jueves, 30 de noviembre de 2017

IDIOTARIO (XCII)

Arrestar: a realizar operaciones de sustracción.


Bombona: bombón muy femenino.


Condado: división territorial de algunos países, cuyos límites son seis caras con un número diferente de puntos cada una de ellas.


Parque Jurásico: Senado.


Preestreno: momentos previos a la primera experiencia sexual. 


Principio de Arquímedes: nacimiento de Arquímedes, ocurrido en el año 287 a. C.


Renacimiento: período que se sitúa justo después de que una persona separada conoce a alguien de quien se enamora, siendo correspondido.


Trump, Donald: Çuadragésimo quinto presidente de Estados Unidos, que es posible que consiga hacer bueno a George W. Bush, lo que dice mucho del nivel de los últimos presidentes del país norteamericano.


X-Men: hombres que ven pornografía.

lunes, 27 de noviembre de 2017

DIARIO DE UN MAESTRO GRUÑÓN (26-XI-2017)

Creo, querido diario, que todos tenemos un problema muy serio cuando olvidamos de dónde venimos. En los últimos tiempos estamos tan enfrascados en la búsqueda de la excelencia, de una Educación que prepare para el futuro (eso que no se sabe qué es, ni cómo será, pero para lo que debemos estar preprados), de los modelos pedagógicos revolucionarios (caracterizados por su pronta obsolescencia) y de informes de expertos (y de no tan expertos), que hemos borrado en nuestra memoria las virtudes de lo que tenemos y hemos construido entre todos y para todos.
Como ya te comenté en la entrada anterior, alumnos que vienen de otros países con menor nivel económico, y otra cultura, pueden no saber sumar con llevadas teniendo cursando un nivel similar a cuarto de Primaria. Pero no sólo eso, por circunstancias de la vida me he econtrado con personas nacidas en España hace unas seis décadas, que no saben escribir su nombre o con un caso, si me permites la expresión, más sangrante: un joven de etnia gitana, que aún no ha cumplido los treinta años, que no sabe escribir sus apellidos. Y esto, querido diario, no me lo ha contado nadie, lo he visto con mis propios ojos.
Por todo ello creo que antes de dedicarnos a despotricar sobre lo malo que es el sistema, la horrible preparación de nuestros alumnos, lo malos docentes que somos... deberíamos tener en cuenta que hemos conseguido, en pocas décadas, un sistema que, con sus defectos, permite que todos los ciudadanos de este país tengan acceso a un sistema que les permite adquirir una destrezas básicas para desenvolverse. Otra cuestión es como se adquieren y el uso que cada cual hace de ellas, pero no estaría de más recordar que muchos de nuestros padres y abuelos eran semianalfabetos o analfabetos y que unos cuantos kilómetros más abajo, cruzando el Mediterráneo, las posibilidades de acceder a un sistema educativo de una parte significativa de los jóvenes son pocas.
Por todo ello, sin olvidarnos de que debemos mejorar todos, parece oportuno, al menos de vez en cuando, recordar de dónde venimos y lo que hemos conseguido.
A colación de ello me viene a la memoria un tuit, donde alguien decía que está muy bien ese mantra modernillo que defiende que el sistema educativo actual mata la imaginación, pero que más mata la imaginación, y otras muchas cosas, no tener acceso a ese sistema educativo. 
Creo que se habla mucho de imaginación, inteligencia emocional y otras cuestiones que quedan muy molonas, a las que les ocurre eso: que quedan muy molonas. Sin embargo, para mí uno de los fundamentos de esta historia de la educación es la autoestima, tanto en lo personal como, sobre todo, en el aspecto escolar, que es la que podemos trabajar de manera esencial desde los centros educativos. 
Te preguntarás, querido diario, por qué resulta para mí tan importante este aspecto. Pues por algo tan sencillo, y obvio, que si no se tiene confianza a la hora de abordar una tarea, no sólo en el ámbito académico, los resultados van a ser, por lo general, pésimos. No sólo eso. Aún pudiéndose culminar con éxito la actividad emprendida, el actor de dicho acierto puede atribuir su acierto al azar, lo que le llevará a no abordar en sucesivas ocasiones la labor encomendada con todo el rigor y el método necesario. 
Lo sé, menudo rollo he soltado, pero no sé hacerlo mejor. Tal vez, si fuera capaz de explicar este tipo de cuestiones con mayor facilidad escribiría libros y abandonaría la docencia. 
A riesgo, querida bitácora, de parecer pesado me gustaría hablar un poquito más de la autoestima y del sentimiento de eficacia académica o escolar de los alumnos. 
En determinados casos mi trabajo consiste en conseguir, en mayor o menor medida, que alumnos desmotivados, con una percepción baja, e irreal, de sus propias posibilidades para abordar las tareas del aula, consigan sacar algo más de ellos, que puede ser poco, mucho o regular. 
El método siempre sigue unos patrones similares: plantear actividades con una alta posibilidad de éxito, refuerzo social (¡Ves como puedes hacerlo! ¡Qué bien lo has hecho, tú solo!...), incremento gradual de la dificultad de las actividades, refuerzos sociales, algo de ayuda. Pero no todo es tan bonito. Una de las cuestiones que he observado en este tipo de alumnos (lo he llegado a ver con adultos) es que se conforman con conseguir unos objetivos muy pequeños. Me explico. A veces les basta con saber que pueden hacer algo y, una vez realizado con éxito vuelven a perder la concentración ante las siguientes actividades, sean similares o de aprendizaje. Ello conlleva que se trata de una carrera de fondo, donde se debe ampliar la capacidad de centrar la atención, intentando que la motivación perdure. Puede parecer un rollo, pero con un ejemplo, caro diario, seguro que se entenderá mejor.
Imaginemos que nos apuntamos a un gimnasio porque deseamos ponernos en forma, que falta nos hace porque llevamos años sin hacer nada. No hace falta explicar que la carga de trabajo: pesas, máquinas, cinta... debe ajustarse a nuestra forma, en especial en las primeras sesiones de trabajo. De no ser así y realizar un sobreesfuerzo durante los primeros días, con las consiguientes agujetas, cuando no con alguna pequeña lesión muscular, abandonaríamos en nuestro empeño. No sólo eso, si la carga de trabajo es la adecuada, cada vez seremos capaces de realizar más ejercicios y llegaremos a conocer nuestro cuerpo y sus posibilidades. En otras palabras, necesitaremos menos ayuda para realizar más trabajo, que, además, lo haremos con una mayor economía de movimientos y con unos movimientos más precisos, que eliminarán lesiones y que los habremos interiorizado.
Esto, que sobre el papel parece fácil, no lo es tanto. Pues todos los días no estamos igual, las variables que intervienen sobre el alumno, y, a veces, sobre el docente, son múltiples y, por tanto, como ya he dicho, se trata de una carrera de fondo, en la que se logran, siempre, éxitos, mayores o menores.
Hoy me enrollado en exceso, querido diario. Se nos ha hecho tarde a los dos y, además, no tengo nada que contar.
Nos vemos pronto. Hasta la próxima.



