jueves, 25 de mayo de 2017

EL MÁS COMÚN DE LOS SINSENTIDOS

"La manera como se presentan las cosas no es la manera como son;
y si las cosas fueran como se presentan
la ciencia entera sobraría".

Karl Marx


"Es de sentido común", esa frase que sirve para justificar que nuestras ideas resultan acertadas y las de los demás no. El lector habrá oído, cuando no dicho, esta oración en diversas ocasiones; siempre con el mismo sentido: el de la certeza absoluta y, de paso, la descalificación de los pensamientos o palabras de quien osa contradecir eso que es de sentido común y que se cae por su propio peso. Sin embargo, el sentido común, tan evidente para nosotros, resulta poco común para otros, que consideran que nuestras certezas nada tienen que ver con las suyas. ¿Entonces? Entonces, lo evidente, el sentido común no existe. 
Imagine el lector el caso de unos políticos, no pongamos nombres ni siglas, que acceden al poder y piensan que existe una impunidad total sobre sus actos (al menos en ese momento). Estos tipos pueden considerar de sentido común trincar como bellacos, embolsándose dinero público, que además reparten entre sus afines. Se puede alegar incovenienteque sus acciones se pueden, y deben, perseguir judicialmente. Cierto. A pesar de ello, en un determinado momento, en que la sensación de impunidad resultaba absoluta, a estos tipos les pareció que se caía por su propio peso aprovechar la posibilidad para saquear las arcas públicas.
Tal vez el ejemplo lleve adjuntas una serie de cuestiones morales que puedan contribuir al despiste, enzarzándonos en dilemas éticos que en nada contribuyen a ilustrar lo que pretendo. Vamos, entonces, a ilustrarlo con otra situación.
Supongamos que en nuestro país, o en nuestro continente, ha estallado una crisis económica considerable. Como hemos podido escuchar para unos el sentido común invita a invertir por parte de los estados, para conseguir un crecimiento que mejore la economía de los países. Ese gasto se consigue con un aumento de los impuestos, en especial a los que más tiene. Sin embargo, para otros el sentido común dice que los estados deben gastar lo menos posible, disminuyendo los impuestos, en especial a los más ricos, pues ellos solos son capaces de crear riqueza. Digo es de sentido común, porque si fuera una ciencia existirían datos incontestables que nos ilustrasen sobre el camino a seguir. Entonces, ¿qué opción tomamos? Mi sentido común defiende que la primera opción resulta mejor y, sobre todo, más justa, pero el sentido común de otra gente no parece opinar lo mismo. 
Puede que este ejemplo también posea una serie de matices ideológicos que nos pueden desviar del asunto. La verdad, parece que no me encuentro muy acertado con los ejemplos, todos se encuentran cargados de ideología o de creencias. Vamos a ver si un tercer intento es más afortunado.
Pensemos que existe una catástrofe humanitaria y millones de personas deben salir de su país, buscando una vida más segura, y mejor, en países de un continente como Europa. No tendremos inconveniente en pensar que es de sentido común dar acogida a personas que pasan hambre, sed y, en algunos casos, mueren intentando llegar a un lugar mejor. Se trata de ayudar al necesitado y eso se cae por su peso. De hecho existen organizaciones cuya labor, toda en parte, consiste en ayudar al necesitado Cáritas, Intermon Oxfam, Hogar Social... Aunque estos últimos, creo recordar, que sólo ayudan a los que ellos consideran españoles de pura cepa, porque, para ellos, es de sentido común que los extranjeros vienen a quitarnos lo que hay aquí. ¡Vaya! Parece que estos tipos racistas y xenófobos también tienen sus certezas y consideran que ciertas cosas se caen por su propio peso y, dato importante, esas creencias son compartidas por una buena parte de la población europea, como se pudo comprobar en las elecciones francesas, austriacas, holandesas... 
Creo que este tercer ejemplo también posee una gran carga de ideología y, por tanto de creencias. He vuelto a incurrir en el mismo dislate: asociar el sentido común a ideología o creencias. Aunque, ahora que lo que pienso, a lo mejor el sentido común consiste en eso: en una serie de creencias que creemos superiores a las de los que no las comparten con nosotros. Empiezo a creer que el verdadero problema lo encontramos en llamar sentido común a algo que se debería denominar sentido particular, porque no cabe duda alguna, no existen verdades universales sobre cuestiones referidas a la moral de las personas. Existen tantos sentidos comunes como percepciones de un mismo asunto encontremos. Puede que esas percepciones se puedan agrupar en dos o tres categorías (sí/no/me da igual), con los matices que aporte cada persona, pero, incluso en este caso, no existe una categoría única y universal.
El lector puede alegar que en muchas ocasiones la frase: es de sentido común, se aplica a situaciones cotidianas. Cierto. Pero, si se realiza un análisis del contexto con detalle los principios rectores resultan los mismos: yo tengo la razón. El otro defiende un disparate. No hay más que discutir, ¿cómo se le puede ocurrir eso?
A modo de resumen, concluiré esta entrada diciendo que  tengo la impresión de que el sentido común ni es un sentido, es más bien una creencia, ni es común, se trata de algo particular. Por tanto, querido lector, este humilde bloguero cree que cuando se habla de sentido común, lo que en realidad signfica es que, por parecer evidente a otra persona una cuestión, sin ningún tipo de fundamento real, me intenta imponer su forma de entender esa circunstancia como verdad revelada. Y uno, que sigue ejerciendo de ateo, pasa de verdades reveladas.
Un saludo.

P.D.: Esta entrada está dedicada a Pilar, por hacerme pensar, por el bacalhau, la pularda y...

lunes, 22 de mayo de 2017

MICRORRELATOS

Buscó con tanto ahínco en las estrellas y distintos tipos de adivinos asegurarse de su afinidad, que no tuvo tiempo de sembrar bajo sus pies la semilla de la felicidad mutua. Cuando lo perdió se dio cuenta de que la magia real se encontraba en su mirada y en su voz.



Siempre había pensado que en la vida todo se puede encontrar en los libros o gracias a ellos. El tiempo le dio la razón. Un lluvioso día de otoño encontró en una librería al amor de su vida. Desde entonces su mayor ocupación es leer las páginas que ella le ofrece cada día.




Amó de manera desenfrenada durante días, durante meses. Recubrió de pintura nueva sensaciones ya oxidadas. Planeó sobre el tiempo. Sonrió cada segundo. Al poco utilizó la pintura para colorear lo cotidiano, aterrizó viviendo el tiempo y sonrió cuando tocaba. Entonces descubrió que no se trataba de la persona indicada, pero supo que seguía siendo capaz de amar.




La pistola aún humeaba en el suelo, en espera de que el río de sangre que manaba del orificio de la cabeza llegase a ella. El arma, tras ser disparada, había caído de la mano del hombre que se encontraba tendido en el suelo. La otra mano, la izquierda, aferraba un teléfono móvil que, segundo antes de producirse el disparo, había emitido un sonido que indicaba la entrada de un nuevo mensaje, que nunca había sido leído. Un mensaje corto, que no hubiese llevado mucho tiempo haber sido leído. Cuatro palabras de ella que decían: "Perdóname. Te amo".




Recordaba la estrategia que había utilizado para dejar el tabaco cada vez que se acordaba de ella y le servía para ahogar las ganas de marcar su número. Sabía que, como cuando dejó de fumar, esa necesidad duraba un tiempo limitado y luego se iba diluyendo. Pero, a diferencia del tabaco, cada vez que buscaba olvidarse de ella se instalaba en su corazón un dolor sobrehumano.




Intentaba disimular, escribiendo en la redes sociales lo mucho que amaba a quién siempre estaba allí, su hijo, pero, hasta la última célula de ella, le seguía amando sin tregua a él.




El anciano nunca había tenido la sensación de haber cumplido su papel de padre como en aquella ocasión. En realidad, sólo había cumplido el deseo de su hija: proporcionarla una sustancia letal, para evitarla el futuro, y presente, dolor de la mortal, y veloz, enfermedad degenerativa que padecía.




Había recorrido con su cámara rincones inimaginables del planeta. Sus fotografías se podían encontrar en las medios más afamados. Durante los años que ejerció de fotógrafo trotamundos conoció a millares de personas de culturas dispares. Sin embargo, la edad, o una especie de añoranza, le habían empujado a abandonar su vida errante y volver a su lugar de origen de manera definitiva y reencontrarse con la soledad de aquel a quien nadie le espera.

miércoles, 17 de mayo de 2017

DIARIO DE UN MAESTRO GRUÑÓN (17-5-2017)

