jueves, 25 de mayo de 2017

EL MÁS COMÚN DE LOS SINSENTIDOS

"La manera como se presentan las cosas no es la manera como son;
y si las cosas fueran como se presentan
la ciencia entera sobraría".

Karl Marx


"Es de sentido común", esa frase que sirve para justificar que nuestras ideas resultan acertadas y las de los demás no. El lector habrá oído, cuando no dicho, esta oración en diversas ocasiones; siempre con el mismo sentido: el de la certeza absoluta y, de paso, la descalificación de los pensamientos o palabras de quien osa contradecir eso que es de sentido común y que se cae por su propio peso. Sin embargo, el sentido común, tan evidente para nosotros, resulta poco común para otros, que consideran que nuestras certezas nada tienen que ver con las suyas. ¿Entonces? Entonces, lo evidente, el sentido común no existe. 
Imagine el lector el caso de unos políticos, no pongamos nombres ni siglas, que acceden al poder y piensan que existe una impunidad total sobre sus actos (al menos en ese momento). Estos tipos pueden considerar de sentido común trincar como bellacos, embolsándose dinero público, que además reparten entre sus afines. Se puede alegar incovenienteque sus acciones se pueden, y deben, perseguir judicialmente. Cierto. A pesar de ello, en un determinado momento, en que la sensación de impunidad resultaba absoluta, a estos tipos les pareció que se caía por su propio peso aprovechar la posibilidad para saquear las arcas públicas.
Tal vez el ejemplo lleve adjuntas una serie de cuestiones morales que puedan contribuir al despiste, enzarzándonos en dilemas éticos que en nada contribuyen a ilustrar lo que pretendo. Vamos, entonces, a ilustrarlo con otra situación.
Supongamos que en nuestro país, o en nuestro continente, ha estallado una crisis económica considerable. Como hemos podido escuchar para unos el sentido común invita a invertir por parte de los estados, para conseguir un crecimiento que mejore la economía de los países. Ese gasto se consigue con un aumento de los impuestos, en especial a los que más tiene. Sin embargo, para otros el sentido común dice que los estados deben gastar lo menos posible, disminuyendo los impuestos, en especial a los más ricos, pues ellos solos son capaces de crear riqueza. Digo es de sentido común, porque si fuera una ciencia existirían datos incontestables que nos ilustrasen sobre el camino a seguir. Entonces, ¿qué opción tomamos? Mi sentido común defiende que la primera opción resulta mejor y, sobre todo, más justa, pero el sentido común de otra gente no parece opinar lo mismo. 
Puede que este ejemplo también posea una serie de matices ideológicos que nos pueden desviar del asunto. La verdad, parece que no me encuentro muy acertado con los ejemplos, todos se encuentran cargados de ideología o de creencias. Vamos a ver si un tercer intento es más afortunado.
Pensemos que existe una catástrofe humanitaria y millones de personas deben salir de su país, buscando una vida más segura, y mejor, en países de un continente como Europa. No tendremos inconveniente en pensar que es de sentido común dar acogida a personas que pasan hambre, sed y, en algunos casos, mueren intentando llegar a un lugar mejor. Se trata de ayudar al necesitado y eso se cae por su peso. De hecho existen organizaciones cuya labor, toda en parte, consiste en ayudar al necesitado Cáritas, Intermon Oxfam, Hogar Social... Aunque estos últimos, creo recordar, que sólo ayudan a los que ellos consideran españoles de pura cepa, porque, para ellos, es de sentido común que los extranjeros vienen a quitarnos lo que hay aquí. ¡Vaya! Parece que estos tipos racistas y xenófobos también tienen sus certezas y consideran que ciertas cosas se caen por su propio peso y, dato importante, esas creencias son compartidas por una buena parte de la población europea, como se pudo comprobar en las elecciones francesas, austriacas, holandesas... 
Creo que este tercer ejemplo también posee una gran carga de ideología y, por tanto de creencias. He vuelto a incurrir en el mismo dislate: asociar el sentido común a ideología o creencias. Aunque, ahora que lo que pienso, a lo mejor el sentido común consiste en eso: en una serie de creencias que creemos superiores a las de los que no las comparten con nosotros. Empiezo a creer que el verdadero problema lo encontramos en llamar sentido común a algo que se debería denominar sentido particular, porque no cabe duda alguna, no existen verdades universales sobre cuestiones referidas a la moral de las personas. Existen tantos sentidos comunes como percepciones de un mismo asunto encontremos. Puede que esas percepciones se puedan agrupar en dos o tres categorías (sí/no/me da igual), con los matices que aporte cada persona, pero, incluso en este caso, no existe una categoría única y universal.
El lector puede alegar que en muchas ocasiones la frase: es de sentido común, se aplica a situaciones cotidianas. Cierto. Pero, si se realiza un análisis del contexto con detalle los principios rectores resultan los mismos: yo tengo la razón. El otro defiende un disparate. No hay más que discutir, ¿cómo se le puede ocurrir eso?
A modo de resumen, concluiré esta entrada diciendo que  tengo la impresión de que el sentido común ni es un sentido, es más bien una creencia, ni es común, se trata de algo particular. Por tanto, querido lector, este humilde bloguero cree que cuando se habla de sentido común, lo que en realidad signfica es que, por parecer evidente a otra persona una cuestión, sin ningún tipo de fundamento real, me intenta imponer su forma de entender esa circunstancia como verdad revelada. Y uno, que sigue ejerciendo de ateo, pasa de verdades reveladas.
Un saludo.

