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lunes, 11 de febrero de 2019

GOYA Y SUS CAPRICHOSOS

"Tenemos arte para no morir de la verdad"

Friedich Nietzsche

La gala de los Premios Goya me hizo pensar mucho, tal vez demasiado, y sabía desde entonces que tenía una entrada pendiente sobre el asunto.
Como es costumbre en estos casos, suelo tomar un tiempo prudencial para no escribir en caliente y madurar las ideas, más bien para convertir las impresiones en ideas, articulando, o intentando articular un discurso medianamente coherente sobre el asunto.
Sin embargo, la aparición de esta noticia sobre la gala de los Óscar me invitó a acelerar la escritura de una entrada sobre la fiesta española del cine y lo que creo subyace bajo ella.
Por si el lector no tiene ganas de leer el enlace sobre los Óscar basta decir que, a fecha de hoy, no hay presentador para la misma y que puede que no exista un conductor único, porque nadie se arriesga, incluida la Academia de Cine, a que se le pueda criticar por ser "políticamente incorrecto". En otras palabras, nadie se quiere jugar el pellejo y su profesión por hacer humor y que miembros de determinados colectivos critiquen los temas abordados en los chistes o chascarrillos. En el fondo resulta humana esta reacción, se juegan sus lentejas y puede que su futuro en el sector.
No resulta muy difícil considerar que lo que empezó siendo una lucha contra la discriminación se ha convertido en un esperpento, que recuerda más al macartismo que a una democracia.
Esta fascinación por no herir susceptibilidades, al menos las de los afines, se ha instaurado también en nuestro país (EEUU es un referente en muchas cuestiones. Nos guste o no), aunque, por suerte, aún se permite hacer algo de humor (cuando escribo esto último me acuerdo del monje de El nombre de la Rosa, capaz de matar para ocultar la existencia de un libro sobre la risa. Igual entre los políticamente correctos también hay algo de ese monje). Sin embargo, la reducción del discurso y el buenrollismo parece marcar también este tipo de galas. Denuncias por la opresión sufrida por pueblos, minorías, lucha contra la extrema derecha o contras los partidos ultraconservadores (más por sus ideas sobre moralidad que por sus ideales ultraneoliberales). Premios para campeones...
Todo muy bonito, pero todo un decorado; porque cuando hay que enfangarse para defender a gente conocida puede pasar esto:







De igual manera cuando se trata de cargar contra un gobierno no afín a la ideología (el postureo en muchos casos) de muchos de ellos la cosa resulta fácil y sirve para hacer piña. Sin embargo, cuando se trata de defender al consumidor contra la industria del cine o del espectáculo, porque no baja el precio de las entradas ni de cines ni de los espectáculos musicales cuando se baja el mal llamado IVA Cultural, la gran mayoría de ellos callan.

https://desalmado.blogspot.com/2018/08/histriones.html

Me llamo la atención la entrevista a Leticia Dolera (la que pedía que le mandasen poemas machistas que apareciesen en libros de texto, para combatir el machismo, pero que no dudó en despedir a una actriz embarazada por su estado) durante la gala. En dicha entrevista no tiene, en un principio, el valor suficiente para decir que cierta gente no es bienvenida y va quedando en ridículo con cada respuesta, hasta que, acorralada, se decide a decir lo que ella piensa.

https://www.elespanol.com/social/20190204/ridiculo-leticia-dolera-preguntada-vox-goya/373712925_0.html

Independientemente de lo que me pueda parecer un tipo como Santiago Abascal, que lleva viviendo toda su vida del dinero público, del de todos y se permite el lujo criticar las subvenciones que reciben los cineastas de este país, lo de personajes como la tal Dolera dejan entrever a las claras el transfondo del asunto: personas con capacidad de salir en los medios, transmitiendo impresiones, ideas propias, haciéndolas pasar por certezas inquebrantables, todo ello vestido de solidaridad y cierto glamour.
Cuando Jesús Vidal recogió su premio habló de inclusión, visibilidad y diversidad. Los tres conceptos van de la mano, por supuesto, y, en el fondo, se reducen a aceptar que cada persona es distinta a las demás y que la debemos aceptar tal como es, haciendo que participe en la sociedad de manera más plena. Pero eso implica cambiar mentalidades. Cambiar que lo importante en Educación no es la titulación académica. Cambiar el concepto de éxito que nos venden desde el neoliberalismo. Saber que algunas personas van a necesitar apoyos externos para desarrollar su vida...
Pero, en ese tipo de espectáculos, donde todo el mundo aplaude y va de guay, no tiene cabida una reflexión plena o, al menos, sembrar las bases para ello. Todo debe ser superficial y muy solidario.
En España se ha abierto por ciertas cuestiones un debate sobre la inclusión real de alumnos con discapacidades que hasta ahora no lo permitían en centros ordinarios. Un debate complejo, apasionante y, puede, que sin una respuesta que no tenga sus peros. Hubiese sido un momento fantástico para hacer público ese debate y ponerlo en conocimiento de todos, pero es mejor que Almodóvar, el que dijo que el PP iba a dar un golpe de Estado tras perder las elecciones contra el PSOE de Zapatero, diga: "Les niego la existencia".
Resulta muy probable que todo el quid de la cuestión resida en que, teniendo derecho, como cualquier otro ciudadano, a emitir sus opiniones, muchos artistas carecen de cualquier fundamento intelectual y/o moral para argumentar su discursos Entre otras cuestiones, porque no se lanzan a analizar o criticar aquellos aspectos que le pueden granjear antipatías o problemas en el mundo en el que se mueven. Repito, tienen todo el derecho a hacerlo, pero también muchos tenemos el derecho a pensar que sus reflexiones pueden tener el mismo calado moral o intelectual que las de Belén Esteban.
Tal vez sea ese espíritu acrítico y superficial lo que les ha llevado a crear un mundo artificial, políticamente correcto, en el que se han visto atrapados, porque su fachada nada tiene que ver con su realidad y, aunque ellos no sean conscientes, a pesar de sus gestos, muchos de ellos no dejan de ser la correa de transmisión de un modelo social basado en las profundas desigualdades. Resultan, salvo honrosas excepciones, un excelente medio para desviar la atención sobre asuntos, en muchas ocasiones, absurdos y, además, por la escasez de fundamentación de su discurso, un ejemplo muy conveniente para desmovilizar a los ciudadanos. La simplificación del mensaje incita a no pensar; a aceptar lo que te venden, sin entrar en otras cuestiones. En el fondo, se trata de extender la industria del entretenimiento al pensamiento. Mundos con buenos y malos de película, sin grises. Y esos villanos jamás serán algunos de sus jefes. Siempre serán los que no piensan como ellos y/o los que no puedan inferir en su vida laboral.
Un saludo.

miércoles, 9 de mayo de 2018

IDEOLOGÍA

"Intento comprender la verdad,
aunque eso comprometa mi ideología"