Tengo la impresión de que en las últimas entradas la teoría ha protagonizado buena parte de lo que te he escrito y existe la posibilidad, querido diario, de haberte aburrido con tanto así debería ser, así debería hacerse esto o lo otro. Sin embargo, hoy me preocupan otras cosas, más del día a día, de la interacción con los alumnos, que, en el fondo, viene a constituir la esencia de esta profesión.
No resulta infrecuente escuchar a algún compañero: "tengo una tutoría que..." y, en ocasiones, acompañada de calificativos no muy positivos. Siempre me ha chocado escuchar la expresión "tengo una tutoría" o "tengo una clase", porque, para empezar nunca he conocido una tutoría en la que todos los alumnos tengan un comportamiento similar, una capacidad de aprendizaje parecida, ni tan siquiera una actitud igual ante lo que acontece dentro del aula. A fuer de ser sincero, reconozco que se trata de una forma de hablar coloquial y que, en muchas ocasiones, no pasa de ahí. Sin embargo, en otras ocasiones, si escucho las citadas expresiones como forma de catalogación y, en general, correspondiéndose con una calificación negativa de los alumnos de ese grupo. Cuando esto ocurre, en especial si se trata de Educación Infantil o primeros cursos de Educación Primaria, pienso que esos chavales no han tenido mucha suerte.
Recuerdo una conversación que tuve hace años con alguien de un equipo psicopedagógico que me hizo una afirmación contundente, y certera: para saber por qué una clase es "mala" basta con saber qué docentes han pasado por ese grupo. Al menos uno de ellos tiene bastante que ver con esa circunstancia. No puedo estar más de acuerdo.
Considero que una de las labores de los docentes consiste en contribuir a la socialización de nuestros alumnos y, como el propio concepto indica, a socializarse se aprende en sociedad y, en muchas ocasiones, mediante la instrucción de una adulto, un docente en este caso. Además de las normas elementales de convivencia: respeto, solidaridad..., que deben mostrarse en todo momento en las aulas, existen otros aspectos, más relacionados con el mundo académico, que también forman parte de la socialización y sobre los que los docentes tenemos cierta competencia: el sentimiento de eficacia a la hora de abordar las diferentes tareas, los hábitos de orden (compartidos con el hogar), la necesidad de esforzarse para resolver de manera correcta los diferentes cometidos escolares... Resulta obvio que cuando ciertos docentes se plantean que determinados grupos, además de ser uniformes, tienen un comportamiento estable, siempre negativo, han declinado cambiar nada y, por ende, se conforman con ir tirando y que salga el sol por Antequera.
Repito que en los cursos más altos de Primaria, en especial cuando arrastran un "historial" negativo, y en Secundaria, donde las hormonas hacen de las suyas, las cambios resultan más difíciles, aunque no imposibles, pero en Educación Infantil y en los primeros cursos de Primaria no parece muy adecuado hablar de comportamientos colectivos permanentes. Creo que se debería hablar de dejadez o de ganas de hacerse notar, no en base a lo que se hace, sino porque, a pesar de no hacer nada, la labor es la de un mártir de la causa (sea cual sea la causa).
Intuyo que todo se ciñe a ser un poco vigotskyano y pensar que existe una zona de desarrollo próximo en todos los ámbitos de la vida de los alumnos, siendo nuestra función la de presentar aquello que queremos que adquiera de la manera adecuada para que lo adquiera.
Pensando en lo próximo que voy a escribir parece que en mi zona de desarrollo próximo lo único que se vislumbra es cabreo. Aunque, bien mirado, pienso que, además de la crítica, aporto algo que se puede hacer por cambiar las cosas y eso, además de un presumible enfado, significa que sigo deseando cambiar las cosas, lo que implica algo más que enfado. Tal vez todo se deba a que se avecina el fin de curso y esto genera algo de estrés o de ganas de vacaciones.
Lo que no debe al cansancio es esa sensación de injusticia y derrota que sigo sintiendo cuando me cuentan las condiciones de vida de algunos alumnos. Recuerdo que la jefa de estudios de un centro me hablaba sobre un crío que no solía traer los deberes hechos, ni el material. Mi respuesta fue automática: servicios sociales. Sin embargo, tras escuchar la situación por la que atravesaba la familia me envainé mi superioridad moral e interioricé que mi cometido era, por un lado, intentar que aprendiese lo más posible durante el tiempo que trabajaba conmigo y, por otra parte, intentar que el crío estuviese cómodo conmigo, intentando que las clases fuesen, a la par que útiles, relajadas. No puedo evitar sentir infinita pena por esos niños arrastrados por circunstancias sobre las que ellos no tienen capacidad de elección (a veces no la tienen ni los padres). Cada vez que veo algo así pienso en la suerte que tiene mi hijo.
Vamos a ir hacia otros derroteros, pues me pongo mustio y no parece pertinente. Por ello vamos a otro asunto que quería contarte, querido diario. En la Educación Especial se produce ese cosa tan curiosa, también existe en la otra, como trabajar la atención, en teoría escasa, en tareas que nada tienen que ver con las actividades normales de la vida diaria de los alumnos.
La atención forma parte de lo que se conoce como los procesos cognitivos básicos. No hace falta ser muy avispado para darse cuenta de que sin atención el resto de los procesos no van a poder ponerse en práctica, pues la atención supone la puerta de acceso al resto. Si  alguien no presta atención no podrá aprender, ni tan siquiera podrá realizar las actividades de la vida diaria de manera efectiva. Además, si no focalizamos nuestra atención sobre lo que queramos emprender, resultará casi imposible que tengamos éxito en la tarea, pues nos distraeremos con cualquier otro estímulo que esté presente.
Aunque suene simple bastará con dos ejemplos para ilustrar esto último:
1- Ponerse una prenda de ropa, cuyo proceso lo tenemos automatizado, pero, al no prestar atención, lo podemos hacer de manera incorrecta: lo de atrás hacia delante o del revés.
2- Cuando vamos andando por la calle con el móvil, sin prestar atención a nuestro desplazamiento, podemos tropezar, chocar con una farola, porque hemos centrado nuestra atención sobre el aparato y hemos dejado de hacer caso a los obstáculos que existen en nuestro camino.
Resulta obvio que cuando abordamos tareas más complejas nuestro nivel de atención, tanto sostenida como focalizada, cobra mayor importancia. No necesito la misma capacidad de atención para resolver una división que para batir unos huevos para una tortilla. Para realizar las tareas escolares se necesita una capacidad de atención importante por parte de los alumnos, lo que no siempre ocurre. En algunos casos de manera puntual y en otros de forma generalizada. Cuando esto último ocurre se dice que el niño tiene un problema de atención. No voy a enrollarme, querido diario, con las causas de este tipo de cuestión, en muchos casos motivacional, pero sí con las soluciones que se proponen. Existe una creencia que defiende que los problemas atencionales se pueden corregir mediante unas fichas específicas para trabajar este aspecto. Así, a vuelapluma, parece una incongruencia dedicar la "poca" atención del alumno a trabajar algo no relacionado con los contenidos curriculares. Lo poco que, a priori, tenga se debería utilizar para adquirir el mayor número de contenidos curriculares, a ser posible los mismos que sus compañeros. La lógica parece que invita a seguir este camino.
Por otra parte, cuando aparecen este tipo de asuntos siempre me pregunto lo mismo: ¿quién asegura que este tipo de actividades, y no otras, son lo mejor para trabajar determinados aspectos? La editorial, que hace negocio con ello.
Existe otra cuestión importante: el sentimiento de autoeficacia. Si el alumno resuelve actividades descontextualizadas, sin sentido alguno, van a sentir, a lo sumo, que son capaces de resolver unas cosas raras, que no sabe muy bien para qué sirve. Si ese esfuerzo, con la correspondiente atención individualizada del especialista, lo dedica a adquirir contenidos que sus compañeros han visto o están viendo, el alumno tendrá más posibilidades de sentir que es capaz de hacer lo mismo que los demás, lo que puede resultar mucho más motivador para él. Al menos para mí lo sería.
Tal vez este tipo de material, que cuesta un pico, desaparecía de los centros en los que aún exista, si se tuviese en cuenta que los materiales deberían ser lo más normalizados posibles y que siempre se debe buscar, en especial en los alumnos con mayores dificultades, que lo trabajado deber ser lo más útil posible para su vida cotidiana.
Quería hablar algo sobre el tema tan en boga del acoso escolar, pero no deseo extenderme en demasía, por lo que dejaré para la próxima visita que te haga, querido diario.
En breve nos vemos.

lunes, 15 de mayo de 2017

IDIOTARIO (LXXXVIII)

Ajuste de cuentas: momento en el que el maestro, tras corregir las operaciones, le dice al alumno que debe repetir alguna de las operaciones de suma, resta, multiplicación y/o división, por haberlas resuelto de manera incorrecta.


Amor: conjunto de sentimientos que ligan una persona a otra. El amor ha servido de inspiración a  multitud de poetas, de compositores musicales y a una legión de abogados matrimonialistas. 


Años luz: medida temporal que sirve para cuantificar el tiempo que se ha de trabajar para pagar la factura de la luz, tras las últimas subidas de la electricidad.


Ciencia ficción: neoliberalismo.


Comida basura: porcentaje de alimentos que no se consumen en los países ricos y acaban en los contenedores de basura.


Disgráfico: presona qeu persenta fidicultades praa escirbir. 


Perturbado: persona que padece un trastorno de las facultades mentales. Cuando ese trastorno es de índole sexual, en especial cuando se manifiesta en forma de caricias en sus zonas genitales, pudiendo llegar al onanismo, dicha persona se define como masturbado.


Psiquiatría: especialidad médica que es la locura.


Sexo oral: narración sobre prácticas sexuales reales o figuradas, aunque en este caso el protagonista no suele ocuparse de aclarar ese aspecto.

viernes, 12 de mayo de 2017

NO EXISTE EL MAL MENOR

"El pacifismo y la prédica abstracta de la paz,
son una forma de embaucar a la clase obrera
para que no se rebele contra su opresor".

Vladimir Ilich Ulianov, Lenin
La finalidad de esta entrada va a ser exponer una idea, que no he conseguido fundamentar, sobre todo en el aspecto ético, y que c,onsidero, sin saber muy bien por qué, algo acertado. No tengo porque estar en posesión de la verdad (casi seguro que no), pero, al menos, presento una opción distinta y, casi seguro, muy polémica.
No perderé más tiempo con la introducción y paso a desarrollar lo que quiero que el lector conozca y sobre lo que, si lo desea, puede pensar, casi seguro que para descalificarlo.
La Historia sirve para aprender, no para criticarla, y, en la medida de los posible, para no intentar cometer los mismos errores. En este sentido, los Acuerdos de Munich constituyen uno de los sucesos históricos (de los que yo conozco) de los que más enseñanzas podemos extraer. 
Aunque supongo al lector al cabo de la calle, recordaré que estos acuerdos, firmados entre la Alemania nazi, Gran Bretaña, Francia e Italia  en 1938, permitían a Hitler anexionarse una parte de Checoslovaquia, los Sudetes, sin contar con la opinión del país que iba a perder su territorio y que, a la postre, sería conquistado por completo seis meses después.
Estos acuerdos, que sirvieron para realzar la figura de Mussolini como un gran pacificador, tenían como finalidad apaciguar al monstruo nazi y evitar la guerra, que estalló un año después, como es bien sabido. Los artífices reales de ese pacto fueron Chamberlain, primer ministro británicos, y Dadalier, presidente del Gobierno francés (ambos partidarios de la no intervención en la Guerra Civil española en defensa del gobierno legítimo) y digo reales porque se supone que ellos debían ser los defensores de los derechos de unos y otros, pero cedieron ante el monstruo, para evitar males mayores o, al menos, así lo creyeron en ese momento. La famosa teoría del mal menor.
Algo parecido ocurre en nuestros días con la situación política en diversos países, y no parece que hayamos aprendido mucho del asunto.
Para ilustrar lo que pretendo exponer voy a utilizar el comentario de un contertulio, profesor de Historia Contemporánea, que escuché la semana pasada. El ínclito fulano, que un rato después defendió algo que no cuadraba con su planteamiento inicial, vino a decir que Marine le Pen representa la exclusión de una parte de la población, lo que es verdad, y que su alternativa política en las elecciones de Francia, no presenta ese problema de exclusión de una parte de la sociedad. ¡¡FALSO!! Falso porque la pobreza supone una forma de exclusión salvaje, ruín y odiosa. Falso porque, por mucho que se justifique, el enriquecimiento de unos pocos, a costa del empobrecimiento de muchos sólo se puede denominar como exclusión, discriminación o cualquier otro sinónimo que se quiera usar. Falso, porque el empobrecimiento generado por las políticas neoliberales son el germen de toda la bazofia ultranacionalistas que se ha enseñoreado de buena parte de los países de nuestro entorno. En fin, falso, porque, por mucho que se quiera justificar, lo uno, con sus leyes represoras (véase la Ley Mordaza en España) para justificar el saqueo de unos pocos, no difiere tanto como parece de lo otro, por mucho que los medios de comunicación afines nos vendan que lo otro resulta mucho peor.
Entonces... ¿qué hacer ante dilemas como votar a Macron, "el mal menor" o no votar, pudiendo favorecer a la ultraderecha?
Reconozco que no tengo una respuesta fundamentada y totalmente justificada, pero sí una convicción: considero que apostar por personajes como Macron, el menor de los males, supone apoyar la exclusión, la pobreza y, de paso, seguir fomentado el auge de la ultraderecha. Basta pensar que el padre de la candidata del Frente Nacional, en su mejor momento político, alcanzó la mitad de votos que su hija y que este incremento no se debe a una campaña maquiavélica, ideada por una mente retorcida y brillante del FN, sino por las consecuencias de lo hecho por los Hollande, Macron y demás gente neoliberal. Ellos han ayudado a convencer a mucha gente de que no existe otra respuesta. Recordemos que Hollande apareció como un tipo que iba a plantar cara a las políticas de Merkel y, en un breve espacio de tiempo, cambió sus planteamientos iniciales para amoldarse a las demandas del gobierno germano y de los dictados de los burócratas de la Unión Europea.
Creo que antes de continuar merece la pena leer esta entrevista.

