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lunes, 10 de agosto de 2026

FELACIONES, PASADO, PRESENTE Y FUTURO

 Esperaba que apareciera. No la conocía en persona. Unas cuantas conversaciones mediante WhatsApp, en las que ambos dejaron claro las intenciones que de tipo sexual que tenían y poco más. 

Ella llegaba tarde y él odiaba que le robaran el tiempo de esa manera, pero había que adaptarse. Por un momento deseo que la mujer no apareciese, empezaba a odiar repetir las mismas formalidades huecas, con el único objetivo de acabar compartiendo un rato en la cama. Por primera vez sintió que un plantón constituiría una bendición. Pero apareció y puso en práctica todo aquel reperterio trillado, que buscaba sondar cuánto tiempo iba a necesitar para que los dos se desnudasen en la habitación de él o en la de ella.

En este proceso había conocido algunas mujeres interesantes, con las que le gustaría compartir más cosas que uno o varios polvos, pero nunca, casi nunca, había conseguido enamorarse. La única vez que lo hizo vivió dos años inolvidables junto a esa mujer. 

Ahora, la conversación derivaba hacia los lugares rutinarios de siempre: trabajo, hijos, soy buena amante...  Y, poco a poco, se pasaba de insinuaciones veladas sobre sexo a hablar de ello de manera abierta. En  esta conversación preparatoria, no podía faltar el tema de la felación y lo experimentada y eficiente que en tales lides era y que acabó, como otras muchas veces había escuchado, con la frase: "Nadie se ha quejado". Pues no, no todas las mujeres que lo practican lo hacen igual de bien. Pero consideró, una vez  más, que no merecía la pena detenerse a aportar su opinión al respecto. 

La conversación no se prolongó en exceso, ambos tenían ganas de practicar sexo y acabaron en la cama de la habitación de uno de ellos, da igual la de quién. Se sabe cuando la otra persona ha disfrutado, por mucho que haya mujeres que te digan que son capaces de fingir un orgasmo muy bien y que tienen la capacidad de hacerte la mejor felación de tu vida y la cosa no estuvo mal, pero él sentía que faltaba algo. Algo que iba más alla de lo puramente físico.

 Un tiempo después, ya a solas, se dio cuenta que lo ocurrido hacía un rato no ocupaba en su cabeza ni un pequeño hueco. No ocurría como antes, que, además de una muesca más en su alma de cazador, le resultaba, por lo general, gratificante pensar en lo vívido. Parecía no tener mayor importancia que la que se le concede a cambiar un par de ruedas al coche, un  acto mecánico y necesario, sin alma. Y es ahí donde se encontraba el naufragio en que vivía, en la falta de alma de una gran parte de las experiencias que buscaba o le sobrevenían.

En  ocasiones se acordaba de la último persona con la que tuvo una relación. Seguía sintiendo algo por ella, aunque no podía definirse como amor. Al menos eso creía. De hecho, una noche reciente, que él llegó a casa con bastante más alcohol en su cuerpo del deseable, la envió  un par de wassaps. Por la mañana, con una resaca considerable, se arrrepintió de su osadía, o de su imbecilidad, y los borró sin que ella los hubiese visto, en parte, estaba seguro, porque no la interesaba nada de él (creía que había tejido un cierto muro ante él por  necesidad y por higiene mental). Se felicitaban por sus cumpleaños y poco más. Hizo, se hizo, la promesa de no volver a beber tanto y, de nuevo, tras esta penitencia autoimpuesta, pensó en los buenos momentos pasados con ella. Aunque sabía que no podía servir como excusa, hacía unos días, buscando otra cosa, aparecieron unas fotos de ambos, realizadas durante un viaje, que sirvieron de catalizador para echarla de menos, desconocía si mucho o poco, pero la añoró. En ocasiones, parece que varios hechos aleatorios siguen un hilo lógico que te conduce a un lugar. O, simplemente, les damos el signficado que nos viene mejor en cada momento y los utilizamos como excusa para justificar actos como enviar dos mensajes a tu expareja.

Durante el último año la vida de él había cambiado de manera drástica. De repente, disponía de bastante tiempo libre y añoraba compartirlo con ella, quién quiera que fuese ella. Se sentía sólo y no únicamente porque la muerte le hubiese arrebatado a parte  de sus seres queridos y cuidados. Quizás siempre se sintió solo o, tal vez, únicamente se encontraba en un estadío más de su vida, en el que la palabra soledad se apoderaba de su mirada. Un estadío, provisional, como todos los estadíos, agravado por el horrible calor estival, que se adueñaba del aire, del sueño y de los besos que nunca se dieron e hibernan en los labios ajenos. 

Por otro lado, se había dado cuenta de la gran relación que mantenía en su vida, y que siempre mantendría, además de comenzar a vivir por su cuenta, sufría una transformación, que hacía complicado lo que hasta el momento había resultado natural. Él creía que ambos estaban mudando su perspectiva de la vida, lo que incluía también la relación entre ambos, pero, intuía, que por muchas alteraciones que sufriesen las formas de comunicarse y estar, existía un vínculo indeleble, forjado en los peores momentos,en los que él siempre estuvo, tomando incluso decisiones que nadie se atrevía a tomar.

Pensaba que envejecer tiene ese tipo de cosas: nuevos roles que desempeñar por ti y por los demás, mirar a la muerte a los ojos, la soledad y el cansacio que, en ocasiones, genera la propia vida. Pero también traía una visión distinta, a veces muy positiva, de lo que se debe hacer: comer bien, viajar, hablar, ver la puesta de sol, experimentar, a veces hasta la extenuación física, olvidarse de los miedos...

Todo esto le llevó a pensar que no merecía la pena buscar nuevos cuerpos; y, por supuesto, tampoco  contar, cuando alguna de las dueñas de esos cuerpos quería más que el puro placer, que él no estaba enamorado de ella, lo cual era verdad, y que no podía ofrecer  todo lo que ella pedía. Debía sentar cabeza, dedicarse a buscar esa persona que añoraba y que desconocía si existía.

Pensando esto se quedó dormido, tal vez reconfortado por la sensación de que encaminaba sus pasos hacia la meta adecuada. 

La vez que se despertó, en torno a las cinco de la madrugada, para dar tregua a su vejiga, solo pensaba en volver a su cama y seguir durmiendo. La solución encontrada o el resto de reflexiones se diluían en el sueño aún por apurar y vencer.

Además de la próstata, la edad afecta al sueño y madrugar se había convertido en una rutina. La última vez que se despertó tarde, casi a las once de la mañana, ocurrió cuando el cuerpo desnudo, de la que luego sería exclusivamente una buena amiga, se encontraba en el otro lado de la cama, al alcance de su brazo. Se despertó al poco de traspasar el reloj las siete de la mañana. Como de costumbre, no se levantó, se quedo haraganeando en la cama y volvió a pensar en las decisiones tomada anoche, que siguieron pareciéndole acertadas.

Tras escuchar la vibración que  produce su móvil cuando recibe un mensaje, se dispuso a desbloqueárlo y ver quién se acuerda de él a tan temprana hora y para qué. Laura, le daba los buenos días. No dudo en responderla con un buenos días inicial en el primer mensaje. El segundo, continuación del saludo mantinal, hablaba sobre la idoneidad de conocerse en persona. El tercero, y último, constituía una invitación a pasar un fin de semana juntos. Un fin de semana de relax, buenos restaurantes, un buen hotel y lo que vaya surgiendo en la habitación con una botella de cava.

Tras escribir el mensaje pensó que tampoco se encontraba enamorada de ella y dudó sobre la conveniencia de borrar los tres mensajes, que ella aún no había leído. Tras breves segundos llegó a la conslusión que, por el momento, este tipo de cosas era todo lo que tenía para transitar por este mundo. Es más, por fin se confesó algo que siempre había temido: poseía la certeza absoluta, o casi, de que no iba a cruzarse con nadie a quien amar y que le amase y había asumido que moriría, pero, mientras, seguiría hablando de felaciones y explicando que no amaba a nuevas mujeres.

