lunes, 24 de abril de 2017

VIDA EJEMPLAR.

Una de las cosas más bonitas de este mundo reulta ser seguir las indicaciones de los que saben como hacer de tu vida algo saludable y más llevadera. Yo, una vez al mes, me asesoro sobre aquello que contribuye, según los diferentes estudios, a que mi existencia se convierta en un remanso de salud y bienestar. Suelo obviar aquellas cosas que me parecen estrambóticas, como hacer meditación budista sobre un colchón de clavos o recorrer una vez por semana el Ikea más cercano, para imbuirse en el espíritu zen del laberinto.
Hechas estas aclaraciones, voy a contar, de manera gratuita y desinteresada, todo aquello que pongo en práctica para conseguir este apolíneo cuerpo y esta privilegiada mente que me adorna, a pesar de la opinión de una gran mayoría de las mujeres, que son de opinión bien distinta.
Me despierto pronto, rayando el amanecer, para poder disfrutar del día plenamente, como dejó escrito Einstein en una de sus muchísimas frases célebres que tanto se pueden leer en Facebook. El tío era un un genio, además de tener tiempo para pensar tanta frase acertada, se dedicó a la Física (y debió ser de los buenos).
A continuación me ducho, con agua fría, pues he leído hace tiempo en una revista, "La paloma. el Señor  y el pecado", que el agua fría ahuyenta los malos pensamientos y predispone al trabajo. Yo añadiría que aquí donde vivo, el Pirineo, en invierno la ducha fría puede llegar a ahuyentar las ganas de ducharse.
Para desayunar sigo las indicaciones de los diversos nutricionistas: leche, cereales, fruta, proteinas en forma de queso fresco, huevos o similar, café, para activar el cuerpo y todo aquello que vayan descubriendo los estudiosos del asunto alimentario. Tras la media hora que tardo en preparar el desayuno y los tres cuartos de hora que me ocupa dar cuenta de él me dispongo a lavarme los dientes. Los tres últimos meses utilizo para tal menester una pasta específica con un componente extraído de un árbol que se encuentra en la selva de Papúa Nueva Guinea: el coñocoño, que estabiliza la función embelesante del esmalte, proporcionando una comodidad durante el día como nunca había sentido, atrayendo, de paso, a toda mujer que dedique más de tres minutos a mirar tu sonrisa (funciona también en sentido contrario: al menos eso dice la publicidad),
Una vez finalizada mi higiene personal procedo a realizar mi tabla de ejercicios. Desde hace mes sigo una que facilita el mayor desarrollo del músculo deltoides, encargado según el doctor que propone esta tabla, del equilibrio correcto corporal, además de otras muchas cosas como mejorar la fecundidad en hombres y mujeres, prolongar la vida diez o doce años, facilitar que la declaración de Hacienda salga a devolver...
Los ejercicios duran cinco minutos, y no da tiempo ni a sudar, por lo que decidí hacerlos justo antes de vestirme. La verdad, tras los estiramientos me siento como nuevo. Mientras me visto me como cinco nueces, como recomienda un conocido cocinero español. Cinco nueces al día, el secreto empezar el día con energía. No cabe duda, las nueces resultan el complemento ideal para el café, la leche, la fruta, los cereales... Desde que comencé a ingerir las nueces he notado que la mañana se afronta con mayor facilidad. 
Casi se me olvida: antes de salir a la calle alimentar el espíritu resulta trascendental. El lector podría pensar que hasta el momento sólo he dedicado la mañana al cuerpo y el placer y, aunque no es así (todo lo realizado hasta ahora se hace para buscar el equilibrio con el Universo), la meditación también se necesita, para abrir el día de manera apropiada y justa. Hace poco he descubierto las técnicas del doctor chino Chi Cho, que ayudan a abrir los chakras, sin necesidad de Tres en uno,, siguiendo los conociendo milenarios que unos extraterrestres, de las afueras de Marte, transmitieron a sus ancestros, moradores de una remota región china, famosa por su longevidad y por su fiesta de los toros: los Chan Fer Ming.
Ajustar el alma y el cuerpo sólo me lleva treinta minutos y contribuye a que, cuando salgo de casa tras todo lo anteriormente contado, me encuentre predispuesto a abordar la jornada con la energía y disposición necesaria. 
En efecto, a las once y cuarto, cuando ya he concluido con todo lo descrito con anterioridad, me dispongo a seguir con mi búsqueda de trabajo, que hasta el momento resulta infructuosa. Por fortuna seguir una vida ordenada me impide desesperar en mi empeño y ante los reveses de la vida sigo perseverando.
A media mañana, a eso de las doce, tomo una pieza de fruta, por lo general obvio el melón y la sandía para no demorarme en exceso en esta labor. Hecho lo cual entro en alguna cafetería para ingerir una infusión, que según defienden multitud de expertos nutricionistas ayuda a realizar la digestión. Aprovecho para seguir los consejos que tantas veces se escucha en los medios de comunicación y leo la prensa, para comprender mejor mi entorno, tanto el inmediato como el lejano. Procedo a ojear varios medios, lo que facilita tener una imagen más amplia y ajustada de la realidad; pudiendo sacar así mis propias conclusiones, como invitan a hacer los expertos en prensa.