http://ctxt.es/es/20170503/Politica/12482/Entrevista-Francia-elecciones-Christophe-Guilluy-Le-Pen-Macron.htm

Tras leer esto, y siendo posible que me arrepienta en no mucho tiempo de lo que voy a defender a continuación, pero considero que resulta preferible no apoyar a gente como Macron. Resulta preferible no seguir siendo pusilánimes, apoyando al candidato del mal menor. Se debe plantar cara a los unos y a los otros, pues ninguna opción es buena, pues ambas defienden los derechos de unos pocos.
Tal vez, ello se deba a que creo que en Francia, Austria, Holanda y algún otro país, al final no van a quebrar el sistema turnista, que se denomina democracia, como hicieron los fascistas italianos o los  nazis en su época. Creo que, por ejemplo, entre el Frente Nacional francés y, por ejemplo, Amanecer Dorado o Hogar Social existe un salto cualitativo grande, aunque puedo estar equivocado.  Mi idea, como ya he dicho sin base alguna, es que en el fondo, la ultraderecha no va a cambiar sobremanera el sistema. Unas pocas medidas cosméticas, para disimular, pero el neoliberalismo seguirá imperando y empobreciendo a los ciudadanos. El problema de la exclusión social y del racismo parece importar mucho ahora a cierta gente, a los que no parecía importar cuando los suburbios de París, por ejemplo, eran, y son, lugares donde los ciudadanos de origen extranjero, una buena parte de ellos magrebíes,  vivían, y viven, en un ambiente marginal, con altos índices de paro, pobreza, delincuencia... Pero eso no lo cuentan.
Por supuesto, las recetas mágicas no existen, pero las que se basan en el modelo actual han mostrado su ineficacia y, esto resulta muy importante, ni le Pen ni ningún partido de ultraderecha, propone cambiar el modelo; sólo pretenden dar una mano de pintura; pero el óxido de la chapa no pretenden tocarlo. Esto conllevará que se estrellarán, por mucho que, como hacen todos los políticos, intenten disimular sus acciones. Y es ahí, antes también, donde debe existir una alternativa real a la miseria moral e intelectual de unos y otros.
No se trata, en ningún caso, de facilitar el acceso al poder de la ultraderecha, al contrario, la idea es alejar a los fanáticos, con ideas, en la calle y, sobre todo, con hechos. Huyendo de palabras huecas, muy típicas de los actuales partidos socialdemócratas, de ponerse de perfil ante los problemas, en especial cuando no se tiene el poder, y de buscar en parches o en pequeños rifirrafes dialécticos la diferencia. Y todo esto se hace cada día, incluido el día de la segunda vuelta electoral.
A nadie le gustaría que el médico le dijese: tiene un tumor en la pierna. Se la extirparemos y así le desaparecerá. Es muy posible que se le curase con otras medidas menos agresivas, pero del mal el menos. Pues en Política nos hemos acostumbrado a actuar así, resulta obvio que los medios de comunicación tienen un papel importante en este conformismo, lanzando una y otra vez el mismo mensaje, que sólo favorece a los dueños de dichos medios, que son la cúspide del actual sistema.
Creo que la respuesta es: del mal, nada de nada y muchos menos si ese mal sólo nos afecta a los de siempre: a los ciudadanos de a pie.
Me gustaría recordar que durante el período nazi las grandes empresas alemanas aumentaron sus ganancias de manera exponencial, entre otras cosas gracias a la esclavitud a la que fueron sometidas muchas personas. Este recordatorio pude servir para pensar que la ultraderecha, o el fascismo, no tiene consideración alguna por las personas, pero también nos puede llevar a concluir que el gran capital, el de la Europa de los mercaderes y del neoliberalismo, va a vivir bien con un sistema y con el otro, pues siempre se encontrarán al lado del poder. Tal vez no debamos perder de vista ambas perspectivas cuando abordemos dilemas como el tratado hoy. Difícil dilema y difícil solución.
Un saludo..

miércoles, 10 de mayo de 2017

PROBLEMAS DE FILIACIÓN

"Mientras quede un ser humano 
que considere a los demás como seres humanos
y no como material  negociable, 
el mundo puede tomar otro derrotero".

Luis Eduardo Aute

Mentiría si dijese que esta entrada no se ha inspirado en la actualidad y en algunas personas de mi entorno próximo, que me ha hecho pensar, sin ellos pretenderlo, en la estupidez que supone sentirse, o repudiar, pertenecer a un lugar u otro y pensar que eso resulta suficiente para justificar cualquier cuestión. 
Antes de continuar me gustaría aclarar que yo me siento feliz del lugar donde he nacido. Además me siento castellano, estoy conforme, y a gusto, con la región donde vivo ahora, que no es Castilla y León. De igual forma no tengo ningún problema en decir que mi nacionalidad es la española, aunque no por ello crea ser superior, ni inferior, a nadie, ni vaya a matar, o morir, por defender "mi patria". También me siento europeo, pues mi historia no se podría entender sin Europa y no reniego de mi afinidad, lingüística con los países hispanoamericanos. De igual manera siento que soy uno más de una especie, la humana, a la que pertenezco y, por tanto, a la que pertenezco. 
Dicho esto, vamos a ver si consigo desarrollar una entrada donde exprese lo que deseo transmitir. 
Las pasadas elecciones francesas han conllevado un debate: nacionalismo vs. supranacionalismo.
El nacionalismo siempre, siempre, siempre se basa en la absurda idea de que los miembros de una comunidad, debido a una serie de vínculos, reales o no, constituyen una unidad que se distinguen de los demás para bien. Se trata pues de una visión monolítica de las personas que conforman esa nación, patria o lo que fuere, que, además, subordinan su individualidad al bienestar de la patria. No hace falta poseer una inteligencia sublime para darse cuenta de que algo tan etéreo como el bien de la patria, en realidad, no es otra cosa que el beneficio de unos pocos, que son los que poseen el poder económico, y que manejan los medios para transmitir determinados ideales, que coinciden con las necesidades de esas élites. Como no esas minorías no pueden controlar todos los resortes, y mucho menos el día a día, cuentan con unos cuadros intermedios, nacionalistas convencidos y/o interesados, que son los encargados de que la ideología se transmita y se ponga en práctica. Es casi seguro que el lector pensará en los periodistas o en las fuerzas de orden, pero, como se ha visto hace bien poco, incluso un cantante sirve para tal propósito. Cuanto más poder tenga el nacionalismo más número de personas se apuntarán al carro, pudiendo llevar a cabo las atrocidades más espeluznantes bajo el amparo del paraguas nacionalista. Por ejemplo: ejecutar a discapacitados, gitanos, judíos, homosexuales...  por el mero hecho de ser discapacitados, gitanos, judíos, homosexuales...
A esta idea de patria como cobijo de un pueblo, uniforme y obediente, se han opuesto los movimientos supranacionalistas como los movimientos obreros del siglo XIX, el panarabismo o, con matices, con muchos matices,  la Unión Europea, que buscaban demoler fronteras y una idea común: mejorar la calidad de vida de los ciudadanos.
Como todo planteamiento teórico, las perspectivas iniciales eran estupendas, pero la realidad resultó bien distinta; como lo demuestra el caso más actual, el de la Unión Europea.
La CECA (Comunidad Europea del Acero y el Carbón), embrión de la UE, es un intento por parte de algunos gobernantes europeos de no repetir los errores que llevaron a guerras sin fin, en especial entre dos potencias continentales: Francia y Alemania, que desde 1870 llevaban zurrándose la badana. La unión pretendía, y consiguió, crear vínculos de unión entre los países y, sobre todo, entre los ciudadanos de los mismos. El empeño puede considerarse un auténtico éxito. El odio, recelo y las suspicacias se fueron diluyendo. No cabe duda de que el aumento de la calidad de vida de los ciudadanos contribuyó a ello de manera crucial. ¿Para qué pegarme con el vecino si todos podemos vivir genial?
Pero, hete aquí, que aparecieron unos tipos que se preocuparon más por las teorías, mejor dicho, las hipótesis, económicas y que se olvidaron de que el bienestar de los ciudadanos debe orientar toda la acción de los que les dicen representar. Y ocurrió lo previsible: esos teóricos eran sólo unos teóricos y quebraron todo. Sin embargo, esos teóricos si hicieron un trabajo bien: adocenar a quienes debían representar a los ciudadanos desde posiciones de la izquierda, con el consiguiente desprestigio para ese tipo de agrupaciones.
De nuevo, como en la década de los treinta del siglo pasado, los ciudadanos ven como disminuye su calidad de vida y, además, comprueba que esa unión supranacional sólo manda un mensaje: tenga o no tenga la culpa el ciudadano, la única manera de afrontar la ruina es mediante la pérdida de derechos, en especial de los económicos. El resultado lo hemos visto en diferentes elecciones, sin ir más lejos en la del domingo en Francia.
Desde mi punto de vista lo más absurdo del asunto es que los europeístas han acabado actuando como los nacionalistas: anteponiendo Europa a cualquier otra cuestión, sin entrar en el asunto de fondo: la respuesta para mejorar la calidad de vida de los ciudadanos. Se intenta imponer una visión nacionalista de Europa: Europa sí, porque sí. Lo que luego se haga, cómo se actúe o lo que se persiga importa poco. Nacionalismo a la europea.
Antes de acabar me gustaría, sin salirme del tema, añadir un matiz patrio al asunto.
En este país existe una serie de personas que, por lo general coinciden con los progres y/o con los nacionalistas periféricos, que necesitan hacer notar su antipatriotismo (español en el caso de los nacionalistas catalanes, vascos...) para definirse como lo que sea. A mí no me importa, como ya he dicho no pienso enfrentarme con nadie por cuestiones de patrias, pero sí me molesta la incultura de muchos de esos ígnaros personajes, que tienden a renegar de una historia, que desconocen por completo (tanto como los nacionalistas), y que moldean a su conveniencia, interpretándola con esquemas mentales del siglo XXI. La Historia de un país no es para aceptarla o para renegar de ella, es para conocerla y, si se tiene la capacidad mental, interpretarla desde la perspectiva del momento en que ocurre. Sólo eso.
Yo no soy patriota, debí ser el único tipo de los veinte mil que acudimos a un acto deportivo, hace un año, que no me levanté al escuchar el himno nacional, pero, desde luego, tampoco me voy a rasgar las vestiduras por la Historia de mi país, que ha dado actos tan revolucionarios como las primeras Cortes de la historia (Reíno de León, 1188) o la Controversia de Valladolid, que se adelantó en siglos en lo que respecta al planteamiento de lo inherente de los derechos de los seres humanos. Pero a estos tipos, como a los nacionalistas de patria única o los europeístas a cañón, les falta la capacidad para pensar que lo importante son las personas, y no los dogmas de fe.
Un saludo.


lunes, 8 de mayo de 2017

HE CONOCIDO A UNA MUJER...