Graham Greene

Que todas y cada una de las normas sociales son arbitrarias no se le escapa a nadie. En su libro "Sapiens. De animales a dioses", Yuval Noah Harari defiende que lo que en realidad diferencia a los sapiens de otros animales es la capacidad de crear ficciones, como las normas sociales, las patrias, las religiones o las ideologías económicas, bajo cuyo paraguas los humanos hemos podido crear las sociedades complejas que conocemos.
Esta teoría me parece elegante y bastante plausible, pues, desde mi punto de vista, explica que fue la utilidad del lenguaje oral y del simbolismo lo que en realidad nos diferencia de los demás animales y lo que ha contribuido, de manera decisiva, a formar las sociedades complejas que conocemos.
A pesar de lo arbitrario de las normas, bajo ellas debería subyacer una lógica, arbitraria también, pero que nos debe ayudar a plantearnos situaciones similares a las conocidas o, en determinados casos, nuevas por completo.
Un ejemplo, tal vez un poco chusco, puede aclarar, si resultara necesario, lo dicho con anterioridad.
Imaginemos que somos padres y uno de nuestros hijos pasa por esa etapa en la que quiere conseguir objetos de otros niños con métodos no muy apropiados, pegando. Parece obvio que cuando tengamos que actuar ante una situación como la expuesta vamos a actuar de forma muy similar tanto si nuestro descendiente pega una torta a otro niño, como si pega una patada. 
Resulta obvio, que en este tipo de casos el patrón de actuación nuestro será muy similar. Pero, ¿qué ocurre cuando no se trata de hechos tan obvios y la ideología impregna la forma de abordar el asunto? 
Para tratar el asunto lo mejor será exponer algunas situaciones reales, que nos ayudarán a enfocar el asunto.
A las lectoras no le hará falta imaginárselo, pero a los lectores sí. Imaginen los lectores hombres que son mujeres. Piensen unos y otras que les ha parado la Policía o la Guardia Civil y piensan que ustedes no son gente de fiar y proceden a su registro. Imagino que todo el mundo habrá pensado que lo apropiado es que el cacheo lo haga una mujer. ¿Por qué? No hace que lo responda. Todo el mundo da por hecho la respuesta. ¿Seguro? ¿Qué diferencia existe entre que una mujer policía lesbiana registre a una mujer heterosexual y un hombre policía heterosexual registre a una mujer heterosexual? A partir de aquí hagan todas las combinaciones que quieran con hombres heterosexuales y homosexuales y mujeres heterosexuales y homosexuales. Porque, ni en los cuerpos policiales ni en los cacheos se pregunta por la tendencia sexual de nadie (está prohibido por la ley, por suerte).
Demos otra vuelta más al asunto. ¿Por qué a mí me parece normal que una mujer médico me haga un tacto rectal, siendo yo heterosexual, o a una mujer heterosexual no le importa que un ginecólogo le explore los pechos? En el fondo el policía y el médico son profesionales (y el guardia civil además lleva unos guantes  gruesos y rígidos diseñados para evitar heridas de arma blanca) y unos y otros han sido preparados para hacer su trabajo.
Veamos otro caso real y bastante menos anecdótico.
En muchos casos, cuando existen personas que defienden la pena de muerte o la prisión permanente, utilizan el sufrimiento de los familiares muertos como ariete para intentar imponer sus ideales. Uno puede solidarizarse con esas personas que sufren por los suyos. De igual manera, todos los que hablan del sufrimiento de los padres se podrían solidarizar con esa madre que recorre una vez al mes mil kilómetros para ver a su hijo en la cárcel;  encerrado allí por cometer crímenes cuando pertenecía a una banda terrorista. Una madre que no tiene porque compartir lo que ha hecho su hijo, pero que olvida eso y sólo ve a un hijo al que ha parido y al que quiere por encima de todas las cosas. La madre tampoco es culpable de lo que ha hecho su hijo. 
¿Por qué el sentimiento de esa madre o padre es más importante que el otras madres? ¿Por qué se pueden cambiar las leyes para satisfacer a unos y no a otros?
En el fondo, los dos ejemplos tiene algo en común: se sustentan en una ideología. Una ideología que recela del policía, pero no del médico, siendo ambos trabajadores públicos. Una ideología mediatizada por el sexo y por una visión del sexo tradicional, donde sólo caben hombres y mujeres (visión defendida incluso por aquellos que se postulan más a la vanguardia del respeto a las personas y a sus distintas opciones sexuales). Una ideología basada en el castigo y no en la reinserción. Una ideología donde el que no piensa como uno merece lo peor.
En resumen, una forma de enjuiciar lo que sucede, que no tiene que ver con aplicar unos principios inquebrantables a todo aquello que acontece alrededor. Una incoherencia en la forma de actuar que se disimula bajo la forma de una idea superior, encaminada siempre al bien absoluto, a pesar de demostrar incoherencias una y otra vez. Eso es la ideología, que, por otra parte, todos tenemos.
El gran éxito de quien domina el cotarro, los poderes económicos, consiste en que la ideología de los ciudadanos se enfoque hacia aspectos insustanciales, generando, además, conflictos entre colectivos de distintas ideología, en torno a esos aspectos insustanciales o anecdóticos, que en nada alteran el orden imperante.
Esta reflexión, que suena a teoría conspiranoica, se sustenta además en otro pilar fundamental: se educa para producir y consumir, no para buscar datos y los principios de causalidad. En el fondo, la forma de interpretar la realidad que impera, propiciada por los medios de masas (cuyos dueños son el poder económico)  y el sistema educativo (encaminado, cada vez más, a producir excelentes operarios sin criterio), busca que nuestra opinión se rija por la inmediatez, la nula necesidad de profundizar en los hechos y el cambio continuo de cuestiones sobre las que centrar nuestra atención, lo que propicia una visión del mundo inconexa y regida por lo urgente (que es lo que nos presentan otros). No interesa la calma, la capacidad de analizar en profundidad, de indagar, de comparar opiniones y formar una opinión más compleja. La visceralidad, basada en la desinformación, resulta más cómoda. Buenos y malos absolutos. Ideología en estado puro, que, por ejemplo, sirvió para que el cardenal Gomá predicara la palabra de Dios y justificase los fusilamientos (asesinatos) de "rojos". Esa ideología que igual sirve para promulgar leyes que juzgan el odio, para castigar como actos de terrorismo hechos de la vida cotidiana o para promulgar leyes que castigan con mayor rigor a los hombres que a las mujeres, por el mero hecho de ser hombres. Esa ideología ciega, basada en el odio.
Contra ello sólo existe una solución: la razón, basada en el conocimiento, no en la percepción ni en lo visceral. Educar para el conocimiento, no para el instante.
El lector podrá pensar que lo que acabo de escribir difiere de lo escrito un poco más arriba, donde hablo de la ideología como algo consustancial a todos nosotros. Nada más lejos de la realidad. La ideología es necesaria, pues es lo que permite que el mundo cambie y lo que nos lleva a mejorar. Considero que la ideología debe servir para vertebrar los grandes movimientos sociales y no utilizarla, y mucho menos de forma exclusiva, para atizar a Inda o a Maruhenda a través de las redes sociales.
Tal vez el uso absurdo e inútil de la ideología haya vaciado a ésta de todo sentido, quedándose en lo meramente retórico. Puede que la ideología de salón de gente bien alimentada y muy consumista sea, para mucha gente, la única revolución que les apetece hacer. Opinar sin datos reales, no sopesar las contradicciones y el "y tú más", a eso ser reduce todo.
Un saludo.

jueves, 11 de enero de 2018

LA MODERNIDAD

 "La cultura de la modernidad líquida
ya no tiene un populacho que ilustrar y ennoblecer,
sino clientes que seducir".