Reconozco que, de manera casi imperceptible, llega la hora de comer. Mover el bigote en exceso resulta contraproducente, cosa sabida es, por lo que, siguiendo la dieta mediterránea, tan defendida por unos y otros, procedo a una ingesta frugal: un primer plato a base de legumbre, verdura o pasta y carne o pescado, siempre a la plancha, de segundo. Una de las cinco porciones de fruta o verdura recomendadas suele ocupar el postre, aunque, a veces, siguiendo a los expertos ecologistas, que defienden no tirar nada, debo dar cuenta de algún trozo de tarta o bollería, que andan por casa, sin saber muy bien cómo han llegado hasta allí. Por supuesto, y como parte de la dieta mediterránea, los dos vasitos de vino caen, pues es bien sabido su poder antioxidante y la necesidad que nuestro cuerpo tiene de no oxidarse, para vivir más.
Acto seguido, tras lavarme los dientes con extracto de coñocoño, sigo las indicaciones de los médicos, que defienden la necesidad de una siesta corta. Lo reconozco, en general no sigo las indicaciones de la medicina occidental, pero en el caso de la siesta su utilidad y beneficio se ha contrastado generación tras generación.
Por supuesto, una vez despierto sigo en mi labor incansable de búsqueda de trabajo. Frente al ordenador analizo las ofertas que más se ajustan a mi perfil, enviando el correspondiente currículum cuando así sucede.
No por sabido debemos obviar que permanecer mucho tiempo frente a la pantalla del ordenador resulta perjudicial para la salud, por lo que tras un rato prudencial, entre un cuarto y media hora, depende del día, procedo a practicar otra de esas rutinas, tan buenas y recomendables, para la salud: caminar. En torno a las cinco y media, seis, me enfundo en ropa cómoda y me apresto a caminar un buen rato, como indican todo tipo de profesionales del bienestar.
Reconozco que ciertos días, debido a las condiciones climáticas, me resulta harto complicado ponerme en marcha. La lluvia, el excesivo frío de invierno de Pirineos, la nieve... contribuyen a que no pueda poner en práctica mis habilidades pedestres. Esos días, aproximadamente la mitad, los ocupo intentando convencer a mi grupo de amigos, sedentarios todos ellos, de los beneficios de la marcha. No dudo en acudir al bar donde se reúnen para aleccionarles sobre la beatitud de la vida al aire libre y la práctica deportiva. Llevo bastante tiempo intentando que cambien de opinión sobre el asunto, pero, bien sea por mi falta de claridad argumental, bien por lo inteligible que se vuelve mi dicción tras las séptima cerveza, no consigo acercarlos al buen camino. Pero yo sigo en ello y, en bastantes ocasiones, abandono mi recién iniciada marcha diaria vespertirna para, haciendo un esfuerzo, entrar en el bar en el que se encuentran y utilizando toda mi paciencia, mis dotes oratorias y la capacidad de mis riñones, buscar atraerlos a la orilla correcta.
También me gustaría decir que, los días que camino, no olvido que debemos comer cinco veces al día, y tras un ratito de marcha, veinte minutos a lo sumo, me siento y degusto una fruta, una bebida isotónica, un pequeño bocadillo de jamón o chorizo, etc. que me permita realizar con éxito el viaje de vuelta.
Tras todo este despliegue procedo a una segunda ducha diaria, purificadora y reparadora, sobre todo los días que dedico mi tiempo de la tarde a intentar convencer a mis amistades de la bondad de andar, como enseña el antiguo libro tradicional de la mitología malaya, el Lim Pio Mejor. De sobra conocido por todos, por lo que no profundizaré en sus enseñanzas.
Siguiendo los dictámenes de los últimos estudios sobre el asunto, procedo a realizar una cena frugal, que me permita un sueño reparador. Un pequeño refrigerio, acompañado de sus dos vasos de vino, en la cena no se debe obviar la capacidad reparadora de esta bebida, forman el argumento fundamental de esta comida. Existen estudios recientes que demuestran que la toma de hidratos de carbono por la noche facilitan levantarse más activo, por lo que suelo concluir la cena degustando un trozo de tarta, casera eso sí, un dulce o un trozo de chocolate, a ser posible con mucho cacao (como enseña la religión azteca ancestral) para poder amanecer con ganas y capacidad de abordar la ingente labor diaria que he relatado.
Por supuesto, siguiendo los dictados de los intelectuales, procedo a leer un rato antes de dormir. Como, por desgracia, durante la mañana no me ha dado tiempo a leer toda la prensa, tengo que hacer un esfuerzo nocturno y dedicar parte de mi tiempo de sueño a echar un vistazo a lo que no he tenido ocasión de revisar durante mi dura jornada. A saber: As, Marca, Diario Deportivo y Sport.
Una vez concluida mi lectura, y ya suficientemente informado, procedo a realizar una actividad de relajación: Meditación alquímica según el método ancestral de la tribu Jodejode. El método consiste en controlar la respiración para llegar a un estado profundo de sueño, que permita reparar todo el desgaste del día. Reconozco que domino la técnica sobremanera, pues en un par de minutos, aunque yo no lo note, mi respiración se vuelve más lenta, emitiendo un sonido fuerte, ronco y grave, que parece resultar desagradable a mi familia y vecinos. Sin embargo, a mi la técnica me funciona y me ayuda a encauzar el estrés diario que me genera una actividad tan intensa y agotadora.
Espero que estos hábitos saludables que he expuesto puedan contribuir a mejorar su vida. A mí me funcionan y he pasado los cuarenta hace ya un tiempo. Mi vida es un remanso de paz y bienestar, en la que el estrés no se encuentra por ningún lado.