7 de julio

He conocido a una mujer, que vive en el mismo edificio que mis padres, y la impresión que me ha causado no puede definirse como buena. Mi madre aprovechó una visita que hice a mi antigua casa paterna para pedir que la acompañase a casa de una vecina anciana, convaleciente aún de una infección bastante severa. Según mi progenitora, la mujer se encontraba un poco deprimida y necesitaba hablar con gente joven. Deprimida no sé si estaba. De mal humor, seguro. Su rostro dibujaba una expresión áspera y casi desafiante y su lenguaje breve, cortante y con una entonación que recordaba la aspereza de su rostro, no incitaba a establecer una larga y distendida conversación con la dueña de la casa.
A pesar de todo, me apresté a ayudarla las dos veces que los solicitó, obteniendo una forma de agradecimiento algo peculiar por su parte.
La primera vez se quejaba de que no podía alcanzar la medicación que su cuidadora había colocado en el estante superior del armario del baño. Mi respuesta inmediata fue ir a buscar el medicamento para colocarlo en el lugar que ella me indicara, permitiendo que ella accediera al mismo de manera autónoma. Sin embargo, cuando me vio aparecer con la caja del fármaco su respuesta me desarmó: "¿Por qué has cogido mi medicina? Ya se encarga la cuidadora de dármela todas las mañanas. ¡Déjala donde estaba!"
 Me quedé a cuadros.
No mucho mejor discurrió lo que acaeció un rato después. La anciana quería ver unas fotos de sus nietos que le habían mandado a su móvil. Ella decía que se le habían perdido las gafas, aunque mi madre defendía que era muy coqueta y que no le gustaba nada ponérselas, por lo que no podía ver bien los retratos. De nuevo me presté a ayudarla. Amplié las imágenes y la mujer pudo ver con nitidez los rostros de sus queridos nietos. Cuando terminó de disfrutar de las imágenes tuve a bien indicarla lo que debía hacer para no tener problema con el tamaño de letras o imágenes en su teléfono. Tras una breve explicación, que no sé si sirvió para algo, la mujer me respondió: "Eso que me cuentas ya lo sabía yo". Esbocé una sonrisa y, con una excusa inventada, salí de esa casa.


9 de julio


Domingo, día de comida familiar. En mitad de la comida suena el teléfono de mi madre que, con cara de susto, me invita a que la acompañe a casa de la vecina. Mientras subimos las escaleras me cuenta que la llamada era de la dueña del piso al que nos dirigíamos. Según le había dicho, no se encontraba bien. Nos abrió la puerta, tras esperar un buen rato, con evidentes síntomas de fatiga, casi seguro provocada por su enfermedad. Por un momento temí que se fuera a caer. La agarré de manera instintiva del brazo y la acompañé a su dormitorio, para que se tumbara en su cama y pudiese esperar allí al médico del servicio de urgencias, al que mi progenitora llamaba en ese momento. Cuando ya estaba acomodada en el lecho la mujer se dirigió a mí, para pedirme que saliese de su cuarto. "Un extraño no debe entrar en la habitación de una desconocida. Se trata de una descortesía y una falta de pudor absoluto". Parecía que esa anciana no hubiese necesitado hace unos segundos mi brazo para recorrer los escasos metros entre la puerta de entrada de la casa y el lugar que ahora ocupaba.
Di media vuelta, salí de la habitación y, acto seguido, de la casa, haciendo notar con un portazo que me encontraba muy enojado con la vieja bruja.
No volvería a hablar con ella en toda mi vida. O en toda la suya, que casi seguro acabaría antes que la mía.


13 de julio


Ayer murió Antonio, un vecino de 81 años, que se había trasladado hacía poco a vivir al bloque. Tras la muerte de su esposa no se sintió con fuerzas, en todos los sentidos, para vivir sólo y, de mutuo acuerdo, se traslado a casa de su hijo mayor.
Apenas había tenido trato con él, pero mis padres me pidieron que les acompañara al tanatorio. En realidad me utilizaron como taxista, pero sé que, desde que mi padre dejó de conducir, toca, entre otras cosas, ejercer de chófer.
Para mi sorpresa, encontré a varias personas conocidas en ese lugar: un amigote de los de antes, Daniel, que resultó ser un sobrino-nieto del finado, Marga, una antigua compañera del instituto, que trabajaba en el bar del tanatorio y, ¡oh sorpresa!, la anciana con la que me había propuesto no intercambiar palabra nunca más. La convecina de mi madre iba acompañada de una mujer más joven, de mi edad aproximadamente, que, según me contó mi madre, se encargaba de cuidarla. Mi madre decía que tenía mucha paciencia con la anciana y que la cuidaba muy bien. Se trataba, según ella, de una gran persona. Yo sólo pensé que había encontrado a la persona que se encargaba de colocar en lugares inaccesibles el medicamento de la arpía, para mi desgracia.
Tras el correspondiente pésame, Daniel y yo nos dirigimos al bar para tomar un café y hablar sobre los viejos tiempos, y de los nuevos. Resultó que Marga también conocía a Daniel y, al igual que me pasaba a mí, había perdido su pista años ha. Tras un rato de conversación nos pusimos de acuerdo los tres para quedar al día siguiente, lejos del ambiente en que nos encontrábamos, y rememorar viejos tiempos.


14 de julio


Habían enterrado a Antonio hacía dos horas y Daniel, como manda la lógica, se encontraba afectado por lo acontecido los dos últimos días; a pesar de lo cual acudió a la cita. Marga y yo no quisimos incidir en el asunto y dedicamos el tiempo a contarnos como había sido nuestra vida durante esos años de distancia. De manera paulatina Daniel se incorporó a la conversación, mostrando cada vez más interés por la situación en la que se encontraba, desterrando la aflicción por lo acontecido ayer y hoy. 
El nivel de alcohol en nuestra sangre subió de manera lenta, pero constante y la noche se animó. Risas, baile, besos entre Daniel y Marga. Sexo entre Daniel y Marga. Besos entre María, a la que habíamos conocido hacía una hora, y yo. Sexo entre María y yo. 
La muerte, que nos había unido, volvía a dejar paso a la vida, que se desparramaba de manera canalla y necesaria.


16 de julio


El paso de los años no perdona, aún me dura alguno de los efectos de la resaca que me generó la juerga de antes de ayer. A pesar de ello he tenido que ir a casa de mis padres. Mi padre ha tenido a bien apropiarse de un montón de virus de la gripe y está en cama, con bastantes dolores y malestar generalizado. No salgo de mi asombro cuando, al llegar a mi antiguo domicilio familiar, me encuentro en el salón con la anciana vecina, junto a mi madre y a la mujer de mediana edad que se encarga de facilitar su vida. Como buena anfitriona mi progenitora me presenta a la desconocida, Paula, que parece bastante más agradable que la persona mayor que cuida. Apenas nos dirigimos unas palabras de cortesía, antes de adentrarme en el cuarto de mis padres y constatar los efectos de la gripe sobre las personas mayores. Nada preocupante, pero sí molesto, muy molesto. Al rato volví al salón, donde eché en falta a la dueña de la casa y a Paula. Me encuentro a solas con mi íntima enemiga, a la que pregunté, casi más por obligación cortes que por ganas de entablar conversación con ella, por las ausentes. Con un tono de voz diferente al que había utilizado otras veces me contó que ambas habían ido a la farmacia a comprar medicamentos para ella y para mi padre.
No sé por qué, ni casi cómo, pero de mi boca salió que ella debía sentirse afortunada por tener a alguien que se encargaba de facilitar su vida. De manera sorprendente me contestó que tenía razón, añadiendo, que se sentía afortunada en ese sentido, pero que en otro no podía evitar que la tristeza le invadiese. Me contó que tenía dos hijos. Uno vivía en Canadá y el otro, que tenía su hogar en esta misma ciudad. Este segundo, no recuerdo el nombre, aunque estoy seguro de que me lo dijo, padecía una enfermedad muy incapacitante y apenas podía salir de casa, por lo que ella no podía contar con la ayuda de sus descendientes para su día a día. Narró, con la mirada ausente, que su vástago menor había mostrado los primeros síntomas de su patología hacía tres años y que, desde hacía casi dos años, no podía ocuparse de ella. Ella tuvo que tomar la decisión de contratar a alguien y cuando se le transmitió a su hijo ambos lloraron todo lo que se podía llorar y un poco más, pero comprendieron que resultaba la única opción viable si ella quería seguir con su vida. Cuando concluyó de describir su experiencia la anciana me dio las gracias por haberme preocupado por ella y por todo lo que había hecho en los días anteriores.
Me sentí confortado por esta conversación y pensé que su mal humor de días anteriores se debía a su estado de salud. Me encontraba hilando esta explicación cuando el sonido de la puerta de la calle me sacó de mis cuitas. Mi madre e Paula habían vuelto. Antes de que pudiese decir hola, la anciana se dirigió a su asistente, con ese viejo tono conocido días atrás,  para cuestionar su tardanza. La respuesta de la interpelada resultó esclarecedor: "Veo que ya vuelve a estar bien. Sigue con ese mal humor de siempre".
No supe si sonreír o indignarme, aunque, pensando mientras escribo, creo que lo mejor sería pensar que una persona, que porta un escudo enorme, tuvo a bien confiarme algo íntimo que la generaba zozobra. ¡Tan horrible no debía ser! O, tal vez, yo resultaba una persona cercana y de confianza. Sin embargo, no pude dejar de sentir cierta lástima por Inma. Se ganaba cada euro que cobrase a pulso.


21 de julio


Mi padre ya se ha recuperado de la gripe. He ido a visitarle y ha cambiado los virus por un excelente sentido del humor. Cuando entraba en su casa salía Paula. Hemos intercambiado un saludo de cortesía, y poco más. Mi madre sigue insistiendo en que se trata de una chica muy simpática y diligente y, además, en que le gusto. Según ella: "no hace más que mirarme". Me resultó tan sorprendente la afirmación, que no supe que responder. Cambié de conversación y olvidé el asunto. Me gusta, de vez en cuando, tomar una cerveza con mi padre y, cuando mi padre apareció bromeando le propuse beber una caña juntos. La visita a la casa familiar acabó en el bar de siempre con una copa coronada de una magnífica espuma densa. 