P.D.: Esta entrada está dedicada a Pilar, por hacerme pensar, por el bacalhau, la pularda y...

lunes, 22 de mayo de 2017

MICRORRELATOS

Buscó con tanto ahínco en las estrellas y distintos tipos de adivinos asegurarse de su afinidad, que no tuvo tiempo de sembrar bajo sus pies la semilla de la felicidad mutua. Cuando lo perdió se dio cuenta de que la magia real se encontraba en su mirada y en su voz.



Siempre había pensado que en la vida todo se puede encontrar en los libros o gracias a ellos. El tiempo le dio la razón. Un lluvioso día de otoño encontró en una librería al amor de su vida. Desde entonces su mayor ocupación es leer las páginas que ella le ofrece cada día.




Amó de manera desenfrenada durante días, durante meses. Recubrió de pintura nueva sensaciones ya oxidadas. Planeó sobre el tiempo. Sonrió cada segundo. Al poco utilizó la pintura para colorear lo cotidiano, aterrizó viviendo el tiempo y sonrió cuando tocaba. Entonces descubrió que no se trataba de la persona indicada, pero supo que seguía siendo capaz de amar.




La pistola aún humeaba en el suelo, en espera de que el río de sangre que manaba del orificio de la cabeza llegase a ella. El arma, tras ser disparada, había caído de la mano del hombre que se encontraba tendido en el suelo. La otra mano, la izquierda, aferraba un teléfono móvil que, segundo antes de producirse el disparo, había emitido un sonido que indicaba la entrada de un nuevo mensaje, que nunca había sido leído. Un mensaje corto, que no hubiese llevado mucho tiempo haber sido leído. Cuatro palabras de ella que decían: "Perdóname. Te amo".




Recordaba la estrategia que había utilizado para dejar el tabaco cada vez que se acordaba de ella y le servía para ahogar las ganas de marcar su número. Sabía que, como cuando dejó de fumar, esa necesidad duraba un tiempo limitado y luego se iba diluyendo. Pero, a diferencia del tabaco, cada vez que buscaba olvidarse de ella se instalaba en su corazón un dolor sobrehumano.




Intentaba disimular, escribiendo en la redes sociales lo mucho que amaba a quién siempre estaba allí, su hijo, pero, hasta la última célula de ella, le seguía amando sin tregua a él.




El anciano nunca había tenido la sensación de haber cumplido su papel de padre como en aquella ocasión. En realidad, sólo había cumplido el deseo de su hija: proporcionarla una sustancia letal, para evitarla el futuro, y presente, dolor de la mortal, y veloz, enfermedad degenerativa que padecía.




Había recorrido con su cámara rincones inimaginables del planeta. Sus fotografías se podían encontrar en las medios más afamados. Durante los años que ejerció de fotógrafo trotamundos conoció a millares de personas de culturas dispares. Sin embargo, la edad, o una especie de añoranza, le habían empujado a abandonar su vida errante y volver a su lugar de origen de manera definitiva y reencontrarse con la soledad de aquel a quien nadie le espera.

miércoles, 17 de mayo de 2017

DIARIO DE UN MAESTRO GRUÑÓN (17-5-2017)