viernes, 21 de abril de 2017

ESE MUNDO TAN EXTRAÑO (COMPRIMIDO EN UNAS POCAS HORAS)

Me encanta cocinar. Algo tan simple como rebozar unas croquetas caseras, de morcilla y piñones, se puede convertir en un pequeño placer. La radio, de fondo, desgrana una conversación entre dos tipos: un critico de cine y un tal Francino. Hablan sobre una película que no he visto y, casi seguro, no veré. El argumento parece basarse en una historia real: una mujer demandada por un tipo que niega el Holocausto. Locutor y hombre de cine se enfrascan en una conversación sobre la intolerancia y, por un momento, me parecen un dúo de humoristas, o payasos, en el que uno, siempre el mismo, acaba siendo la víctima. El crítico diagnostica, el que se autotitula periodista apostilla lo que dice el primero, retratandose, sin darse cuenta. La intolerancia y las creencias infundadas que defiende día tras día, conforman lo que en ese momento critica con tanta seguridad.
Debo una disculpa, a alguien que se va a molestar por dársela. Llamo por teléfono a una amiga y me preparo para recibir una reprimenda por sentir no habernos podido ver a más de medio millar de kilómetros de nuestros respectivos hogares. Tras el protocolo, al que me he referido con anterioridad, me comenta que va a hacer una ruta por un conocido desfiladero. Me pregunta si lo conozco y contesto que yo la hice hace bastante tiempo. Me plantea cómo le aconsejan hacer la excursión. No puedo evitar pensar que todo se desmorona. Una actividad relacionada con la Naturaleza se ha acabado convirtiendo en un sacacuartos sin sentido. Ahora, por mor de una extraña moda, se debe desandar lo desandado, para poder demostrar (no se sabe a quién), que se es un émulo de Martín Fiz o, mejor, de Forrest Gump cuando tuvo la idea de correr sin parar. Por si esto pudiese parecer poco, existen guías, al módico precio de 35 euros por persona, que te ilustran sobre el recorrido. Cuento a mi amiga que nosotros fuimos a nuestra bola y vimos, por ejemplo, como funcionaban las trampas para lobos que los pastores diseñaron desde tiempos inmemoriales, pues se encontraban perfectamente señalizadas, con sus correspondientes carteles explicativos, pudiendo andar en medio del intrincado sistema. Deshacer lo andado, sin necesidad, para demostrar que se es muy aguerrido (aunque luego muchos no puedan moverse durante tres días) y contratar un guía para andar por el campo en un camino con una señalización perfecta, todo un maravilloso ejemplo del consumismo real y espiritual que se ha implantado en nuestra sociedad. Absurda moda del parecer y el no estar.
Cambio de escenario. Toca aprender. Comparto con unos compañeros de estudio un vídeo peculiar sobre la tecnología lusa.