jueves, 23 de noviembre de 2017

PALETOS, SUPREMACIASTAS Y OTROS INDEPENDENTISTAS

Ahora que todo el asunto catalán ha quedado enterrado, hasta la próxima ocasión, parece el momento adecuado para, en frío, extraer algunas conclusiones, que no van a gustar ni a unos ni otros. Vamos a ello.

Parece obvio que todo el asunto comenzó cuando la derecha nacionalista catalana se vio con la soga al cuello por los recortes y por la corrupción en la que estaba inmersa. A nadie se le escapa que los Pujol, Mas y compañía habían hecho de Cataluña su cortijo, resultando todo fácil mientras el dinero fluía a espuertas. Cuando las cosas se pusieron serias y se cerró el grifo, para muchos ciudadanos, en especial para los que menos tenían, los hijos de los caciques de  toda la vida en Cataluña tiraron de victimismo, una vez más, para alejar el foco de atención de ellos, intentándolo centrar en tierras lejanas. 


Se ha recurrido mucho al franquismo para criticar a aquellos que estaban en contra del nacionalismo catalán, bien desde la derecha o bien desde la izquierda. Se ha intentando vender el franquismo como un hecho histórico ajeno a los catalanes, impuesto por España, pero la historia es bien distinta. Los padres y abuelos de algunos de los que más despotrican contra España constituyeron pilares fundamentales de la dictadura franquista en Cataluña, enriqueciéndose con ello.

Dinero y franquismo en Cataluña.

Algunos llevan el gen de la extrema derecha y la represión en la sangre.

Parece que en la familia ya hubo antecendentes de huidas... para pasarse al bando franquista.



Por tanto, parece que los que hablan de franquismo deberían admitir que ellos, o sus familiares, contribuyeron como el más adepto al régimen.


Sin embargo, lo que no parece importar mucho es que aquellos cuyas familias poseían considerables cantidades de dinero defrauden al fisco. Los Pujol, Mas, Trías... todos parecen haber heredado dinero de sus ancestros sin declarar, en paraísos fiscales. Parece que el franquismo y el Régimen del 78 no trató tan mal a algunos, que no están dispuestos a colaborar a la redistribución de la riqueza en su país. Nada más alejado del espíritu de la izquierda o del progresismo que esta actitud tan poco solidaria con los suyos.


No cabe duda de que los artífices del paripé catalán, cuando decidieron seguir hasta el final, sólo tenían una carta que jugar: la internacional. Esa carta, el reconocimiento internacional, era más un deseo que una realidad, que aún se puede leer en algunos tuiteros independentistas. Intuyo que el Gobierno de España jugó también sus cartas en este sentido, sin ruído y sin demora, pero, sobre todo, con eficacia. Los políticos independentista centraron todos sus esfuerzos en realizar un referendúm, pero hasta ahí llegó su fuerza. Ni la gente se tiró a la calle ni país alguno reconoció la República, que aún no sabemos si se proclamó o no.