27 de julio


Ayer murió la anciana vecina de mi madre. De nuevo tuve que acudir al tanatorio, esta vez con mayor motivo: tenía una relación con la fallecida. Tuve ocasión de dar el pésame a su hijo menor y a Paula, que se encontraba destrozada por la muerte de la mujer a la que facilitaba la vida y a la que, en sus propias palabras: "Había llegado a querer; a pesar de ser una renegona". La invité a tomar algo en la cafetería del lugar y aceptó. Durante un rato largo hablamos, en realidad ella lo hizo casi todo el tiempo, y quedamos en vernos al día siguiente del entierro, pasado mañana, para cenar juntos y tomar una copa, hablar y distraernos. Echo la vista atrás y pienso en lo curiosa que resulta la vida que, veinte días después, y gracias a esa mujer, puedo volver a decir: "he conocido a una mujer...".

jueves, 4 de mayo de 2017

DISTORSIONES

Sorprende escuchar como en los medios se acogen las palabras de este Papa, y las de los anteriores, como un referente moral necesario para arreglar los diferentes entuertos que ocurren en el mundo. Sorprende, no tanto porque no tenga razón en muchos casos, como por osar pontificar con una notoria superioridad moral, cuando siguen existiendo en el estado que el gobierna una serie de cuestiones con vínculos muy oscuros; siendo estos poderes los que motivaron la renuncia de su cargo al antecesor del argentino que pastorea a los católicos. 


Una de las características de los neoliberales (paleoliberales) es su capacidad para olvidar las atrocidades cometidas en nombre de la libertad y el comercio, señalando, en exclusiva, las perpetradas por dictadores, que se autodenominaban comunistas. Algún día alguien recordará a toda esa panda de paleoliberales que el colonialismo consistía en comerciar con personas y bienes, a mayor gloria del capitalismo. Parece honesto pensar que genocidas como Leopoldo II (se estima que murieron por su avaricia diez millones de personas en el Congo Belga, siendo mutiladas otros cinco millones) sólo son la parte más escandalosa de un sistema colonial capitalista, al que poco le importaban las vidas humanas de los habitantes de los lugares conquistados, como se puede observar en documentos desclasificados,  donde se relata la visión de alguien como Churchill. No olvidemos que la esclavitud era una parte sustancial del capitalismo, que parecía privar a otros de la libertad que sí tenían los traficantes de personas.


Leer sirve para adquirir nuevos conocimientos, imaginar nuevos mundos, abrir la imaginación; pero también sirve para que otras personas se acerquen, y acaben profesando, doctrinas reaccionarias, cuando no fascistas, a indagar en autores que defienden genocidios, superioridad de razas, ideas, credos, etc. Leer no resulta bueno ni malo per se. Lo importante, como en otras cuestiones similares, es la persona que realiza el acto. Un libro no debe ser bueno por el mero hecho de ser un libro (Mein Kampf resulta un magnífico ejemplo) y leer, por el mero acto de leer, no enriquece a las personas, ni mucho menos cambia al común de los mortales. La lectura se puede definir como un acto lúdico, que puede llevar aparejado conocimiento y que, en algún caso, puede contribuir al cambio de actitudes (cosa harto rara). La lectura no va a cambiar el mundo, entre otras cosas porque cada cual lee lo que desea y las ideas que transmiten libros diferentes pueden diverger, cuanto no resultar antagónicas. Aunque tengo la intuición de que algunos de los que defienden la bondad de la lectura no verían mal la existencia de una especie de Policía del Pensamiento Único, el suyo, por supuesto.


Alguien me comentado en los últimos tiempos que si Franco levantase cabeza a los que pensamos como yo nos iba a ir muy mal. No hace falta que el genocida levante la cabeza (cosa que no resulta aconsejable, pues se iba a dar una hostia considerable con la losa que cubre su tumba), basta con que un tipo sin escrúpulos llegue al poder para que gente como la persona que me dice, medio en broma, medio en serio, lo del dictador, se encargue de matar y/o encarcelar a gente que piensa diferente a ellos o de señalarlos con el dedo, para que otros hagan el trabajo sucio. Personas de de uno y otro bando que no necesitan resurrecciones. Lo único que les hace falta es una excusa para mostrar su faz más siniestra.


Breve resumen sobre la historia de las religiones: aparece una religión, que dice ser la única y la mejor, se asocia al poder político después de un tiempo (si no se asocia al poder acaba desapareciendo), justificando la organización política existente. Aparece un aparato burocrático sacerdotal, que necesita parte de los recursos de los creyentes para sostenerse. Se eliminan al resto de religiones que pueden suponer una competencia.


Comienzo a pensar que a una parte de la progresía, que no la izquierda real, le viene bien el franquismo, pues tienen un tema sobre el que no se deben tomar grandes decisiones y evitan otros temas sobre los que se debe actuar y pueden causar más problemas. Hablar de un dictador muerto y de sus secuaces, ancianos o fallecidos, resulta más fácil que poner manos a la obra para redistribuir la riqueza, poniendo límites reales al capitalismo salvaje. Hablemos de una guerra de hace ochenta años, hablemos de militares genocidas muertos y, mientras, dejemos a las élites económicas, las mismas que campaban a sus anchas en el franquismo, actuar con total impunidad.


Me encantan las redes sociales, porque demuestran cuán poco se necesita para manipular a la gente. Un titular resulta suficiente para enardecer a quien desea defender o atacar a quien sea menester. ¿Para que profundizar? Y, puestos a hablar de redes sociales, ya sabes, da un like si te gusta esta entrada.

lunes, 1 de mayo de 2017

DIARIO DE UN MAESTRO GRUÑÓN (1-5-2017)

Se acerca el final de otro curso, el enésimo, y, como en los últimos años la sensación de que este período ha discurrido deprisa, tal vez demasiado, vuelve a invadirme. Esta sensación de celeridad no implica no haber realizado el trabajo pertinente, ni mucho menos. Tal vez, sólo sea eso, una sensación, asociada al paso de la edad y a la certidumbre de que, a priori, no van a existir grandes sobresaltos.
Durante estos años he dado clase a muchos chavales. Con el paso del tiempo vas encontrándote con ellos (a veces ellos te ven a ti, porque han cambiado mucho y sigo siendo el mismo despistado de siempre) y sientes que se alegran de verte (tal vez porque ya no les volverás a dar nunca clase). Siempre les suelo preguntar a qué se dedican en ese momento y la respuesta suele resultar satisfactoria. Suele resultar satisfactoria porque, por la tipología de alumnado con el que trato, sus expectativas no eran conseguir una titulación universitaria. Más bien al contrario. Debido a sus necesidades educativas y/o su procedencia sociocultural o étnica el hecho de que tengan un trabajo, en algunos casos tras superar un módulo de Formación Profesional, resulta muy satisfactorio. No me voy a apuntar tantos sobre lo que yo he hecho, o he dejado de hacer con ellos, porque ningún docente sabe con exactitud lo que ha influido su labor sobre un alumno. Me conformo con que me saluden; con saber que tienen una vida con la que se sienten más o menos bien, porque han encontrado su hueco afectivo y/o emocional en esta vida.
Tal vez el éxito del docente consista en que sus antiguos alumnos le quieran contar que la vida les va bien.
Hablando de éxito, las cifras de abandono escolar han descendido a cotas bastante más parecidas a la media europea. Se trata de un tema complejo en el que influyen factores como la crisis económica (los chavales con 16 ó 17 años ya no ganan 1.200 ó 1.400 euros en la construcción) y algún otro que, no tiene nada que ver con las continuas reformas educativas. Querido diario, dejaremos el asunto para otro día, cuando ya me haya formado una opinión fundamentada. Sea como fuere, se trata de una gran noticia.
Sin embargo, me apetece mucho aborda un asunto sobre el que llevo tiempo dando vueltas: la ambición y, por mi profesión,  resulta evidente que no puedo evitar asociarlo a la labor directiva de ciertos equipos,; no de todos, eso me gustaría dejarlo claro. Como la mayoría de docentes, he conocido equipos directivos competentes, incompetentes y, la mayoría, buenos en unas cosas y malos en otras. He conocido equipos directivos, en especial directores, que se aferraban al sillón con uñas y dientes y otros que estaban por obligación o por sentir que debían cumplir un cometido durante un tiempo determinado. He conocido miembros de equipos directivos que no se olvidan de que son docentes y otros que parecen levitar por encima de el bien o el mal. En definitiva: una muestra representativa de lo que hay en cualquier claustro.
Sea como fuere, y sabiendo que lo que defiendo desde hace tiempo va a seguir siendo imperfecto, creo en la necesidad de la existencia de un cuerpo de directores, tanto de Educación Primaria como de Secundaria, profesional. Un cuerpo de funcionarios, al menos en lo que respecta a la enseñanza pública, con una preparación y ocupación específica: dirigir un centro. Un cuerpo de directores que fuesen  rotando, a lo sumo, cada ocho por los centros y que ejerza su labor en el centro como mínimo cuatro años (para tener una continuidad en su proyecto). Estos directores estarían acompañados por un jefe de estudios, que debería ser un docente del centro (el conocimiento del mismo, facilitaría la labor, en un inicio seguro, del director) y un secretario, que sería un funcionario externo al centro y que podía, y debería, encargarse de la gestión de varios a la vez. El director, como cualquier otro funcionario, adquiriría la plaza tras  un concurso de traslados. En todos los centros existiría un consejo escolar, que sería el máximo órgano colegiado de gobierno, debiendo el equipo directivo cumplir, y hacer cumplir, los acuerdos de dicho estamento. Por supuesto el consejo estaría formado por miembros de toda la comunidad educativa y tendría un labor supervisora y fiscalizadora de la labor del equipo directivo. La idea de que los directores sólo permanezcan ocho años en el cargo busca que desaparezca, por un lado, la perpetuación en el cargo, con todos los problemas que conlleva. Se debe contemplar que los directores, al cambiar de centro, tengan prioridad a la hora de permanecer en la zona geográfica que deseen, facilitando así la vida familiar.
Se trata de que la preparación previa sustituya a la buena disposición o a la simple ambición. Seguirán existiendo problemas, seguro que sí; pero una profesionalización de los cargos facilitará mucho el trabajo de todos y, en determinados centros, hará disminuir las rencillas, y algo más que rencillas, por el poder.
Me pregunto cuánto tiempo hace falta para convencer a un chaval de que no es capaz de aprender y que se acomode con el papel que, algunos docentes, le asignan. Me horripilan los juicios previos sobre la capacidad de aprendizaje de los niños y me horripilan, aún más, las personas que los emiten en función de su osada estulticia. Aventurar lo que alguien puede o no puede hacer, sin más pruebas que la capacidad de prejuzgar y utilizando el Efecto Pigmalión para que la profecía se cumpla, dice mucho (o bien poco) de quien hace eso dedicándose a la docencia. A veces me preguntan hasta donde va a llegar un chaval con necesidades educativas y siempre respondo lo mismo: "No tengo ni idea. Sólo me preocupa lo siguiente que tiene que aprender y cómo hacerlo". Si tuviese esa capacidad adivinatoria hace tiempo la hubiese dedicado a forrarme acertando distintas combinaciones de los Euromillones, pero de manera honesta, no como aquel político castellonense.
Querido diario, parece que me estoy desviando del asunto y no es cuestión de rellenar líneas por rellenar, por lo que aquí concluyo, por hoy, esta sarta de ideas sueltas y, por lo general, absurdas.

viernes, 28 de abril de 2017

SIN AMBICIÓN

"Empieza de una vez a ser quien eres,
en vez de calcular quién serás".