Tengo la impresión de que en las últimas entradas la teoría ha protagonizado buena parte de lo que te he escrito y existe la posibilidad, querido diario, de haberte aburrido con tanto así debería ser, así debería hacerse esto o lo otro. Sin embargo, hoy me preocupan otras cosas, más del día a día, de la interacción con los alumnos, que, en el fondo, viene a constituir la esencia de esta profesión.
No resulta infrecuente escuchar a algún compañero: "tengo una tutoría que..." y, en ocasiones, acompañada de calificativos no muy positivos. Siempre me ha chocado escuchar la expresión "tengo una tutoría" o "tengo una clase", porque, para empezar nunca he conocido una tutoría en la que todos los alumnos tengan un comportamiento similar, una capacidad de aprendizaje parecida, ni tan siquiera una actitud igual ante lo que acontece dentro del aula. A fuer de ser sincero, reconozco que se trata de una forma de hablar coloquial y que, en muchas ocasiones, no pasa de ahí. Sin embargo, en otras ocasiones, si escucho las citadas expresiones como forma de catalogación y, en general, correspondiéndose con una calificación negativa de los alumnos de ese grupo. Cuando esto ocurre, en especial si se trata de Educación Infantil o primeros cursos de Educación Primaria, pienso que esos chavales no han tenido mucha suerte.
Recuerdo una conversación que tuve hace años con alguien de un equipo psicopedagógico que me hizo una afirmación contundente, y certera: para saber por qué una clase es "mala" basta con saber qué docentes han pasado por ese grupo. Al menos uno de ellos tiene bastante que ver con esa circunstancia. No puedo estar más de acuerdo.
Considero que una de las labores de los docentes consiste en contribuir a la socialización de nuestros alumnos y, como el propio concepto indica, a socializarse se aprende en sociedad y, en muchas ocasiones, mediante la instrucción de una adulto, un docente en este caso. Además de las normas elementales de convivencia: respeto, solidaridad..., que deben mostrarse en todo momento en las aulas, existen otros aspectos, más relacionados con el mundo académico, que también forman parte de la socialización y sobre los que los docentes tenemos cierta competencia: el sentimiento de eficacia a la hora de abordar las diferentes tareas, los hábitos de orden (compartidos con el hogar), la necesidad de esforzarse para resolver de manera correcta los diferentes cometidos escolares... Resulta obvio que cuando ciertos docentes se plantean que determinados grupos, además de ser uniformes, tienen un comportamiento estable, siempre negativo, han declinado cambiar nada y, por ende, se conforman con ir tirando y que salga el sol por Antequera.
Repito que en los cursos más altos de Primaria, en especial cuando arrastran un "historial" negativo, y en Secundaria, donde las hormonas hacen de las suyas, las cambios resultan más difíciles, aunque no imposibles, pero en Educación Infantil y en los primeros cursos de Primaria no parece muy adecuado hablar de comportamientos colectivos permanentes. Creo que se debería hablar de dejadez o de ganas de hacerse notar, no en base a lo que se hace, sino porque, a pesar de no hacer nada, la labor es la de un mártir de la causa (sea cual sea la causa).
Intuyo que todo se ciñe a ser un poco vigotskyano y pensar que existe una zona de desarrollo próximo en todos los ámbitos de la vida de los alumnos, siendo nuestra función la de presentar aquello que queremos que adquiera de la manera adecuada para que lo adquiera.
Pensando en lo próximo que voy a escribir parece que en mi zona de desarrollo próximo lo único que se vislumbra es cabreo. Aunque, bien mirado, pienso que, además de la crítica, aporto algo que se puede hacer por cambiar las cosas y eso, además de un presumible enfado, significa que sigo deseando cambiar las cosas, lo que implica algo más que enfado. Tal vez todo se deba a que se avecina el fin de curso y esto genera algo de estrés o de ganas de vacaciones.
Lo que no debe al cansancio es esa sensación de injusticia y derrota que sigo sintiendo cuando me cuentan las condiciones de vida de algunos alumnos. Recuerdo que la jefa de estudios de un centro me hablaba sobre un crío que no solía traer los deberes hechos, ni el material. Mi respuesta fue automática: servicios sociales. Sin embargo, tras escuchar la situación por la que atravesaba la familia me envainé mi superioridad moral e interioricé que mi cometido era, por un lado, intentar que aprendiese lo más posible durante el tiempo que trabajaba conmigo y, por otra parte, intentar que el crío estuviese cómodo conmigo, intentando que las clases fuesen, a la par que útiles, relajadas. No puedo evitar sentir infinita pena por esos niños arrastrados por circunstancias sobre las que ellos no tienen capacidad de elección (a veces no la tienen ni los padres). Cada vez que veo algo así pienso en la suerte que tiene mi hijo.
Vamos a ir hacia otros derroteros, pues me pongo mustio y no parece pertinente. Por ello vamos a otro asunto que quería contarte, querido diario. En la Educación Especial se produce ese cosa tan curiosa, también existe en la otra, como trabajar la atención, en teoría escasa, en tareas que nada tienen que ver con las actividades normales de la vida diaria de los alumnos.
La atención forma parte de lo que se conoce como los procesos cognitivos básicos. No hace falta ser muy avispado para darse cuenta de que sin atención el resto de los procesos no van a poder ponerse en práctica, pues la atención supone la puerta de acceso al resto. Si  alguien no presta atención no podrá aprender, ni tan siquiera podrá realizar las actividades de la vida diaria de manera efectiva. Además, si no focalizamos nuestra atención sobre lo que queramos emprender, resultará casi imposible que tengamos éxito en la tarea, pues nos distraeremos con cualquier otro estímulo que esté presente.
Aunque suene simple bastará con dos ejemplos para ilustrar esto último:
1- Ponerse una prenda de ropa, cuyo proceso lo tenemos automatizado, pero, al no prestar atención, lo podemos hacer de manera incorrecta: lo de atrás hacia delante o del revés.
2- Cuando vamos andando por la calle con el móvil, sin prestar atención a nuestro desplazamiento, podemos tropezar, chocar con una farola, porque hemos centrado nuestra atención sobre el aparato y hemos dejado de hacer caso a los obstáculos que existen en nuestro camino.
Resulta obvio que cuando abordamos tareas más complejas nuestro nivel de atención, tanto sostenida como focalizada, cobra mayor importancia. No necesito la misma capacidad de atención para resolver una división que para batir unos huevos para una tortilla. Para realizar las tareas escolares se necesita una capacidad de atención importante por parte de los alumnos, lo que no siempre ocurre. En algunos casos de manera puntual y en otros de forma generalizada. Cuando esto último ocurre se dice que el niño tiene un problema de atención. No voy a enrollarme, querido diario, con las causas de este tipo de cuestión, en muchos casos motivacional, pero sí con las soluciones que se proponen. Existe una creencia que defiende que los problemas atencionales se pueden corregir mediante unas fichas específicas para trabajar este aspecto. Así, a vuelapluma, parece una incongruencia dedicar la "poca" atención del alumno a trabajar algo no relacionado con los contenidos curriculares. Lo poco que, a priori, tenga se debería utilizar para adquirir el mayor número de contenidos curriculares, a ser posible los mismos que sus compañeros. La lógica parece que invita a seguir este camino.
Por otra parte, cuando aparecen este tipo de asuntos siempre me pregunto lo mismo: ¿quién asegura que este tipo de actividades, y no otras, son lo mejor para trabajar determinados aspectos? La editorial, que hace negocio con ello.
Existe otra cuestión importante: el sentimiento de autoeficacia. Si el alumno resuelve actividades descontextualizadas, sin sentido alguno, van a sentir, a lo sumo, que son capaces de resolver unas cosas raras, que no sabe muy bien para qué sirve. Si ese esfuerzo, con la correspondiente atención individualizada del especialista, lo dedica a adquirir contenidos que sus compañeros han visto o están viendo, el alumno tendrá más posibilidades de sentir que es capaz de hacer lo mismo que los demás, lo que puede resultar mucho más motivador para él. Al menos para mí lo sería.
Tal vez este tipo de material, que cuesta un pico, desaparecía de los centros en los que aún exista, si se tuviese en cuenta que los materiales deberían ser lo más normalizados posibles y que siempre se debe buscar, en especial en los alumnos con mayores dificultades, que lo trabajado deber ser lo más útil posible para su vida cotidiana.
Quería hablar algo sobre el tema tan en boga del acoso escolar, pero no deseo extenderme en demasía, por lo que dejaré para la próxima visita que te haga, querido diario.
En breve nos vemos.

lunes, 15 de mayo de 2017

IDIOTARIO (LXXXVIII)

Ajuste de cuentas: momento en el que el maestro, tras corregir las operaciones, le dice al alumno que debe repetir alguna de las operaciones de suma, resta, multiplicación y/o división, por haberlas resuelto de manera incorrecta.


