Los últimos días los había pasado lejos, muy lejos, de su lugar de residencia. En realidad, físicamente no se había desplazado de su casa, no le apetecía conocer gente nueva ni seguir protocolos manidos y, en cierta forma, fuera de lugar para él. Había permanecido en su entorno de confort, simplemente había pergeñando su futuro que pretendía se desarrollase lejos de esos muros, de esa localidad, de esa... vida.
Hizo recuento de personas a las que había conocido en su estancia en esa zona del país, que ahora consideraba poco más que un exilio autoimpuesto, y, sorprendentemente, fue capaz de enumerar una lista de cierta consideración de nombres, rostros y experiencias compartidas. Y, sin embargo, sentía que nada le ataba allí.
Consideró que, tal vez, no había realizado un esfuerzo suficiente para encajar en aquel lugar, tras más de dos décadas; pero de inmediato descartó esa posibilidad porque, de otra manera, no hubiese conocido a tanta gente y, en su fuero interno, poseía la certeza de que aquello que un día le llevó a ese lugar y le retuvo durante mucho tiempo, ya no constituía un imperativo, ni tan siquiera una excusa, para dilatar su estancia en aquella cárcel sin muros y, desde un punto de visto estético, con unos barrotes preciosos construidos sobre una naturaleza cambiante e hipnótica.
De manera simple, tal vez muy simple, todo se resumía en la necesidad que sentía de quererse y, por qué no decirlo, de sentirse querido.
Recordó como llegó aquí, dejando atrás todo lo que le proporcionaba estabilidad: pareja, familia, amigos, en pos de un trabajo que sabía le proporcionaría la seguridad que tanto anhelaba. Su pareja le acompañó año y medio después y allí conformó su propia familia, que en un momento dado, fruto de la ambición (aún resonaban en su memoria esas palabras: "tengo que mirar por mi futuro") se vino abajo, no por el desgaste lógico de las relaciones, si no por la necesidad ajena de apropiarse de todo lo material, e incluso de lo inmaterial. Años después, cuando todo se revirtió, pensó en la mezquindad de la codicia y de las personas codiciosas; así como en la importancia de persistir en la lucha hasta encontrar el momento adecuado para conseguir lo pretendido o, como en este caso, más de lo pretendido en un principio.
De esta experiencia extrajo varias conclusiones, pero, sin duda, la más importante se puede sintentizar en la importancia de poderse mirar todas las mañanas al espejo sin culpa, no necesitando adherirse a causas externas, y en muchos casos difusas, para justificar los actos realizados.
Conoció después mujeres, incluso de alguna se enamoró, pero, con excepción de Elena, por la que, a fecha de hoy, no sabe muy bien si siente algo (hace poco comenzó a creer que aquellas personas a las que se ha amado y no te han hecho daño, o excesivo daño, siempre forman parte de uno mismo, sin conocer con exactitud la palabra exacta que define a esa pedacito que aún vive dentro de nosotros).
A pesar de su deseo (convicción) de mudarde, había ordenado su casa como hacía años no lo hacía; rescatando incluso las ganas de volver a enfrentarse con su guitarra o con su cámara de fotos, ambas olvidadas en algún rincón de la indolencia. Pensaba que, de alguna manera, ese orden externo era el reflejo de un orden interno que, desde hacía unas semanas, sentía que se iba imponiendo en su vida, después de un largo tiempo de ir trampeando como podía el día a día. Existía dentro de él, cada vez de manera más palpable, un sentimiento extraño que aunaba la claridad de propósitos con una especie de limpieza interior, lo que no impedía que sintiese en muchas ocasiones, esa sensación de tristeza, de la que buscaba huir.
Poseía la certeza de que esos momentos de claridad representaban la única salida posible a esa situación de enmohecimiento vital en la que se encontraba desde hacía años. Esa claridad generaba momentos de lucided, de limpieza, en los que volvía a sentirse ilusionado, optimista e incluso alegre. Períodos en los que parecía navegar sobre el tiempo con la facilidad del que sabe que engrana los segundos de manera correcta. Esos instantes borraban ese cajón oscuro en el que habitaba, bien por indiferencia, bien debido a las circunstancias, o bien a cuasa de una conjunción de ambas.
No se trataba de un propósito pasajero o caprichoso; al contrario, todo constituía parte de un proyecto vital innegociable e imprescindible, que iba más allá del cambio de entorno. Se trataba solo de revivir antes de que la voragine de los años le atrape de manera irreversible.
Sin embargo, este tiempo no había discurrido en balde. Había vivido, disfrutado, sufrido, amado, odiado, luchado, perdido, ganado, conocido gente variopinta, alguna incluso poco recomendable para el estándar oficial, viajado, escuchado, hablado... con mucha más intensidad y en muchas más circunstancias que mucha de la gente que conocía. Y eso lo apreciaba. No necesitaba que muriese nadie para identificar un modelo de lo que fuere. Tal vez, todo se redujese a eso, a seguir viviendo, experimentando sin la sujeción de lo que ahora le maniataba de manera real o sólo en su mente.
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