Frank Kafka

Una de las cualidades que adornan al ser humano es la ambición. Ambición por ser..., por conseguir..., por llegar a... 
La ambición puede ayudar a superarnos, a ser mejores. Esto ocurre cuando se establece una pugna entre nuestro actual estado y una meta que nos proponemos, buscando, en exclusiva, mejorar nosotros y/o llevar a cabo algo que nos afecta de manera personal. Tal vez, el ejemplo de esa asignatura que se nos atragantó en algún momento de nuestra vida y que con esfuerzo conseguimos superar suponga el mejor ejemplo. Esta definición se corresponde con la segunda acepción que aparece en el Diccionario de la RAE. Por tanto, no suele tener repercusiones en los demás.
Sin embargo, existe otra definición para esta palabra que conlleva interacción social y, lo más determinante, un cambio en el estatus de la persona, a costa de lo que sea o de quien sea. Esta definición se puede identificar con lo que conocemos como ascenso social y se suele caracterizar por la falta de escrúpulos a la hora de conseguir los objetivos prefijados, que, en muchos casos, se van ampliando en función de la consecución de uno objetivos primarios. Esta característica, en muchos casos, define la ambición; nunca es suficiente.
Imagino que todos tenemos nuestro pequeño, o gran, plus de ambición. Yo reconozco que lo tuve, pero, cuando vi lo que suponía, decidí que ser una persona anónima, centrada en mí misma, resultaba bastante más gratificante que perseguir metas, grandes o pequeñas, que nunca se alcanzan, pues se van ampliando a medida que se consiguen las primigéneas. En otras palabras: mis ambiciones actuales se reducen a mejorar en ciertos aspectos de mi vida, para mí o, a lo sumo, para la gente que me importa mucho. 
Sí, según el modelo imperante se me puede calificar como conformista o fracasado. Me da igual. De hecho el modelo imperante me la trae al pairo, así como los que necesitan un modelo para saber dónde y cómo deben estar.
Existen, por supuesto, otras personas que sí necesitan ver satisfechas sus ansias de conseguir riquezas, poder o fama. Esta necesidad también se encuentra graduada en función de las necesidades de cada uno. Unos se conforman con llegar a dirigir un grupo de gente que se organiza, por ejemplo, para hacer senderismo y otros aspiran a ocupar la presidencia de su país. En la ambición también existen escalas, como se puede comprobar. 
La ambición suele generar encontronazos con otras personas que, o bien no se quieren dejar pisotear o bien poseen la misma, o mayor ambición que la persona que procura obtener poder y/o riquezas. Como ilustración de lo mismo podemos utilizar la lucha de ambiciones personales existente en el PSOE por alcanzar la Secretaría General. Nadie propone nada que no sea alcanzar el poder para él y para los suyos. 
Con sinceridad, lo que más me preocupa del asunto es la perspectiva de las personas que alcanzan su cuota de ambición. No resulta infrecuente observar como esas personas, que,  a veces, sólo ostentan un pequeño cargo provisional, se distancian de la realidad y se alzan, lo pretenden hacerlo, sobre el común de los mortales, otorgándose una superioridad moral e intelectual que resulta sorprendente. Parece que la consecución de una dignidad, cargo, honor, o lo que fuere, conlleva una mejora automática en las capacidades éticas y cognitivas. Una mejora que parece izar, de manera misteriosa, a las personas en cuestión uno o dos escalones por encima de la plebe, que hasta ese momento eran sus compañeros, amigos...
Confieso que ese tipo de personas me producen repulsión y recelo, porque las considero peligrosas. Quienes se olvidan de donde proceden, creyéndose ungidos por el destino para solucionar los problemas habidos y por haber, me parecen capaces de cualquier cosa, con tal de conservar aquello que les "distingue" de los demás.
En el fondo, la ambición por conseguir poder o cualquier otra cuestión se basa en anteponer lo propio a los demás, siendo el límite de hasta que punto se obvian los derechos de los otros lo que define el grado de inmoralidad de la persona ambiciosa. El yo frente a los demás. Así de simple. Lo demás, intentar explicar si la ambición es falta o no de autoestima, la carencia de afectos, o no... de estas personas, sólo es teorizar sobre algo que, intuyo, en cada caso tendrá una etiología tan diversa como lo somos las personas.
Un saludo.

miércoles, 26 de abril de 2017

PEQUEÑAS FRASES

Ideas maravillosas, muchas de ellas asfixiadas por la gente encargada de ponerlas en práctica. El trayecto entre la mente y la realidad.


La ambición mueve el mundo, colocando más arriba a los más ambiciosos, no a los mejores. 


En tu cama o en la mía, como solución a muchos problemas de convivencia.


Personas que buscan soluciones mágicas en palabras como Educación, lectura, solidaridad, se niegan a aceptar las miserias que portamos todo en los rincones.


Repetir mil veces soy fuerte, no te ayuda a salir del lugar donde estás, sólo a reconocer que se está donde no gusta.


Todos buscamos la aprobación de los demás, lo que varía es el número de personas de las que nos interesa su aprobación. 


Nadie es, sólo se comporta así en determinados ámbitos. 


Existe un hueco, insalvable, entre las teorías de lo deseable socialmente y la vivencia diaria. 


Las personas mayores no resultan más sabias, sólo tienen más años.


Elogiar a un muerto por lo que no ha hecho, muestra el nivel de hipocresía de alguien. 


La mayoría de las personas son capaces de cometer atrocidades si se dan las circunstancias adecuadas. Existen personas que buscan esas circunstancias y otras que intentan evitarlas a toda costa.


La amistad se mide en el grado de bienestar junto al amigo.


Una de las cosas buenas de vivir es que hasta el último segundo de vida se puede amar.


Mentir, en determinadas situaciones, suele resultar más fácil que decir la verdad.


Despojarse, todo lo posible, del miedo puede aumentar los estados transitorios de felicidad.


La vida no puede definirse como corta. Tal vez, para ciertas personas, pueda no ser llevadera, que es bien distinto.


En la vida nos encontramos con personas interesantes, personas intrascendentes y personas a evitar.


No elegimos a la familia. Sí elegimos a los amigos y a nuestras parejas, que pueden resultar la peor elección de nuestras vidas.


La Política se fundamenta en un juego de espejos, en el que lo que vemos, resulta una imagen reflejada de lo que desean que veamos.


Dame un abrazo, como cierre al mundo cada noche. 



lunes, 24 de abril de 2017

VIDA EJEMPLAR.

