lunes, 10 de agosto de 2026

FELACIONES, PASADO, PRESENTE Y FUTURO

 Esperaba que apareciera. No la conocía en persona. Unas cuantas conversaciones mediante WhatsApp, en las que ambos dejaron claro las intenciones que de tipo sexual que tenían y poco más. 

Ella llegaba tarde y él odiaba que le robaran el tiempo de esa manera, pero había que adaptarse. Por un momento deseo que la mujer no apareciese, empezaba a odiar repetir las mismas formalidades huecas, con el único objetivo de acabar compartiendo un rato en la cama. Por primera vez sintió que un plantón constituiría una bendición. Pero apareció y puso en práctica todo aquel reperterio trillado, que buscaba sondar cuánto tiempo iba a necesitar para que los dos se desnudasen en la habitación de él o en la de ella.

En este proceso había conocido algunas mujeres interesantes, con las que le gustaría compartir más cosas que uno o varios polvos, pero nunca, casi nunca, había conseguido enamorarse. La única vez que lo hizo vivió dos años inolvidables junto a esa mujer. 

Ahora, la conversación derivaba hacia los lugares rutinarios de siempre: trabajo, hijos, soy buena amante...  Y, poco a poco, se pasaba de insinuaciones veladas sobre sexo a hablar de ello de manera abierta. En  esta conversación preparatoria, no podía faltar el tema de la felación y lo experimentada y eficiente que en tales lides era y que acabó, como otras muchas veces había escuchado, con la frase: "Nadie se ha quejado". Pues no, no todas las mujeres que lo practican lo hacen igual de bien. Pero consideró, una vez  más, que no merecía la pena detenerse a aportar su opinión al respecto. 

La conversación no se prolongó en exceso, ambos tenían ganas de practicar sexo y acabaron en la cama de la habitación de uno de ellos, da igual la de quién. Se sabe cuando la otra persona ha disfrutado, por mucho que haya mujeres que te digan que son capaces de fingir un orgasmo muy bien y que tienen la capacidad de hacerte la mejor felación de tu vida y la cosa no estuvo mal, pero él sentía que faltaba algo. Algo que iba más alla de lo puramente físico.

 Un tiempo después, ya a solas, se dio cuenta que lo ocurrido hacía un rato no ocupaba en su cabeza ni un pequeño hueco. No ocurría como antes, que, además de una muesca más en su alma de cazador, le resultaba, por lo general, gratificante pensar en lo vívido. Parecía no tener mayor importancia que la que se le concede a cambiar un par de ruedas al coche, un  acto mecánico y necesario, sin alma. Y es ahí donde se encontraba el naufragio en que vivía, en la falta de alma de una gran parte de las experiencias que buscaba o le sobrevenían.

En  ocasiones se acordaba de la último persona con la que tuvo una relación. Seguía sintiendo algo por ella, aunque no podía definirse como amor. Al menos eso creía. De hecho, una noche reciente, que él llegó a casa con bastante más alcohol en su cuerpo del deseable, la envió  un par de wassaps. Por la mañana, con una resaca considerable, se arrrepintió de su osadía, o de su imbecilidad, y los borró sin que ella los hubiese visto, en parte, estaba seguro, porque no la interesaba nada de él (creía que había tejido un cierto muro ante él por  necesidad y por higiene mental). Se felicitaban por sus cumpleaños y poco más. Hizo, se hizo, la promesa de no volver a beber tanto y, de nuevo, tras esta penitencia autoimpuesta, pensó en los buenos momentos pasados con ella. Aunque sabía que no podía servir como excusa, hacía unos días, buscando otra cosa, aparecieron unas fotos de ambos, realizadas durante un viaje, que sirvieron de catalizador para echarla de menos, desconocía si mucho o poco, pero la añoró. En ocasiones, parece que varios hechos aleatorios siguen un hilo lógico que te conduce a un lugar. O, simplemente, les damos el signficado que nos viene mejor en cada momento y los utilizamos como excusa para justificar actos como enviar dos mensajes a tu expareja.

