AUTORRETRATO
Quizás sea por timidez
que viajo siempre a desmano,
al menos así me siento:
diferente, casi raro.
Temo a veces no encajar,
parecer un ser extraño
a quienes me rodëan,
Absurdo y estéril trabajo
que aprendí a obviar,
como a aquellos abrazos
y besos inexistentes.
Enseñar solo lo malo
como mi única faceta,
un humano enclaustrado,
asocial o marginal,
resulta ficticio, falso.
A pesar de mis temores,
y de mis autoengaños,
resulto muy divertido,
por mi discurso alocado,
deconstruyendo lo diario,
aquello que es cotidiano,
hasta la caricatura;
donde, a un solo paso,
se encuentra lo súblime
de aquello chabacano.
Sobre la palabra amor
hoy solo sigo estando,
no por falta de ocasiones,
si de algunos fracasos,
por aciertos y errores,
míos, suyos o de ambos.
El tema no me apremia,
tranquilo sigo esperando,
a quien deba, o no, llegar.
Ya ocurrió en el pasado
que alguien rompió la puerta
y me rendí sin hatajos
sin reglas y sin peajes.
Mientras, como, vivo, viajo,
escribo, cocino, sueño,
y también sin parar hablo,
sobre temas de Historia,
y de todo lo humano,
como la Literatura
que todo es un teatro,
en el que sin pretenderlo,
todos nosotros actuamos.
La escritura, el Arte
me tienen encandilado.
Poco existe tan sublime,
como crear con las manos,
personas de carne y letra,
narraciones o retablos,
recrear un sentimiento
o sustentar en un arco
a dios y su catedral,
hijos perfectos de un plano.
Me resulta hechizante
ese genio tan humano
que empapa los sentidos
a veces con un solo trazo.
Conocer nuevos lugares,
volver a los visitados,
siempre de forma distinta,
el viaje, en un vocablo,
me resulta fascinante.
Hablar allí con extraños,
sobre ellos y sus vidas
de siempre en esos pagos,
desconocidos por mí,
por estar allí de paso,
es parte de cualquier viaje
y no solo el retrato,
tan necesario ahora
que aparezca colgado
en varias redes sociales.
No soy tan mentecato,
hablar, vagabundear,
admirar el decorado,
de estos nuevos lugares.
Sus paredes y sus vanos,
los árboles y su pájaros,
me hace sentir ufano.
Viajar solo es conocer
al diablo, también al santo,
que reside en el alma
que siempre nos van mostrando
los lugares y sus gentes.
De docente yo trabajo,
treinta años me contemplan,
enseñando con apaño,
a alumnos con problemas,
en uno u otro grado.
Me atrae mi labor,
en la que como un bardo
transmito con mi palabra
el saber de los humanos,
como antes expliqué
a los más necesitados.
Detesto a los políticos
y más a los tertulianos-
Ambos bailan obedientes
siempre al son de su amo,
sin rubor de ningún tipo,
se acaban postrando
ante el gran capital,
su único reclamo.
De los hechos de octubre,
hace un siglo pasados,
soy un fiel admirador,
todavía lo ensalzo,
para todos dignidad
atrás ni un solo paso.
Ni Sabina ni el Robe,
a ninguno idolatro.
No necesito modelos,
ni mitos con pies de barro.
Admiro a Miguel Delibes,
el escritor, mi paisano.
A Don José Luis Sampedro,
referente en el pasado.
A Rodríguez de la Fuente,
ecologista temprano.
personas innovadoras,
describiendo lo humano,
y también su pertenencia,
a algo mucho más basto,
la madre naturaleza.
Por lo demás, cada rato
lo vivo intensamente,
procuro apreciarlo,
porque siento escaparse,
sin alaraca ni boato,
esto que llamamos vida,
el tesoro más preciado.
Comer, ver, amar, sentir,
antes del último paso,
es todo lo que procuro.
Y a la vez, mientras tanto,
busco no generar dolor,
en mi pasar cotidiano,
si lo consigo o no
no resulta apropiado
que uno mismo lo juzgue,
me anotaría el tanto,
y han de ser los demás,
quienes deben refutarlo.
Poco queda por contar,
voy a dar por acabados
estos versos, estos ripios,
mi real autorretrato.