Una de las cosas más bonitas de este mundo reulta ser seguir las indicaciones de los que saben como hacer de tu vida algo saludable y más llevadera. Yo, una vez al mes, me asesoro sobre aquello que contribuye, según los diferentes estudios, a que mi existencia se convierta en un remanso de salud y bienestar. Suelo obviar aquellas cosas que me parecen estrambóticas, como hacer meditación budista sobre un colchón de clavos o recorrer una vez por semana el Ikea más cercano, para imbuirse en el espíritu zen del laberinto.
Hechas estas aclaraciones, voy a contar, de manera gratuita y desinteresada, todo aquello que pongo en práctica para conseguir este apolíneo cuerpo y esta privilegiada mente que me adorna, a pesar de la opinión de una gran mayoría de las mujeres, que son de opinión bien distinta.
Me despierto pronto, rayando el amanecer, para poder disfrutar del día plenamente, como dejó escrito Einstein en una de sus muchísimas frases célebres que tanto se pueden leer en Facebook. El tío era un un genio, además de tener tiempo para pensar tanta frase acertada, se dedicó a la Física (y debió ser de los buenos).
A continuación me ducho, con agua fría, pues he leído hace tiempo en una revista, "La paloma. el Señor  y el pecado", que el agua fría ahuyenta los malos pensamientos y predispone al trabajo. Yo añadiría que aquí donde vivo, el Pirineo, en invierno la ducha fría puede llegar a ahuyentar las ganas de ducharse.
Para desayunar sigo las indicaciones de los diversos nutricionistas: leche, cereales, fruta, proteinas en forma de queso fresco, huevos o similar, café, para activar el cuerpo y todo aquello que vayan descubriendo los estudiosos del asunto alimentario. Tras la media hora que tardo en preparar el desayuno y los tres cuartos de hora que me ocupa dar cuenta de él me dispongo a lavarme los dientes. Los tres últimos meses utilizo para tal menester una pasta específica con un componente extraído de un árbol que se encuentra en la selva de Papúa Nueva Guinea: el coñocoño, que estabiliza la función embelesante del esmalte, proporcionando una comodidad durante el día como nunca había sentido, atrayendo, de paso, a toda mujer que dedique más de tres minutos a mirar tu sonrisa (funciona también en sentido contrario: al menos eso dice la publicidad),
Una vez finalizada mi higiene personal procedo a realizar mi tabla de ejercicios. Desde hace mes sigo una que facilita el mayor desarrollo del músculo deltoides, encargado según el doctor que propone esta tabla, del equilibrio correcto corporal, además de otras muchas cosas como mejorar la fecundidad en hombres y mujeres, prolongar la vida diez o doce años, facilitar que la declaración de Hacienda salga a devolver...
Los ejercicios duran cinco minutos, y no da tiempo ni a sudar, por lo que decidí hacerlos justo antes de vestirme. La verdad, tras los estiramientos me siento como nuevo. Mientras me visto me como cinco nueces, como recomienda un conocido cocinero español. Cinco nueces al día, el secreto empezar el día con energía. No cabe duda, las nueces resultan el complemento ideal para el café, la leche, la fruta, los cereales... Desde que comencé a ingerir las nueces he notado que la mañana se afronta con mayor facilidad. 
Casi se me olvida: antes de salir a la calle alimentar el espíritu resulta trascendental. El lector podría pensar que hasta el momento sólo he dedicado la mañana al cuerpo y el placer y, aunque no es así (todo lo realizado hasta ahora se hace para buscar el equilibrio con el Universo), la meditación también se necesita, para abrir el día de manera apropiada y justa. Hace poco he descubierto las técnicas del doctor chino Chi Cho, que ayudan a abrir los chakras, sin necesidad de Tres en uno,, siguiendo los conociendo milenarios que unos extraterrestres, de las afueras de Marte, transmitieron a sus ancestros, moradores de una remota región china, famosa por su longevidad y por su fiesta de los toros: los Chan Fer Ming.
Ajustar el alma y el cuerpo sólo me lleva treinta minutos y contribuye a que, cuando salgo de casa tras todo lo anteriormente contado, me encuentre predispuesto a abordar la jornada con la energía y disposición necesaria. 
En efecto, a las once y cuarto, cuando ya he concluido con todo lo descrito con anterioridad, me dispongo a seguir con mi búsqueda de trabajo, que hasta el momento resulta infructuosa. Por fortuna seguir una vida ordenada me impide desesperar en mi empeño y ante los reveses de la vida sigo perseverando.
A media mañana, a eso de las doce, tomo una pieza de fruta, por lo general obvio el melón y la sandía para no demorarme en exceso en esta labor. Hecho lo cual entro en alguna cafetería para ingerir una infusión, que según defienden multitud de expertos nutricionistas ayuda a realizar la digestión. Aprovecho para seguir los consejos que tantas veces se escucha en los medios de comunicación y leo la prensa, para comprender mejor mi entorno, tanto el inmediato como el lejano. Procedo a ojear varios medios, lo que facilita tener una imagen más amplia y ajustada de la realidad; pudiendo sacar así mis propias conclusiones, como invitan a hacer los expertos en prensa.
Reconozco que, de manera casi imperceptible, llega la hora de comer. Mover el bigote en exceso resulta contraproducente, cosa sabida es, por lo que, siguiendo la dieta mediterránea, tan defendida por unos y otros, procedo a una ingesta frugal: un primer plato a base de legumbre, verdura o pasta y carne o pescado, siempre a la plancha, de segundo. Una de las cinco porciones de fruta o verdura recomendadas suele ocupar el postre, aunque, a veces, siguiendo a los expertos ecologistas, que defienden no tirar nada, debo dar cuenta de algún trozo de tarta o bollería, que andan por casa, sin saber muy bien cómo han llegado hasta allí. Por supuesto, y como parte de la dieta mediterránea, los dos vasitos de vino caen, pues es bien sabido su poder antioxidante y la necesidad que nuestro cuerpo tiene de no oxidarse, para vivir más.
Acto seguido, tras lavarme los dientes con extracto de coñocoño, sigo las indicaciones de los médicos, que defienden la necesidad de una siesta corta. Lo reconozco, en general no sigo las indicaciones de la medicina occidental, pero en el caso de la siesta su utilidad y beneficio se ha contrastado generación tras generación.
Por supuesto, una vez despierto sigo en mi labor incansable de búsqueda de trabajo. Frente al ordenador analizo las ofertas que más se ajustan a mi perfil, enviando el correspondiente currículum cuando así sucede.
No por sabido debemos obviar que permanecer mucho tiempo frente a la pantalla del ordenador resulta perjudicial para la salud, por lo que tras un rato prudencial, entre un cuarto y media hora, depende del día, procedo a practicar otra de esas rutinas, tan buenas y recomendables, para la salud: caminar. En torno a las cinco y media, seis, me enfundo en ropa cómoda y me apresto a caminar un buen rato, como indican todo tipo de profesionales del bienestar.
Reconozco que ciertos días, debido a las condiciones climáticas, me resulta harto complicado ponerme en marcha. La lluvia, el excesivo frío de invierno de Pirineos, la nieve... contribuyen a que no pueda poner en práctica mis habilidades pedestres. Esos días, aproximadamente la mitad, los ocupo intentando convencer a mi grupo de amigos, sedentarios todos ellos, de los beneficios de la marcha. No dudo en acudir al bar donde se reúnen para aleccionarles sobre la beatitud de la vida al aire libre y la práctica deportiva. Llevo bastante tiempo intentando que cambien de opinión sobre el asunto, pero, bien sea por mi falta de claridad argumental, bien por lo inteligible que se vuelve mi dicción tras las séptima cerveza, no consigo acercarlos al buen camino. Pero yo sigo en ello y, en bastantes ocasiones, abandono mi recién iniciada marcha diaria vespertirna para, haciendo un esfuerzo, entrar en el bar en el que se encuentran y utilizando toda mi paciencia, mis dotes oratorias y la capacidad de mis riñones, buscar atraerlos a la orilla correcta.
También me gustaría decir que, los días que camino, no olvido que debemos comer cinco veces al día, y tras un ratito de marcha, veinte minutos a lo sumo, me siento y degusto una fruta, una bebida isotónica, un pequeño bocadillo de jamón o chorizo, etc. que me permita realizar con éxito el viaje de vuelta.
Tras todo este despliegue procedo a una segunda ducha diaria, purificadora y reparadora, sobre todo los días que dedico mi tiempo de la tarde a intentar convencer a mis amistades de la bondad de andar, como enseña el antiguo libro tradicional de la mitología malaya, el Lim Pio Mejor. De sobra conocido por todos, por lo que no profundizaré en sus enseñanzas.
Siguiendo los dictámenes de los últimos estudios sobre el asunto, procedo a realizar una cena frugal, que me permita un sueño reparador. Un pequeño refrigerio, acompañado de sus dos vasos de vino, en la cena no se debe obviar la capacidad reparadora de esta bebida, forman el argumento fundamental de esta comida. Existen estudios recientes que demuestran que la toma de hidratos de carbono por la noche facilitan levantarse más activo, por lo que suelo concluir la cena degustando un trozo de tarta, casera eso sí, un dulce o un trozo de chocolate, a ser posible con mucho cacao (como enseña la religión azteca ancestral) para poder amanecer con ganas y capacidad de abordar la ingente labor diaria que he relatado.
Por supuesto, siguiendo los dictados de los intelectuales, procedo a leer un rato antes de dormir. Como, por desgracia, durante la mañana no me ha dado tiempo a leer toda la prensa, tengo que hacer un esfuerzo nocturno y dedicar parte de mi tiempo de sueño a echar un vistazo a lo que no he tenido ocasión de revisar durante mi dura jornada. A saber: As, Marca, Diario Deportivo y Sport.
Una vez concluida mi lectura, y ya suficientemente informado, procedo a realizar una actividad de relajación: Meditación alquímica según el método ancestral de la tribu Jodejode. El método consiste en controlar la respiración para llegar a un estado profundo de sueño, que permita reparar todo el desgaste del día. Reconozco que domino la técnica sobremanera, pues en un par de minutos, aunque yo no lo note, mi respiración se vuelve más lenta, emitiendo un sonido fuerte, ronco y grave, que parece resultar desagradable a mi familia y vecinos. Sin embargo, a mi la técnica me funciona y me ayuda a encauzar el estrés diario que me genera una actividad tan intensa y agotadora.
Espero que estos hábitos saludables que he expuesto puedan contribuir a mejorar su vida. A mí me funcionan y he pasado los cuarenta hace ya un tiempo. Mi vida es un remanso de paz y bienestar, en la que el estrés no se encuentra por ningún lado.

viernes, 21 de abril de 2017

ESE MUNDO TAN EXTRAÑO (COMPRIMIDO EN UNAS POCAS HORAS)

Me encanta cocinar. Algo tan simple como rebozar unas croquetas caseras, de morcilla y piñones, se puede convertir en un pequeño placer. La radio, de fondo, desgrana una conversación entre dos tipos: un critico de cine y un tal Francino. Hablan sobre una película que no he visto y, casi seguro, no veré. El argumento parece basarse en una historia real: una mujer demandada por un tipo que niega el Holocausto. Locutor y hombre de cine se enfrascan en una conversación sobre la intolerancia y, por un momento, me parecen un dúo de humoristas, o payasos, en el que uno, siempre el mismo, acaba siendo la víctima. El crítico diagnostica, el que se autotitula periodista apostilla lo que dice el primero, retratandose, sin darse cuenta. La intolerancia y las creencias infundadas que defiende día tras día, conforman lo que en ese momento critica con tanta seguridad.
Debo una disculpa, a alguien que se va a molestar por dársela. Llamo por teléfono a una amiga y me preparo para recibir una reprimenda por sentir no habernos podido ver a más de medio millar de kilómetros de nuestros respectivos hogares. Tras el protocolo, al que me he referido con anterioridad, me comenta que va a hacer una ruta por un conocido desfiladero. Me pregunta si lo conozco y contesto que yo la hice hace bastante tiempo. Me plantea cómo le aconsejan hacer la excursión. No puedo evitar pensar que todo se desmorona. Una actividad relacionada con la Naturaleza se ha acabado convirtiendo en un sacacuartos sin sentido. Ahora, por mor de una extraña moda, se debe desandar lo desandado, para poder demostrar (no se sabe a quién), que se es un émulo de Martín Fiz o, mejor, de Forrest Gump cuando tuvo la idea de correr sin parar. Por si esto pudiese parecer poco, existen guías, al módico precio de 35 euros por persona, que te ilustran sobre el recorrido. Cuento a mi amiga que nosotros fuimos a nuestra bola y vimos, por ejemplo, como funcionaban las trampas para lobos que los pastores diseñaron desde tiempos inmemoriales, pues se encontraban perfectamente señalizadas, con sus correspondientes carteles explicativos, pudiendo andar en medio del intrincado sistema. Deshacer lo andado, sin necesidad, para demostrar que se es muy aguerrido (aunque luego muchos no puedan moverse durante tres días) y contratar un guía para andar por el campo en un camino con una señalización perfecta, todo un maravilloso ejemplo del consumismo real y espiritual que se ha implantado en nuestra sociedad. Absurda moda del parecer y el no estar.
Cambio de escenario. Toca aprender. Comparto con unos compañeros de estudio un vídeo peculiar sobre la tecnología lusa.


Intuyo que no hace falta traducción. 
Todo parece extraído de un libro de similar hechura a la "La conjura de los necios" (gracias, Isa, por tu recomendación) o de cualquiera de las novelas de Eduardo Mendoza, protagonizadas por ese demente detective sin nombre. La trama no desmerece en ningún caso: un tipo, con pasamontañas, lanza un artefacto, imagino que de precio alto, para demostrar que la tecnología de un país es la repanocha, acabando en el mar el citado aparato, como si de un avión de papel infantil se tratase. Todo ello contemplado por militares de alta graduación y políticos. Echo en falta a alguien diciendo: "Y dos huevos duros".
Vuelta a casa. Abro una red social y leo lo de siempre. Me empiezo a cansar de jugar a lo mismo y sé que toca vivir. La red, una mentira organizada para parecer, hacer creer, no dar el paso. Quien cree da el paso; se hace presente.
Dan vueltas las cuestiones sobre la corrupción. Dan vueltas las críticas. En mí dan vuelta otras cuestiones: quiénes apoyan a los corruptos; quiénes pagan a los encargados de sacar vergüenzas, otrora escondidas, para perjudicar a gente intocable hasta hace bien poco. Por qué antes no y ahora sí.
Certezas: la facción que dirige el PP se ha visto fortalecida tras salir a la luz pública las miserias de sus oponentes dentro del partido. Por el momento han llegado hasta los delfines, pero pueden llegar hasta la cima, si unos y otros siguen oponiéndose al poder de los que dirigen a los populares.
Alguien, con mucho poder, está saldando cuentas pendiente. Cuentas que  no se paran ni en la con anterioridad intocable monarquía (hoy le ha tocado a compiyogui).
Hablando de corrupción, de repente me viene a la cabeza una conversación, acontecida hace muchos años, donde alguien nos explicaba, en una terraza frente a una magnífica fachada plateresca que antecede al mejor museo de España en su género, el funcionamiento de estas cosas. Una de las primeras cosas que hizo un presidente del Gobierno de este país, anteriormente presidente de una comunidad autónoma, fue llamar a un trabajador de un medio público, que le asesoró años antes, de manera desinteresada, para que, durante la campaña electoral, abandonase su gesto adusto y, a veces, desagradable, pidiéndole que sonriese y se acercase a la gente de manera más natural. El citado político, en esa llamada, como  gesto de agradecimiento, se interesó por el estado de su asesor y le dejo claro que cualquier cosa que necesitase la tendría. Quien nos contaba esto era un compañero, y amigo, de ese honrado trabajador que no utilizó la prebenda que le ofrecieron. Por eso no me extraña nada de lo que ocurre. En el fondo, se trata de saciar el ansia de poder de los que se dedican a la Política, a la religión... para que nada cambie y los que tienen el poder real, el económica, sigan haciendo lo que les place.
Parece que la Transición y sus mitos falsos se derrumba. Me sigue intrigando saber quién y qué se mueve detrás de este ventolera.
Debajo del reloj, Portugal... buen día para planificar sobre la marcha. Recuerdos, amigos, familia y... Mañana será otro día.
Me despierto. Escucho a los mismos de siempre descalificar a los jóvenes por no poder sin redes sociales. Me resulta chocante que ellos, que no pueden vivir sin deformar la realidad, denominándose periodistas, se olviden de lo que ven en el espejo cuando se miran todas las mañanas. 
Me agotan las redes; las que me atrapan, en las que me atrapo y en las que me quieres atrapar. Sin redes, entre los dedos. Sólo eso, quiero dedos y despertar entre las piernas. 
Dos día a vueltas con Exquirla. Esto es algo muy serio.