miércoles, 18 de septiembre de 2024

LA CABINA

Rememoró la escena de La cabina en la que José Luis López Vázquez pide ayuda cuando le trasladan  en un camión dentro de la cabina de teléfonos en la que él está atrapado. Como respuesta a su angustiosa situación los transeúntes responden saludándole y jaleándole, generando una escena kafkiana en la que se mezclaba lo trágico con lo costumbrista. Sin embargo, él distaba mucho de ser el personaje que encarnaba el magnífico actor madrileño.
Cualquiera que le conociese afirmaría que nuestro hombre sólo tiene en común con el protagonista del mediometraje de Mercero un bigote, más acorde a la moda de tiempos pretéritos, algunos dirían que pertenece a una época en blanco y negro, que con las actuales tendencias estéticas. No existen más coincidencias. Sobra decir que nada tiene que ver su existencia con el hilo argumental de la genial obra. Su mundo no se encontraba constreñido al limitado espacio contenido entre unos cristales y una estructura metálica, que conforman un prisma en el que apenas se puede dar un paso; ni, por el momento, a ningún otro lugar acotado por muros, vallas o cualquier otro medio concebido para limitar la movilidad de persona alguna. Sus límites hasta ese momento siempre se han construido en función de sus propios prejuicios, tal vez aprendidos, tal vez generados sin necesidad de ningún aporte externo.
Nació en una familia bien de provincias, siendo el segundo de cuatro hermanos. Recibió una esmerada educación en los Maristas, donde coincidió con buena parte de los hijos de las familias importantes de la capital castellana en la que vivía. En realidad, desconocía si había recibido una buena educación, aunque él siempre había sido un buen estudiante, pero si poseía la certeza de que los contactos que hizo durante esos años de colegio e instituto, de una u otra forma, conformaron una red que le sirvió tanto para recibir favores, que se debían devolver si hubiera ocasión y necesidad, como de darlos, esperando recibir una compensación similar si precisase de ellos.  Todo ello bajo un corsé de apariencias, en las que la sobriedad en palabras y gestos, constituían un sello distintivo que, en cierta manera, servía para justificar ese estatus superior a la media de los habitantes de aquella localidad, capital de provincia, en la que el clasismo suponía algo tan consustancial a sus habitantes como el uso de gruesos abrigos para combatir el frío gélido del invierno.
No tuvo necesidad de abandonar la casa paterna para cursar los estudios universitarios de Economía, superados sin grandes dificultades, que le servirían para ponerse al frente de la empresa familiar, cuando su padre decidiese jubilarse. Aunque el marido de su hermana mayor, tuviese un cargo en la directiva de la compañía el peso de la misma siempre ha de recaer en un Martín de Buruaga,  primer apellido paterno, que llevaba cinco generaciones gestionando los intereses de la corporación familiar. 
Con veintiséis años se casó con Blanca Gutiérrez de Bocos, perteneciente a una familia de la burguesía de su misma ciudad, que. Familia que, como la suya, parecía haber fijado para su hija unos carriles sobre los que discurriría su vida, vinculado todo en torno a unos apellidos, que vertebraban aquello que de casa para afuera ocurría. Cuando se cerraba la puerta del hogar, u otras puertas de otros hogares, no existía esa necesidad de subrayar la pertenencia a una determinada familia y a una clase social que se otorgaba el derecho de representar y copar las diversas instituciones de la ciudad.
Germán, recibió muchas felicitaciones, no sólo por su enlace, sino también por la atractiva mujer con la que iba a compartir sus días, pero, para él, ese aspecto carecía de transcendencia. En realidad su verdadera preocupación era como iba a resultar la convivencia entre ambos, pues las uniones como la suya venían con el marchamo: para toda la vida. 
Todo discurrió por un camino, si no plácido, sí llevadero. Lo único que parecía no cumplir con todo lo previsto por los familias de los esposos resultaba lo más trascendentes para ellos: la descendencia. Parecía que Germán y Blanca no podían o no querían tener hijos, herederos. En las frecuentes reuniones familiares bien los abuelos, bien los padres, o ambos, se encargaban de recordar a la pareja, a veces de manera individual y otras de forma conjunta, lo importante que resultaba tener sucesores para las familias. Ni tan siquiera se molestaban en revestirlo con la necesidad que tienen los abuelos de disfrutar tiempo con los nietos para poner en práctica el macabro plan que no pudieron desarrollar con sus hijos: malcriarlos, dándoles todos los caprichos, defendiéndolos de las regañinas de sus padres y cualquier otra cosa que sus hijos ni imaginaban que podían hacer sus padres.
En algún momento indeterminado y difuso en la memoria, todo cobró un nuevo rumbo, como si la senda marcada desde el nacimiento para ambos se desvaneciera de manera lenta, pero irreversible. De manera progresiva las familias de ambos dejaron de preguntar o interesarse por la posible maternidad de ella, ocupando ese lugar los diversos nietos y bisnietos que iban apareciendo en la familia, fruto de las uniones de los hermanos de Germán y Blanca, con sus respectivas parejas. 
Llegado un momento, a los doce o trece años de matrimonio, a nadie pareció importarle el asunto, incluidos a los miembros del matrimonio, y estos pusieron todo su empeño en desarrollar su vida de la manera más plena posible. 
Germán tuvo alguna pareja ocasional, nada "serio" decía él a las personas que compartían su lecho, hasta que encontró a Fernando, de quien se enamoró como un adolescente, teniendo la suerte de ser correspondido. 
Blanca también también tuvo alguna relación ocasional, "hay que conseguir fuera lo que no se encuentra en casa" se decía, a las que añadía dos relaciones más largas. La primera duró cerca de un año y concluyó como lo hacen todas las relaciones, por el desgaste que produce aquello que no lleva a ninguna parte. La segunda, la actual, con Fernando, casualmente también se llamaba como la pareja de Sergio,ya había duplicado ese período de tiempo y parecía poseer todos los mimbres para seguir durante mucho tiempo. 
Ambos sabían de la existencia de los amantes de sus respectivas parejas, no por ellos, que habían pactado sin necesidad de palabras omitir todo aquello que ocurriese fuera del matrimonio, si no por el impulso que sentía cierta gente de su entorno, que solo pretendía sacar a sus amigos de la ignorancia. Aunque también podría hacerlo por la experiencia que produce proporcionar noticias desagradables, que pueden transmitir mucho dolor y sufrimiento; eso sí, siempre en nombre de la amistad. A veces resulta complicado discernir dónde comienza lo altruista y dónde lo mezquino.
Tras este primer paso de libertad consentida por ambos, algo volvió a moverse en esta ocasión hacia un abismo impensable.
Un domingo, tras la semanal comida familiar en casa de los padres de Blanca, ésta le propuso a Germán separarse de manera formal. En palabras de ella: "Poner negro sobre blanco lo que lleva tiempo ocurriendo en nuestro relación", porque "Quiero disfrutar de mi relación con Fernando mañana, tarde y noche". "Tú eres gay y tienes pareja, como yo. ¿Por qué no damos el paso y vivimos plenamente nuestras historias de amor o de lo que sea? Seamos felices", argumentó.
Él se sintió como Prometeo. Tras proporcionar el fuego de la tradición a la familia de ambos, ella le arrancaba el hígado, aunque aún desconocía si lo haría un día tras otros como ocurría en el mito.
Germán, tras el shock inicial, descartó esa posibilidad. No podía plantearse siquiera la opción de hacer pública su homosexualidad. "¿Te imaginas a un alcalde, a un maestro de los de toda la vida o a un empresario procedente de una familia bien reconociendo su homosexualidad en una capital de provincias como ésta? Imposible". 
Aunque él solo hubiese presentado una posibilidad, era plenamente consciente de que la respuesta podía contener dos variables posibles: en realidad sí importaba mantener las apariencias por su posición social o, también probable, el miedo que sentía ante la posibilidad de que en su círculo de relaciones se le señalase por su homosexualidad. O, lo más probable, podía existir una mezcla de ambas, no necesariamente repartidas de manera equitativa.
Ante la falta de respuesta a este argumento los dos permanecieron en silencio durante el resto de trayecto hasta casa y durante todo lo que restó de día.
Unos días después Blanca volvió a abordar el asunto en términos similares, logrando una nueva respuesta negativa de él. Obteniendo una respuesta idéntica las otras tres veces que ella le propuso el asunto durante el siguiente mes. 
Pasaron dos meses sin que ella le volviese a proponer, "por última vez", según sus palabras, una separación amistosa. "Yo no quiero nada", dijo. Por sexta vez él se mostró contrario a ningún tipo de arreglo, que implicase la disolución de su matrimonio. 
Unos días después, tras pasar la noche en un calabozo de la comisaría de Policía, se encontraba esperando sentencia. 
Todo resultaba kafkiano. Él, homosexual,  acababa de salir de la sala del juzgado, donde el abogado de su mujer y el fiscal habían pedido una orden de alejamiento de 50 metros y seis meses, junto con un pena de tres meses de trabajos a la comunidad, por haber vejado e injuriado a su pareja. Pena que estaba seguro le iban a imponer, porque la actual pareja de ella había corroborado que durante la última semana había sido testigo de como en dos ocasiones Germán se dirigía de manera inapropiada a Blanca, Lo más terrible de todo, es que él no podría destruir sus argumentos, pues en esos dos espacios temporales él si se encontraba con Fernando, pero con su amante, en un apartamento, que había adquirido hacía unos años, en un barrio de reciente creación, en el que habitaba su pareja extraoficial, pero real. Por nada del mundo quería hacer pública su homosexualidad. Prefería sufrir las consecuencias de una ley diseñada para perseguir la violencia de los hombres sobre la mujeres a hacer públicas sus preferencias sexuales. 
Ahora sí, no pudo evitar sentirse dentro de la cabina, aunque desconocía si se debía a la argucia utilizada por su futura exmujer, que le proporcionaría un lastre social difícil del que deshacerse, o a los usos y costumbres adquiridos en su entorno, que él  había perpetuado, dejándole indefenso ante esta falsa situación. 


jueves, 11 de julio de 2024

EL CAMINO DE LOS LABIOS

Existen mujeres que no se dejan besar. Mujeres, que a pesar de encontrarse desnudas a tu lado, rechazan el contacto lento y exploratorio de los labios. Y eso acaba siendo, en cierta medida, perturbador. 

Este hecho puede definirse como una cuestión fallida de principios. O como la ausencia de interés por  descubrir las posibilidades de placer en cada fragmento del cuerpo propio. Quizá también constituya un reflejo de la imposibilidad de detenerse el tiempo necesario en el inicio del camino, antes de dejarse atrapar en la vorágine del deseo puro. Aunque también se podría deber al más puro desconocimiento de las posibilidades que los labios, la lengua o un pequeño y retenido mordisco puede generar como camino iniciático para alcanzar algo más simple y complejo, donde se contiene la mera supervivencia y uno de los actos de comunicación más complejo que se puede llegar a producir.

De igual manera, existen mujeres que desconocen cuándo contemplar la Luna Llena o la importancia de un atardecer para crear estructuras casi inquebrantables en la telaraña ligera y firme de la complicidad. También deben existir hombres con semejantes características, pero ese dato resulta inútil para completar este relato y debe ser cada cual quién juzgue aquello que encuentra frente a sí mismo y la necesidad de sumergirse de pleno en ello o huir como alma que lleva el Diablo. 

Puede que la clave de aquello que buscaba se encuentre en esos besos virginales permitidos, tan desconocidos como imprescindibles según la ley que había creado en su código legal, tan personal como necesario. Sabía que una mujer que se permitiese, y le permitiese, el tiempo necesario para besarla, tendría ganado algo más que todo la experiencia amatoria que poseía. 

Pero, tal vez, en este momento no se trata de alcanzar nuevos lugares en los que depositar esos besos que anuncian en la piel lo que acontecerá. No se trata de ello porque el lugar más importante en esa escala de prioridades reside en unos labios carnosos conocidos y deseados que, de manera muy probable, él alejo de manera equivocada de su lado. Llevaba un tiempo pergeñando como recomponer ese estúpido error, doloroso para ambos. Él había fallado y sólo él  debía intentar recomponer ese despropósito.  

Marcó su número y toda la angustia del universo se refugió en su abdomen, contraído por el peso de las palabras que habían de seguir a su petición. Sintió como la esperanza y el miedo al fracaso formaban un todo, que lo empujaban y lo retenían de manera simultánea, mientras su boca reseca y sus sentidos se concentraban en los tres tonos de llamada que fueron interrumpidos por la voz de ella. Entonces, antes de responder, lo supo: su camino acababa en aquellos labios.


martes, 16 de mayo de 2023

EN UN PÁRRAFO

 "A diferencia del cazador, que encuentra placer tanto en abatir a la presa como en mostrarla, él sentía que lo importante radicaba en el proceso que conducía a que la mujer que deseaba, su presa en sentido figurado, expresara su deseo de estar con él. Después, una vez conseguido este objetivo, la relación solía perder interés, el instinto de cazador se veía saciado, excepto en los extraños casos en que  sentía un interés que trascendía a lo meramente carnal".

Había leído este párrafo del libro Inquietudes de Juan Morín infinidad de veces y, por fin, las dos últimas líneas cobraban sentido para él. Había encontrado a alguien, Sonia, que transcendía más allá de lo carnal. Para él no suponía mayor problema el estado civil de ella: casada...al menos en un primer momento, pero todo cambió cuando sintió que en su interior  había anidado algo más que la mera pulsión de conseguir que ese cuerpo yaciese con él. 

Llegado este momento tenía plena consciencia de que la situación resultaba compleja. El matrimonio de ella se encuadraba dentro de las uniones de conveniencia, una especie de unión simbiótica de carácter social. Él, Luis Miguel, a ojos de su entorno, ocultaba su homosexualidad , o al menos lo intentaba. Ella, además de conseguir una cantidad de dinero que añadir a su salario, poseía cierta libertad para desarrollar su vida de la manera que considerase más adecuada, siempre que mantuviese un cierto decoro y "no diese de qué hablar", como le había repetido en muchas ocasiones Luismi.

Sin embargo, tanto Sonia como él, Andrés, comenzaban a sentir que el marido de ella resultaba innecesario, y hasta molesto, en esa relación que había nacido como una aventura fruto del deseo de ambos y que había caminado hacia algo más complejo, forjado a base de sentimientos y necesidades diversas por cubrir. Pero aquella rendija en la relación que les llevo a conocerse, a explorarse y a enamorarse también contenía el veneno de la dificultad para obrar con libertad, pues el divorcio el divorcio no entraba en los planes del miembro de ese terceto que no participaba en dicha relación, que no mostraba predisposición alguna a romper ese vínculo artificial con su esposa. No sólo eso, un contrato firmado antes de la boda obligaba a que, de existir una futura separación, debía ser de mutuo acuerdo y, de no existir esa comunión de intereses, si una de las dos partes siguiese adelante con la disolución de la pareja debería indemnizar al otro con una cuantiosa cantidad de dinero. Cantidad de la que ella no disponía ni, muy probablemente, podría disponer en un futuro próximo.

Poco tiempo después surgió la idea, como surge la necesidad de beber agua cuando la sed llega al extremo de acartonar los labios, de una  manera natural, necesaria y urgente. La solución pudo germinar en la cabeza de Sonia, o en la de Andrés, no importaba, ambos la hicieron suya de manera automática y dedicaron un esfuerzo conjunto a llevar a buen puerto su plan, aspecto que aún afianzó más su relación, como ocurre siempre que se planea conjuntamente crear algo nuevo o como sucede cuando se acomete una empresa delictiva, en la que el silencio resulta tan virtuoso como el éxito de la misma.