Se ha observado la profunda división de la izquierda en este país. Por un lado una parte hablaba de la posibilidad de cambiar todo a través de la escisión de España, mientras otra parte recordaba al bisabuelo Carlos y no consideraba que la proclamación de la República liderada por una derecha corrupta tuviese nada que ver con un movimiento obrero que, por naturaleza, es internacionalista.
Mi idea al respecto la he expuesto varias veces en este blog: ir de la mano de la derecha no supone ninguna revolución, sólo dividir más a la clase trabajadora, creando odio entre personas que no se conocen por una frontera.


Una parte de la izquierda reivindicaba este movimiento independentista como una forma de acabar con el Régimen del 78. No hace falta ser muy inteligente que lo que ellos denominan Régimen del 78 fue una componenda de Juan Carlos, el Borbón, para afianzarse en el poder, a cambio de seguir los dictámenes de EE.UU., convirtiéndose en un aliado fiel y sumiso. Si algún iluso pensaba que iban a dejar caer que toda la aventura catalana tuviese lugar o que el régimen nacido tras la muerte de Franco cayese debería hacérselo mirar. De nuevo, como en el asunto del nacionalismo, no entienden que la lucha contra el neoliberalismo debe ser algo global y que, como se pudo comprobar en Grecia, no van a dejar que alguien prenda la mecha que puede tener consecuencias impredecibles.


Los que se amparaban en el pueblo, en la necesidad de cumplir su voluntad, han demostrado con sus declaraciones posteriores y con sus conductas, que no representaban a ningún pueblo, como mucho a una parte de la ciudadanía. La huida hacia delante sin objetivos ni red ha demostrado que detrás de tanta grandilocuencia no había nada. 


Una de las cosas que más me llama la atención es como la gente llegó a pensar que todo iba a ser un cuento de hadas. Las grandes conquistas históricas se consiguen con esfuerzo y, por lo general, con sangre, pero en esta sociedad infantilizada cualquier contratiempo se convierte en un acto de fascismo. Respeto a quien lucha de verdad por sus ideas, aunque no las comparta, pero esa cantidad de pejigueros que han invadido los medios de comunicación y las redes me parecen una explicación  a por qué estamos como estamos. 


Las dos huelgas convocadas (una con asociaciones empresariales, ¡te cagas!), han vuelto a demostrar que quienes no quieren cambiar nada convocan una huelga de un día. La huelga es una medida de presión que tiene su sentido cuando se realiza hasta conseguir un fin. Por lo general las huelgas serias acaban consiguiendo que los patronos se replieguen ante las exigencias de los trabajadores, como lo demuestran las llevadas a cabo recientemente por las trabajadoras de Bershka en la provincia de Pontevedra o la protagonizada por los trabajadores del servicio de recogida de basura en Madrid. Sin embargo, quienes no quieren cambiar nada convocan una movilización de un día, para dejarse ver. De nuevo, nada que ver con la izquierda.


Esa estupidez de "tenemos que intentar convercerlos..." me resulta ridícula. Me resulta ridícula por dos motivos:
- Porque en muchos casos se trata de decisiones emocionales y eso no se rebate con palabras.
- Porque yo no tengo que convencer de nada a nadie, cada cual puede pensar lo que le salga de ahí, pero, eso sí, todos debemos ser consecuentes con nuestros pensamientos y nuestros actos. Si alguien se siente estafado, engañado, manipulado o lo que fuere, también deberá tener el valor de decir que les han vendido una moto. Y si alguno de los que apelaba al diálogo ahora piensa lo mismo, también debería decirlo. El resto de gente seguirá pensando igual, por lo que no su postura ya es conocida.


Me gustaría concluir recordando que todo nacionalismo se basa en una hecho supremacista, en el que unos tipos de al lado no merecen estar con nosotros. Tal vez por eso los apoyos que ha encontrado el movimiento independentista catalán hayan sido en partidos cercanos a la extrema derecha, cuando no instalada en ella. 
Al final, el sueño no era tan bonitos y la realidad ha desenmascarado a unos y a otros. Mientras, las trabajadoras pontevedresas o los trabajadores madrileños se han jugado sus cuartos y sus esfuerzos para conseguir algo mejor para ellos y para sus compañeros. Ellos son los verdaderos revolucionarios.
Un saludo.

lunes, 20 de noviembre de 2017

CLINT EASTWOOD

"Alguien dejó la puerta abierta
y entraron los perros equivocados".