Un saludo.

miércoles, 19 de abril de 2017

INTELIGENCIA EMOCIONAL, EMPATÍA Y ASERTIVIDAD

En estos últimos tiempos se ha puesto de moda un concepto que, desde mi punto de vista, deriva de la teoría de las inteligencias múltiples de Gardner, formulada en 1983. David Coleman, en 1995, publica un libro donde habla de la inteligencia emocional por primera vez. Desde ese fecha, ese concepto lo utiliza todo el mundo con cualquier excusa (recuerdo como alguien me llegó a plantear que era experto en inteligencia emocional, a modo de amenaza o coacción. En realidad era otra cosa muy diferente, de la que su madre no tiene la culpa) y para cualquier fin, como queda dicho.
La inteligencia emocional, a modo de resumen, se puede definir como la capacidad de reconocer nuestros sentimientos, identificarlos y manejarlos de manera correcta. De igual manera implica la capacidad de reconocer los sentimientos de los demás, sintiendo empatía hacia esas personas. Estos dos procesos redundarán, al menos en teoría, en un vida más plena y satisfactoria para aquellas personas que sean capaces de adquirir estas capacidades.
No me interesa apoyar o denostar esta teoría, para eso ya existen profesionales del ramo que aportan argumentos mejores que los míos, sino incidir en dos aspectos que subyacen en esta teoría: la empatía y la asertividad.
La empatía se puede definir como la capacidad de ponerse en el lugar del otro, de intentar, o conseguirlo, comprender los sentimientos del que se tiene frente a uno, pero, y esto es importante, sin implicarse de manera emocional en ello, buscando así comprender el comportamiento de dicho sujeto.
Resulta oportuno aclarar que ponerse en el lugar del otro, e intentar comprender lo que pasa por la mente ajena, no siempre va a significar que se esté de acuerdo con el comportamiento de la otra persona.
También parece necesario decir que lo que nosotros consideramos empatía no tiene porque serlo. Resulta lógico pensar que las interpretaciones de todo lo que ocurre a nuestro alrededor están "contaminadas" por nuestra experiencia, nuestras creencias... Y no siempre nuestra interpretación de los demás puede denominarse objetiva o neutra, por lo que, a pesar de intentarlo, no siempre conseguimos que sintamos empatía.
Hasta aquí la teoría y ahora comienzo con lo que me interesa de la entrada: la falta de empatía, casi absoluta, de ciertas personas, así como la necesidad que parecen sentir otros de que sean interpretados sus sentimientos, bien mediante pistas que ellos dan, bien porque ellos lo valen. l
El primer tipo, expertos en conjugar el verbo siempre con el pronombre yo delante, resultan un fastidio absoluto. Vistos desde un punto de vista empático podríamos pensar que poseen una baja autoestima. Pero como no merece la pena tanta empatía en algunos casos, podemos decir que en realidad carecen de inteligencia, bien de tipo interpersonal, bien de inteligencia en el más pleno sentido de la palabra. El lector podrá pensar que oso llamar tontos del culo a este tipo de personas. Pues acertó. Todos tenemos necesidad de sentirnos escuchados en determinados momentos, pero nadie tiene la potestad de hacer que todos le escuchen sólo a él.
Respecto a los de las claves y a la necesidad que tienen ciertas personas de realizar un trabajo de indagación sobre sus sentimientos, poco que decir. Resultan la otra cara de la moneda de lo expuesto con anterioridad. Lo mismo de lo mismo, pero con un juego elaborado, tendente a captar la atención ajena a cualquier precio.
Imagino que nadie podemos considerarnos un dechado de virtudes, y que en todos existe un componente mayor o menor de lo escrito un poco más arriba, pero, doy fe de ello, existen personas donde predomina, de manera masiva, lo descrito. Una pesadilla.
Queda aún por hablar de la capacidad de expresar de manera firme, sin ofender al interlocutor, nuestras opiniones, sentimientos o deseos, defendiendo los derechos propios. A esta capacidad se la llama asertividad. Desde mi punto de vista, la asertividad, resulta más compleja de adquirir, o de practicar, que la empatía, porque implica una alta autoestima, una capacidad de ponerse en el lugar del otro (empatía) y una capacidad dialéctica apreciable. Además, a diferencia de la empatia, que no de manera necesaria debe ser testada o valorada, la asertividad requiere ponerse a prueba sí o sí. Por si todo esto fuera poco, en ocasiones la situación en que debe implementarse no resulta la más adecuada, pues pueden estar pisoteando  nuestros derechos, lo que suele conllevar un estado de ánimo no muy apropiado para reivindicar de manera correcta aquello que creemos.
Como el lector habrá apreciado, tan importante resulta expresar lo que nos molesta y pretendemos, como no herir los sentimientos de la persona a la que queremos influir. Y aquí reside el meollo del asunto: en la dificultad de hacer esto, pues cada persona constituimos un mundo y, por si fuera poco, las circunstancias en nuestra vida varían y con ellas nuestros estados de ánimo.
Todo conocemos personas que defienden sus derechos, o lo que ellos creen sus derechos, a capa y espada, sin miramientos y sin prisioneros. Unos actúan siempre así y otros de vez en cuando.
Por otra parte, existen otros individuos a los que vulneran sus derechos una y otra vez. Se trata del otro extremo del balancín.
Imagino que la gran mayoría nos situamos en un punto entre uno y otro extremo, no siempre equidistante. A veces sólo tratamos de molestar lo menos posible, hasta que resulta imposible no hacerlo y en ese momento...
Lo reconozco, considero la asertividad un arte y no creo que nadie sea capaz de ejercerla en todo momento y en toda ocasión. Creo que una persona asertiva, por todo lo explicado con anterioridad, reúne todo aquello que conforma lo que se denomina inteligencia emocional.
La asertividad, o sus sucedáneos, es posible que nos facilitasen una vida mejor, incluso en lo relativo a lo sentimental. A veces el miedo a no expresar sentimientos, por quedar en ridículo o por ofender conlleva estar detenidos en ningún lugar.
Un saludo.

lunes, 17 de abril de 2017

DIARIO DE UN MAESTRO GRUÑÓN (17-4-2017)

Hemos iniciado el último trimestre del curso. Un curso más amenaza con desaparecer, sin apenas darse cuenta. Lejos quedan los primeros años, cuando todo parecía que se debía descubrir e, iluso de mí, hasta crear de la nada. 
Echando la vista atrás, creo que, a pesar de los sinsabores, esto de la Educación me gusta. Nunca fue algo vocacional (mi verdadera vocación: ser millonario y no pegar palo al agua), pero desde que empecé a ejercer, esta profesión me pareció algo bastante interesante y creativo, aspecto que me parece crucial en esta historia. Recuerdo que una de las frases favoritas que teníamos una compañera y yo decía: "No mpe gusta trabajar, pero ya que tengo que hacerlo, al menos lo hago en algo que me gusta
Fue por esa época cuando, durante un curso de formación, me di cuenta de que podía dedicarme a esto sin desentonar en exceso. Para ello, querido diario, me tendré que retrotaer un poco más en el tiempo y contar algo de mis inicios en el mundo de la Educación Especial. 
Visto en perspectiva tuve la suerte de comenzar mi andadura en un centro pionero en España en muchos aspectos. Yo trabajaba con adultos con discapacidades motoras y cognitivas y durante cuatro años di por sentado que todo funcionaba e innovaba de igual modo. Cosa que pronto comprobé no se ceñía a la realidad. Durante los primeros meses de mi desempeño laboral me encontraba trabajando delante de un ordenador con un adulto joven, creo que yo tenía cuatro o cinco años más que él, con unos problemas físicos destacables, a los que acompañaba ausencia de lenguaje oral, discapacidad intelectual... Tras mirar a ese chaval me pregunté: ¿Qué cojones hago yo aquí?
Años después, durante el curso del que hablaba, el ponente, un tipo muy muy competente,  una hizo una afirmación que respondió a la pregunta que me había formulado varios años antes: Si no os habéis preguntado alguna vez qué hacéis en un centro de Educación Especial, no valéis para esto. Me congratuló no ser un bicho raro y, sobre todo, saber que la duda forma parte del juego.
Ahora, veintitantos años después de formularme aquella pregunta, siguen surgiendo dudas sobre lo que se realiza, su utilidad, su viabilidad. No se trata de cuestionamientos generales sobre competencia global o sobre la idoneidad de esta profesión para mí. En este caso las dudas residen en la práctica, en la adecuación de lo que hago para un chaval determinado. Pero, sea como fuere, me encanta seguir teniendo dudas que, en muchos casos, permiten ajustar lo que planteo a las necesidades del alumno (o eso creo). Me encanta sentirme falible y saber que aún se puede mejorar. Me encanta, también, poseer la certeza de que mi trabajo consiste en dar a los alumnos lo que creo necesitan, equivocándome a veces. En el fondo, creo que he comprendido, no sé hace cuanto tiempo, que la esencia de esta historia es mirar, intentar comprender y dar lo que esa mirada y esa comprensión te dicen debes dar.
Me gustaría, querido diario, hablar de los equipos directivos que se eternizan en el cargo, de las nuevas tecnologías como recurso o como objetivo de aprendizaje, de la convivencia en los centros y el mal ejemplo que, a veces, somos los docentes y de otras mil cosas más, pero creo que todo ello, tan terrenal, tan humano, rompería que el espíritu de lo que he escrito hoy. Por lo tanto, dejaremos pendiente estos asuntos para otro día.