A pesar de su inexperiencia en estas lides contaban con una gran ventaja: ella, debido a su trabajo, enfermera, poseía los conocimientos necesarios para que la ejecución de su proyecto fuese un éxito. Conseguir un potente analgésico no supuso problema alguno. Acceder a la ricina, procurando no dejar pista alguna sobre su adquisición, requirió un mayor tiempo, pues hubo que sortear varios obstáculos, algunos de ellos imprevistos, pero el proceso de indagación y obtención de la misma, acabo resultando más fácil para ella que para un profano en asuntos relacionados con la Medicina.

Una vez todo preparado, Sonia intentó, por última vez, resolver la situación con su marido mediante el diálogo; llegando a ofrecerle una compensación económica que, a pesar de suponer casi todo lo que poseía, resultaba  muy inferior a lo que estipulada  el contrato. Sin embargo, Luis Miguel rechazó tanto el dinero como las súplicas de Sonia para finalizar formalmente su relación. Se mostró inflexible, remitiéndose al convenio que ambos firmaron de forma voluntaria en su momento. Ella aguantó las lágrimas, y la rabia, lo mejor que supo y pudo, para no mostrarse vulnerable ante el hombre imperturbable que se encontraba enfrente. Ese hombre que, sin ser consciente de ella, había firmado con su intransigencia, en este caso de manera involuntaria, el fin de sus días.  

Tardaron un par de semanas en ultimar los detalles. Billetes de ferry, cerrar los vuelos, papeles falsos para ella, alojamiento en su lugar de destino, realizar transferencias de la cuenta conjunta del matrimonio a una donde Sonia figuraba como única titular, extraer dinero del cajero todos los días, hasta conseguir una cantidad en metálico que no superase el  límite para viajar, pero que les asegurase poder vivir durante un tiempo largo con holgura, mientras encontraban una forma de sustento. Poseían la certeza de que un ingeniero con contrastada experiencia y una enfermera con un amplio historial y una formación actualizada no habrían de tener dificultad para encontrar un trabajo adecuado a sus capacidades en su destino, Guinea Ecuatorial, carente de personal formado en muchas especialidades.

Conseguir el sedante y la toxina, así como su utilización,  constituía la parte inicial del plan. La huida de ambos a un país sin tratado de extradición, como era el lugar africano en el que pensaban recalar, representaba la culminación de  la meta que perseguían: vivir juntos sin necesidad de ocultarse ni de mantener distancias físicas y temporales para responder a convencionalismos y contratos ajenos a su vínculo voluntario. 

Dejar su forma de vida atrás constituía una medida preventiva. Resultaba harto improbable que en la autopsia detectasen restos del tóxico que ella utilizaría. Cuando encontrasen el cadáver, dos o tres días después de su muerte, lo más probable es que hubiese desaparecido del organismo del muerto cualquier rastro del mismo, pero,  para evitar complicaciones que acabasen en una condena penal, huir suponía una salvaguarda ante este hecho improbable, pero no  imposible. 

El cinco de mayo supuso el inicio de la nueva vida de Sonia y de Andrés y el final de la de Luis Miguel. Sorprendentemente, todo resultó muy sencillo. A las 00,30, hora local de Marruecos, desembarcaron en Tánger. Continuaron viaje a Rabat desde donde embarcaron dirección Malabo. 

 Tras aterrizar en el aeropuerto de Santa Isabel de la capital guineana, recoger sus equipajes y traspasar si novedad el control de aduanas ambos sonrieron y se fundieron en un abrazo que selló para siempre el lugar donde habitaban  todos los miedos e incertidumbres que les habían acompañado durante los últimos días. Como ocurre en estas situaciones, cuando llegaron a su alojamiento ambos sintieron como el cansancio se apoderaba de sus cuerpos. La adrenalina había cumplido su función y la actividad y el esfuerzo, sobre todo mental, que habían desarrollado durante estos últimos días se hacían notar. Ya no había planes que ejecutar, horarios que cumplir y miedos a fracasar. Había llegado el momento de dejarse llevar y de pintar de amaneceres ese proyecto vital de convivencia por el que habían llevado a cabo todo aquello, que meses antes resultaba inimaginable para ambos.

No tardaron en encontrar trabajo. Sonia en una ONG, que necesitaba profesionales estables en su organización para dar continuidad a su proyecto sanitario. Andrés en un ministerio, que precisaba de ingenieros para llevar a cabo las obras públicas que el dinero del petróleo financiaba. Pronto se dio cuenta de que parte de su trabajo consistía en hacer proyectos sobre papel, atribuyendo unos precios desorbitados a cualquier apartado del proyecto, a beneficio de todo aquellos que medraban en despachos, concesionarias de obras y demás personal con algún poder sobre la ejecución de la obra. Él no se inmiscuyó en ello. Su principal interés residía en conservar aquello que le hizo llegar a ese país y lo demás sólo suponía un medio para ello. 

Por contra, Sonia si se mostraba crítica con el régimen dictatorial del país. Tal vez debido a que su experiencia laboral le llevaba a convivir con los más desfavorecidos, o con algunos de ellos, pues la pobreza en el país constituía una seña de identidad, o, quizás, debido a que su personalidad la empujaba a criticar las injusticias sociales y los abusos del poder. 

A Andrés no le importaba mucho la etiología de esa pulsión justiciera que parecía haberse instalado en ella. Lo único que le preocupaba era la energía y el tiempo que comenzaba a dedicar a dicha causa. Aspectos que, de manera progresiva, generaba una distancia entre ellos. Una brecha al principio inapreciable, pero que cobraba forma poco a poco, que les arrastraba a mundos paralelos. Él sentía que las campañas, el activismo de su pareja había sustituido a las confidencias, a los atardeceres llenos de miradas cómplices y a los abrazos que abrían la puerta al sexo y que, de igual manera, cerraban esa misma puerta, una vez satisfecha esa necesidad de sentir al otro lo más cerca posible.

Sin embargo, había algo que a él le fascinaba del comportamiento de Sonia. Le maravillaba que una mujer que mostró una gran frialdad para asesinar a un hombre al que le unía una relación íntima, a pesar de que esa persona impidiese su felicidad, unos meses después fuese capaz de posicionarse al lado de los más desfavorecidos contra un poder despótico y cruel, arriesgando su libertad o algo más. En un principio se sintió desconcertado, pero no tardó en darse cuenta de que ambas cuestiones respondían a un  mismo principio: actuar ante la injusticia, bien se cometa con ella o bien recaiga sobre los demás, aunque sean personas con las que, a priori, no tenga ningún vínculo especial.  

Andrés barajó durante, aproximadamente, un par de semanas lo que implicaba el alineamiento social de Sonia con respecto a la relación de ambos. Del mismo lugar que surgió la idea que acabó con ellos en África nació la propuesta que él hizo a  su pareja: adquirir de manera conjunta una casa más grande y, sobe todo, con vistas al mar, como ella tanto deseaba. Recordaba que en una de sus primeras conversaciones Sonia había manifestado que despertarse todos los días viendo el mar constituía su mayor anhelo. Tras la salida de Madrid todo había discurrido de manera muy satisfactoria, en especial en lo económico, y, entre ambos, no tendrían problema alguno en reunir el dinero suficiente para que el sonido del del Océano Atlántico llenase las esquinas de su futuro hogar.

Como era de esperar, la respuesta a la propuesta fue afirmativa y, para sorpresa de la mujer, él la invitó a acompañarle a una casa en venta que, según creía, reunía todos los requisitos que ellos necesitaban. Cuando, al día siguiente, ambos salieron por la puerta ambos estaban de acuerdo ese lugar que acababan de abandonar sería su nueva residencia. Negociar el precio final, debido a los contactos de él en el Ministerio, resultó mucho más sencillo que en España, para sorpresa de ambos. Los siguientes pasos: anunciar a su casero que abandonarían su antigua casa, crear una cuenta conjunta donde depositarían el dinero del pago, gestionar todo los documentos para la adquisición de la nueva casa, concertar citas con los encargados de supervisar la venta...corrieron a cargo de él. El trabajo de él le proporcionaba un entorno que le facilitaba todo este proceso y Sonia no dudó en dejar todo en manos de su eficaz pareja, que parecía haber desarrollado una vitalidad y entrega perdida hace tiempo. 

Andrés se encontraba lejos cuando la Policía irrumpió en su casa, el mismo día que habían prefijado para zanjar la adquisición de la casa. En ese mismo momento o, tal vez, un poco antes o después acababa de colgar el teléfono para confirmar, por segunda vez, lo que ya sabía: la Policía de España no le incluía entre los sospechosos del asesinato de Luis Miguel. Solo Sonia estaba incluida en esa lista. Su abogado en Madrid, con el que había mantenido contacto durante este último mes, lo volvió a asegurar y él ya no tuvo duda alguna. Encendió el ordenador portátil y se conecto a la red wifi del aeropuerto. Cuando desbloqueó el aparato con su clave accedió a la aplicación de un banco y realizó la transferencia del total de la cuenta conjunta a una de la que él era el único titular. Después borró el archivo Confidencia de la carpeta Asuntos, ya no resultaba necesario, pues, tras imprimirlo, lo había enviado a la Comisaría Central de Malabo. El archivo Confidencia constituía un relato pormenorizado de las actividades que una enfermera de una ONG realizaba para ayudar a los más desfavorecidos. Actividades que suponían en determinados casos actuaciones perseguidas por el régimen del dictador guineano.

Apagó la computadora y abrió un libro que sacó del bolso de viaje que llevaba con él. La página elegida se encontraba señalada por un marcapáginas y en espera de escuchar la llamada que le indicase que debía embarcar en el vuelo con destino a Madrid, leyó:

  "A diferencia del cazador, que encuentra placer tanto en abatir a la presa como en mostrarla, él sentía que lo importante radicaba en el proceso que conducía a que la mujer que deseaba, su presa en sentido figurado, expresara su deseo de estar con él. Después, una vez conseguido este objetivo, la relación solía perder interés, el instinto de cazador se veía saciado, excepto en los extraños casos en que  sentía un interés que trascendía a lo meramente carnal".

Y entonces comprendió que Sonia y él tenían algo en común: la fidelidad a sus principios. Ella lo había apostado todo, y había perdido, para conseguir justicia. Él, en cambio había sido fiel a sus principios y, como ella, no había dudado en saltarse cualquier norma para conseguir a quién deseaba, pero, como decía el texto de Juan Morín, una vez conseguido lo que pretendía de una mujer ésta, más tarde o más temprano, perdía todo su interés y necesitaba encontrar otro reto, otra mujer a la que ganarse, para continuar sintiéndose vivo. 

domingo, 4 de diciembre de 2022

¡BUENOS DÍAS!

Esa mañana de domingo amaneció junto a ella en la cama. Se detuvo a contemplarla mientras dormía. A pesar de que sus preciosos ojos permanecían ocultos, él disfrutaba mirando su hermoso rostro plácido, que en nada se asemejaba al que unas horas atrás dibujaba en sus facciones una mezcla primigenia de amor y deseo en porcentaje fluctuante, en función de una hermética fórmula que nadie había sido capaz de desentrañar, ni, por otra parte, a nadie debiera interesarle hacerlo, por la inutilidad de tal hecho.

Y allí, en la penumbra de su habitación, embelesado por ese pequeño y hermoso rostro que no se cansaba de ver, comprendió que hasta hace bien poco no hacía el amor, practicaba sexo, ocasionalmente,  y volvió a recordar la diferencia entre hacer el amor y tener sexo. En realidad, según él, solo se trataba de un matiz. Un matiz tan necesario, y tan inmenso, como estar vivo o estar muerto; como desnudarse externamente o internamente; como sentir solo placer o a la otra persona dentro de uno mismo mientras se entra en ella.

Escuchó su propio corazón en ese silencio solo roto por la respiración de ella y sintió que esa mezcla de sonidos rítmicos esenciales, componían una melodía básica en la que se fundamenta todo lo que vivía en ese momento. La respiración de ella y el latido del corazón de él. En resumen: la vida de la persona que amaba. 

