, y sentí infinitamente el dolor que te había provocado. Te considero una persona maravillosa y lo último que deseaba era hacerte sufrir. Aunque intuyo que de poco sirva esto que te cuento, me odiaba por generarte sufrimiento. Como te he dicho, desde mi perspectiva, no existía otra opción, pero sentí, siento, haberte provocado dolor. 

Cuando la gente me preguntaba por qué había roto solo podía decir que la culpa era mía. Te considero una bellísima persona, creo que mejor que yo, y esto se lo decía a todo el mundo que te conoció. Dudo mucho que encuentre alguien mejor que tú en ese sentido y, en ocasiones, hecho de menos estar contigo, pero sé que hice lo correcto, para los dos. 

Espero, y deseo, que te vaya bien.


P.D.: Noches de bohemia podía ser la otra canción que nos representaba en aquella época. He vuelto a escucharla hace unos meses, después de mucho tiempo.