Clint Eastwood

Como otras veces he escrito todo, o casi todo, lo que aparece en este blog tiene que ver con mi experiencia diaria y con como interpreto lo ocurrido. Por ello, con cierta frecuencia, ciertas entradas ya terminadas y programadas, o a medio terminar, tienen que ceder paso a otras que aparecen con la necesidad de ser escritas y publicadas. Como el lector, que intuyo ya me va calando, habrá adivinado éste es el caso. Pero, tal vez, si escribo los dos hechos que desencadenaron esta necesidad el lector podrá comprender mejor el porqué de esta necesidad.
Hace unos días me enteré de que una organización sin ánimo de lucro había fomentado que ciertas personas de esa asociación o familiares cercanos se aprovechasen de actividades emprendidas bajo el paraguas de su nombre. Resulta obvio que al enterarme de este tipo de comportamientos no pude evitar sentir rechazo y desprecio hacia quienes se aprovechan de situaciones como ésta.
No había pasado ni una hora desde que tuve conocimiento de lo que he expuesto con anterioridad, cuando escuché que un tipo había vuelto a golpear a su pareja. Digo vuelto, porque se trata de un triste y sórdido drama, en la que él pega a su pareja, ella denuncia para, al poco, retirar la denuncia y volver junto con él. Ése criminal bucle, incomprensible para los que lo vemos desde fuera.
Reconozco que tardé un poco en procesar toda la información y en integrarla en mi escala de valores.
La primera conclusión a la que llegué fue la de siempre: cualquier organización, por muy buenas intenciones que tenga en su fundación, acaba convirtiéndose, en parte o de manera total, en pasto de desalmados, más preocupados en medrar y en que su nombre sea asociado con el altruismo y la bondad, que en llevar a cabo los objetivos que dicen promover. Esto sirve para el primer caso y para el segundo (donde el dinero la profusión de asociaciones y de expertos no evitan casos como el expuesto, dedicando su tiempo y nuestro dinero a cargar contra carteles, canciones y fruslerías similares).
Acto seguido me acordé de Clint Eastwood y de alguna de sus magníficas películas. Me vino a la mente ese personaje solitario, por lo general un tipo anónimo, que acaba tomando decisiones. Decisiones que no sólo afectan a él, a veces las toma para mejorar la vida de otros, supliendo las carencias de un sistema ineficaz. Por supuesto, yo no soy ningún héroe, aunque sí anónimo, pero la idea de que las situaciones cambian a través de nuestros actos individuales cada vez me parece que se ajusta más a la realidad. No sólo eso, también creo, cada vez con mayor fuerza, que yo sólo debo justificar mis actos, no los de los demás, aunque estos viajen en el mismo barco y hacia una dirección común. Uno sólo puede responder, ante sí y ante los demás, de lo que él hace, pues es sobre lo que uno tiene la capacidad completa de decidir. Lo que realicen los acompañantes es una cuestión suya. Lo mas que podemos llegar a hacer es considerar si, desde un punto de vista ético, lo que realizan los demás resulta elogiable o criticable y aplicar la conclusión a futuras situaciones. Pero no considero necesario justificarme por algo que han hecho otras personas. Allá ellas con su moral y su conciencia. Yo no debo ser el Pepito Grillo de nadie.
Imaginemos que alguien ayuda a realizar un acto solidario, donde se recauda dinero para personas que lo necesitan. Se consigue una cierta cantidad de dinero y se utiliza para mejorar la calidad de vida de un esa gente a la que iba destinada. El objetivo parece cumplido. Sin embargo, la gestión del asunto no ha sido la más adecuada y se podían haber conseguido más cuartos. Resulta evidente que quien ha contribuido a recaudar fondos no debe sentirse concernido por la mala gestión. Deben ser quienes han gestionado de manera pésima los que deben exigirse a sí mismos una justificación de su actuación. Cada cual debe responder de sus actos.
Es aquí donde entra en juego el segundo caso: el de la situación de maltrato que sufre la mujer de manera recurrente y al que nadie pone solución. Existe una percepción muy extendida sobre como solucionar ciertos aspectos de la vida a base de leyes y de protestar en los medios de comunicación y/o en las redes, celebrando juicios paralelos en muchos casos.
Sobre la necesidad de promulgar leyes para solucionar problemas nada parece más claro que esta medida resulta ineficaz. Existen leyes que prohíben matar o robar desde tiempos inmemoriales y no parece que hayan servido para erradicar el problema. Por tanto, las leyes, algunas con ciertos planteamientos disparatados, no resultan la medicina salvadora, por mucho, y aquí volvemos a lo de la responsabilidad individual, que cierta gente hable de endurecer penas como fórmula para solucionar los problemas, que ellos desconocen y a los que no se van a acercar en su miserable y moralista vida.
Por otra parte, esos moralistas, amantes de penalizar todo lo que no les gusta, parecen olvidar que los seres humanos seguiremos cometiendo atrocidades toda nuestra vida y que la eficacia de algo no se mide en exclusiva por aquello que, de manera aparente, no funciona, sino por la evolución y la eficacia de lo que se ha puesto en marcha. Una excepción debe servir para plantearnos si algo se puede mejorar, pero no para derribar todo un edificio que puede haber servido para cobijar a mucha gente desamparada. Y, por desgracia, la locura, la maldad seguirán existiendo siempre y debemos saber que han existido, existen y existirán hechos, minoritarios, imprevisibles y a los que no podemos dar respuesta, por mucho que nos duela.
Me gustaría concluir esta entrada haciendo referencia a que el asunto del maltrato también deja bien a las claras que existe cierta gente, demasiada, que medra a costa de la desgracia de las demás, sin solucionar los problemas primigenios que motivaron la actuación inicial. ¿Cuánto tiempo llevamos oyendo hablar de casos como el que he expuesto? ¿Se ha encontrado solución a situaciones como la expuesta? Creo que no hace falta que responda. Sin embargo, un montón de personas viven de desvirtuar el asunto y buscar problemas, donde en muchos casos no existen, sin solucionar los verdaderos y primordiales asuntos, los que motivaron que se montara una maquinaria de ayuda. En el fondo, esta reflexión sirve para cerrar esta reflexión como la comencé: hablando de gente que se beneficia de la desgracia ajena (en ocasiones, provocándola ellos). Tal vez por todo ello me identifico con los personajes de Clint Eastwood y, tal vez, por eso me siento muy a gusto, aportando lo mío, lo que puedo, lo que sé, intentando solucionar los problemas de los demás. Sin juzgar, sin necesidad de ser comprendido o admirado. Sólo por el mero hecho de saber que es lo que quiero, lo que necesito y lo que puedo dar a otros y soy muy feliz haciéndolo.
Un saludo.  