Amor: conjunto de sentimientos que ligan una persona a otra. El amor ha servido de inspiración a  multitud de poetas, de compositores musicales y a una legión de abogados matrimonialistas. 


Años luz: medida temporal que sirve para cuantificar el tiempo que se ha de trabajar para pagar la factura de la luz, tras las últimas subidas de la electricidad.


Ciencia ficción: neoliberalismo.


Comida basura: porcentaje de alimentos que no se consumen en los países ricos y acaban en los contenedores de basura.


Disgráfico: presona qeu persenta fidicultades praa escirbir. 


Perturbado: persona que padece un trastorno de las facultades mentales. Cuando ese trastorno es de índole sexual, en especial cuando se manifiesta en forma de caricias en sus zonas genitales, pudiendo llegar al onanismo, dicha persona se define como masturbado.


Psiquiatría: especialidad médica que es la locura.


Sexo oral: narración sobre prácticas sexuales reales o figuradas, aunque en este caso el protagonista no suele ocuparse de aclarar ese aspecto.

viernes, 12 de mayo de 2017

NO EXISTE EL MAL MENOR

"El pacifismo y la prédica abstracta de la paz,
son una forma de embaucar a la clase obrera
para que no se rebele contra su opresor".

Vladimir Ilich Ulianov, Lenin
La finalidad de esta entrada va a ser exponer una idea, que no he conseguido fundamentar, sobre todo en el aspecto ético, y que c,onsidero, sin saber muy bien por qué, algo acertado. No tengo porque estar en posesión de la verdad (casi seguro que no), pero, al menos, presento una opción distinta y, casi seguro, muy polémica.
No perderé más tiempo con la introducción y paso a desarrollar lo que quiero que el lector conozca y sobre lo que, si lo desea, puede pensar, casi seguro que para descalificarlo.
La Historia sirve para aprender, no para criticarla, y, en la medida de los posible, para no intentar cometer los mismos errores. En este sentido, los Acuerdos de Munich constituyen uno de los sucesos históricos (de los que yo conozco) de los que más enseñanzas podemos extraer. 
Aunque supongo al lector al cabo de la calle, recordaré que estos acuerdos, firmados entre la Alemania nazi, Gran Bretaña, Francia e Italia  en 1938, permitían a Hitler anexionarse una parte de Checoslovaquia, los Sudetes, sin contar con la opinión del país que iba a perder su territorio y que, a la postre, sería conquistado por completo seis meses después.
Estos acuerdos, que sirvieron para realzar la figura de Mussolini como un gran pacificador, tenían como finalidad apaciguar al monstruo nazi y evitar la guerra, que estalló un año después, como es bien sabido. Los artífices reales de ese pacto fueron Chamberlain, primer ministro británicos, y Dadalier, presidente del Gobierno francés (ambos partidarios de la no intervención en la Guerra Civil española en defensa del gobierno legítimo) y digo reales porque se supone que ellos debían ser los defensores de los derechos de unos y otros, pero cedieron ante el monstruo, para evitar males mayores o, al menos, así lo creyeron en ese momento. La famosa teoría del mal menor.
Algo parecido ocurre en nuestros días con la situación política en diversos países, y no parece que hayamos aprendido mucho del asunto.
Para ilustrar lo que pretendo exponer voy a utilizar el comentario de un contertulio, profesor de Historia Contemporánea, que escuché la semana pasada. El ínclito fulano, que un rato después defendió algo que no cuadraba con su planteamiento inicial, vino a decir que Marine le Pen representa la exclusión de una parte de la población, lo que es verdad, y que su alternativa política en las elecciones de Francia, no presenta ese problema de exclusión de una parte de la sociedad. ¡¡FALSO!! Falso porque la pobreza supone una forma de exclusión salvaje, ruín y odiosa. Falso porque, por mucho que se justifique, el enriquecimiento de unos pocos, a costa del empobrecimiento de muchos sólo se puede denominar como exclusión, discriminación o cualquier otro sinónimo que se quiera usar. Falso, porque el empobrecimiento generado por las políticas neoliberales son el germen de toda la bazofia ultranacionalistas que se ha enseñoreado de buena parte de los países de nuestro entorno. En fin, falso, porque, por mucho que se quiera justificar, lo uno, con sus leyes represoras (véase la Ley Mordaza en España) para justificar el saqueo de unos pocos, no difiere tanto como parece de lo otro, por mucho que los medios de comunicación afines nos vendan que lo otro resulta mucho peor.
Entonces... ¿qué hacer ante dilemas como votar a Macron, "el mal menor" o no votar, pudiendo favorecer a la ultraderecha?
Reconozco que no tengo una respuesta fundamentada y totalmente justificada, pero sí una convicción: considero que apostar por personajes como Macron, el menor de los males, supone apoyar la exclusión, la pobreza y, de paso, seguir fomentado el auge de la ultraderecha. Basta pensar que el padre de la candidata del Frente Nacional, en su mejor momento político, alcanzó la mitad de votos que su hija y que este incremento no se debe a una campaña maquiavélica, ideada por una mente retorcida y brillante del FN, sino por las consecuencias de lo hecho por los Hollande, Macron y demás gente neoliberal. Ellos han ayudado a convencer a mucha gente de que no existe otra respuesta. Recordemos que Hollande apareció como un tipo que iba a plantar cara a las políticas de Merkel y, en un breve espacio de tiempo, cambió sus planteamientos iniciales para amoldarse a las demandas del gobierno germano y de los dictados de los burócratas de la Unión Europea.
Creo que antes de continuar merece la pena leer esta entrevista.