Por un momento pensó en esa imagen que podía transmitir a quienes no le conocían y lo diferente que en realidad podía llegar a ser. Quienes se habían tomado la molestia de saber cómo concebía y sentía el mundo le definían como un tipo con un sentido del humor ágil y, en ocasiones, irreverente, que escondía a una persona sensible, en ocasiones extremadamente sensible. Tal vez, solo tal vez, de ahí que el sentido del humor se hubiese convertido en su tarjeta de presentación. Mostrar sensibilidad solo debe hacerse con las personas y en los contextos apropiados. Poseía la certeza de que el mundo podía seguir girando con una pequeña dosis de sensibilidad institucionalizada (el día de..., un hecho luctuoso repetido hasta la saciedad en los medios...) y él no quería cambiar esos esquemas de funcionamiento. Solo quería mostrarse como era a quienes consideraba que podía hacerlo.

Un ligero movimiento de ella le hizo olvidar todo y volvió a concentrarse en su rostro y en el bulto, su cuerpo, que se perfilaba bajo el edredón. ¡Cuántas veces había deseado ese cuerpo! ¡Cuántas veces se había quedado con ganas de decirle lo que sentía! Hasta que un día decidió quemar sus naves y, de una manera torpe, como corresponde a la persona tímida que era, se lo expuso. En estas situaciones siempre le ocurría lo mismo: la sensación de alivio tras hacer participe a la otra persona de lo que le corroía por dentro se adueñaba de él. Hasta los sonidos del exterior se amortiguaban para sentirse imbuido de esa paz, que precedía a la inmediata respuesta que modificaría esa sensación, para bien o para mal. 

¡La deseaba tanto! ¡La amaba! Necesitaba hacer el amor con ella en cuanto se despertase. Necesitaba repetirle, una y otra vez, que la amaba mientras se sentía dentro de ella; mientras la recorría de manera lenta; mientras le recibía con la necesidad tranquila y compulsiva de quien espera fundirse en el espacio, en el tiempo, en una respiración, con aquel con el que ha construido un universo sin puertas ni ventanas, solo con la energía gravitacional de lo recién construido en torno a dos cuerpos, a dos pasiones, a dos personas deseándose infinitamente en los limites sustanciales de sus cuerpos y de su tiempo. 

Sentía la necesidad de que despertarse; de que abriese sus preciosos ojos; de sentirla por completo junto a él, de ella, pero poseía la certeza de que observarla así, a su lado, constituía una experiencia magnífica, que hace no mucho tiempo resultaba impensable. Se sentía afortunado de poder observarla con el detenimiento que proporciona la seguridad de que ella se encontraba junto a él. Con la seguridad de que había renunciado a muchas cosas para poder compartir ese lecho con a él. 

Un silencio inespecífico se apoderó del momento tras las frases en las que él exponía sus sentimientos hacia ella. La terraza en la que se encontraban parecía sellada al mundo exterior en espera de una respuesta, de una solución al ese acto teatral real, que aún no tenía un género asignado, ¿comedia o tragedia?. "Me gusta mucho lo que me has dicho, pero no puedo. Lo siento". Y el mundo explotó en mil pedazos, que él estaba dispuesto a recoger con prontitud. En el fondo esperaba escuchar algo similar. Creía conocerla y en su mente anticipó, tiempo atrás, que optaría por la opción más fácil: seguir como hasta ahora. Sin embargo, él se enfrentaba a un gran reto: descubrir si sus sentimientos eran recíprocos. El asunto radicaba en saber si sus palabras se correspondían con la realidad o con la lucha entre sus sentimientos y su situación personal, sus obligaciones y su férrea moral uncida por el sentimiento de lealtad hacia los suyos, anteponiéndolo a sus propios sentimientos y necesidades. 

 Sintió la necesidad de darle un beso en la frente. Un beso lento, casi una caricia, que no la despertarse. El calor de su cuerpo casi inmóvil impregnaba todo, el cuerpo de ella, el de él, la penumbra, la espera hasta que despertase, la razón, el deseo. En ese momento sintió la impresión de ese calor atravesando su piel y ya no la miraba con los ojos, solo la percibía a través de lo que ella irradiaba y sentía que la amaba aún más, como cuando se descubre la felicidad tras la desgracia o unos ojos nuevos que te hacen enfebrecer solo con mirarte. Y volvió a depositar con suavidad sus labios en su frente, para intentar transmitir sin palabras todo aquello que en ese momento sentía.

En ese instante ella abrió sus ojos y sonrió, pero los volvió a cerrar. Él no pudo evitar recordar ese momento en el que ante la negativa de ella respondió diciéndola: "Sé que yo también te gusto. No sé cuanto ni como, pero te sientes atraído por mí". Se la jugó, tal vez de farol, pero era lo que correspondía en ese momento. "¡Qué más da! No puedo, tengo obligaciones. Aunque quisiera...". Había ganado la partida y ambos lo sabían. El sentimiento resultaba mutuo. Aunque aún desconocía como hacerlo, todo consistía en envolverla en el amor que él sentía por ella. En ilusionarla. En hacerla sentir especial. En contarla, de mil formas diferentes, lo que sentía por ella. 

De nuevo ella volvió a abrir los ojos, a sonreír y mirándole dijo: ¡Buenos días!. Él respondió: ¡Buenos días! ¡Te amo! Se acerco a ella. La besó en los labios despacio, a modo de preludio al nuevo día, para luego besarse con la necesidad de escucharse en el otro, de generar un inicio para poseerse y entonces ella comprendió que había tomado la decisión correcta cuando se dejo llevar por sus sentimientos.

viernes, 7 de octubre de 2022

EL MOMENTO ADECUADO

 A pesar de su edad hasta ese momento no había comprendido que en lo relacionado con el amor y con las relaciones asociadas el dolor podía constituir un elemento tan importante y común como el placer o el bienestar que este genera. La convivencia, el final de la misma. La unión, la separación. La compañía, la soledad. El deseo de estar solo, el sentimiento de soledad. El conformismo, el inicio de una nueva búsqueda... El anverso y el reverso.  Disfrutar y sufrir.

Él, Manuel, ahora se encontraba en algún lugar del reverso, ya conocido con anterioridad, pero con unos matices distintos a lo vivido hasta entonces. Con absoluta certeza esta mutación se debía a dos cuestiones: un cansancio indefinible, cimentado en una acumulación, tampoco excesiva, de fracasos y el escepticismo que empezaba a adueñarse de él sobre su propia capacidad para convivir con alguien. Esta forma de afrontar esta etapa lo encaminaba a seguir el sendero de la prudencia, de la frialdad racional antes de tomar decisión alguna sobre hacia dónde encaminarse y, sobre todo, con quién debía rehacer el camino.  Él lo resumía esta forma de vivir esta situación en tres palabras: ¡La puta edad!

Todo ello no le impedía utilizar algunas plataformas de citas, "para no aburrirse... Y si cae algo, pues...", explicaba a algunos de sus conocidos.  De ahí salieron varias citas y alguna aventura de una noche en la cama, que no tuvieron continuidad. Ni él ni su compañera ocasional tenían mayor interés en volver a verse de manera concertada. 

Manuel se dejaba llevar. Los días no resultaban iguales, pero sí faltos del aliento vital, que convierte lo cotidiano en algo excepcional. Cabalgaba sobre las semanas, sobre los meses, con la tranquilidad de quien no espera nada, absolutamente nada, y solo se deja llevar revestido por la certeza inapelable del paso del tiempo. Acompañaba al frío de las noches de enero, al calor de las tardes del estío, el nacimiento de la luz y la vida en primavera y la paulatina claudicación de la luz en otoño, reflejada en los ocres que tintan el suelo de antiguas y efímeras existencias vegetales. 

De vez en cuando escuchaba La canción del daño, de León Benavente, y, aunque trataba de no hacerlo, se sentía identificado con la cruda letra, una historia de mil historias tan certera como lúcida. De manera automática, como si de un resorte que le impelía a salir del abismo se tratara, se proponía hacer mil y una cosas diferentes, que con el paso del tiempo iba olvidando. 

En una de estas fases agudas que le empujaban a cambiar, a abandonar su abandono, conoció a Blanca. Blanca puede describirse como todo aquello que necesitaba Manuel, sin él intuir siquiera que lo necesitase. Tal vez solo buscase, en un primer momento, que todo fluyese sin grandes pretensiones ni expectativas. Lo esencial, lo nuclear, radicaba en que todo parecía avanzar con facilidad. No existían preguntas innecesarias ni respuestas abruptas, solo aquello que los unía. 

Por supuesto, Blanca le resultaba atractiva. Miente quien defiende que el físico no tiene importancia a la hora de iniciar una atracción; la primera impresión, positiva o negativa, entra por los ojos. Después ya cada cual debe jugar sus cartas, pudiendo modificar esa primera impresión. 

Cuando Manuel describió a Blanca a sus amigos, que aún no la conocían, dijo de ella que "era  morena, guapa, bajita y con un buen culo". Por supuesto también habló de su personalidad, pero eso pareció importar menos a sus oyentes y lo que verdaderamente provocó la curiosidad en ellos tenía que ver con aquello que se puede percibir a través de los ojos. Cuando la conocieron no dudaron en felicitar a su amigo porque "parecía muy maja", mensaje que, de manera eufemística, significaba que concordaban con la descripción inicial que su amigo les dio de su nueva pareja, al menos en la parte que a ellos les interesaba. 

La relación volvió a hacer que Manuel volase a ras de suelo, de nuevo. Había olvidado esa sensación. Tal vez porque hubiese desterrando la posibilidad de volver a vivirla en ese caldo espeso formado por la dejadez, que durante los últimos tiempos le había invado. Ahora le importaban poco las horas, los días o las noches, la lluvia o el viento, el Sol o la Luna, los sueños o la realidad, la sed o el hambre, viajar o permanecer en la cama... Porque las horas, los días, las noches, la lluvia, el viento, el Sol, la Luna, los sueños y la realidad solo constituían un escenario en el que vivir junto a Blanca, que daba sentido a todo. La sed era un anhelo de los labios de Blanca o de los fluidos de su vagina y el hambre solo existía cuando no podía poseer su cuerpo en la cama de sus casas o en cualquier otro lugar donde se encontrasen de viaje.

Manuel aún seguía en la fase de enamoramiento, Blanca también, cuando ella, por primera vez, le invitó a compartir unas rayas. Era sábado por la noche, se encontraban en un local de moda para gente que se encontraba en el entorno de los cuarenta y le dijo que fuesen al servicio a "meterse unos tiritos". Él se sintió desubicado. Respondió que había fumando mucha maría y mucho costo, pero que hacía tiempo que lo había dejado, y que "nunca se había metido farlopa, porque se conocía y sabía que iba a acabar enganchado".

 "Mira, yo suelo pillar medio pollo algún sábado, más o menos una vez al mes, lo suelo compartir con una amiga. Nos metemos tres rayas cada una, como te he dicho, igual en un mes o en un mes y medio no vuelvo a probarla. Si tienes cuidado no acabas pillado. Yo llevo así unos cuantos años", explicó mientras le enseñaba con mucho sigilo la bolsa donde se encontraba el medio gramo de cocaína. 

Indeciso, Manuel demoró su respuesta. Por una lado quería compartir la sensación con Blanca, pero, por otra parte, sentía pánico ante la idea de la adicción que generaba esa droga y él sabía que si la probaba le iba a gustar y iba a repetir con demasiada frecuencia. Tras unos segundos, confuso aún, declinó la invitación. 

"No pasa nada. Lo entiendo", contestó ella antes de darle un beso en los labios e irse al servicio. Cuando volvió, varios minutos después, él la observó y no notó nada, tal vez los ojos un poco más abiertos, pero dos minutos después ella cambió. Comenzó a moverse, bailar, acercarse a él de manera sugerente. Fue en ese instante donde Manuel se decidió: "Vamos al servicio, yo también quiero estar como tú" y ambos se encaminaron al servicio de hombres, en el que no había que esperar para entrar. 

La noche discurrió de manera divertida y frenética. Al menos así lo recordaba él, cuando se despertó, ya con el mediodía superado, junto a ella. A su lado Blanca seguía dormida, mientras la miraba embelesado. La amaba. Era feliz. No necesitaba nada más. 