Zigmunt Bauman

Uno asiste con deleite a la alegría que ciertos tuiteros muestran ante ciertas noticias venidas allende los mares.


No sólo gente, más o menos conocida, medios de comunicación también muestran su interés por lo que parece ser una nueva de alcance internacional. Como ejemplo, un tuit de un periódico serio.


No sólo eso. Partidos políticos a la vanguardia, siempre luchando por los avances sociales, se hacen eco de tan buena noticia para todos.

Creo que Ana Patricia Botín o Beatriz González agradecerán mucho esa lucha por la igualdad de oportunidades... sobre todo entre ricos y pobres de nacimiento.asas

Pero en esta sociedad de gente sin alma, siempre hay alguien que tiene a bien fastidiar la fiesta y le da por recordar una ley, ni más ni menos que el Estatuto de los Trabajadores, en concreto su artículo 2as8. Como imagino que el lector no se acordará de él en estos momentos, me permito adjuntar un enlace donde puede leer todo el articulado del texto de 1995, posteriormente reformado varias veces:


¡Vaya, somos un país pionerísimo y nadie aquí parecía saberlo! 
¡Hombre! Que no lo sepa un particular tiene un pase, nadie tiene la obligación de ser una biblioteca con patas. El desconocimiento aspor parte de la prensa resulta un asunto muy serio, pero lo del partido político, vanguardia de la vanguardia, clama al cielo, por no decir algo malsonante, pero más apropiado a la circunstancia que nos ocupa. 
Sin embargo, este hecho sólo puede considerarse como un reflejo de la sociedad. de una parte de ella muy vociferante, en la que nos ha tocado vivir. 
Antes de retomar el asunto vamos a echar la vista atrás, para lograr una mejor comprensión de la situación actual.
Cuando Ricardito "El Tramposo" (Richard Nixon) ganó las elecciones para conseguir la Presidencia de Estados Unidos a los demócratas en 1968, estos, que habían sufrido una división en su filas entre los demócratas pata negra y una parte de los demócratas del sur del país, que defendían postulados racistas, analizaron las causas de su derrota (obviamente presentar dos candidatos diferentes fue la principal) y llegaron a una conclusión: su nuevo caladero electoral eran las minorías, pasando un poco, bastante, del obrero blanco, que desde Roosevelt, con sus políticas dirigidas a la clase trabajadora, habían constituido la base del voto demócrata. 
Unos pocos años antes, tres o cuatro, Martin Luther King, uno de los líderes de la lucha por la igualdad de derechos más carismático, siguió el camino inverso: pasó de luchar por la igualdad de derechos de la minoría negra a comprender que, en realidad, la lucha debía ser por conseguir abolir la pobreza, sin importar raza, religión o cualquier otra cuestión. Revistas como Time o diarios como The Whashington Post ponían al Premio Nobel de la Paz a caer de un burro, debido a su giro intelectual. 
Como el lector habrá podido adivinar, estos dos hechos, ocurridos hace medio siglo, resultan trascendentales para explicar la situación actual, incluida la victoria de Donald Trump o el auge de la extrema derecha en Europa. Los partidos que, a un lado y al otro del charco, habían defendido al trabajador, al obrero (palabra que ellos mismos han contribuido a desterrar), optaron por buscar en las "minorías" su leivmotiv. 
Esta lucha por los derechos de las minorías conlleva un problema: siempre hay que pedir algo más y reivindicar algo más. En otras palabras: siempre se debe estar en la vanguardia, lo que, en ocasiones, provoca disparates como el que inició esta entrada.
Hace poco leía un ensayo en el que se defendía que el concepto de raza (tan típico del siglo XIX y de los fascismo del siglo XX) se ha cambiado por el de minoría, y, en lo esencial, estoy de acuerdo. Consideraasr que todas las personas de un determinado color de piel, sexo, procedencia o cualquier otro artificio clasificatorio que queramos utilizar son iguales y son buenos o malos por ello, recuerda a esas categorías estancas tan típicas de los fascimos: rojos, eslavos, judíos, gitanos... 
Sé que lo arriba escrito puede ofender a cierta gente, me resulta indiferente. Uno, que ya va sobrado de años, pasa mucho de críticas realizadas desde el esnobismo. Me resulta mucho más preocupante que los que se dicen la vanguardia, por lo general estómagos agradecidos o esnobs de sillón, se identifiquen con la revista Time o con The Washington Post y no con el último Martin Luther King. 
Personajes de los medios en España como Pepa Bueno, Carlos Francino, Julia Otero o Ignacio Escolar, por citar a algunos, ejemplifican esta perversión, lo que Gustavo Bueno denominó izquierda difusa, "que no es izquierda", y que, en realidad, no quiere cambiar el fondo de las cosas, la desigualdad, sino que, desde su púlpito, intentan sentar cátedra moral (a los tres primeros se les llena la boca con la palabra igualdad y feminismo, peroas los tres tienen en sus programas publicidad de una empresa condenada en firme por discriminación salarial), cuando lo que en realidad hacen es perpetuar una situación de injusticia, con sus cortinas de humo y sus distracciones sobre una cada vez mayor desigual distribución de la riqueza y, lo más importante, sobre las opciones reales para cambiar la situación.
Mientras, resulta más fácil hablar de minorías, metiendo a veces mucho la pata, el ejemplo de arriba no es más que una muestra, de los tres voceros mencionados en el párrafo anterior podría contar unos cuantos más. Ellos, junto con unos políticos profesionales, que se dicen de izquierdas o progres, que viven de dar gusto a estos y otros tipos que dicen ser periodistas, son tan culpables como el neoliberalismo de que personajes como Donald Trump lleguen al poder o de que la extrema derecha empiece a levantar cabeza en Europa, incluso en Alemania, donde, como dije en otra entrada, la líder es una mujer lesbiana. Lo curioso es que esta extrema derecha también está utilizando el discurso de la minorías para atraerse seguidores. Varios partidos buscan el voto de la mujer alegando que la religión musulmana y sus seguidores, las tratan como seres inferiores o, incluso, así:


Y, ¡cuidado!, esa falacia vende, en una sociedad depauperada por la avaricia de unos pocos, que no es otra cosa que eso que se denomina neoliberalismo.
Sin embargo, como se trata de ser moderno, de sumarse a la causa, sin importar mucho el trasfondo, resulta muy fácil para cualquiera, aunque sea la extrema derecha, subirse al carro de esa modernidad. La prueba la tenemos en los tuits del principio de la entrada, donde lo importante es la causa y ser moderno, estar a la última, no si lo que defiende en este caso es algo importante, real o una chorrada como un piano. Sólo hay que estar presente, hacerse notar, estar a la última. Se trata de ir un paso más allá, de romper con lo que se cree preestablecido, sin importar si lo anterior está bien o está mal. Si yo fuese parte de la oligarquía financiera estaría encantado. Los modernos intentan destrozar el pasado, no rescatar lo bueno que hemos heredado de él y eso, querido lector, es lo mismo que llevan haciendo los neoliberales durante tres décadas: demoler el pasado, nuestros derechos, porque dicen que no valen. Entrar en esa dinámica absurda nos lleva a estupideces como las del comienzo de este post y a perder aún más, pues no se persiguen metas reales, sólo estar ahí, apuntarse al carro, cuando no mamar de lo público. 
En el fondo, todos estos modernos son hijos de ese Romanticismo basado en lo exótico, en lo irracional, en pretendidos ideales, en falsear la Historia que acabó con la Ilustración y con la Diosa Razón. Estos hijos del Romanticismo son los que linchan en los medios y en las redes sociales, sin conocimiento alguno del asunto sobre el que tratan. 
Resulta curioso que una victoria de Richar Nixon, una derrota de los demócratas en realidad, junto con la caída del Muro de Berlín, sirvieran para acabar con la izquierda obrera y dejar todo el poder a los soviets de la Escuela de Chicago y de las escuelas de negocios, con el beneplácito, por acción y omisión, de los que deberían haber sido la izquierda.
Resulta dramático que la modernidad, felicitarse por los supuestos logros o luchar por ciertas causas, sólo sirva para generar más injusticias y para que la extrema derecha resurja. ¡Enhorabuena a todos los modernos por imponer sus ideas de una sociedad estanca, con buenos y malos por su origen y no por sus actos! 
Aunque la otra opción, la de enfrente, tampoco parece muy apropiada. Cuando la que se postula como candidata demócrata, Oprah Winfrey, resulta ser una defensora de la no vacunación de los niños, una defensora de la medicina alternativa, incluso para "tratar" cuestiones como los trastornos del espectro autista, algo falla. En el fondo la modernidad puede que sea eso, estar a la vanguardia y ser la punta de lanza de la crítica de aquello que se conocía, se callaba, aunque fuese evidente la amistad que le unía al hoy vilipendiado, cuyas añagazas eran de todo conocidos. Sabe, querido lector, nadie se acordó de aquellas chicas que se negaron a plegarse al chantaje del productor y que vieron como su sueño se truncó porque ellas querían desarrollar un trabajo sin pagar peajes. Es posible que alguna de ellas haya sentido un profundo desprecio por todo lo que vio en el televisor de la casa, que puede estar en un pueblo perdido de Indiana o de Arkansas, muy lejos de los focos y el glamour.
Por cierto, para cerrar el círculo que se inició con los comentarios sobre la nueva ley islandesa, no me resisto a volver a poner el vídeo donde explican que no existe una brecha salarial (esa realidad que le costó el puesto a un directivo de una multinacional informática por atreverse a decirlo), aunque sí existan casos de discriminación, como he escrito más arriba. Cuando el cálculo se hace por hora trabajada, no por salario mensual, los resultados son distintos por las causas que se exponen en este reportaje de La Sexta, pero a los bisnietos del Romanticismo se la sudan los datos y la razón.



 Eso sí, lo de que hombres y mujeres cada vez cobren menos y las rentas del capital sean cada vez mayores, parece importar bien poco a los modernos. 
Un saludo.

lunes, 4 de diciembre de 2017

VOY A DAR UNA CHARLA

"Lo que más indigna al charlatán
es alguien silencioso y digno".

Juan Ramón Jiménez. 
 

Me llama la atención, de manera poderosa, la proliferación de charlas, no confundir con conferencias, que a veces también son charlas, por doquier. Charlas dirigidas a niños, a adultos, a ancianos, a veganos, a amantes del chuletón,  a artistas en ciernes, a emprendedores, también en ciernes, a veces cercenados, a deportistas, a amantes del sillónball y a todo aquél que pase por ahí. 
Creo necesario aclarar que el concepto de charla no siempre resulta peyorativo. A veces, más bien al contrario, supone realizar un acto de formación necesario sin gran boato ni alharacas, yendo al grano y no haciendo perder el tiempo al personal que acude a dicha charla.
Existe otro tipo de charla, vinculada, por lo general, con cuestiones relativas al arte, donde no existe una necesidad de llegar a conclusiones ni cubrir objetivos. Se trata de pasar un rato agradable en torno a un autor, cuadro, libro...
Sin embargo, podemos encontrarnos con una tipología de charla, tal vez la más extendida, que se caracteriza por su pretenciosidad. Los charlatanes pretenden cambiar ideas, en teoría arraigadas con fuerza en el oyente, con la única herramienta de la palabra. 
Estos magos del vocablo suelen formar parte de un circuito, que vive de las subvenciones, cuyo único objetivo es expandir la idea que han vendido como buena a algún paniaguado político, que debe buscar clientes que le deban favores para intentar asegurar su próxima reeleción, cuando no para conseguir su planificado ascenso.
Existen ciertos temas, en los que el dinero procedente de Europa ( en realidad procede de nuestros impuestos, no olvidemos que España es contribuyente neto de la UE) se destina (despilfarra) a realizar campañas de sensibilización que, en general, sólo sirven para crear un lenguaje cargado de eufemismos, en el que los propios charlatanes son faros de luz y vigilantes de la ortodoxia. 
No puedo evitar sentir rabia y frustración cuando estos charlatanes a sueldo de nuestros impuestos largan una charla, siempre la misma, importando poco el auditorio, comprueban que sus premisas iniciales chocan con la realidad. Aún así, ellos siguen con sus planteamientos y su mismo discurso frente a un conjunto de escuchantes atrapados por el horario escolar, la necesidad de acudir a la charla o la vergüenza que genera levantarse e irse. 
No existe la necesidad de adaptarse al receptor porque todo se reduce a rellenar un informe que jutifique que el discurso se ha largado en un lugar determinado a un colectivo determinado. 
Recuerdo como un docente se quejaba de unos charlatanes que habían vuelto al centro, a su clase, días después de su charla inicial para hacer un juego, un bingo algo que no había interesado lo más mínimo a los alumnos destinatarios de tales conocimientos. Por supuesto, los fulanos vivían de las subvenciones, de su dinero y el mío, querido lector.
La idea de cambiar mentalidades, esquemas de funcionamiento, por lo general implícitos, parece presidir todo este bombardeo deslabazado de charlatanes varios. Resulta curioso que ni tan siquiera se molesten en detectar de manera previa las condiciones iniciales de los destinatarios de sus mensajes. Charla sobre... y no importa que los niños, adultos, etc... tengan o no esa necesidad. 
Recuerdo una charla sobre seguridad laboral a la que asistí, en la que me decían que coger un paquete de folios puede ser un riesgo, mientras en la planta baja del lugar donde estaban impartiendo la charla los obreros trabajaban con radiales, que dejaban en el suelo enchufadas. Ni una puta referencia al asunto. Venían con su charla. 
Como vienen con su charla de la igualdad a los centros y cuando ven que muchos padres si se reparten las tareas siguen con su discurso de la desigualdad en el hogar o en los colegios (donde en Educación Infantil los niños juegan en los rincones con cocinitas o con coches, en función de sus gustos y de sus apetencias ese día), pero siguen hablando de desigualdad entre niños y niñas en el sistema educativo. 
Resulta obvio que este reparto de dinero, por lo general entre gente de la cuerda, se produce, como se producía en los cursos de formación, porque no existe control real de lo que se hace y, sobre todo, sobre los resultados finales. Ni tan siquiera existe un control inicial, porque de otro modo se sabría que para cambiar mentalidades debe existir el conflicto cognitivo, y las charlas no sirven para que eso ocurra. Lo que se logra, a lo sumo es el adoctrinamiento, no cambiando los patrones de comportamiento de la gente, aunque, de puertas para afuera se aparente hacerlo. Para que nos entendamos, es como ese tipo que dice seguir una religión y, en secreto, obra de una manera que contradice todo lo que defiende en público.
Cada día estoy más convencido de que existe dinero para hacer muchas cosas, muchas más de las que creemos y para beneficiar a mucha gente, pero existen muchos charlatanes que necesitan vivir, restando recursos a quien lo necesita de verdad. Pero, tal vez, esa idea sólo sea parte del discurso de este humilde bloguero y charlatán. 
Un saludo.

miércoles, 22 de marzo de 2017

A TOMAR POR...