Intuyo que no hace falta traducción. 
Todo parece extraído de un libro de similar hechura a la "La conjura de los necios" (gracias, Isa, por tu recomendación) o de cualquiera de las novelas de Eduardo Mendoza, protagonizadas por ese demente detective sin nombre. La trama no desmerece en ningún caso: un tipo, con pasamontañas, lanza un artefacto, imagino que de precio alto, para demostrar que la tecnología de un país es la repanocha, acabando en el mar el citado aparato, como si de un avión de papel infantil se tratase. Todo ello contemplado por militares de alta graduación y políticos. Echo en falta a alguien diciendo: "Y dos huevos duros".
Vuelta a casa. Abro una red social y leo lo de siempre. Me empiezo a cansar de jugar a lo mismo y sé que toca vivir. La red, una mentira organizada para parecer, hacer creer, no dar el paso. Quien cree da el paso; se hace presente.
Dan vueltas las cuestiones sobre la corrupción. Dan vueltas las críticas. En mí dan vuelta otras cuestiones: quiénes apoyan a los corruptos; quiénes pagan a los encargados de sacar vergüenzas, otrora escondidas, para perjudicar a gente intocable hasta hace bien poco. Por qué antes no y ahora sí.
Certezas: la facción que dirige el PP se ha visto fortalecida tras salir a la luz pública las miserias de sus oponentes dentro del partido. Por el momento han llegado hasta los delfines, pero pueden llegar hasta la cima, si unos y otros siguen oponiéndose al poder de los que dirigen a los populares.
Alguien, con mucho poder, está saldando cuentas pendiente. Cuentas que  no se paran ni en la con anterioridad intocable monarquía (hoy le ha tocado a compiyogui).
Hablando de corrupción, de repente me viene a la cabeza una conversación, acontecida hace muchos años, donde alguien nos explicaba, en una terraza frente a una magnífica fachada plateresca que antecede al mejor museo de España en su género, el funcionamiento de estas cosas. Una de las primeras cosas que hizo un presidente del Gobierno de este país, anteriormente presidente de una comunidad autónoma, fue llamar a un trabajador de un medio público, que le asesoró años antes, de manera desinteresada, para que, durante la campaña electoral, abandonase su gesto adusto y, a veces, desagradable, pidiéndole que sonriese y se acercase a la gente de manera más natural. El citado político, en esa llamada, como  gesto de agradecimiento, se interesó por el estado de su asesor y le dejo claro que cualquier cosa que necesitase la tendría. Quien nos contaba esto era un compañero, y amigo, de ese honrado trabajador que no utilizó la prebenda que le ofrecieron. Por eso no me extraña nada de lo que ocurre. En el fondo, se trata de saciar el ansia de poder de los que se dedican a la Política, a la religión... para que nada cambie y los que tienen el poder real, el económica, sigan haciendo lo que les place.
Parece que la Transición y sus mitos falsos se derrumba. Me sigue intrigando saber quién y qué se mueve detrás de este ventolera.
Debajo del reloj, Portugal... buen día para planificar sobre la marcha. Recuerdos, amigos, familia y... Mañana será otro día.
Me despierto. Escucho a los mismos de siempre descalificar a los jóvenes por no poder sin redes sociales. Me resulta chocante que ellos, que no pueden vivir sin deformar la realidad, denominándose periodistas, se olviden de lo que ven en el espejo cuando se miran todas las mañanas. 
Me agotan las redes; las que me atrapan, en las que me atrapo y en las que me quieres atrapar. Sin redes, entre los dedos. Sólo eso, quiero dedos y despertar entre las piernas. 
Dos día a vueltas con Exquirla. Esto es algo muy serio.




Un saludo.