http://ctxt.es/es/20170503/Politica/12482/Entrevista-Francia-elecciones-Christophe-Guilluy-Le-Pen-Macron.htm

Tras leer esto, y siendo posible que me arrepienta en no mucho tiempo de lo que voy a defender a continuación, pero considero que resulta preferible no apoyar a gente como Macron. Resulta preferible no seguir siendo pusilánimes, apoyando al candidato del mal menor. Se debe plantar cara a los unos y a los otros, pues ninguna opción es buena, pues ambas defienden los derechos de unos pocos.
Tal vez, ello se deba a que creo que en Francia, Austria, Holanda y algún otro país, al final no van a quebrar el sistema turnista, que se denomina democracia, como hicieron los fascistas italianos o los  nazis en su época. Creo que, por ejemplo, entre el Frente Nacional francés y, por ejemplo, Amanecer Dorado o Hogar Social existe un salto cualitativo grande, aunque puedo estar equivocado.  Mi idea, como ya he dicho sin base alguna, es que en el fondo, la ultraderecha no va a cambiar sobremanera el sistema. Unas pocas medidas cosméticas, para disimular, pero el neoliberalismo seguirá imperando y empobreciendo a los ciudadanos. El problema de la exclusión social y del racismo parece importar mucho ahora a cierta gente, a los que no parecía importar cuando los suburbios de París, por ejemplo, eran, y son, lugares donde los ciudadanos de origen extranjero, una buena parte de ellos magrebíes,  vivían, y viven, en un ambiente marginal, con altos índices de paro, pobreza, delincuencia... Pero eso no lo cuentan.
Por supuesto, las recetas mágicas no existen, pero las que se basan en el modelo actual han mostrado su ineficacia y, esto resulta muy importante, ni le Pen ni ningún partido de ultraderecha, propone cambiar el modelo; sólo pretenden dar una mano de pintura; pero el óxido de la chapa no pretenden tocarlo. Esto conllevará que se estrellarán, por mucho que, como hacen todos los políticos, intenten disimular sus acciones. Y es ahí, antes también, donde debe existir una alternativa real a la miseria moral e intelectual de unos y otros.
No se trata, en ningún caso, de facilitar el acceso al poder de la ultraderecha, al contrario, la idea es alejar a los fanáticos, con ideas, en la calle y, sobre todo, con hechos. Huyendo de palabras huecas, muy típicas de los actuales partidos socialdemócratas, de ponerse de perfil ante los problemas, en especial cuando no se tiene el poder, y de buscar en parches o en pequeños rifirrafes dialécticos la diferencia. Y todo esto se hace cada día, incluido el día de la segunda vuelta electoral.
A nadie le gustaría que el médico le dijese: tiene un tumor en la pierna. Se la extirparemos y así le desaparecerá. Es muy posible que se le curase con otras medidas menos agresivas, pero del mal el menos. Pues en Política nos hemos acostumbrado a actuar así, resulta obvio que los medios de comunicación tienen un papel importante en este conformismo, lanzando una y otra vez el mismo mensaje, que sólo favorece a los dueños de dichos medios, que son la cúspide del actual sistema.
Creo que la respuesta es: del mal, nada de nada y muchos menos si ese mal sólo nos afecta a los de siempre: a los ciudadanos de a pie.
Me gustaría recordar que durante el período nazi las grandes empresas alemanas aumentaron sus ganancias de manera exponencial, entre otras cosas gracias a la esclavitud a la que fueron sometidas muchas personas. Este recordatorio pude servir para pensar que la ultraderecha, o el fascismo, no tiene consideración alguna por las personas, pero también nos puede llevar a concluir que el gran capital, el de la Europa de los mercaderes y del neoliberalismo, va a vivir bien con un sistema y con el otro, pues siempre se encontrarán al lado del poder. Tal vez no debamos perder de vista ambas perspectivas cuando abordemos dilemas como el tratado hoy. Difícil dilema y difícil solución.
Un saludo..

miércoles, 10 de mayo de 2017

PROBLEMAS DE FILIACIÓN

"Mientras quede un ser humano 
que considere a los demás como seres humanos
y no como material  negociable, 
el mundo puede tomar otro derrotero".