"Si yo tuviera un corazón, 
escribiría mi odio sobre el hielo,
y esperaría a que saliera el Sol"

Gabriel García Márquez

Imagino que el lector habrá tenido, en determinadas ocasiones, la sensación de ser un rompeolas, donde chocan toda la incapacidad intelectual y la bajeza moral del pequeño mundo que nos rodea. Esas pequeñas fases de la vida, recurrentes, que nos ayudan a apreciar todo aquello que poseemos y que, por otra parte, nos facilita afianzarnos en la convicción de aquello que nos resulta detestable. 
Desconozco si al lector le ha ocurrido, pero al que suscribe, en ciertas ocasiones, en que el estado de ánimo no anda muy allá, le parece percibir que los sonidos ajenos se vuelven densos y el tiempo discurre con una extraña lentitud y viscosidad. Intuyo que se trata de majadería de uno, que en, poco o nada, ayudan a quien lea esto.
De igual manera, no creo contribuir en nada exponiendo que sentirse como un rompeolas se debe, por lo general, en mayor medida a la situación anímica de uno, que al hecho de que se agolpen una infinidad de malos acontecimientos en un muy breve espacio de tiempo (aunque pueda ocurrir). Dicho algo tan obvio,  me gustaría centrarme en aquello que constituye las costuras de nuestra persona y de nuestra forma de entender el mundo, que se afianza ante la estulticia esgrimida por una parte del personal circundante.
Con el paso de los años las certezas resultan ser menos, pero más firmes (puede que por haber eliminado mucha morralla que, siendo superficie, creíamos esencia). Una de esas certezas es la necesidad de alejarse de aquellas personas más preocupadas de uno mismo que de ellas. Con excepción de la familia más cercana y, si lo hubiese, una persona que te ame, aborrezco el mero contacto con aquella gente interesada por aquellas cuestiones de uno que les pudiesen chocar o chirriar. Este sentimiento de hastío llega a su extremo cuando el entrometimiento llega, sin previo aviso, ni autorización por mi parte, a comentar aspectos, reales o imaginarios, de mi persona y de mi vida, que parecen no agradar al interlocutor de turno. En realidad no me causa hastío. En realidad odio esa actitud o esa ineptitud social. Esa carencia de empatía, tan frecuente y tan admitida.
Podría poner varios ejemplos que me vienen a la cabeza, pero creo que un par de ellos bastarán para ilustrar lo que digo.
Desconozco si el lector ha tenido alguna pérdida de un familiar cercano, espero que no, pero, si ha vivido esa luctuosa experiencia se habrá encontrado con gente que, tras dar el pésame, lo siguiente que preguntan es sobre la causa del fallecimiento. Debo formar parte de un colectivo de bichos raros, pero me resulta chocante que no pregunten por tu estado de ánimo o por las necesidades, de hablar o de lo que fuere, que puedes tener. El fulano que pregunta parece priorizar el conocimiento de los detalles morbosos, que en nada cambian lo sucedido, sobre las posibles necesidades de su interlocutor, que, es posible, no desee revivir, en esos momentos, una experiencia traumática. Pero...
El segundo ejemplo tiene que ver con una experiencia personal, que me reafirmó en mis convicciones.
Sin entrar en muchos detalles, diré que en una ocasión había terminado de compartir una experiencia bastante placentera con otra persona. Sé, no pregunten por qué, que lo experimentado había sido mutuo. Pongamos que con esa persona, hasta ese momento, y después también, había, y he, tenido un trato esporádico y superficial y, pongamos también, que tras aquello que nos había resultado agradable, se permitió hacer observaciones sobre ciertos aspectos de mí, en nada relacionados con lo sucedido con anterioridad, que me descolocaron y, por qué no decirlo, me molestaron. No entiendo la necesidad de buscar aquello que separa, pudiendo permitirnos el pequeño, y gran placer, de compartir lo que nos acerca. Me causan cierta repulsión, bastante, las personas que persiguen crear asperezas en la convivencia. La vida no resulta perfecta, ni un camino de rosas, pero tampoco puede definirse como un camino de espinas absoluto y, llegado este momento, prefiero compartir mi vida con aquellas personas que ponen un mayor énfasis en los pétalos, que en las espinas. No, no se trata de falsear la realidad; sino de buscar caminos conjuntos por los que transitar y, si es posible, por los que disfrutar.
Lo siento, me sobran las personas adictas al conflicto, a buscar el lado lúgubre de la persona que tiene frente a ella. Prefiero aquellas personas que saben escuchar, sonreír, preguntar cuando y como se debe y que tienen deseos de vivir, de compartir la necesidad de vivir.
Puede sonar a utopía o a aspiración vacía, porque todos tenemos pétalos y espinas, pero, puedo asegurar, que existen personas empeñadas en dar más importancia a los pétalos que a las espinas, que, además, quieren compartir el color y la suavidad de los mismos. Los que presentan las espinas como seña de identidad pueden irse a tomar por...
Un saludo.

domingo, 8 de enero de 2017

TÓXICO vs HIJO DE PUTA

"La verdad es lo que es,
y sigue siendo verdad,
aunque se piense al revés."