miércoles, 19 de abril de 2017

INTELIGENCIA EMOCIONAL, EMPATÍA Y ASERTIVIDAD

En estos últimos tiempos se ha puesto de moda un concepto que, desde mi punto de vista, deriva de la teoría de las inteligencias múltiples de Gardner, formulada en 1983. David Coleman, en 1995, publica un libro donde habla de la inteligencia emocional por primera vez. Desde ese fecha, ese concepto lo utiliza todo el mundo con cualquier excusa (recuerdo como alguien me llegó a plantear que era experto en inteligencia emocional, a modo de amenaza o coacción. En realidad era otra cosa muy diferente, de la que su madre no tiene la culpa) y para cualquier fin, como queda dicho.
La inteligencia emocional, a modo de resumen, se puede definir como la capacidad de reconocer nuestros sentimientos, identificarlos y manejarlos de manera correcta. De igual manera implica la capacidad de reconocer los sentimientos de los demás, sintiendo empatía hacia esas personas. Estos dos procesos redundarán, al menos en teoría, en un vida más plena y satisfactoria para aquellas personas que sean capaces de adquirir estas capacidades.
No me interesa apoyar o denostar esta teoría, para eso ya existen profesionales del ramo que aportan argumentos mejores que los míos, sino incidir en dos aspectos que subyacen en esta teoría: la empatía y la asertividad.
La empatía se puede definir como la capacidad de ponerse en el lugar del otro, de intentar, o conseguirlo, comprender los sentimientos del que se tiene frente a uno, pero, y esto es importante, sin implicarse de manera emocional en ello, buscando así comprender el comportamiento de dicho sujeto.
Resulta oportuno aclarar que ponerse en el lugar del otro, e intentar comprender lo que pasa por la mente ajena, no siempre va a significar que se esté de acuerdo con el comportamiento de la otra persona.
También parece necesario decir que lo que nosotros consideramos empatía no tiene porque serlo. Resulta lógico pensar que las interpretaciones de todo lo que ocurre a nuestro alrededor están "contaminadas" por nuestra experiencia, nuestras creencias... Y no siempre nuestra interpretación de los demás puede denominarse objetiva o neutra, por lo que, a pesar de intentarlo, no siempre conseguimos que sintamos empatía.
Hasta aquí la teoría y ahora comienzo con lo que me interesa de la entrada: la falta de empatía, casi absoluta, de ciertas personas, así como la necesidad que parecen sentir otros de que sean interpretados sus sentimientos, bien mediante pistas que ellos dan, bien porque ellos lo valen. l
El primer tipo, expertos en conjugar el verbo siempre con el pronombre yo delante, resultan un fastidio absoluto. Vistos desde un punto de vista empático podríamos pensar que poseen una baja autoestima. Pero como no merece la pena tanta empatía en algunos casos, podemos decir que en realidad carecen de inteligencia, bien de tipo interpersonal, bien de inteligencia en el más pleno sentido de la palabra. El lector podrá pensar que oso llamar tontos del culo a este tipo de personas. Pues acertó. Todos tenemos necesidad de sentirnos escuchados en determinados momentos, pero nadie tiene la potestad de hacer que todos le escuchen sólo a él.
Respecto a los de las claves y a la necesidad que tienen ciertas personas de realizar un trabajo de indagación sobre sus sentimientos, poco que decir. Resultan la otra cara de la moneda de lo expuesto con anterioridad. Lo mismo de lo mismo, pero con un juego elaborado, tendente a captar la atención ajena a cualquier precio.
Imagino que nadie podemos considerarnos un dechado de virtudes, y que en todos existe un componente mayor o menor de lo escrito un poco más arriba, pero, doy fe de ello, existen personas donde predomina, de manera masiva, lo descrito. Una pesadilla.
Queda aún por hablar de la capacidad de expresar de manera firme, sin ofender al interlocutor, nuestras opiniones, sentimientos o deseos, defendiendo los derechos propios. A esta capacidad se la llama asertividad. Desde mi punto de vista, la asertividad, resulta más compleja de adquirir, o de practicar, que la empatía, porque implica una alta autoestima, una capacidad de ponerse en el lugar del otro (empatía) y una capacidad dialéctica apreciable. Además, a diferencia de la empatia, que no de manera necesaria debe ser testada o valorada, la asertividad requiere ponerse a prueba sí o sí. Por si todo esto fuera poco, en ocasiones la situación en que debe implementarse no resulta la más adecuada, pues pueden estar pisoteando  nuestros derechos, lo que suele conllevar un estado de ánimo no muy apropiado para reivindicar de manera correcta aquello que creemos.
Como el lector habrá apreciado, tan importante resulta expresar lo que nos molesta y pretendemos, como no herir los sentimientos de la persona a la que queremos influir. Y aquí reside el meollo del asunto: en la dificultad de hacer esto, pues cada persona constituimos un mundo y, por si fuera poco, las circunstancias en nuestra vida varían y con ellas nuestros estados de ánimo.
Todo conocemos personas que defienden sus derechos, o lo que ellos creen sus derechos, a capa y espada, sin miramientos y sin prisioneros. Unos actúan siempre así y otros de vez en cuando.
Por otra parte, existen otros individuos a los que vulneran sus derechos una y otra vez. Se trata del otro extremo del balancín.
Imagino que la gran mayoría nos situamos en un punto entre uno y otro extremo, no siempre equidistante. A veces sólo tratamos de molestar lo menos posible, hasta que resulta imposible no hacerlo y en ese momento...
Lo reconozco, considero la asertividad un arte y no creo que nadie sea capaz de ejercerla en todo momento y en toda ocasión. Creo que una persona asertiva, por todo lo explicado con anterioridad, reúne todo aquello que conforma lo que se denomina inteligencia emocional.
La asertividad, o sus sucedáneos, es posible que nos facilitasen una vida mejor, incluso en lo relativo a lo sentimental. A veces el miedo a no expresar sentimientos, por quedar en ridículo o por ofender conlleva estar detenidos en ningún lugar.
Un saludo.

lunes, 17 de abril de 2017

DIARIO DE UN MAESTRO GRUÑÓN (17-4-2017)