Durante el último año la vida de él había cambiado de manera drástica. De repente, disponía de bastante tiempo libre y añoraba compartirlo con ella, quién quiera que fuese ella. Se sentía sólo y no únicamente porque la muerte le hubiese arrebatado a parte  de sus seres queridos y cuidados. Quizás siempre se sintió solo o, tal vez, únicamente se encontraba en un estadío más de su vida, en el que la palabra soledad se apoderaba de su mirada. Un estadío, provisional, como todos los estadíos, agravado por el horrible calor estival, que se adueñaba del aire, del sueño y de los besos que nunca se dieron e hibernan en los labios ajenos. 

Por otro lado, se había dado cuenta de la gran relación que mantenía en su vida, y que siempre mantendría, además de comenzar a vivir por su cuenta, sufría una transformación, que hacía complicado lo que hasta el momento había resultado natural. Él creía que ambos estaban mudando su perspectiva de la vida, lo que incluía también la relación entre ambos, pero, intuía, que por muchas alteraciones que sufriesen las formas de comunicarse y estar, existía un vínculo indeleble, forjado en los peores momentos,en los que él siempre estuvo, tomando incluso decisiones que nadie se atrevía a tomar.

Pensaba que envejecer tiene ese tipo de cosas: nuevos roles que desempeñar por ti y por los demás, mirar a la muerte a los ojos, la soledad y el cansacio que, en ocasiones, genera la propia vida. Pero también traía una visión distinta, a veces muy positiva, de lo que se debe hacer: comer bien, viajar, hablar, ver la puesta de sol, experimentar, a veces hasta la extenuación física, olvidarse de los miedos...

Todo esto le llevó a pensar que no merecía la pena buscar nuevos cuerpos; y, por supuesto, tampoco  contar, cuando alguna de las dueñas de esos cuerpos quería más que el puro placer, que él no estaba enamorado de ella, lo cual era verdad, y que no podía ofrecer  todo lo que ella pedía. Debía sentar cabeza, dedicarse a buscar esa persona que añoraba y que desconocía si existía.

Pensando esto se quedó dormido, tal vez reconfortado por la sensación de que encaminaba sus pasos hacia la meta adecuada. 

La vez que se despertó, en torno a las cinco de la madrugada, para dar tregua a su vejiga, solo pensaba en volver a su cama y seguir durmiendo. La solución encontrada o el resto de reflexiones se diluían en el sueño aún por apurar y vencer.

Además de la próstata, la edad afecta al sueño y madrugar se había convertido en una rutina. La última vez que se despertó tarde, casi a las once de la mañana, ocurrió cuando el cuerpo desnudo, de la que luego sería exclusivamente una buena amiga, se encontraba en el otro lado de la cama, al alcance de su brazo. Se despertó al poco de traspasar el reloj las siete de la mañana. Como de costumbre, no se levantó, se quedo haraganeando en la cama y volvió a pensar en las decisiones tomada anoche, que siguieron pareciéndole acertadas.

Tras escuchar la vibración que  produce su móvil cuando recibe un mensaje, se dispuso a desbloqueárlo y ver quién se acuerda de él a tan temprana hora y para qué. Laura, le daba los buenos días. No dudo en responderla con un buenos días inicial en el primer mensaje. El segundo, continuación del saludo mantinal, hablaba sobre la idoneidad de conocerse en persona. El tercero, y último, constituía una invitación a pasar un fin de semana juntos. Un fin de semana de relax, buenos restaurantes, un buen hotel y lo que vaya surgiendo en la habitación con una botella de cava.

Tras escribir el mensaje pensó que tampoco se encontraba enamorada de ella y dudó sobre la conveniencia de borrar los tres mensajes, que ella aún no había leído. Tras breves segundos llegó a la conslusión que, por el momento, este tipo de cosas era todo lo que tenía para transitar por este mundo. Es más, por fin se confesó algo que siempre había temido: poseía la certeza absoluta, o casi, de que no iba a cruzarse con nadie a quien amar y que le amase y había asumido que moriría, pero, mientras, seguiría hablando de felaciones y explicando que no amaba a nuevas mujeres.

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