Antonio Machado

Desde hace unos años la expresión gente tóxica, persona tóxica, se escucha, y lee, por doquier. Aunque creo que todo el mundo conoce su significado, siento la necesidad de aclarar que se refiere a esa gente cuyo mayor empeño es dedicarse a socavar la moral de los demás, de manera gratuita o interesada (a veces pretende obtener con esta actitud cotas de poder) y, sobre todo, intencionada. En otras palabras, hablamos de personas malas o de auténticos hijos de puta. Sin embargo, por mor de lo políticamente correcto, se utiliza la forma expresiva gente tóxica para referirse a este tipo de personas, por desgracia nada infrecuentes en nuestra vida.
Nada tengo que objetar a que ciertas personas prefieran utilizar uno u otro tipo de formas de expresarse para definir un mismo hecho. Creo que en eso consiste la libertad. Bueno, sí. Sí que tengo algo que objetar, en uso, de igual manera, de mi libertad de pensamiento y expresión. Me parece que la utilización de esta expresión refleja, bien a las claras, el tipo de sociedad en el que nos impulsan a navegar. 
Para empezar calificar a alguien como tóxico muestra que aspectos como el bien o el mal y el dolor y el sufrimiento generado por otras personas, se intenta ocultar en esta mundo de buen rollo y consumo sin freno. Las personas no portamos sustancias nocivas (tóxicas), que se expanden por el entorno y hacen infelices a los demás. Nuestros actos, conscientes o inconscientes, son los que generan esa felicidad o infelicidad en los que nos rodean. Existe una capacidad de actuación, de la que somos responsables. Por ello, definir a alguien como tóxico supone una majadería tamaña. Un ser humano actúa de una u otra forma y, sus actos, conllevan consecuencias sobre sí y sobre los demás. Entiendo que para los profetas del buen rollo y el buenismo pedir responsabilidades a otros resulte brutal. En realidad todo se trata de eludir una cuestión crucial: existen personas capaces de realizar actos malvados por el mero hecho de tener la posibilidad de hacerlos. Así de sencillo. Reconozco, y no voy a hablar en sentido figurado, que en determinadas ocasiones se trata de personas con problemas psiquiátricos que, por cuestiones que no me apetece tratar en este momento, no reciben el tratamiento necesario para que puedan llevar una vida más ajustada a la normalidad (sea eso lo que sea). Este tipo de personas no tienen porque ser personas marginales. Pueden, y tienen, pareja, hijos, un empleo, en ocasiones bueno. Por otra parte, existen otras personas que, por cuestiones diversas, muestran una tremenda capacidad para hacer sufrir a otras, por lo general de su entorno inmediato. Individuos, de ambos sexos, que buscan hacerse notar generando problemas en las vidas de otras personas, que poco o, por lo general, nada han hecho para recibir ese trato. 
Me vienen a la mente  un par de casos. Uno en concreto de una mujer que hizo llorar a un par de compañeras suyas de trabajo en determinados momentos, bastante alejados en el tiempo el uno del otro y que, poco después, contribuyó a empeorar la calidad de vida de otra compañera, sin motivo real. Esa persona, resulta evidente, no es una persona tóxica. En tal caso, puede considerarse como una malnacida, hija de puta y, sobre todo, un persona cruel e irrespetuosa, que merece que alguien le responda con su misma medicina.
El segundo caso resulta aún más divertido. Otra mujer, en este caso con un cargo directivo, que se dedicaba a hacer la vida imposible a sus subordinados, que, por otra parte, tenían muchos más conocimientos del área que ella. En esa empresa hubo cambios y la mujer "tóxica" acabó en la calle (como la pasó en su anterior trabajo), no debido a su incapacidad, sino a los problemas que generaba. Lo divertido del asunto es que, tras una repetida experiencia de comportamiento abusivo hacia sus subordinados, de ambos sexos, encontró amparo en una asociación feminista, que decidió luchar por sus derechos vulnerados. Para mear y no echar gota.
Es cierto, que el común de los mortales no desea tener más problemas de los necesarios en su vida y que este tipo de personas crueles parecen tener todo el tiempo del mundo para hurgar en los sentimientos de los demás. Pero la solución, desde mi punto de vista, no es la que dan los teóricos de la teoría del ser tóxico: tratar de evitarlos. Al menos, no resulta una solución viable si ese tipo de personas centran su maldad sobre uno. Ni tan siquiera creo que intentar comprender su actitud suponga una opción válida, porque supone entrar en un bucle oscuro y deforme que nada tiene que ver con nuestra vida, ni con nuestras ideas de como abordarla. Se trata, desde mi punto de vista, de, si el daño es grande o continuo, de plantar cara, marcar límites y, si es necesario, tomar otro tipo de medidas, que pueden llegar a la denuncia. En muchos casos, este tipo de gente campan a sus anchas porque sus actos les han salido gratis, lo que ha fomentado que sigan atropellando a tirios y a troyanos.
Intuyo que calificar a personas crueles y funestas como personas tóxicas implica algo muy típico de cierta forma de pensamiento, basado en el postureo, de nuestros días:
- No llamar a las cosas por su nombre.
- Obviar que lo negativo, la maldad, forma parte del día a día.
- Mejor huir de los problemas con los que nos toca lidiar. Resulta más fácil hablar de vaguedades y de grandes principios.
No, no existen personas tóxicas. Existen canallas, que interfieren en la vida de los demás, sin haber sido invitados a entrar en ella, e imbéciles que se niegan a reconocerlo.
Un saludo.

viernes, 30 de diciembre de 2016

LA BOINA Y EL CIGARRO

Hace unos cuantos años, cuando aún fumaba, me sorprendía que en el metro de Madrid se prohibiese, de manera terminante, fumar, cuando al salir por cualquier boca a la superficie se podía disfrutar de esa famosa "boina", que se puede observar en todo su expresión cuando se accede a la capital, por ejemplo, desde la Carretera de la Coruña. Me extrañaba que se mirase, de manera acertada, por la salud de los usuarios del transporte público y pareciese no importar mucho que millones de personas aspirasen una densa y colorida capa de contaminación día sí día también. 
Cabe decir que, con el discurrir del tiempo, me encontré con un informe de la O.M.S. donde se habla de millones de muertos prematuros al año fruto de la contaminación. Posiblemente un número similar, o mayor (no lo he contrastado), de muertes que las producidas por el tabaco.


Hete aquí que, con el paso del tiempo, las autoridades pertinentes parecieron mostrar preocupación por una circunstancia que en la ciudad mesetaria parecía formar parte del paisaje, con especial incidencia en períodos en los que ni el viento ni la lluvia hacían acto de presencia en el centro de la Península Ibérica. Se establecieron protocolos de actuación que, en los últimos días, han debido aplicarse hasta un nivel extremo, por mor de una concentración, nunca hasta entonces alcanzada, de una sustancia emitida en especial por los coches diesel: el dióxido de nitrógeno. En el enlace que se encuentra sobre este párrafo se puede observar que se trata de uno de los cuatro parámetros que se miden para detectar el nivel de contaminación en una zona. Se estima que los vehículos propulsados por gasoil generan el 60% de las emisiones de dióxido de nitrógeno. Una sutancia que parece no resultar muy recomendable para la salud, y menos en altas dosis de concentración.
Cuando escribo esto, me viene a la mente la estafa que las empresas automovilísticas realizaron, de manera sistemática, con la aquiescencia de la Unión Europea, en sus datos sobre emisiones de ésta y otras sustancias.



Y, tras la indignación inicial, no puedo hacer otra cosa que aumentar mi enfado, tras leer que la Unión Europea persigue a los infractores permitiéndoles que durante los dos próximos años los coches que fabriquen emitan el doble de sustancias nocivas que las permitidas hasta este momento.