Luis Eduardo Aute

Mentiría si dijese que esta entrada no se ha inspirado en la actualidad y en algunas personas de mi entorno próximo, que me ha hecho pensar, sin ellos pretenderlo, en la estupidez que supone sentirse, o repudiar, pertenecer a un lugar u otro y pensar que eso resulta suficiente para justificar cualquier cuestión. 
Antes de continuar me gustaría aclarar que yo me siento feliz del lugar donde he nacido. Además me siento castellano, estoy conforme, y a gusto, con la región donde vivo ahora, que no es Castilla y León. De igual forma no tengo ningún problema en decir que mi nacionalidad es la española, aunque no por ello crea ser superior, ni inferior, a nadie, ni vaya a matar, o morir, por defender "mi patria". También me siento europeo, pues mi historia no se podría entender sin Europa y no reniego de mi afinidad, lingüística con los países hispanoamericanos. De igual manera siento que soy uno más de una especie, la humana, a la que pertenezco y, por tanto, a la que pertenezco. 
Dicho esto, vamos a ver si consigo desarrollar una entrada donde exprese lo que deseo transmitir. 
Las pasadas elecciones francesas han conllevado un debate: nacionalismo vs. supranacionalismo.
El nacionalismo siempre, siempre, siempre se basa en la absurda idea de que los miembros de una comunidad, debido a una serie de vínculos, reales o no, constituyen una unidad que se distinguen de los demás para bien. Se trata pues de una visión monolítica de las personas que conforman esa nación, patria o lo que fuere, que, además, subordinan su individualidad al bienestar de la patria. No hace falta poseer una inteligencia sublime para darse cuenta de que algo tan etéreo como el bien de la patria, en realidad, no es otra cosa que el beneficio de unos pocos, que son los que poseen el poder económico, y que manejan los medios para transmitir determinados ideales, que coinciden con las necesidades de esas élites. Como no esas minorías no pueden controlar todos los resortes, y mucho menos el día a día, cuentan con unos cuadros intermedios, nacionalistas convencidos y/o interesados, que son los encargados de que la ideología se transmita y se ponga en práctica. Es casi seguro que el lector pensará en los periodistas o en las fuerzas de orden, pero, como se ha visto hace bien poco, incluso un cantante sirve para tal propósito. Cuanto más poder tenga el nacionalismo más número de personas se apuntarán al carro, pudiendo llevar a cabo las atrocidades más espeluznantes bajo el amparo del paraguas nacionalista. Por ejemplo: ejecutar a discapacitados, gitanos, judíos, homosexuales...  por el mero hecho de ser discapacitados, gitanos, judíos, homosexuales...
A esta idea de patria como cobijo de un pueblo, uniforme y obediente, se han opuesto los movimientos supranacionalistas como los movimientos obreros del siglo XIX, el panarabismo o, con matices, con muchos matices,  la Unión Europea, que buscaban demoler fronteras y una idea común: mejorar la calidad de vida de los ciudadanos.
Como todo planteamiento teórico, las perspectivas iniciales eran estupendas, pero la realidad resultó bien distinta; como lo demuestra el caso más actual, el de la Unión Europea.
La CECA (Comunidad Europea del Acero y el Carbón), embrión de la UE, es un intento por parte de algunos gobernantes europeos de no repetir los errores que llevaron a guerras sin fin, en especial entre dos potencias continentales: Francia y Alemania, que desde 1870 llevaban zurrándose la badana. La unión pretendía, y consiguió, crear vínculos de unión entre los países y, sobre todo, entre los ciudadanos de los mismos. El empeño puede considerarse un auténtico éxito. El odio, recelo y las suspicacias se fueron diluyendo. No cabe duda de que el aumento de la calidad de vida de los ciudadanos contribuyó a ello de manera crucial. ¿Para qué pegarme con el vecino si todos podemos vivir genial?
Pero, hete aquí, que aparecieron unos tipos que se preocuparon más por las teorías, mejor dicho, las hipótesis, económicas y que se olvidaron de que el bienestar de los ciudadanos debe orientar toda la acción de los que les dicen representar. Y ocurrió lo previsible: esos teóricos eran sólo unos teóricos y quebraron todo. Sin embargo, esos teóricos si hicieron un trabajo bien: adocenar a quienes debían representar a los ciudadanos desde posiciones de la izquierda, con el consiguiente desprestigio para ese tipo de agrupaciones.
De nuevo, como en la década de los treinta del siglo pasado, los ciudadanos ven como disminuye su calidad de vida y, además, comprueba que esa unión supranacional sólo manda un mensaje: tenga o no tenga la culpa el ciudadano, la única manera de afrontar la ruina es mediante la pérdida de derechos, en especial de los económicos. El resultado lo hemos visto en diferentes elecciones, sin ir más lejos en la del domingo en Francia.
Desde mi punto de vista lo más absurdo del asunto es que los europeístas han acabado actuando como los nacionalistas: anteponiendo Europa a cualquier otra cuestión, sin entrar en el asunto de fondo: la respuesta para mejorar la calidad de vida de los ciudadanos. Se intenta imponer una visión nacionalista de Europa: Europa sí, porque sí. Lo que luego se haga, cómo se actúe o lo que se persiga importa poco. Nacionalismo a la europea.
Antes de acabar me gustaría, sin salirme del tema, añadir un matiz patrio al asunto.
En este país existe una serie de personas que, por lo general coinciden con los progres y/o con los nacionalistas periféricos, que necesitan hacer notar su antipatriotismo (español en el caso de los nacionalistas catalanes, vascos...) para definirse como lo que sea. A mí no me importa, como ya he dicho no pienso enfrentarme con nadie por cuestiones de patrias, pero sí me molesta la incultura de muchos de esos ígnaros personajes, que tienden a renegar de una historia, que desconocen por completo (tanto como los nacionalistas), y que moldean a su conveniencia, interpretándola con esquemas mentales del siglo XXI. La Historia de un país no es para aceptarla o para renegar de ella, es para conocerla y, si se tiene la capacidad mental, interpretarla desde la perspectiva del momento en que ocurre. Sólo eso.
Yo no soy patriota, debí ser el único tipo de los veinte mil que acudimos a un acto deportivo, hace un año, que no me levanté al escuchar el himno nacional, pero, desde luego, tampoco me voy a rasgar las vestiduras por la Historia de mi país, que ha dado actos tan revolucionarios como las primeras Cortes de la historia (Reíno de León, 1188) o la Controversia de Valladolid, que se adelantó en siglos en lo que respecta al planteamiento de lo inherente de los derechos de los seres humanos. Pero a estos tipos, como a los nacionalistas de patria única o los europeístas a cañón, les falta la capacidad para pensar que lo importante son las personas, y no los dogmas de fe.
Un saludo.


lunes, 8 de mayo de 2017

HE CONOCIDO A UNA MUJER...