viernes, 17 de noviembre de 2017

IDIOTARIO (XCI)


Froilán (de Todos los Santos): ejemplo que no se debe poner a los hijos cuando se les intenta convencer de que el esfuerzo resulta necesario para alcanzar ciertas metas.


Libra: hembra del libro.


Meter la pata: introducir un ave hembra, palmípeda, de plumaje denso, pico más ancho en la punta que en la base en algún lugar, equivocándose al hacerlo. 




Multa de tráfico: sanción administrativa , generada por infringir el reglamento de circulación y por la mala suerte, porque tras ser ser advertido por el agente de tráfico correspondiente siempre se escucha la frase: "Para una vez que hago..., me pillan".


Nombre común: nombre de persona muy frecuente.


Números pares: das a luz signos gráficos que representan una cantidad.


Políticamente correcto: ¡Me cago en la puta! Ya lo he explicado trescientas veces. ¿Estáis gilipollas o qué coño os pasa?


Siesta: lo que une a todos los españoles.


Talento: persona con una cualidad especial e innata para realizar cualquier  acción de manera poco diligente, sin  prisas ni estrés.

martes, 14 de noviembre de 2017

FEAR ON THE DARK

" A cuenta de prometer el Reino de los Cielos,
algunos vivillos lo que están haciendo
es su cielo particular en la tierra...".