Sea como fuere, la contaminación no resulta algo exclusivo de Madrid, ni de España. En este enlace se puede observar, en tiempo real, la situación del aire en cualquier lugar del mundo. 
Resulta evidente que un modelo basado en la producción desmedida, sustentada sobre el uso de combustibles fósiles, representa un serio problema para una buena parte de los seres vivos que moran en este planeta, incluidos nosotros los humanos. La contaminación por partículas de diversos tipos se produce de manera más acusada en las grandes concentraciones urbanas, donde se consume mucha más energía fósil, que en lugares menos poblados. Las medidas para paliar este problema como las tomadas en Madrid, se han tomado en otras megápolis de Europa y de América Latina desde hace lustros y supones un parche que intenta revertir, de manera momentánea, una situación límite. Este tipo de actuaciones resultan necesarias, pero insuficientes. 
No me considero experto en este tema, como en ningún otro, por lo que dejo de la mano del amable lector indagar sobre posibles soluciones eficaces y realistas al citado problema. Soluciones que, presumo, no han de ser fáciles ni prontas, pero que sí han de pasar por desterrar el populismo absurdo e irreflexivo de ciertos tipos de la derecha neoliberal rancia y, me atrevería a decir, cómplice de esta situación.
Parece que en este país, imagino que en otros ocurrirá lo mismo, ciertos personajes públicos (he escuchado a varios de ellos en los medios) arremeten contra la medida tomada por el Ayuntamiento de Madrid por vulnerar su libertad para transitar con sus vehículos cuando y por donde les dé la gana. El argumento es tan estulto como las personas que lo formulan. Lo es porque el derecho a la salud de millones de personas se sitúa por encima de cualquier libertad de tránsito de una panda de iluminados. 
Por otra parte, he escuchado a otro neoliberal, kafkiano hasta lo esperpéntico, un catedrático de Economía que responde al nombre de Carlos Rodríguez Braun, esgrimir, entre otros argumentos, que la O.M.S. se dedica a meter miedo al personal, para limitar libertades. Reconozco que con lo de la gripe aviar se les fue la mano; pero, en general, su forma de actuar resulta bastante positiva para la humanidad: campañas de vacunación, lucha contra el tabaquismo, contra el sobrepreso, la actuación en la crisis del virus zika ... Pero, lo mejor de todo, es que un tipo que basa defiende a capa y espada una teoría que se basa en meter miedo al común de los mortales, porque si no se siguen sus dictados el infierno está a la vuelta de la esquina (aunque la desregulación sea la que nos haya conducido allí) sea el que arguya que la O.M.S. basa su actuación en infundir miedo. Lo curioso de este fulena es que tras argumentar que las medidas se habían implementado porque se ha bajado el nivel máximo permitido de dióxido de nitrógeno, no cejó en su empeño de defender su postura, tras escuchar a un experto del C.S.I.C. diciendo que la contaminación alcanzada en Madrid en los últimos días era la más alta en toda la historia de la ciudad desde que existen registros. Espero que en lo suyo, el tal Braun, sea un poco más riguroso que en otro tipo de cuestiones.
Por supuesto, existe la visión aguirrista que defiende que limitar el tránsito rodado afecta al comercio,lo que produce pérdidas económicas. Tal vez lo apropiado sería pensar que con un menor nivel de contaminación existirán menos patologías asociadas a tal circunstancias y todos los ciudadanos nos ahorraremos un montón de dinero, porque menos ciudadanos tendrán que usar la Seguridad Social para poner coto a los problemas de salud que un aire portador de sustancias nocivas provoca. A no ser, claro está, que la mala salud de los ciudadanos se vea como un negocio para farmacéuticas y demás empresas que se pueden beneficiar de un mayor uso de las instalaciones médicas por parte de pacientes. 
Creo que el populismo es eso: ante la existencia de un problema serio, muy serio, aparecer para decir sandeces que buscan hacer quedar al personaje en cuestión como un gurú de... De lo que sea.
Lo siento, me niego a hacer caso a esas personas, porque quiero que mis descendientes puedan vivir lo mejor posible y, para ello, necesitan un entorno salubre. Aunque no lo hagamos por nosotros, pensemos en los que vienen detrás.
Un saludo.

miércoles, 21 de septiembre de 2016

LA MOVIDA Y LO QUE QUEDÓ

"Prefiero masturbarme, yo sola en mi cama, 
antes que acostarme con quien me hable del mañana. 
me gusta ser una zorra 
me gusta ser una zorra 
Eh, oh, ah, ah 
Ay ay ay ay ay cabrón!"