Hemos iniciado el último trimestre del curso. Un curso más amenaza con desaparecer, sin apenas darse cuenta. Lejos quedan los primeros años, cuando todo parecía que se debía descubrir e, iluso de mí, hasta crear de la nada. 
Echando la vista atrás, creo que, a pesar de los sinsabores, esto de la Educación me gusta. Nunca fue algo vocacional (mi verdadera vocación: ser millonario y no pegar palo al agua), pero desde que empecé a ejercer, esta profesión me pareció algo bastante interesante y creativo, aspecto que me parece crucial en esta historia. Recuerdo que una de las frases favoritas que teníamos una compañera y yo decía: "No mpe gusta trabajar, pero ya que tengo que hacerlo, al menos lo hago en algo que me gusta
Fue por esa época cuando, durante un curso de formación, me di cuenta de que podía dedicarme a esto sin desentonar en exceso. Para ello, querido diario, me tendré que retrotaer un poco más en el tiempo y contar algo de mis inicios en el mundo de la Educación Especial. 
Visto en perspectiva tuve la suerte de comenzar mi andadura en un centro pionero en España en muchos aspectos. Yo trabajaba con adultos con discapacidades motoras y cognitivas y durante cuatro años di por sentado que todo funcionaba e innovaba de igual modo. Cosa que pronto comprobé no se ceñía a la realidad. Durante los primeros meses de mi desempeño laboral me encontraba trabajando delante de un ordenador con un adulto joven, creo que yo tenía cuatro o cinco años más que él, con unos problemas físicos destacables, a los que acompañaba ausencia de lenguaje oral, discapacidad intelectual... Tras mirar a ese chaval me pregunté: ¿Qué cojones hago yo aquí?
Años después, durante el curso del que hablaba, el ponente, un tipo muy muy competente,  una hizo una afirmación que respondió a la pregunta que me había formulado varios años antes: Si no os habéis preguntado alguna vez qué hacéis en un centro de Educación Especial, no valéis para esto. Me congratuló no ser un bicho raro y, sobre todo, saber que la duda forma parte del juego.
Ahora, veintitantos años después de formularme aquella pregunta, siguen surgiendo dudas sobre lo que se realiza, su utilidad, su viabilidad. No se trata de cuestionamientos generales sobre competencia global o sobre la idoneidad de esta profesión para mí. En este caso las dudas residen en la práctica, en la adecuación de lo que hago para un chaval determinado. Pero, sea como fuere, me encanta seguir teniendo dudas que, en muchos casos, permiten ajustar lo que planteo a las necesidades del alumno (o eso creo). Me encanta sentirme falible y saber que aún se puede mejorar. Me encanta, también, poseer la certeza de que mi trabajo consiste en dar a los alumnos lo que creo necesitan, equivocándome a veces. En el fondo, creo que he comprendido, no sé hace cuanto tiempo, que la esencia de esta historia es mirar, intentar comprender y dar lo que esa mirada y esa comprensión te dicen debes dar.
Me gustaría, querido diario, hablar de los equipos directivos que se eternizan en el cargo, de las nuevas tecnologías como recurso o como objetivo de aprendizaje, de la convivencia en los centros y el mal ejemplo que, a veces, somos los docentes y de otras mil cosas más, pero creo que todo ello, tan terrenal, tan humano, rompería que el espíritu de lo que he escrito hoy. Por lo tanto, dejaremos pendiente estos asuntos para otro día.

viernes, 14 de abril de 2017

IDIOTARIO (LXXXVII)

Autobiografía: relato de ficción escrito con la finalidad de ganar dinero y mentir sobre uno mismo.


Carrero Blanco: Presidente del Gobierno de la dictadura franquista que murió en un atentado perpetrado por la banda terrorista ETA, mientras ocupaba ese cargo. Su figura ha dado un salto a la actualidad con la condena de una tuitera por hacer chistes sobre él. Los chistes, lejos de ser la bomba, son de bastante mal gusto. 


Gibraltar: territorio británico situado en el sur de la Península Ibérica, en el que habitan los únicos monos que viven en libertad en Europa. La roca está habitada por personas que defiende su pertenencia al Reino Unido, caracterizados por su bilingüismo: hablan inglés con acento andaluz y andaluz con acento andaluz. Una de sus principales fuentes de ingreso es el sector financiero:  miles de entidades económicas radican en un trozo de roca, dedicándose a agilizar la economía de otros países. La mayor utilidad de Gibraltar es llenar informativos españoles en verano y activar la vena patriota de los británicos conservadores tras el Brexit.


Hiperactividad (TDAH): patología caracterizada por: no ser capaz de concentrarse, ser extremadamente activo, no poder controlar el comportamiento. Este trastorno se observa a partir de los seis años y puede afectar a todas las edades (basta ver a ciertos médicos que recetan de manera impulsiva medicamentos contra esta patología sin haberse concentrado en los datos fundamentales del niño).


Historia interminable (La): libro de Michael Ende en el que los secretarios generales del PSOE y los candidatos a serlo, defienden que representan a los trabajadores. 


Libros de autoayuda: obras escritas que te dan los mismos consejos que tu madre, pero gastando más de doscientas páginas para hacerlo.


Pasión de Cristo: putada que hacen los nazarenos, año tras año, a Jesús, recordándole lo putas que las pasó cuando le crucificaron. 