Ambos seguían enamorados algún mes después, pero la rutina diaria de cada uno iba reclamando su lugar en la vida de ambos. La magia comenzaba a desvanecerse, aunque querían, y necesitaban, seguir el uno junto el otro. Sin embargo, no varió la necesidad de seguir saliendo los fines de semana para romper con todo aquello que la semana conllevaba. Pero, como todo aquello que se repite por sistema, este aspecto también terminó por adoptar el color gris de lo predecible y solo algún viaje ocasional conseguía rebajar la tonalidad cenicienta. Esta previsibilidad, con total certeza, influyó en que ambos aumentasen la cantidad de cocaína que adquirían y consumían La euforia que les procuraba cada raya  conseguía que abandonasen todo lo que en su mente les lastraba, abandonándose el uno en el otro y en sí mismo.

Durante más de un año limitaron este estilo de vida a fines de semana, algún viernes, cada vez más, y todos los sábados. Los domingos no solían probar la droga, pero, de vez en cuando, hacían excepciones. 

Llegado ese momento, Manuel sabía que el siguiente paso en esa recorrido que habían emprendido Blanca y él hacía tiempo poseía un nombre: adicción. De nuevo, como cuando ella le ofreció consumir por primera vez, se sentía confundido. De nuevo, analizó los pros y los contras. 

Dos días después había tomado una decisión, que Blanca sabría cuando llegase el momento oportuno.

Esa misma tarde el móvil de Blanca sonó. En la pantalla aparecía una foto de Manuel, mientras sonaba un tema de Vetusta Morla. "¿Qué se le habrá olvidado?", pensó. Cuando pulsó el botón verde sobre la pantalla escuchó una voz femenina: "¡Buenas tardes! Conoce usted a Manuel Sánchez Vela", inquirió la voz. Ella, sorprendida, respondió: "Sí, es mi pareja". "Siento comunicarle que ha fallecido hace unos minutos debido a un accidente de tráfico". No oyó nada más. La luz se desvaneció, el alma, en el que no creía, pareció deslizarse fuera de ella a través de todos y cada uno de los poros. Apenas escuchaba a alguien preguntándole desde el otro lado del teléfono si seguía ahí. Haciendo un esfuerzo hercúleo, como el boxeador que se levanta por enésima vez del suelo del ring para continuar el combate, solo acertó a articular: "¿Dónde está?". La voz femenina le explicó que estaban trasladando el cuerpo al Instituto Anatómico Forense...


Pasaron dos o tres meses desde el fallecimiento de Manuel antes de que ella se atreviese a enfrentarse a los papeles, recuerdos conjuntos y demás objetos de él. No cabe duda de que el hecho de recibir la notificación de la autopsia, donde certificaba que cuando tuvo el accidente no se encontraba bajo el efecto de la cocaína, contribuyó a abordar esta tarea, pospuesta hasta ese momento sine die. El contenido de esa carta había liberado a Blanca de un sentimiento de culpa que la asfixiaba desde el trágico día en que perdió a la persona a la que amaba. Nunca se hubiese perdonado que la causa del fallecimiento, o la posible causa, hubiese estado vinculada al uso de la cocaína, que él no había probado con anterioridad hasta que ella se la había ofrecido aquel sábado. 

Al poco de entrar en la casa encontró un sobre en el que se podía leer: Para mi amada Blanca. Se tomó un tiempo antes de cogerlo y ver su contenido, porque el significado de lo que acababa de ver descartaba todas las certezas que poseía sobre el luctuoso suceso que había acabado con la vida de Manuel. Aunque desconocía el contenido, tenía conciencia plena de lo que implicaba: él sabía que iba a morir. 

Un día antes del accidente había comprando un gramo de cocaína, que no había consumido. Hoy la llevaba en el bolso, "por si acaso", y ante lo que acababa de ocurrir decidió hacer uso de la misma. Se hizo una raya y la esnifó antes de abordar la lectura de la carta dirigida a ella. 

Cinco minutos después, cuando decidió que su ánimo era el adecuado, abrió el sobre y extrajo un único folio de él y leyó en voz baja:

"Querida Blanca, si está leyendo esto lo primero que debo hacer es pedirte disculpas. 

Como ya intuirás mi muerte no se debe a un mero accidente. En realidad, se trata de un suicidio. De nuevo te pido disculpas. 

Sé que, seguramente, no vas a entenderme ni a perdonarme, pero, al menos, me gustaría explicarte lo que me ha llevado a tomar esta decisión. Espero que lo leas hasta el final, aunque después acabes odiándome.

Unos días antes del accidente me di cuenta de que íbamos camino de convertirnos en unos adictos a la coca y pensé en las opciones que se presentaban ante esta realidad. Las dos opciones, obvias, eran dejar de consumir o seguir hasta el final. 

La primera opción nos privaría de esos momentos, los mejores de nuestra relación desde hacía unos meses, y, muy probablemente, acabaría separándonos, pues el día a día no nos gustaba a ninguno de los dos y necesitábamos ese escape, controlado, para salir de la realidad que nos envolvía. Sabes, no quería volver a pasar por el dolor que implica una ruptura, el sentimiento de soledad, la nada. 

Seguir consumiendo nos llevaría a no ser nosotros nunca más y yo estoy enamorado de ti, y no creo que lo estuviese de una persona adicta, que solo viviese para meterse rayas. Una persona que no es la que yo conocí y a la que, hasta la fecha de mi muerte, seguía amando.

Ante esta disyuntiva, el dolor o la adicción, y lo que ello conllevaba, solo parecía existir una salida, dejar todo tal como estaba en este momento y lo que he hecho me ha parecido la única forma de mantener todo suspendido en el tiempo, aunque sea a través de tu recuerdo. De nuevo te pido disculpas, pero creo que es lo mejor para ambos. Tú, con el tiempo, podrás rehacer tu vida. Yo no sufriré ni dependeré de ninguna sustancia para ser feliz.

Te amó."

Mientras arrojaba lo que quedaba de la cocaína a la taza del váter, mascullaba entre dientes: "Podías habérmelo dicho, en vez de suicidarte, ¡hijo de puta!"  Y en ese momento lloró, porque recordó que en las fechas anteriores a su suicidio ella también había pensado lo mismo que él la había contado por escrito y tampoco se lo dijo. Simplemente lo pospuso hasta que llegase el momento adecuado.

lunes, 3 de octubre de 2022

EN REALIDAD

 El mar se encontraba a unos metros. La Luna Llena, mucho más distante, formaba una línea que iba ganando en grosor a medida que se acercaba a la orilla, atravesando el agua desde el horizonte hasta los espuma que se formaba en el borde de la arena. Esta distribución de la luz no podía evitar recordar a los cuadros tenebristas, dotando al conjunto de la misma potencia que alguna de las  obras del genial Caravaggio.

Lo que no se podía ver, se podía sentir, o no sentir, como el aire que se encontraba detenido.  Esta quietud pudiera hacer pensar que esa ausencia de viento se pudiese deber que ese aire quería participar en la escena  como un mero espectador o, tal vez, en realidad estaba descansando del inmenso trabajo que había supuesto mantener a flote el Terral, que había elevado las temperaturas sobremanera, en los tres últimos días y que, por fin, había amainado. La escena en su conjunto parecía sostenerse en un delicado equilibrio que invitaba a sumergirse en él sin preámbulo alguno.  

En realidad, invitaba a que ambos se abrazasen y se besasen, formando parte de ese magno decorado...

Así comenzaba la novela que lo había afianzado entre los escritores más conocidos, y vendidos, del país, y de algún otro de habla hispana. 

El argumento, en el fondo, no aportaba ninguna novedad a la Literatura. Un hombre de unos cuarenta años se traslada a una población nueva, bastante lejana de aquella en la que residía, para comenzar, en muchos aspectos, de nuevo. En ese lugar costero conocía a varias personas, solía veranear allí, y quiere profundizar en una relación con una mujer por la que siente una cierta atracción, tanto física como intelectual. 

El inicio de la novela narra el momento en que vuelven a revivir una situación que hacía unos cuantos años había tenido lugar entre ellos. En las siguientes páginas se describe como esa relación se va afianzando, y ambos parecen haber encontrado lo que llevaban tiempo buscando (tal vez, únicamente, no sentirse solos).

Hasta aquí nada haría presagiar el éxito que tendría Luis Orellana, que así firmaba su autor, con su opera prima. Sin embargo, en este momento se encontraba rodeado de una serie de personalidades de la cultura y de la vida social, que le iban acompañar en la entrega de uno de los más prestigiosos premios literarios, al menos por la cuantía del mismo. Galardón que reconocía el más de medio millón de ejemplares vendidos de Lejos de la hipocresía, el título del libro, que unía en ese momento a toda esa gente tan dispar en aquel lugar. 

En el amplio salón, junto al premiado, se encontraban personalidades de la cultura patria; prohombres de los medios de comunicación, entre ellos tertulianos de diverso pelaje y la misma condición; representantes de la Política de diversos partidos, todos con la mejor sonrisa y con necesidad de aparecer en la foto junto al homenajeado; algunos actores asociados a una forma de pensamiento en boga en ese momento; unos cuantos cantantes de la misma cuerda ideológica, así como ciertos representantes de colectivos varios, entre ellos un muy destacado y conocido miembro de una asociación gitana, que se encontraba allí porque la novela, en un giro inesperado, se inmiscuye en el mundo calé y en sus costumbres. Aunque sería más preciso apuntar que refleja las costumbres de ese colectivo, y de toda la sociedad española, a finales de los años noventa. 

Tras ese reencuentro descrito al inicio, que sirve de base para crear una relación entre ambos protagonistas, el hilo argumental vira de manera brusca cuando el protagonista, Pablo, conoce a una adolescente de etnia gitana de 15 años y se enamora como solo se puede hacer cuando se arroja al infierno el miedo a equivocarse. 

Pablo conoce a Saray, la adolescente, casi mujer, que le incendia cada una de sus células, en clase. Es su alumna. Él ejerce de profesor de Lengua y Literatura en un instituto y ella es la única alumna de etnia gitana que acude regularmente al centro educativo, el resto apenas hacen acto de presencia, estando muchas de ellas ya casadas y, en algún caso, siendo ya madres a temprana edad. En realidad, Saray es el único miembro de ese colectivo que acude con regularidad a clase. Por suerte para Pablo, que cuenta cada uno de los segundos que restan hasta la próxima que coincidan en el aula. 

No resulta difícil encontrar el paralelismo entre el planteamiento de Luis Orellana y el clásico de Nabokov Lolita. Al menos en un principio porque la historia se iba adentrando en recovecos trágicos, pero nada que ver con la obra del ruso, nacionalizado estadounidense. El best seller del español incidía, además de en la diferencia de edad de los amantes, que generaba un rechazo en la sociedad de la época, en la relación entre personas de diferente etnia y el rechazo que este aspecto creaba tanto en la comunidad gitana, como en la paya, por diferentes motivos. Para algunos por puro racismo;  para otros, los más progresistas, por un extraño concepto de contaminación cultural. 

Las críticas que recibieron los dos enamorados, desde diversos estamentos sociales, les llevó a huir lejos del lugar donde se conocieron, diluyéndose en las sombras del anonimato en una gran ciudad. Allí, lejos de las miradas de unos y otros, refugiados en el olvido de lo que una vez fue actual, para pasar a ser una cuestión privada e íntima, lejos del juicio histriónico de los puristas morales, gestaron la hercúlea epopeya de tener una vida en común. El relato concluye así, con los dos protagonistas juntos, sumergidos en la cotidianeidad, lejos de todos aquellos que intentaron modificar lo que ambos sentían en nombre de no sé sabe que leyes no escritas en lado alguno. El triunfo de la constancia, del amor, de lo íntimo,  sobre aquella gente que mira hacia afuera, hacia los demás, para buscar dar sentido a su vida, en  nombre de unas creencias o unas normas.