Me gusta ser una zorra, Las Vulpes



En estas últimas semanas he leído una serie de autobiografías, con sus correspondientes deformaciones interesadas de la realidad, de personajes "menores" de aquello que se denominó la Movida madrileña, que me han parecido harto interesantes. En realidad, ellos fueron los que dieron sustancia y sentido a lo que se coció durante esos años, aunque a  nosotros nos han llegado sólo una serie de nombres, los de los que destacaron en el faranduleo a partir del momento en que la movida pasó a convertirse en un movimiento de culto (aquí deberíamos incluir también a los fallecidos "en acto de servicio"; toda causa necesita sus mártires). 
En todos los casos se observan una serie de coincidencias en sus biografías: sexo desenfrenado, uso, y abuso, de drogas, en muchos casos provenían de familia bien, se unían las ganas de divertirse, de experimentar y la falta de miedos a la hora de emprender aventuras relacionadas con la música, el cine, la publicación de revistas, fanzines... y, una parte de ellos, conservan ciertos hábitos de comportamiento de aquellas fechas.
No pretendo reivindicar algo que no viví, y de lo que desconozco hasta que punto mereció la pena. Mi intención es reflexionar sobre cómo y cuándo acabó y por qué tenemos una imagen algo distorsionada del asunto. Una percepción interesada de la que se beneficia cierta gente, los que pervivieron de cara al público y viven muy bien de ello.
Tras la lectura de las percepciones de unos y otros, intuyo que lo divertido de lo que se llamó la Movida residía en la capacidad de improvisación y la falta de límites. Todo parecía posible (y más si se iba hasta arriba de drogas y alcohol). En ese conglomerado de gente debía haber un poco de todo: gente con talento, personas sólo con ganas de juerga (adinerados o buscavidas), tipos que se apuntan al carro de moda para medrar o como forma de promocionarse. Y es en este último apartado aparece varias veces un nombre: Pedro Almodóvar. El manchego no parece gozar del afecto de ciertas personas que coincidieron con el en aquella época. Sin embargo, su compañero de grupo en aquel tiempo, Fabio McNamara, suscita la admiración de todo el mundo, tanto por su bonhomía como por su talento. Sin embargo, el cineasta se ha convertido en santo y seña del fenómeno que nos ocupa hoy.
Me interesa la figura de Pedro Almodóvar como símbolo de una sociedad, la nuestra actual. El director representa, desde mi punto de vista, todos los vicios de una parte de la sociedad, la que se dice progresista o de izquierda, acomodada, capaz de protestar por los cosas más absurdas, sólo con el fin de hacerse oír, pero incapaz de cambiar nada.
Pienso que lo mejor para explicar lo que intento transmitir es retrotraerse a los ochenta.
Como dije, las opiniones que he encontrado sobre el autor de Átame de aquellas personas que le conocieron en sus orígenes creativos distan mucho de ser las mejores. Se habla de un tipo con ambición (lo que no resulta malo), sin excesivo talento y muy dado al autobombo (puede que su punto más fuerte). Como el lector puede haber constatado, algunos de los atributos de los vendedores de humo.
Reconozco que alguna de sus películas me gustan bastante, unas pocas. De igual manera, reconozco que hace tiempo que  no me enfrento a ninguno de sus nuevos estrenos, en concreto desde un bodrio que por título llevaba La mala educación. Pero éste no es el asunto.
Almodóvar representa a los que sobrevivieron a la Movida y representa todo lo que no fue la Movida. El de La Mancha se ha convertido en un burgués snob, apegado a ideas políticas arcaicas y hueras, con nula capacidad para crear algo diferente que, incluso, parece que tuvo dinero en empresas ficticias en paraísos fiscales. Un tipo, que intenta ser referente cultural de la izquierda y el progresismo, que sólo vende humo y enfrentamiento. Aún recuerdo cuando ZPpero ganó las elecciones y el colega cascó que el P.P. preparaba un golpe de Estado. El business, la fama y la autocomplacencia necesitan una forma de no apretar demasiado a cierta gente que creyó, o al menos lo fingió, en la justicia social. Largar de vez en cuando alguna soflama anti alguien resulta muy adecuado para lavar la conciencia, tanto la propia como de cara al exterior. Pero, en el fondo, desde un primer momento él, ellos (hay muchos así), sabían que la Movida, o cualquier otro movimiento espontáneo, marginal o que suponga una ruptura con lo anterior, sólo eran una oportunidad para construirse un futuro lejos de aquellos lares e ideales.  Se trata de gente que han utilizado la situación como herramienta de promoción, dándoles igual haber navegado en un movimiento u otro, y, lo criticable (al menos desde mi punto de vista), que intentan vendernos su carácter alternativo y su alejamiento del poder establecido. ¡Mentira! Ellos forman parte del mismo; en especial cuando lo ostentan los "suyos".
Existe una segunda cuestión que me llamó la atención en alguna de las biografías que leí: como acabó todo y en lo que derivó.
Uno de los momentos de mayor libertad creativa en este país se produjo en el período que abarca los últimos años de gobierno de la U.C.D. y los primeros del P.S.O.E. En ese interregno cultural todo parecía posible. Sin embargo, en unos pocos años Felipe González no dudó en acabar con todo aquello que se saliese de la norma, de su norma: secuestró la televisión y la radio pública, para ponerla al servicio de sus intereses, minó el asociacionismo todo lo que pudo, creó una extensa red clientelista... Obvio resulta que movimientos donde la gente hacía, y pensaba, lo que le daba la gana no encajaban con las necesidades del sevillano y sus acólitos. De esta manera, junto con el proceso lógico de desgaste, se fue acotando, y destruyendo, todo lo que representaba la Movida: improvisación, libertad, desfase (por qué no decirlo) y se intentó reconducir hacia términos aceptables.
Una de las cuestiones que aparecen en algunas de esas biografías es el hecho de que en aquella época no había problemas para que heterosexuales, homosexuales, transexuales... participasen en fiestas e historias, incluidas orgías, de manera conjunta, sin hacer distingos. Curioso, una minoría, hace más de tres décadas, había conseguido que a nadie le importase con quién follaba el uno o la otra. Resulta aún más curioso que hoy exista un movimiento, en muchos aspectos victimista, que defienda la libertad de amar y acostarse con quien se crea conveniente (reconocida desde 1978 en la Constitución) y busque hechos para justificar su cuota de poder.
El lector podrá opinar que el suscribe se ha vuelto homófobo, nada más lejos de la realidad. La libertad de las personas para hacer lo que desee en su vida me parece uno de los pilares fundamentales de su vida. Al contrario, pienso que ciertos movimientos que dicen defender a personas homosexuales resultan homófobos o heterófobos (no lo tengo claro). Piense el lector lo siguiente: a principios de la década de los ochenta una minoría aceptaba a la gente por sus cualidades, no por sus tendencias sexuales, a fecha de hoy los que dicen defender a unas minorías nos intentan imponer que hagamos actos de contrición porque cierta gente no acepta las tendencias afectivo/sexuales de otras personas. Estas asociaciones no nos piden que valoremos a los "suyos" por sus actos, sólo hemos de valorarlos, y además bien, por sus preferencias afectivo/sexuales. ¡Tremendo! Todas las personas de un colectivo deben ser medidas por el mismo rasero, el mejor, por el mero hecho de pertenecer a ese colectivo. Lo siento, no puedo evitar pensar en las directrices nacionalcatólicas. Cierto que existen agresiones de neonazis, que están perseguidas por la ley, como las que estas mismas bestias cometen contra sudamericanos, negros o personas que se equivocan de lugar a la hora de dar un paseo. Pero, como he dicho, la ley no ampara este tipo de actos, ni otros parecidos.
El lector podrá pensar que nada tiene que ver este asunto con el fin de la Movida y con lo que vino después. No estoy de acuerdo. Cuando personas como Felipe González destrozaron la izquierda, sirviéndosela en bandeja al neoliberalismo, tuvieron que crear ficciones que hiciesen creer a la gente más disconforme que existían cosas por las que luchar, siempre evitando que aquellos que detentaban el poder económico viesen afectados sus intereses. Los sucesores de Felipe González en ese partido descubrieron que apoyar ciertas causas, que a veces tenían reivindicaciones  necesarias y en otras absurdas, servía para ganar votos, dar la sensación de que se luchaba por cambiar algo y, en realidad, dejar lo sustancial como estaba. Se trataba de parcelar la realidad en colectivos, reales o artificiales, que diesen la sensación de que se luchaba por el bien de mucha gente. No se copió la idea de convivencia de la Movida, se troceó la sociedad de manera artificial, para acallarla.
Lo triste del asunto es que esas secciones artificiales se convirtieron en herramienta útil para el sistema y deben permanecer a costa de lo que sea en él (en general a costa de nuestros impuestos). Para continuar siendo una herramienta del sistema necesitan tener causas que defender, lo que les lleva a posturas integristas, nada alejadas de los que dicen combatir. Lo explicaré con un ejemplo.
Es sabido que ciertos sectores de la Iglesia (la misma que aceptaba la prostitución durante la Guerra Civil) no aceptan que se tenga hijos fuera del matrimonio. El que suscribe nunca se casó y tiene descendencia, al igual que otras muchas personas. A nadie se le ocurre atacar a la Iglesia para que piense como nosotros. Yo hago lo que me da la gana y lo que piense una parte de la sociedad, con la que no me identifico, me la trae al pairo. No necesito que cambien de idea, porque la sociedad en la que vivo me permite hacer lo que considero mejor. Sin embargo, no es infrecuente escuchar a ciertas personas y representantes de asociaciones LGTB criticar a ciertos sectores de la Iglesia y de la derecha por no pensar sobre ellos en lo referido a los matrimonios entre personas del mismo sexo. Vamos a ver, la gente puede pensar lo que quiera y opinar lo que desee sobre aspectos sociales. No todo perro quisque debe pensar lo mismo, eso se llama adoctrinamiento (eso que la Iglesia Católica ha hecho durante siglos). Lo importante es que la legislación permita ese tipo de matrimonio, no lo que piense una parte de ella. Pero, como se necesitan causas, cualquier fricción es buena.
Uno, que cada vez es más radical, piensa que si las asociaciones LGTB se preocupan tanto por sus "defendidos" deberían acabar con el estereotipo de gay, o lesbiana, cool y forrado/a y presenten la realidad. Sería mejor que hablasen de personas LGTB de todas las clases sociales, en ciertos casos pasando necesidades económicas y que se implicasen en la mejora económica social, que también afectaría a sus patrocinados. Pero mejor defender causas generales y de difícil mesura, así nadie pide responsabilidades por no mejorar.
Al final, la imagen de la Movida es Almodóvar y Alaskal , dos personajes pretenciosos que se han apoderado de un momento para seguir en la brecha.
Al final, la libertad, la ruptura con el franquismo, se disolvió en fragmentos  que buscan la confrontación, ser distintos al de enfrente y, por supuesto, implantar una moral, que haga olvidar cuáles son los verdaderos problemas. La convivencia dejó de cultivarse para dar paso a lo paralelo.
Un saludo.