Preposición: palabra invariable que introduce el sintagma preposicional. Las preposiciones españolas son: a, ante, bajo, cabe, con, contra, de, desde... Al grupo sintáctico que se produce cuando se juntan dos o más preposiciones con ciertos verbos se le denomina: preposición indecente. Por ejemplo: el verbo meter junto a las preposiciones desde y hasta.



Sobre: unidad de medida de la corrupción en España.




lunes, 10 de abril de 2017

PERDONE QUE INSISTA

De nuevo escucho a personas que cabalgan entre los cuarenta y los cincuenta que los jóvenes deben cambiar este mundo. Me sorprende escuchar estos postulados por varios motivos. Primero por la aparente convicción de quienes lo defienden, pues uno tiene dudas, en muchos casos, sobre la verdadera intención de esos pequeño burgueses acomodados de cambiar algo que les ha proporcionado un buen pasar y estar
En segundo lugar me llama la atención que unos tipos que han contribuido, de una u otra manera, a dejar a sus descendientes una sociedad peor (con menos posibilidades laborales, menos derechos...), se permitan el lujo de recomendar, a aquellos que han salido perjudicados con sus acciones, que hagan lo que ellos no han hecho, o han contribuido a deshacer. 
Por último, me pregunto si todos estos profetas de la lucha sin cuartel de los demás, estarían dispuestos a sacrificarse e implicarse en esa épica batalla contra las fuerzas del mal, que ellos no emprendieron en su tiempo, o que la hicieron en bares  o en algún cine fórum, donde se meditaba sobre aspectos totalmente prescindibles cuando se va a comprar a la panadería. 


El posibilismo, o la capacidad de adaptarse e integrarse en el sistema para medrar de y en él. Estos días he tenido ocasión de ver la cuestión desde dos perspectivas diferentes. Por un lado alguien que hoy estará en la reunión entre varios presidentes de Gobierno del Sur de Europa y me hablaba de uno de ellos,  al que más conoce (no es Rajoy), que convirtió todas las esperanzas de los ciudadanos de sus país, apabullado por la crisis, en un discurso hueco, encaminado a ocultar el giro de su política y la claudicación ante lo que repudiaba cuando llegó al poder. El lema que reza: mejor cambiar un poco que nada, es una falacia para no cambiar nada.
De igual manera, alguien me comentaba que las negociaciones sindicales son muy arduas y que nadie sigue a los sindicalistas... Cuando me contaban estos me acordé de una cosa muy graciosa, o no, y real que me contaba una amiga, que sé sigue leyendo este blog. Un saludo. 
No me voy a líar con dedicatorias y voy a contar al lector la anécdota. La cosa discurrió, más o menos, así: Una persona con mucha relación con mi amiga era empresario.  Durante la Transición, creo recordar que fue por aquella época, los sindicatos tenían mucha fuerza y obligaron a negociar a los empresarios de ese sector una subida salarial para los trabajadores que representaban. Los empresarios no debían tener mucha costumbre y el que conocía mi amiga tampoco. Esta incertidumbre generaba en él mucha zozobra y un gran malestar cada vez que escuchaba la palabra sindicatos. Hasta que llegó el momento de sentarse a la mesa para negociar y descubrió que lo que los pérfidos sindicatos exigían para los trabajadores era, una cantidad que no llegaba a ser ni la mitad de lo que los empresarios hubiesen estado dispuestos a dar a los trabajadores. 
De nuevo el posibilismo. 
El posibilismo es la capacidad, o el intento, de acallar a los representados, repartiendo las migajas que los de arriba quieren, y deber, dar, para que el gallinero no se alborote en exceso.


Una persona, que trabaja para mejorar la vida de un tipo de personas muy desfavorecidas, que durante un cierto tiempo ocupó y preocupó mucho en los medios y a todo tipo sensible, me narraba una experiencia personal anecdótica, que nada tenía que ver con su trabajo. El asunto se podía resumir de la siguiente manera: por el pretendido respeto a un número minoritario de personas, la gran mayoría no había podido realizar algo que le agradaba. La persona que me contaba el hecho y yo coincidíamos en que ha llegado un momento en el que se pone más cuidado en no ofender, o presuntamente ofender (los niños marroquíes se lo suelen pasar muy bien en las fiestas de Navidad de los coles, por ejemplo), a determinados colectivos que en la finalidad de lo que se hace y que esta finalidad, adaptada en el fondo o, lo más probable, en la forma, puede llegar a todo el mundo. La existencia de una Policía Moral, sin uniforme, pero con herramientas como los medios de comunicación  y las redes sociales, contribuye a vivir imbuidos en el miedo y, desde un punto de vista sociológico, en el ridículo de las formas. No se trata de arrinconar a nadie, pero esas personas que, por circunstancias pertenecen a lo que se pomposamente se denomina minorías, tampoco deben condicionar el funcionamiento de todos los demás. 