La novela y su argumento daba vida a un amplio corrillo en el gran salón donde, unos minutos después se entregaría al autor el premio creado y financiado por un grupo de comunicación. El escritor como eje vertebrador del grupo, daba coherencia y consistencia a esa variopinta amalgama de personajes, acostumbrados a participar en este tipo de eventos, formando parte del paisaje en los distintos premios, presentaciones y actos varios relacionados con la Cultura o, al menos, la Cultura oficial.

En ese preciso instante, un conocido tertuliano radiofónico, con un estudiado gesto teatral y una de sus peculiares chaquetas, que constituían su seña de identidad, defendía la imposibilidad de que un hecho así ocurriera en nuestros días. "Por suerte, este país ha avanzado en ese aspecto muchísimo, y nadie juzgaría un amor intergeneracional entre razas. La transversalidad del pensamiento resulta evidente". Aseveración que provocó el asentimiento de los miembros de esa improvisada tertulia.

Acto seguido tomó la palabra el miembro de la asociación gitana que no dudó en hablar, de igual modo, de la evolución que la etnia a la que pertenecía había vivido en las últimas décadas, "A pesar de toda la incomprensión de la sociedad y de todas las trabas que nos hemos encontrado, hemos luchado para abrirnos a las nuevas formas de pensamiento, sin olvidar el legado de nuestros ancestros". Discurso que fue refrendado por parte de las personas que conformaban la audiencia con movimientos de cabeza afirmativos o breves frases hechas.

Un tercer integrante de esa improvisada tertulia, un conocido periodista que había hecho de los derechos de las minorías su bandera, se centró más en el autor y en sus circunstancias. Alabando el hecho de que una persona, dedicada profesionalmente a la hostelería, fuese capaz de realizar una obra literaria de tanta calidad. También recalcó lo inusual, y estimulante, que le resultaba que una persona con una edad que se acercaba más a los cincuenta que a los cuarenta, se hubiese decidido a dar rienda suelta a su anhelo, escribir una novela, dedicando parte de su tiempo libre y su energía a ello.

El aludido se limitó a dar las gracias, acompañando con las palabras con una mínima sonrisa, casi circunstancial, en su rostro.

Un cuarto integrante de aquel animado círculo retornó al tema sobre el que pivotaba el relato premiado. Contrariamente a lo que los anteriores intervinientes habían defendido, él dudaba de la aceptación hoy en día, al menos por una parte significativa de la sociedad, de una experiencia como aquella.

Unos y otros no tardaron en rebatir este argumento, con mayor o menor firmeza, en función del estatus que cada cual tenía en el grupo. Lo curioso es que, en algún caso, los discursos  defendían causas tan dispares, para oponerse a que esa situación se repitiese en nuestra época,  que a alguien no introducido en ese maraña de personajes, tan dispares entre sí, al menos en lo formal, podría parecerle que los unos se rebatían a los otros, en vez de defender la imposibilidad de discriminar a alguien por un acto de amor entre personas de diferente edad y raza.

El laureado escritor  no parecía prestar mucha a la discusión del grupo. Miraba, una y otra vez, hacia el lugar donde se encontraba la entrada, con gesto preocupado. La insistencia de gesto acabó siendo observada por todos los participantes en el animo grupo, provocando un silencio incómodo. Parecía que al novelista no le importasen los argumentos de aquellos conocidos, y según ellos, distinguidos contertulios. Ante este silencio espeso Orellana se disculpó, explicando que su intranquilidad se debía a que estaba esperando que su mujer llegase. Tenían dos hijos de corta edad y precisaban que una persona adulta estuviese con ellos en todo momento. Habían contratado una canguro, conocida por ellos, pero una pequeña avería en su automóvil, un pinchazo, había impedido que llegase a la hora. Él, protagonista del evento, dejó a su mujer en casa, a la espera de que apareciese la cuidadora de sus pequeños, para, cuando ya todo estuviese arreglado, incorporarse ella al acto. 

El, hasta hace un momento, silente grupo aceptó unánimemente la explicación, retornando a su animada conversación. 

Quedaban cinco minutos para el inicio del acto, cuando hizo acto de presencia en el recinto una joven mujer,  rondaba los veinte años, morena, de una gran belleza, que atrajo la mirada de muchos de los que allí se encontraban. Luis se dirigió hacia ella, alzando la mano derecha para llamar su atención mientras se acercaba a la recién llegada. Ella le reconoció de inmediato, como anunciaba su amplia sonrisa. 

Tras unas palabras, Orellana acompañó al grupo a la recién aparecida. La reacción en el corrillo varió entre quien esbozó una sonrisa bobalicona ante la mujer y aquellos, dos o tres, que no supieron que decir. Alguien se aventuró a romper el hielo, comentando que desconocía que Luis tuviese una hija tan mayor y, por cierto, tan guapa. La ocurrencia provocó una ligera carcajada en algunos de los que escuchaban. 

"No, no es mi hija. Ella es Saray, mi mujer", comunicó con total naturalidad él.

"Hola, tío. Hace cuatro años que no sé nada de ti, desde que me vine con mi marido a Madrid. Mi número de teléfono sigue siendo el mismo", dijo la recién llegada al representante de la asociación gitana, cuyo rostro había mudado desde el momento en que vio como el escritor se dirigía a la que enseguida reconoció como su sobrina. 

A continuación, como si todo estuviese previamente ensayado, tomó la palabra el escritor para aclarar algunos aspectos: "Mi nombre real es Pablo Martín, Luis Orellana es un pseudónimo, y hasta hace cuatro años era profesor de Literatura de Educación Secundaria. Posiblemente eso explique por qué alguien que se dedica a la hostelería ha sido capaz de escribir un libro".

La sorpresa en las personas que escuchaban a la persona ahora llamada Pablo iba en aumento, lo que se reflejaba en la expresión de sus rostros y en su silencio. 

"A Saray y a mí nos conocen todos ustedes. O eso creen. Unos cuantos de ustedes dedicaron, hace unos cuatro años, parte de su tiempo a calificar en tertulias televisivas y radiofónicas, así como en alguna columna de periódico, nuestros sentimientos. Como recordarán, todos ustedes no tuvieron ningún pudor en descalificar nuestra relación sin conocernos y, lo más importante, sin tener intención alguna de hacerlo".

Saray cogió la palabra para corregir a su marido. "En realidad, alguien si nos conocía, al menos a mí, mi tío. Pero tampoco se tomó la molestia de hablar conmigo para interesarse por conocer lo que yo sentía o pensaba. Solo importaba algo que nos representaba a todos los gitanos... Menos a mí". 

El escritor retomó la palabra: "Tuvimos que alejarnos de nuestro lugar de residencia, de los nuestros, sobre todo Saray, para poder amarnos lejos de la mirada inquisitorial de quienes nos despreciaban por no amoldarnos a sus cánones. No, una historia, casi un relato autobiográfico, como el que desarrollo en el libro puede producirse hoy en día, aquí y en cualquier otro lugar". Dicho lo cual siguió las órdenes que le daba el conductor del acto, subiendo las escaleras y sentándose tras una mesa en la que había varios ejemplares de su libro. 

Tras la introducción del presentador del acto y la entrega del premio, el escritor se dirigió a la audiencia, señalando a su mujer antes de decir: "En realidad, los protagonistas de esta novela somos esa mujer y yo, pero también el amo y la falsa moral que siempre ha existido y siempre existirá. O, tal vez, en realidad, el protagonista de la novela sea el afán de dos personas por continuar, pese a todas las trabas, es el afán de creer en lo que sienten y en el otro, junto con el derecho de acertar o equivocarse por uno mismo. En definitiva, esta obra solo intenta ser un alegato a favor de que cual escriba su propia novela. Gracias."

miércoles, 17 de agosto de 2022

ESPERO Y DESEO QUE TE VAYA BIEN

 Creo llegado el momento de contarte, y contarme, porqué. Por qué todo acabo de esa maner,a inesperada y abrupta, a través de una llamada, ni tan siquiera cara a cara.

Puede que deba comenzar por el final, por la forma. Como sabes, como sé, las decisiones importantes en la vida ocurren tras un tiempo de reflexión, sufrimiento, incertidumbre o cualquier otro aspecto que pueda conmover los cimientos de una persona. Por tanto, no se trató de un hecho irreflexivo, fruto de la impulsividad. Hacía meses que en mi mente rondaba la idea y en los dos o tres meses anteriores a transmitírtelo se había convertido en una certeza. Por supuesto, mi intención era hablarlo contigo en persona, pero la maldita distancia, interpuesta por las circunstancias, lo aplazaba semana tras semana. 

¿Qué me llevó a tomar la decisión de hacerlo a través del teléfono? El dolor. El dolor de no decirte que te quería a través del altavoz por no mentirte. El dolor de que no te dieses cuenta de que llevaba un par de semanas sin hablarte de amor y sentimientos y que tú no te dieras cuenta. El dolor de no saber cuando podría estar frente a ti para contarte que no quería seguir junto a ti. El dolor de alargar algo que para mí ya no tenía sentido.

Puede sonar absurdo que, tras ser yo el culpable de la ruptura, hable de dolor propio. Pero así lo viví.

Mi punto de vista puede resultar extraño, pero creo que, en el fondo, se basaba en el respeto hacia ti. Yo no puedo controlar cuando amo o dejo de amar a otra persona; pero sí puedo tener control sobre el respeto que siento hacia alguien y considero que comunicar a tu pareja que ya no deseas seguir, cuando en tu interior ya murió ese latido con su nombre, se puede considerar un acto de respeto. Porque, sabes, difiero de ti en algo: las palabras no se gastan por usarlas. Lo que se deterioran son los sentimientos y lo que degrada una relación, casi hasta lo humillante, es pronunciar palabras huecas, que perdieron su sentido hace tiempo. El respeto hacia quien quieres consiste en que esto no ocurra. Y te respeto, como te respeté cuando tuve ocasión de estar con otra mujer de manera ocasional y no lo hice, porque merecías y aún mereces todo mi respeto.  

He comenzado por el final, o casi, y, tal vez, debería contarte qué ocurrió para dejarte de amar. Podría parecer absurdo narrar cómo se empieza a dejar de amar a alguien. ¿Existe un punto de inflexión en el amor? En este caso sí, e intuyo que si te hablo de la ciudad donde nos conocimos y la segunda que volvimos a ella, casi seguro que recuerdas lo que aconteció. Lejos de pedirte fidelidad o zarandajas por el estilo, solo quería que compartieses conmigo el poco tiempo que teníamos para estar juntos. En el fondo, ya que no solías decir que me amabas o que me querías, ese interés por estar juntos me hacía sentir querido o amado. 

Después hubo alguna otra circunstancia similar que me empujo a tomar la decisión. El estilo de relación que teníamos nos proporcionaba una infinidad de tiempo libre para que cada uno, por su cuenta, hiciese lo que apeteciese dónde, cuándo y con quién quisiera. Pero el tiempo, el escaso tiempo, del que disponíamos para estar juntos para mí era importante. Quería vivir el mundo contigo, a través de ti. 

Una cuestión que suele pasar desapercibida tiene que ver con mi tiempo libre. Por mis circunstancias tengo mucho más espacio para ocio y para descansar que la mayoría de gente. Cuando la persona con la que tienes una relación no dispone de unos períodos semejantes de descanso, se debe rellenar esa diferencia de alguna manera, siempre esperando. Lo haces porque deseas compartir hasta el último segundo con ella, sin más. Tal vez por ello, cuando tú insistías aquella vez en irte de vacaciones sin mí me sentí mal. 

Como bien sabes, jamás te pedía cuentas de con quién ibas o lo qué hacías, como tú tampoco lo hiciste conmigo (comprobaste que existía otra forma de libertad), pues nuestra relación se basaba en la confianza y eso me parece algo maravilloso. Algo que siempre recordaré de ti. Igual que siempre tendré presente cuando escuchaste esa canción de León Benavente, Estado provisional. Me dijiste que era muy bonita, pero muy triste. Ahora sé que eso me cautivó de ti. Conseguías, casi siempre, que la tristeza quedase lejos, en un país sin nombre ni accesos. Eso me gustaba tanto de ti. Tal vez sea lo que reflejaba tu sonrisa, que sigo representando en mi recuerdo en ocasiones.