7 de julio

He conocido a una mujer, que vive en el mismo edificio que mis padres, y la impresión que me ha causado no puede definirse como buena. Mi madre aprovechó una visita que hice a mi antigua casa paterna para pedir que la acompañase a casa de una vecina anciana, convaleciente aún de una infección bastante severa. Según mi progenitora, la mujer se encontraba un poco deprimida y necesitaba hablar con gente joven. Deprimida no sé si estaba. De mal humor, seguro. Su rostro dibujaba una expresión áspera y casi desafiante y su lenguaje breve, cortante y con una entonación que recordaba la aspereza de su rostro, no incitaba a establecer una larga y distendida conversación con la dueña de la casa.
A pesar de todo, me apresté a ayudarla las dos veces que los solicitó, obteniendo una forma de agradecimiento algo peculiar por su parte.
La primera vez se quejaba de que no podía alcanzar la medicación que su cuidadora había colocado en el estante superior del armario del baño. Mi respuesta inmediata fue ir a buscar el medicamento para colocarlo en el lugar que ella me indicara, permitiendo que ella accediera al mismo de manera autónoma. Sin embargo, cuando me vio aparecer con la caja del fármaco su respuesta me desarmó: "¿Por qué has cogido mi medicina? Ya se encarga la cuidadora de dármela todas las mañanas. ¡Déjala donde estaba!"
 Me quedé a cuadros.
No mucho mejor discurrió lo que acaeció un rato después. La anciana quería ver unas fotos de sus nietos que le habían mandado a su móvil. Ella decía que se le habían perdido las gafas, aunque mi madre defendía que era muy coqueta y que no le gustaba nada ponérselas, por lo que no podía ver bien los retratos. De nuevo me presté a ayudarla. Amplié las imágenes y la mujer pudo ver con nitidez los rostros de sus queridos nietos. Cuando terminó de disfrutar de las imágenes tuve a bien indicarla lo que debía hacer para no tener problema con el tamaño de letras o imágenes en su teléfono. Tras una breve explicación, que no sé si sirvió para algo, la mujer me respondió: "Eso que me cuentas ya lo sabía yo". Esbocé una sonrisa y, con una excusa inventada, salí de esa casa.


9 de julio


Domingo, día de comida familiar. En mitad de la comida suena el teléfono de mi madre que, con cara de susto, me invita a que la acompañe a casa de la vecina. Mientras subimos las escaleras me cuenta que la llamada era de la dueña del piso al que nos dirigíamos. Según le había dicho, no se encontraba bien. Nos abrió la puerta, tras esperar un buen rato, con evidentes síntomas de fatiga, casi seguro provocada por su enfermedad. Por un momento temí que se fuera a caer. La agarré de manera instintiva del brazo y la acompañé a su dormitorio, para que se tumbara en su cama y pudiese esperar allí al médico del servicio de urgencias, al que mi progenitora llamaba en ese momento. Cuando ya estaba acomodada en el lecho la mujer se dirigió a mí, para pedirme que saliese de su cuarto. "Un extraño no debe entrar en la habitación de una desconocida. Se trata de una descortesía y una falta de pudor absoluto". Parecía que esa anciana no hubiese necesitado hace unos segundos mi brazo para recorrer los escasos metros entre la puerta de entrada de la casa y el lugar que ahora ocupaba.
Di media vuelta, salí de la habitación y, acto seguido, de la casa, haciendo notar con un portazo que me encontraba muy enojado con la vieja bruja.
No volvería a hablar con ella en toda mi vida. O en toda la suya, que casi seguro acabaría antes que la mía.


13 de julio


Ayer murió Antonio, un vecino de 81 años, que se había trasladado hacía poco a vivir al bloque. Tras la muerte de su esposa no se sintió con fuerzas, en todos los sentidos, para vivir sólo y, de mutuo acuerdo, se traslado a casa de su hijo mayor.
Apenas había tenido trato con él, pero mis padres me pidieron que les acompañara al tanatorio. En realidad me utilizaron como taxista, pero sé que, desde que mi padre dejó de conducir, toca, entre otras cosas, ejercer de chófer.
Para mi sorpresa, encontré a varias personas conocidas en ese lugar: un amigote de los de antes, Daniel, que resultó ser un sobrino-nieto del finado, Marga, una antigua compañera del instituto, que trabajaba en el bar del tanatorio y, ¡oh sorpresa!, la anciana con la que me había propuesto no intercambiar palabra nunca más. La convecina de mi madre iba acompañada de una mujer más joven, de mi edad aproximadamente, que, según me contó mi madre, se encargaba de cuidarla. Mi madre decía que tenía mucha paciencia con la anciana y que la cuidaba muy bien. Se trataba, según ella, de una gran persona. Yo sólo pensé que había encontrado a la persona que se encargaba de colocar en lugares inaccesibles el medicamento de la arpía, para mi desgracia.
Tras el correspondiente pésame, Daniel y yo nos dirigimos al bar para tomar un café y hablar sobre los viejos tiempos, y de los nuevos. Resultó que Marga también conocía a Daniel y, al igual que me pasaba a mí, había perdido su pista años ha. Tras un rato de conversación nos pusimos de acuerdo los tres para quedar al día siguiente, lejos del ambiente en que nos encontrábamos, y rememorar viejos tiempos.