Salve Regina, La Polla Records

Las formas de entretenimiento audiovisual han cobrado importancia, desde hace décadas, en nuestras vidas. La nueva moda de las series de pago resultan un ejemplo claro de lo expuesto. Los culebrones, las series, los reality show, el deporte televisado, la música que escuchamos en nuestros reproductores... constituyen parte esencial de nuestras costumbres, lo queramos reconocer o no.
Esta forma de ocio, por lo general basada en la inmediatez, se ha prestado a todo tipo de interpretaciones. Desde aquellas elogiosas, bien sea por su calidad o por lo que aportan al acerbo cultural de los usuarios, hasta las que se sitúan en el otro lado y hablan de falta de calidad de los productos o de una influencia nefasta para todos aquellos que utilizan este tipo de recursos de ocio. Uno intuye que, en realidad, lo que cada cual ve, escucha o ambas cosas es lo que busca, porque se siente identificado, de antemano, con ello, no porque se lo impongan.
En otras palabras, quien ve Gran Hermano lo hace porque ese tipo de formatos le resultan atractivos, no es el programa el que conforma los gustos y las opiniones del televidente. Esta hipótesis parece verse confirmada por el hecho de la que la programación de una cadena como La 2, bien sean de animales, de viajes, de arquitectura o sobre gastronomía gastronomía sea seguida por una minoría, muy minoritaria.
Este hecho tiene mucha más importancia de lo que a simple vista puede parecer. Existe una corriente de opinión, la que más se escucha en los medios, que dictan lo que se incluye dentro de lo deseable y de lo indeseable, cuando de la industria del entretenimiento se trata. Esta élite del pensamiento parte de un realidad, la suya (o la que ellos pretenden vender poseer) que, por lo general, suele obviar los gustos de una parte significativa de la población, por considerarla carca, cutre, de bajo nivel sociocultural o por todo aquello que se le ocurra al amable oyente. Por tanto, el negocio del entretenimiento debe reproducir unos patrones que se ajusten a la visión de esos visionarios, que deciden qué necesitan y cómo deben ser las personas de una sociedad. No importa que una parte significativa de las personas de esa sociedad no compartan esa visión, ni esas necesidades. A lo mejor, sólo a lo mejor, es por eso que series televisivas como Aquí no hay quien viva, Los Serrano, Gran Hermano... o música como el reaggetón tiene tanto éxito, porque existe una gran cantidad de personas, todas ellas con sus problemas y sus alegrías, que tienen suficiente con ese tipo de producto de entretenimiento. Y, tal vez, sólo tal vez, eso ocurre porque en nuestra sociedad, como en todas las sociedades, existe un amplio abanico de opiniones, de gustos, de formas de vivir y de afrontar la vida; pero se ha impuesto un modo único, correcto, de entender la sociedad. Un modelo deseable, e inalcanzable, para todos. Y la industria del entretenimiento debe trabajar para expandir esa visión idílica de la sociedad. Una visión de la sociedad sin clases bajas, o donde las personas de clase baja son dignas de lástima, porque consumen reaggetón (aunque esto no sea del todo cierto), ven a Jorge Javier Vázquez, no leen (aunque esto no sea del todo cierto), no viajan a sitios chic (en viajes masificados donde no te puedes desviar diez minutos de lo propuesto por una gran empresa de viajes)... Una visión de la sociedad de personas con problemas, que siempre se solucionan de manera satisfactoria. Una música cuyas letras hablen de un mundo donde prima el amor, el buen rollo y la fiesta, haciendo mártires a los músicos que se suicidan, porque "su talento derivaba de su locura", ocultando problemas como la depresión o el suicidio. Un planeta donde las grandes distribuidoras apuestan por héroes indestructibles, amores que triunfan a pesar de todo lo impensable y alguna tragedia, basada en vidas de triunfadores y, a lo sumo, alguna película de miedo, para hacer pasar un mal rato al personal. Todo controlado.
En las películas de Hollywood de los 40 y de los 50 no había besos obscenos, aunque muchos de los protagonistas tuviesen vidas reales que se caracterizaban por la abundancia de sexo, porque se intentaba transmitir una moral adecuada. Hoy la industria del espectáculo está más interesada en transmitir una visión de éxito en lo que se emprende, sea en lo económico, en lo sentimental, en el deporte o en lo que al lector se le ocurra.
Por otra parte, existe una corriente, fundamentalista hasta la médula, que insiste en que ciertos contenidos/ideas no deben difundirse a través de los productos de entretenimiento (¿No suena, de manera sospechosa, al asunto de los besos apasionados de los producciones de Hollywood?).