Teníamos nuestra canción, esa versión que hizo Manu Chao de un tema que se volvió muy famoso, poco después de adoptarlo como nuestro, en boca de una artista muy famosa. En perspectiva, creo que el que tema que mejor nos reflejaba era Ser brigada, también de León Benavente. Una mujer y un hombre que se encuentran, con sus cargas respectivas, y que deciden, a pesar de todo, construir su pequeño universo, por el mero hecho de arrojarse juntos hacia lo que haya de venir. Fuimos brigada y siempre sentiré añoranza de ese período.

Te amé igual que después me sentí vacío y necesitaba estar lejos de ti. En ese momento me inventé, ahora lo sé, la excusa de que amaba a otra mujer. Siempre utilizo esa excusa y esa mujer, pero tengo plena conciencia de no amarla, a lo sumo puedo llegar a desearla, como a otras mujeres, pero sin que exista una verdadera posibilidad de que nada pase del plano mental al real. Cada cual construye sus castillos en el aire para seguir avanzando en la vida y el mío fue ése. Tal vez, ese constructo me ayudó a dar el paso de dejarte, estoy dándome cuenta de ello según escribo esto.

Como bien sabes, me encanta viajar y junto a ti se convirtió en una constante. Me encantaba esa faceta tuya, como me gustabas con gafas cuando visitábamos monumentos. Reconozco que te hecho de menos en ese aspecto. Como hecho de menos, los restaurantes, las excursiones de un día.

Te dije que había comenzado por el final, o casi, pero aún queda algo que contarte sobre ese período. Tarde un tiempo en dejar de sentirme como un cabrón cuando rompí contigo. Aunque no te lo creas te quiero, para mí, como ya sabes, es algo distinto a amarte, y sentí infinitamente el dolor que te había provocado. Te considero una persona maravillosa y lo último que deseaba era hacerte sufrir. Aunque intuyo que de poco sirva esto que te cuento, me odiaba por generarte sufrimiento. Como te he dicho, desde mi perspectiva, no existía otra opción, pero sentí, siento, haberte provocado dolor. 

Cuando la gente me preguntaba por qué había roto solo podía decir que la culpa era mía. Te considero una bellísima persona, creo que mejor que yo, y esto se lo decía a todo el mundo que te conoció. Dudo mucho que encuentre alguien mejor que tú en ese sentido y, en ocasiones, hecho de menos estar contigo, pero sé que hice lo correcto, para los dos. 

Espero, y deseo, que te vaya bien.


P.D.: Noches de bohemia podía ser la otra canción que nos representaba en aquella época. He vuelto a escucharla hace unos meses, después de mucho tiempo.

viernes, 7 de mayo de 2021

TRAMPANTOJO

 Era la decimosegunda pregunta del concurso. La que marcaba la diferencia entre los que aspiraban a llevarse a casa un dinero respetable y los que, por sus cualidades, aspiraban a engrosar su cuenta corriente, tras impuestos, con una cantidad de seis cifras. Y allí se encontraba ella, tranquila, sin ninguna duda sobre la respuesta que correspondía a la pregunta que el presentador acababa de formular. Sin embargo, el protocolo no escrito, que obligaba al conductor del programa a alargar el tiempo entre la cuestión planteada y la solución del participante en el programa televisivo, impedía que ella dijese aquella palabra que la impulsaría a la antepenúltima prueba, antes de alcanzar la redonda cifra final: 1.000.000 euros, antes de impuestos.

- Elena, ¿sabes la respuesta? - inquirió el fornido hombre, que se encargaba de poner cara y ritmo al programa.

- Creo que sí. Casi seguro que sí - respondió ella.

- ¿Estás segura? - cuestionó el presentador.

Y en ese tira y afloja, que, a medida que avanzaban las pruebas, era un poco más largo; bien para transmitir una mayor emoción a los espectadores, bien para alargar el programa, bien para ambas cosas, ella desconectó del verbo fluido que, el sujeto que se encontraba frente a ella, dirigía esta vez al público y pensó en lo ocurrido hace más de diez años. Recordó como se enteró de que aquel que ella consideraba el hombre de su vida le engañaba con una de sus amigas. Rememoró los rostros de ambos cuando les sorprendió en su cama y las absurdas excusas que Antonio, su pareja en ese momento, acertó a articular. Tampoco pudo evitar volver a dar forma al dolor que sucedió a ese doloroso descubrimiento. Unos primeros días de aturdimiento a los que siguieron meses de dolor íntimo, entrelazados con una sensación de traición. De una traición llevada a cabo por la persona por la que había apostado para construir su proyecto vital. De una traición que la dejaba vacía de convicciones y de afecto hacia nada y hacia nadie.

- ¿Entonces, no deseas variar tu respuesta? - dijo el presentador dirigiéndose a ella, lo que la sacó de aquella remembraza.

- No, mi respuesta sigue siendo la misma...

Tras unos segundos, que al espectador le podían parecer interminables, el conductor del programa dijo la palabra mágica: ¡Correcto!, y se sumaron varias decenas de miles de euros a la cantidad ya ganada por Elena. 

Un poco más de charla insustancial, dirigida hábilmente por el afamado actor que conducía el concurso y, de nuevo, una complicada pregunta que ella debía contestar de manera correcta, para poder seguir participando en aquel programa. Sin embargo, a pesar de lo que pudiese parecer, ella rebosaba tranquilidad. Parecía que las cuestiones planteadas no supusiesen un reto para el intelecto y los nervios de aquella atractiva mujer, que frisaba los cuarenta años. No dudó ni un segundo en lo que debía replicar a aquella enrevesada cuestión que le había lanzado el fornido cincuentón que se situaba frente a ella. 

De nuevo se repitió el mismo proceso de alargar el tiempo entre la respuesta de la concursante y la validación de esta por parte del conductor del programa, y, de nuevo, ella se sumergió en su vida pretérita, aunque esta vez pensó en Andrés, ese amor imposible, al que conoció meses después de romper con Antonio. Andrés era un compañero de trabajo, casado y con dos hijos, del que ella creía estar perdidamente enamorada. Ella tardó en darse cuenta de que cuando no se encontraba junto a él tampoco le echaba de menos. También en darse cuenta que él no constituía más que un remedo de lo que había ver en Antonio. En realidad, había idealizado a su compañero, esperando de esa manera conseguir un antídoto para la soledad que sentía. Esa soledad que no creía sentir junto a su expareja, hasta que descubrió que todo lo que ella creía tener solo era un artificio. Se dio cuenta de que el flirteo en la oficina se había convertido para ella en una falsa pasión, en un trampantojo, con el que intentar esquivar su realidad. Y fue a partir de ese momento donde aprendió a negociar y a convivir con ese sentimiento de soledad, que acabó constituyendo un compañero tan fiel y predecible como su trabajo. Y fue a partir de ese instante donde se dio cuenta de que idealizar a alguien para llenar oquedades afectivas solo podía definirse como una forma de engañarse. También fue ese instante donde comprendió que resultaba más fácil para ella renunciar a encontrar alguien a quién amar, que vivir con la incertidumbre del miedo al engaño. al fracaso.

- Elena, ¿no deseas cambiar tu respuesta? Nos jugamos mucho dinero - dijo el presentador, dirigiéndose a la concursante, que pareció retornar de un mundo lejano. 

- Creo, estoy segura casi al cien por cien, de que ese es el título de la novela - repuso ella con una serenidad difícil de ver en este tipo de situaciones.

Se repitió, una vez más, el ritual en el que el hombre utiliza argumentos que intentan llevar al espectador, y también al concursante, al terreno de la duda, alargando el veredicto sobre la idoneidad. o no, de lo aportado por la participante en el programa. 

Tras un par de minutos interminables, de nuevo aparece la palabra deseada: ¡Correcto! y todo parece cobrar otro cariz. La tensión se desvanece, la alegría parece aflorar en el plató de televisión y el actor que da vida al programa parece preocuparse más por el estado de Elena y por su vida personal.

- ¿Nerviosa? No lo pareces.

- Un poco - aclaró ella.

- Creo que no estás casada ni tienes hijos. ¿Perteneces a esa nueva generación de mujeres emprendedoras, que tanto están haciendo por cambiar la imagen de la mujer? - cuestionó él.

- Sí, mi trabajo es algo muy importante para mí - expresó la aludida, sin profundizar mucho más.

- ¿Estás preparada para la penúltima pregunta? 

- Sí, claro. He venido a concursar.

Tras lo que el presentador leyó una nueva cuestión que Elena debía resolver. Ella no dudó y emitió una contestación que, por la seguridad que emanaba, no dejaba lugar a dudas sobre la idoneidad de la misma para solucionar lo planteado por el representante del programa unos segundo antes.

Como en ocasiones anteriores, el hombre se enzarzó en un monólogo, que parecía generar más tensión en los espectadores que en la concursante, que no parecía escuchar la parrafada del presentador. De hecho, había vuelto a su mundo interior y a rememorar otro pasaje de su vida. Un episodio que podía haber acabado muy mal para ella, pero que se solventó con el mínimo daño. Cuando ingresó en la empresa en la que trabajaba pasó a engrosar la plantilla selecta encargada de las inversiones del capital gestionado por dicha compañía. Al principio todo discurrió bien, muy bien; pero ese buen hacer devino en confianza y en la asunción de riesgos, en muchos casos innecesarios y desmesurados, que acabaron como era previsible: con perdidas significativas para los dueños del dinero invertido. Lo ocurrido hubiera acabado, o al menos detenido momentáneamente, la carrera profesional de cualquiera, pero el currículum de Elena pesó bastante a la hora de afrontar responsabilidades y todo se solucionó, al menos para ella, con cambio de sección en la sociedad: pasaría a encargarse del área de relaciones sociales. A nadie, ni tan siquiera a una importante compañía de inversión, le interesaba despedir al vástago de una de las familias que más poder ha acaparado durante los últimos siglos en el país. El desastre económico se remedó con contabilidad ficticia y con dinero oculto en paraísos fiscales.

- ¿Completamente segura de tu decisión? - fue la última frase que dirigió el tipo cincuentón a la mujer que tenía frente a él.

- No tengo duda alguna - respondió con determinación ella.

- Veamos si tiene o no tiene razón...

- ¡Correcto! - Gritó el conductor del programa, provocando el aplauso del público presente en el plató. - ¡Increíble la seguridad de Elena! Se nota que estás acostumbrada a tomar decisiones importantes en tu vida. Imagino que tu trabajo de ejecutiva conlleva tomar este tipo decisiones y  que habrás vivido situaciones tan estresantes como esta. ¿No te parece que ser mujer hace que abordes este tipo de retos con una perspectiva diferente y mejor que la de los hombres?

- Sí, creo que ser mujer ayuda a sortear este tipo de situaciones estresantes, aportando soluciones nuevas e imaginativas, que conducen a una respuesta más adecuada.

- A veces me gustaría tener esa perspectiva femenina para abordar ciertos hechos de mi vida - apostilló el presentador, antes de volver a centrar la atención sobre el concurso y sobre la que iba a ser la última pregunta del mismo. - Resta acertar esta pregunta para que te lleves a casa un millón de euros. ¿Estás preparada?

- Vamos a ello

Y el actor que conducía el programa procedió a leer la cuestión postrera.

Elena, tras unos segundo donde parecía dudar, dijo con mucha calma la contestación que consideraba apropiada. 

El presentador parecía no salir de su asombro ante la tranquilidad que emanaba la concursante en una circunstancia tan trascendente y así lo expresó ante las cámaras, elogiando el comportamiento de la participante. Sien embargo, y a pesar de los halagos, la mujer seguía impertérrita, parecía que lo que estaba sucediendo en ese momento no iba con ella. 