14 de julio


Habían enterrado a Antonio hacía dos horas y Daniel, como manda la lógica, se encontraba afectado por lo acontecido los dos últimos días; a pesar de lo cual acudió a la cita. Marga y yo no quisimos incidir en el asunto y dedicamos el tiempo a contarnos como había sido nuestra vida durante esos años de distancia. De manera paulatina Daniel se incorporó a la conversación, mostrando cada vez más interés por la situación en la que se encontraba, desterrando la aflicción por lo acontecido ayer y hoy. 
El nivel de alcohol en nuestra sangre subió de manera lenta, pero constante y la noche se animó. Risas, baile, besos entre Daniel y Marga. Sexo entre Daniel y Marga. Besos entre María, a la que habíamos conocido hacía una hora, y yo. Sexo entre María y yo. 
La muerte, que nos había unido, volvía a dejar paso a la vida, que se desparramaba de manera canalla y necesaria.


16 de julio


El paso de los años no perdona, aún me dura alguno de los efectos de la resaca que me generó la juerga de antes de ayer. A pesar de ello he tenido que ir a casa de mis padres. Mi padre ha tenido a bien apropiarse de un montón de virus de la gripe y está en cama, con bastantes dolores y malestar generalizado. No salgo de mi asombro cuando, al llegar a mi antiguo domicilio familiar, me encuentro en el salón con la anciana vecina, junto a mi madre y a la mujer de mediana edad que se encarga de facilitar su vida. Como buena anfitriona mi progenitora me presenta a la desconocida, Paula, que parece bastante más agradable que la persona mayor que cuida. Apenas nos dirigimos unas palabras de cortesía, antes de adentrarme en el cuarto de mis padres y constatar los efectos de la gripe sobre las personas mayores. Nada preocupante, pero sí molesto, muy molesto. Al rato volví al salón, donde eché en falta a la dueña de la casa y a Paula. Me encuentro a solas con mi íntima enemiga, a la que pregunté, casi más por obligación cortes que por ganas de entablar conversación con ella, por las ausentes. Con un tono de voz diferente al que había utilizado otras veces me contó que ambas habían ido a la farmacia a comprar medicamentos para ella y para mi padre.
No sé por qué, ni casi cómo, pero de mi boca salió que ella debía sentirse afortunada por tener a alguien que se encargaba de facilitar su vida. De manera sorprendente me contestó que tenía razón, añadiendo, que se sentía afortunada en ese sentido, pero que en otro no podía evitar que la tristeza le invadiese. Me contó que tenía dos hijos. Uno vivía en Canadá y el otro, que tenía su hogar en esta misma ciudad. Este segundo, no recuerdo el nombre, aunque estoy seguro de que me lo dijo, padecía una enfermedad muy incapacitante y apenas podía salir de casa, por lo que ella no podía contar con la ayuda de sus descendientes para su día a día. Narró, con la mirada ausente, que su vástago menor había mostrado los primeros síntomas de su patología hacía tres años y que, desde hacía casi dos años, no podía ocuparse de ella. Ella tuvo que tomar la decisión de contratar a alguien y cuando se le transmitió a su hijo ambos lloraron todo lo que se podía llorar y un poco más, pero comprendieron que resultaba la única opción viable si ella quería seguir con su vida. Cuando concluyó de describir su experiencia la anciana me dio las gracias por haberme preocupado por ella y por todo lo que había hecho en los días anteriores.
Me sentí confortado por esta conversación y pensé que su mal humor de días anteriores se debía a su estado de salud. Me encontraba hilando esta explicación cuando el sonido de la puerta de la calle me sacó de mis cuitas. Mi madre e Paula habían vuelto. Antes de que pudiese decir hola, la anciana se dirigió a su asistente, con ese viejo tono conocido días atrás,  para cuestionar su tardanza. La respuesta de la interpelada resultó esclarecedor: "Veo que ya vuelve a estar bien. Sigue con ese mal humor de siempre".
No supe si sonreír o indignarme, aunque, pensando mientras escribo, creo que lo mejor sería pensar que una persona, que porta un escudo enorme, tuvo a bien confiarme algo íntimo que la generaba zozobra. ¡Tan horrible no debía ser! O, tal vez, yo resultaba una persona cercana y de confianza. Sin embargo, no pude dejar de sentir cierta lástima por Inma. Se ganaba cada euro que cobrase a pulso.


21 de julio


Mi padre ya se ha recuperado de la gripe. He ido a visitarle y ha cambiado los virus por un excelente sentido del humor. Cuando entraba en su casa salía Paula. Hemos intercambiado un saludo de cortesía, y poco más. Mi madre sigue insistiendo en que se trata de una chica muy simpática y diligente y, además, en que le gusto. Según ella: "no hace más que mirarme". Me resultó tan sorprendente la afirmación, que no supe que responder. Cambié de conversación y olvidé el asunto. Me gusta, de vez en cuando, tomar una cerveza con mi padre y, cuando mi padre apareció bromeando le propuse beber una caña juntos. La visita a la casa familiar acabó en el bar de siempre con una copa coronada de una magnífica espuma densa. 



27 de julio


Ayer murió la anciana vecina de mi madre. De nuevo tuve que acudir al tanatorio, esta vez con mayor motivo: tenía una relación con la fallecida. Tuve ocasión de dar el pésame a su hijo menor y a Paula, que se encontraba destrozada por la muerte de la mujer a la que facilitaba la vida y a la que, en sus propias palabras: "Había llegado a querer; a pesar de ser una renegona". La invité a tomar algo en la cafetería del lugar y aceptó. Durante un rato largo hablamos, en realidad ella lo hizo casi todo el tiempo, y quedamos en vernos al día siguiente del entierro, pasado mañana, para cenar juntos y tomar una copa, hablar y distraernos. Echo la vista atrás y pienso en lo curiosa que resulta la vida que, veinte días después, y gracias a esa mujer, puedo volver a decir: "he conocido a una mujer...".