En este aspecto se observan varias consideraciones, derivadas todas del mismo lugar: la presunta supremacía intelectual y/o moral de quien decide lo que resulta aceptable o no.
En los últimos tiempos se insiste mucho en atacar el reaggetón como fuente de machismo y de otro tipo de cuestiones, porque pueden afectar a jóvenes que se están formando, convirtiéndolos en unos perfectos cretinos. En efecto, los jóvenes no saben distinguir la realidad de un producto cultural, por eso yo, que vivo cerca de unos multicines, cuando emiten películas de acción procuro no pasar por allí, por temor a que todos los que salgan de ver la película me confundan, debido a mis barbas, con el malo de la peli y me ensarten con una espada láser o similar.
Hace falta ser un auténtico iluminado para pensar que chavales que llevan años, muchos, consumiendo videojuegos, viendo películas, siguiendo a youtubers, descebrados muchos de ellos y, dato importante, muchos de ellos leyendo novelas de ficción, no sean capaces de distinguir una letra de una canción de la realidad. No entiendo cómo estos personajes, rectores de la moral, no han caído en la cuenta de que estos mismos jóvenes, a los que si les viene bien leer, son capaces de saber que Don Quijote es una invención de un genial manco, y que dicho personaje estaba como una regadera y, por tanto, ellos no deben embestir molinos, aunque sean de los que generan electricidad, porque les puede ir mal muy mal. En otras palabras, parece que la gente no es tan tonta y es capaz de distinguir entre un libro, una serie, una canción, un videojuego y la realidad. Pero ellos, erre que erre, sobre la conveniencia de no mostrar a la gente ciertas cosas, no siendo que en su estulticia el público siga a pies juntillas lo que dice una canción (o algo que se le parece), un culebrón o una película.
Desde mi punto de vista, tal vez la respuesta esté en los prejuicios y el elitismo de esos censores morales, que resultan incapaces de verse a sí mismo como seres ridículos, más preocupados de censurar a los demás que de de vivir.
A este respecto me viene a la memoria una anécdota personal que sirve para ilustrar lo que he escrito en el párrafo anterior, que va a servir para concluir la entrada.
Hace un par de años, mientras hacía un viaje largo, cansado de escuchar música, sintonicé la radio y en una emisora apareció largando cosas insustanciales Boris Izaguirre. Reconozco que no sabía que seguía trabajando en ese medio, tenía perdida la pista al venezolano, y me sorprendió oír su voz tras bastante tiempo. No cambié de sintonía y, tras un rato, comenzaron a hablar de los Iron Maiden (¡oh sorpresa!) y alguien dijo que Bruce Dickinson, el vocalista, era, y es, piloto de aviones comerciales. No sólo, además pilota el avión del grupo, el Ed Force One, el avión del grupo británico, que les lleva por todo el mundo en sus giras. Boris Izaguirre argumentó que no podía ser posible que alguien que cantaba heavy pudiese pilotar una aeronave. Siguiendo con una aportación de lo más suculenta: "Lo más seguro es que el cantante diese al botón del piloto automático. Reconozco que me ese comentario me indigno, aunque viniendo del showman no me duró mucho el enfando. Sus estereotipos, al igual que su moralina, delatan que es un pijo supremacista, conservador hasta la médula. Y es en este último aspecto, lo de ser conservador, en el único en el que coinciden Dickinson, que se declara torie, y él hijo de papá venezolano. Mientras que Izaguirre es niño de familia bien, muy bien, que todo lo ha tenido bastante fácil, el vocalista de los Maiden, es piloto de líneas regulares, poseyendo parte de una empresa de aviación comercial, es licenciado y doctor en Historia, ha escrito un par de libros, estuvo a punto de participar representando al Reino Unido en la especialidad de Esgrima en una olimpiada, es empresario y, como todo el mundo sabe, uno de los líderes de una de las bandas épicas de la historia del rock. ¡Ah, se me olvidaba! A diferencia del que trabaja en los medios españoles, proviene de una familia humilde. Pero, amigo, un tipo que llena estadios de fútbol cantando al miedo a la oscuridad, mientras el bajo de Steve Harris martillea a una velocidad inconcebible, no puede ser un tipo inteligente y la gente que escucha esa música tampoco puede ser mucho más allá.
Ellos ponen sus normas y, como son los que aparecen en los medios, o los que escriben lo que dicen los que aparecen en los medios, dictaminan quién merece la pena y quién no merece incluirse entre los elegidos. No sólo eso, quienes están en ese rango de no los elegidos tampoco tienen, según ellos, la capacidad de pensar por sí mismos.
Un saludo.