Hace unos días pensaba en lo agradable y lo fácil que me resulta estar con ciertas personas y cuando escribía esta entrada pensaba: existe un posibilismo real, el de estar con aquellas personas que te ayudan a sonreír y las haces sonreír, que te escuchan y necesitan ser escuchadas, que hacen eso porque, ante todo tienen una prioridad: llenar sus vidas. Tal vez ese sea el verdadero posibilismo. La posibilidad de pasar por aquí disfrutando junto a otras personas.


viernes, 7 de abril de 2017

DIARIO DE A DIARIO

Parece pertinente publicar una entrada lejos de la Política, la critica y lo mediato (en el fondo, muchas de las cuestiones tratadas en los dos últimos relatos de la realidad resultan cercanas, pero, a la vez, separadas de nosotros por una especie de cortina institucional). Nada mejor para ello que hablar un poco de ciertas cosillas que pasan por mi mente, y que tienen que ver conmigo y también con usted, amable lector. Tiene que ver con usted, porque todos hemos realizado, casi seguro, un catálogo de deseos, pilares o condiciones sobre los que construirnos. Pero...no voy a adelantar el contenido de lo que escribiré un poco más abajo. Vayamos paso a paso.
En este año y pico han sucedido ciertas cosas que han afectado a mi entorno y, por supuesto, a mí. Lo ocurrido ha supuesto algo nuevo, distinto y, hasta cierto punto, lógico, aunque no deseable. También puedo decir que en todo este cúmulo de circunstancias amaneció un día, un jueves, que me marcó, no sé muy bien como, e hizo que todo cobrase forma. Parecía que las piezas, que sabía existían, encajaron de manera natural.  Unas semanas después, tampoco muchas, ando escribiendo estas líneas, y otras de las que ya hablaré, sobre lo que considero y no considero necesario o primordial (no sé cual de las dos palabras se ajusta más a lo que intento contar). Vamos a concretar un poquito más, porque me estoy yendo por los Cerros de Úbeda.
No parece cuestión fácil determinar que proceso lleva a crear afinidades con otras personas, que acaben en una amistad, y mucho menos precisar que hace que una persona se enamore de otra. Esos caminos parecen transitarse con naturalidad, sin necesidad de consultar un plano que guíe nuestros pasos. Sin embargo, con el paso del tiempo, y las experiencias acumuladas, nos movemos con mayor precaución y, sobre todo, con el deseo de no volver a sentir que nos infligen dolor. Es en ese contexto donde, con el tiempo y la distancia adecuados, decidimos que sí merece la pena embarcarnos en nuevas aventuras en especial sentimentales, pero con unas salvaguardas, que, en la medida de lo posible, impidan que encallemos de nuevo, fruto de los mismos errores.
Echando la vista atrás se observa un gran cambio entre los primeros momentos, en los que se sabe se necesita reconstruir la vida en determinados aspectos y tiempo después, cuando se sigue teniendo esa visión, pero desde el punto de vista de lo que se necesita. En un principio, como el gato escaldado, se huye de aquello que te puede quemar y todo se plantea con el adverbio no como introducción: "No quiero...". Después, con la elaboración de los sucedido, la palabra de marras desaparece y las frases se convierten en enunciativas afirmativas: "Quiero..."; "Deseo..."... Un cambio minúsculo y, a la vez, superlativo.
Uno, que en los últimos tiempos ha dado paso a sus excentricidades, está escribiendo, en una red social, algunos de esos "quiero" y "deseo". Vamos ya por el sexto o séptimo día escribiendo alguna cuestioncilla, de manera aislada, pero evidente; lo que está resultando, a la vez que evidente, esclarecedor e incluso reconfortante.
En todo este proceso he descubierto momentos pretéritos de vacío, que consideraba normales, soledad, una autoestima inadecuada y otras muchas cuestiones; pero, ante todo, he tomado conciencia de que aquello que resulta demasiado complejo no merece la pena. La complejidad sólo se puede considerar una losa que alguien aporta porque no puede, o sabe, hacer otra cosa y, como diría alguien que conozco, "ya no tengo edad para estas cosas".
No creo necesario, aunque lo haré, aclarar que este último párrafo no se refiere a abordar las cuestiones complejas, y dramáticas a veces, que la vida presenta. Nada más lejos de la realidad. Mi idea se basa tal vez en algo que me contaron hace poco y que puede resumirse de la siguiente manera:
- Yo he tenido este problema.
- Pues yo tengo este otro.
- Gracias por contármelo.
- A ti también.
- ¿Seguimos adelante?
- Sí. Mañana será otro día y ya veremos como amanece.
En resumen: se trata de dar importancia a lo que une y minusvalorar aquellos aspectos que restan.




Un saludo.