Tras unos largos e interminables segundos el hombre volvió a preguntar a la concursante si estaba segura de su respuesta, a lo que replicó con un escueto sí. 

Mientras el conductor de aquel concurso elogiaba a Elena, como representante de una nueva generación de mujeres emprendedoras, capaces y triunfadoras por su capacidad y esfuerzo, la aludida pensó que resultaba fácil estar segura de que esa era la respuesta correcta, pues media hora antes de comenzar a grabar el programa el director del mismo, junto con el hombre que en estos momentos está alabándola, le habían proporcionado un listado con lo que debía responder a cada pregunta para ganar, por primera vez en toda la historia del concurso, un millón de euros.

domingo, 30 de junio de 2019

RELATOS

Él no había decidido nacer en aquella familia de delincuentes.
Él había decidido dejar pronto el colegio y juntarse con aquellos otros chavales, con los que se había iniciado en la delincuencia.
Él había decidido consumir con doce años los primeros porros y probar, poco después, otra drogas.
Él había decidido seguir delinquiendo cuando salió de la cárcel.
Él había decido realizar este atraco, que se había complicado.
Él no había decidido recibir ese disparo que sabía acabaría con todo en unos pocos minutos. 



Era consciente de que le quedaban horas de vida, a los sumo uno o dos días, y quería abordar aquel asunto, aquella preocupación, que desde hacía mucho tiempo le había atormentado y que nunca se había atrevido a afrontar. 
Habló con ella y la rogó que le permitiese sincerarse, que le dejase contar lo que llevaba años corroyéndole en su interior. Necesitaba sincerarse. Ella accedió y fue a buscarla. Un par de horas después un mujer joven, de unos veinticinco años, se encontraba frente a él, que con voz débil, pero firme, se dirigió a ella.
- Quería verte antes de morir porque tengo algo muy importante que decirte- explicó el moribundo.
- Dime lo que quieras, padre.
- ¿Sabes que soy padre tuyo? ¿Quién te lo ha dicho?
- Nadie. Lo he adivinado yo sola.
- Y por qué no me has dicho nada.
- Eras tú quien debía decírmelo a mí. Yo no elegí ser hija tuya.
- Pero...¿cómo lo adivinaste?
- Con diez o doce años sentía que me mirabas diferente al resto de niños de mi edad. Había un trato diferente. Cuando íbamos a misa, sentía que me mirabas desde detrás del altar de una manera especial. Con el paso del tiempo comprendí que en tus ojos había una mezcla de ternura y dolor, que en un principio no supe interpretar, pero un día alguien dijo, en plan de broma, que me parecía mucho al cura, a ti, y, de inmediato, empecé a atar cabos.
- ¿Por qué no dijiste nada? 
- Te repito que yo no elegí ser hija tuya. Considero que tú, o mi madre, debíais haber dado el paso al frente.
- Y... ¿qué pensaste durante todo este tiempo?
- En un principio estaba confundida. No sabía que hacer respecto al asunto. Tras unos meses decidí no hacer nada.
- ¿Y por qué venías todos, o casi todos los domingos a misa? ¿Querías verme?
- Es una buena pregunta. Te contaré que con quince o dieciséis años perdí la fe...
- Pero has seguido viniendo a misa - interrumpió el sacerdote.
- Sí, lo hacía por ver la hipocresía que podías desarrollar. Indicabas a tus feligreses cómo deberían ser y vivir y tú no dudabas en saltarte todos tus preceptos. Creo que acabó convirtiéndose en una acto de autoafirmación, en un recordatorio semanal de cómo no debía ser. 
- Lo que dices suena muy duro.
- Es lo que hay.
- Al menos - dijo el hombre- espero que me perdones por todo lo que hice.
- Lo único que tengo que agradecerte es haberme enseñado todo aquello en lo que no me tenía que convertir y, como consecuencia de ello, no voy a mostrarme complaciente e hipócrita con alguien, aunque sea un moribundo. No tengo nada que perdonarte. Me pareces un ser despreciable y eso es el fruto de lo que has hecho durante tu vida. Te lo repito: no esperes perdón de mi. En tal caso, perdónate tú a ti mismo o, si en verdad crees en tu dios, búscalo en él. 
Ella se levantó tras estas palabras, le dio un beso en la frente y susurró en el oído del hombre encamado:
- Espero que exista tu dios para que te pudras en el infierno que tan bien conozco.
Dicho lo cual abandonó la estancia con los ojos vidriosos.



Ambos se encontraban tumbados en esa cama, con las sábanas empapadas del sudor que el calor estival y el acto sexual, tan virulento como necesario, había provocado en sus cuerpo. En la habitación sólo se escuchaban dos respiraciones que volvían, poco a poco, a su ritmo normal. En ese silencio, roto por el aire expelido el recordó aquella vieja canción de Extremoduro que decía algo como: "Busco entre tus piernas la fe" y sintió que seguía militando en el bando del ateísmo.


lunes, 24 de junio de 2019

PROFESIÓN SOLEMNE

En unos meses cumpliría quince años en aquel convento. Desde que tuvo uso de razón, o desde que su memoria funcionaba, esa había sido su aspiración. 
La época del colegio y del instituto discurrió con normalidad. Suspendió algún examen en Secundaria, pero nunca tuvo que recuperar ninguna asignatura en septiembre. Se la podía definir como una alumna normal, que no se interesaba por los chicos ni, por supuesto, por las chicas. Dios no hubiese aprobado esa desviación. 
Al terminar este período, con dieciséis años, ingresó en el postulantado y con uno más comenzó el noviciado. Tras varios años de haber tomado los votos temporales, a los veinticuatro años fue admitida a la profesión solemne, consagrando su vida a Dios. Casi tres lustros habían pasado desde ese momento y ahora, en esa etapa, que según las correligionarias mayores era la de la estabilidad, ella sentía una zozobra que nunca antes había conocido. Por supuesto seguía entregada al Señor y a sus obligaciones diarias, pero algo había profanado todas las certezas anteriores: un sentimiento de bienestar que la ocupaba todo el tiempo y que se acrecentaba cuando él se encontraba cerca. Acompañado de una sensación de necesidad de sentirse cerca de él cada instante del día y de la duermevela que eran todas y cada una de las noches desde que comenzó aquel estado.
Todo comenzó cuando vio por primera vez a aquel hombre, al que le calculaba cuatro o cinco años menos que ella. Notó que algo, en lo más recóndito de si misma se había quebrado. Todas sus costuras habían saltado por los aires y el traje a medida que había sido su existencia hasta ese momento cayó, dejándola desnuda al albur de aquel rostro de labios carnosos y ojos azules, como el cielo al que ella aspiraba a llegar al final de sus días.
Desde esa primera vez ella creía que él también la correspondía. Al menos eso parecía indicar esa mirada fija y limpia que se centró en ella durante varios segundos y la sonrisa que pareció dedicarla.
Sus sospechas parecieron ser certeras, cuando comprobó que él don Manuel, el sacerdote de la congregación, buscaba siempre un momento para estar a solas y hablar con ella. Esos pequeños fragmentos de tiempo compartidos, llenos de miradas infinitas, entreveradas entre sonrisas provocadas por algo que intuía debía ser amor terrenal, suponían algo imprescindible. E intuía, poseía la certeza, de que se trataba de amor carnal porque a duras penas podía contenerse cuando estaba junto a él. Le encantaría besarlo, acariciar su cuerpo, sentirse poseída por él.
Lo curioso del asunto es que durante muchos años la habían advertido sobre los peligros de la carne y ahora sentía que la carne, la de don Manuel, era su salvación, el paraíso para el que había vivido durante toda su vida adulta. Estaba deseando con todas sus fuerzas recorrer ese edén hasta su último milímetro.
Las visitas del sacerdote cada vez se sucedían con mayor frecuencia. Igual que los encuentros, cortos y casi sin palabras, con ella.
Tras más de dos meses él se atrevió a buscar su mano, acariciándola con suavidad, y ella sintió como saltaban todas las alarmas, que apagó con celeridad, y se dejó llevar en el viaje de los dedos masculinos sobre su mano. Los ojos de ella gritaban con furia que la besase, pero no ocurrió. Una voz femenina reclamaba a lo lejos al padre Manuel y él separó sus manos para acudir a la llamada de la vieja hermana Matilda.
Durante la siguiente semana se encontraron otros tres veces, en los que sus manos, esta vez las dos, se entrelazaban mientras sonreían, y ninguno de los dos se atrevía a besar al otro, a pesar de que ambos hacían esfuerzos sobrehumanos por no acercar sus labios a los del otro.
Al fin ella se decidió y él la secundó. Nunca había besado a ningún hombre, pero parecía haberlo hecho mil veces. Los labios de él parecían contener un manual de instrucciones sin palabras y una extraña sustancia invisible, que la estremecía.
La madre Matilda, de nuevo, interrumpió ese momento iniciático, demandando, a lo lejos, la presencia del sacerdote, que acudió presto a la llamada.
A pesar de lo fugaz de lo ocurrido, ella retuvo en sus labios, durante horas, su esencia. El resto del cuerpo estaba ocupado en recrear esa excitación que no había sentido con anterioridad jamás.
A partir de ese día ella esperaba ansiosa que él apareciera en el convento. Sin embargo, él parecía evitarla y cuando se juntaban él esgrimía cualquier excusa para alejarse de ella.
Tras varios intentos fallidos ella lo atrapó en una estancia y preguntó por su conducta evasiva. El sacerdote, distante y con un tono de tristeza, respondió que él no le convenía y que lo mejor era olvidarse de todo lo ocurrido. E insistió en que hacía todo esto porque sentía algo muy importante por ella y no quería hacerla daño. No puedo explicarte nada más. ¡Lo siento! Siento todo mucho.
Ella, inexperta en este tipo de situaciones, no supo que contestar y se quedó petrificada en el cuarto mientras él salia por la puerta. El resto del día lo pasó intentando reprimir las lágrimas, que brotaron de manera abundante durante la noche, en la soledad de la celda y de su dolor, y buscando una explicación a las palabras que había escuchado de labios de Manuel. De esos labios que había besado y que deseaba aún con mayor vehemencia.
El día siguiente amaneció triste en su corazón, pero con la determinación de conseguir el amor del hombre que había trastocado todo en ella. Hablaría con él y le propondría abandonar todo ese mundo clerical, para irse a vivir juntos. Por otra parte, pensaba que su fe, entre otras cosas, se basaba en la honestidad, por lo que creía imprescindible hablar de la situación con la madre superiora.
Había escuchado ayer por la tarde que don Manuel vendría por la mañana al convento y esta cuestión hizo que se planteara si debía hablar primero con él o con la superiora. Encontraba pros y contras a ambas opciones y no se decidía sobre la mejor opción, aunque no dudaba que debía acometer ambas conversaciones.
De nuevo la voz de la madre Matilde, mencionando el nombre de don Manuel, agitó el aire calmo del convento. Esta vez no llamaba al sacerdote, había algo distinto en el tono de voz utilizado por la vieja monja.
Cuando salió de su celda, impelida por las palabras y el tono de la anciana hermana, buscaba algo más que hablar con el sacerdote. Buscaba una respuesta a una inflexión de voz que presagiaba algo inesperado y nada halagüeño.
La impactó ver a ese hombre vestido con una sotana escoltado por otros dos hombres vestidos con uniforme policial, que le empujaban de manera sutil los brazos, ambos unidos en sus muñecas por unas esposas.
En ese momento irrumpió en el pasillo la madre superiora que preguntó a los agentes de policía sobre el motivo de la detención del cura.
Y entonces, aquella monja enamorada, inexperta en todo lo relacionado con las relaciones mundanas, supo leer en los ojos de Manuel, clavados en ella, la verdad que, de manera inmediata, escucharía de labios del agente de mayor edad y también supo que él, a su manera, con sus imperfecciones la amaba.
Las palabras dichas por el policía lo corroboraron: "Sólo podemos decirla que existen varias acusaciones contra don Manuel por haber abusado de varios menores".