sábado, 11 de noviembre de 2017

INFANTILISMO VITAL

"La alegría y el dolor
no son como el agua y el aceite,
sino que coexisten"

José Saramago



Cada día que pasa tengo más la sensación de que existe una parte del personal que asimilan la vida a una serie de Netflix o a una película, bien de acción bien romántica. Héroes, finales felices tras decisiones arriesgadas, romances tórridos y perfectos... y todo aquello que el lector se pueda imaginar conformar la exigencia de vida de ciertas personas. Pero, por suerte o por desgracia, la vida la hacemos seres de carne y hueso, que vamos al baño a evacuar, que erramos, que tenemos sentimientos y que no siempre acertamos a tomar las decisiones que, a posteriori, resultan ser las correctas.
A veces, como en esta ocasión, cuando voy desarrollando la entrada van surgiendo ideas que completan lo que quiero transmitir. En este caso la idea que ha aparecido tiene que ver con la importancia de los medios de comunicación (que no de información) para conformar esta mentalidad tendente a exigir una vida perfecta (siempre la de los demás). Nos han inculcado a sangre y fuego que todo debe ser maravilloso, cuando nuestra vida es una sucesión de cuestiones rutinarias y, en ocasiones, sin sentido alguno y que los errores son cosas de chapuceros, inútiles o incompetentes, que cierran el paso a los verdaderos héroes, que sufren en silencio, como si se tratase de un anuncio de hemorroides. Por supuesto, todo ello sin movernos de nuestro sillón o, como mucho, yendo a gastar dinero para superar nuestra tristeza o nuestra "depresión".
Podemos unir a ello el concepto de la vida concebida como un espectáculo en el que no nos puede ocurrir nada malo. No sé si el lector habrá visto las imágenes de un atraco que ocurrió hace unos días,  creo recordar que fue en una población asturiana, en la que uno de los ladrones acabó suicidándose. La noticia, casi seguro que habrá quedado sepultada por la "actualidad", pero a mí hubo algo que me llamó la atención, que ilustra a la perfección lo que deseo transmitir. Veamos lo que ocurrió: una mujer que va conduciendo se da cuenta de que algo ocurre en la calle y dice: "Esto no me lo pierdo", mientras graba la escena con su teléfono móvil. La siguiente toma que emitieron fue a esa misma mujer aterrada, dentro del coche aparcado al lado del lugar donde los guardias civiles, pistola en mano, hacen frente a los atracadores. Se escucha a la intrépida reportera pedir que la dejen ir porque tiene que hacer algo. El agente la conmina a no moverse porque corre peligro. Se acababa de meter, de manera voluntaria, en medio de un atraco con rehenes, armas de fuego y negociador, como en las películas de acción. Pero, a diferencia de éstas, aquí las balas eran de verdad y hubo un muerto de verdad. Por suerte todo acabó bien para ella.
Esta escena, real, da una idea del sentido que cierta gente le da a la vida, concibiéndola como un espectáculo que se puede emitir en directo, donde nunca ocurre nada malo. Hasta que ocurre.
En el fondo, nos han vendido una especie de Show de Truman, en el que, además de espectadores, nos empeñamos, o se empeñan, en hacer de Truman. Pero, por suerto o por desgracia, no somos actores ni lo que nos rodea es un decorado o un conjunto de actores. Vivimos en un mundo donde existen los prejuicios, la maldad, el egoísmo, el dolor, la traición, la violencia, la enfermedad, la muerte... Todo ello está en la esencia del ser humano y de la sociedad conformada por todos nosotros. Sin embargo, existe un empeño absurdo en que todo sea perfecto, en que no existan los errores, en que el mal se elimine aprobando leyes (de las que luego se quejan cuando se aplican), en que todos piensen como nosotros (que somos los que estamos en lo cierto). Pero todo eso sólo dice una cosa de quien piensa así: pontificar sobre lo divino y lo humano resulta muy fácil, en especial cuando se desconoce de lo que se habla, pero implicarse en las soluciones resulta mucho más complicado, porque, entre otras cosas, requiere esfuerzo. Mover el culo del sillón y los ojos de la pantalla del móvil.
Resulta muy fácil tratar como niños a la gente. Basta para ello poner en solfa un tema, o varios, por lo general los mismos siempre, recurrir a lo visceral para plantearlo y al enemigo como cerebro del desmán por acción u omisión. Pero las cosas son más complejas, por mucho que Twitter, Whatsapp, Instagram o los periódicos digitales nos den la sensación de que nuestra opinión cuenta o puede solucionar los problemas de fondo.
Me vienen a la mente los incendios de Galicia y de Asturias, que sirvieron para que los de siempre se cebasen con los de siempre. Un incendio forestal de grandes dimensiones, más con las condiciones que se daban, resulta algo difícil de controlar, como lo demuestran los incendios recientes en Portugal o California, que además de más extensos se han cobrado un número de vidas significativo. Pero aquí los expertos en incendios de las redes sociales conocían las causas y las formas de evitarlos y/o apagarlos. Seguro que si a esos expertos se les pregunta cuál es la época de quema controlada de su comunidad autónoma o cómo proceden los encargados de desbrozar el monte nos podrán dar una lección magistral o cómo deben actuar los bomberos forestales cuando arde una construcción habitada responderán sin dudar. 
Gente dando lecciones de todo y otra gente viviendo como en el Show de Truman, porque la vida debe ser de color rosa y todo debe ser chachi. Pero lo malo está ahí, aquí, un poco más allá, por mucho que lo queramos evitar.
Los alcornoques tienen una corteza ignífuga, porque en el clima mediterráneo que tienen su hábitat los incendios forestales han existido siempre y este tipo de árboles han encontrado ese sistema para protegerse de uno de sus enemigos. Nosotros, un poco más inteligentes que los alcornoques, hemos encontrado un sistema para protegernos: desvirtuar la realidad. Pensamos que nos podemos meter en medio de un atraco con rehenes. Creemos que la traición no existe, porque somos todos muy racionales y buena gente. Consideramos que la pobreza real es algo digno de lástima a erradicar y que nosostros combatimos  con nuestros buenos deseos y nuestros tuits. Defendemos que aprobando leyes, a veces injustas y que desconocemos, se van a acabar con todos los males del mundo. Odiamos a los que hacen mal y  deseamos que se pudran en la cárcelmmientras, a la vez, menospreciamos a quienes vigilan esas cárceles donde se encuentran los malhechores odiados por nosotros. Sabemos de todo, cuando ha ocurrido, aunque hasta que sucede un hecho no teníamos conciencia de que podía ocurrir. Cuidamos el lenguaje, pero no nos preocupamos de los sentimientos, cuando no les ridiculizamos.
La muerte está ahí, puede que cuando el lector lea esta entrada programada yo ya no exista (espero seguir viviendo). Puede que cuando el lector lea esta entrada no sienta dolor, sufrimiento; puede que no esté siendo traicionado; puede no estar siendo víctima de un error o estar cometiéndolo; puede que no esté enfermo él o algún familiar o conocido; puede que no esté siendo tratado injustamente; puede incluso que sea feliz en este momento. Pero también sé que cuando he enumerado todas las situaciones anteriores el amable lector ha rebuscado, de manera inconsciente, en su memoria y ha extraído situaciones ha vivido y que se ajustan a lo que he contado.
Yo no sé como se apagan los incendios ni como se arreglan las guerras. A mí no  me gusta grabar atracos ni ver culebrones sobre la vida de otros humanos que conviven conmigo. No concibo la vida como algo perfecto ni pienso que los demás deban serlo (basta con que cierta gente no toque los cojones). Sé que la vida tiene riesgos e injusticias y, tal vez por eso, por ese pesimismo vital, me encanta vivir, equivocarme, acertar, amar, sufrir, vaguear, luchar, acariciar, discutir, soñar, despertar, desesperarme, sonreír... Porque sé que nada es perfecto, pero en la imperfección existen cuestiones maravillosas.
Un saludo.