Lo esencial no varía. Nada, ni el lugar ni el color de la piel ni el idioma, ni tan siquiera las condiciones económicas, interfieren en lo que nos define como seres humanos; aquello que constituye lo que todos y cada uno de nosotros compartimos, para bien o para mal.
Estas líneas que escribo ahora, basadas en mi experiencia, demuestran que la idea reflejada en el párrafo anterior resulta cierta, ya que existen una serie de fuerzas, a la vez tan simples como complejas, que pueden dar al traste, de manera natural, con todo aquello que dábamos por inamovible unas semanas antes.
Me llamo Khaled y nací en Siria. A diferencia de otros compatriotas míos que, como yo, forman parte de la colonia de emigrantes que llegaron a España en diferentes momentos y circunstancias durante las últimas décadas, no poseo ningún título universitario. ¿Por qué cuento esto? Porque soy consciente del alto nivel formativo que una buena parte de mis compatriotas que me precedieron en la diáspora hispana.
Me gustaría aclarar a quien se esté tomando la molestia de leer mi historia, que la ausencia de titulación no se debió a la falta de oportunidades que una persona como yo tuvo en el sistema educativo de mi nación. La nación siria, a pesar de la que transmita la propaganda occidental, se basaba en la igualdad de oportunidades y alcanzó unos altos estándares educativos. Esta ausencia de formación universitaria tampoco se debía a mi falta de capacidad intelectual. Más bien el causante fui yo mismo, por mi acentuada falta de actitud hacia los requerimientos de los profesores y la ausencia de esfuerzo, cuando de estudiar se trataba.
¿Me arrepiento? A veces, cuando anhelo un presente y, sobre todo, un futuro más desahogado económicamente. Pero, si soy sincero, este pensamiento no viene a mí con frecuencia, al contrario, más bien lo hace en las raras ocasiones en las que la motivación para seguir luchando, avanzando socialmente dentro de este país, desaparece. Momentos que coinciden, coincidían, con la sensación de que los seres queridos se hallaban muy lejos de mí.
¿Por qué cuento todo esto? Para que aquel que lea este relato pueda encajar en el contexto, si le resultase necesario, parte de lo que a continación voy a narrar.
Fruto de la geopolítica, las ambiciones de Occidente e Israel y la debilidad de los aliados tradicionales del gobierno sirio, en mi país se desató una guerra civil, en la que, con el paso del tiempo, triunfaron los fundamentalistas islámicos. Yo no esperé que ese momento llegase. Emigré como otros cientos de miles, diría incluso que uno o dos millones, de mis compatriotas hicimos. Lo hice solo, sin mi mujer ni mis dos hijos. El viaje conllevaba muchos riesgos y, además, tenía un costo para los cuatro que no podíamos asumir.
Las mafias aplican la ley de la oferta y la demanda en momentos críticos para las personas y sus vidas y el coste de estos viajes a Europa se incrementó de manera casi proprocional al aumento de número de compatriotas que querían huir del país por cualquier medio, casi siempre ilegal.
No me voy a detener a explicar al lector como discurrió esa auténtica odisea, en mi caso no para retornar a mi hogar con mi esposa, más bien al contrario, mi pretensión era que mi esposa y mis hijos me siguieran a mí en cuanto mi situación lo permitiese. Baste con decir que ese período se caracterizó por la incertidumbre, el miedo, las privaciones, la presencia de la muerte, por causa de ahogamiento, enfermedad y, en algún caso, como resultado de peleas, y situaciones de abuso, no sólo por parte de los miembros de las mafias, también por algunos de mis compañeros de huída, que no dudaron en forzar sexualmente a algunas de las mujeres que compartían viaje con nosotros.
Sea como fuere, yo conseguí llegar a España, mi destino pretendido desde el inicio, tras varias semanas de viaje y penurias. Aquí, sí, sigo en este país, al que llegué tras salir de Siria, tenía un contacto, un primo, que hacía años había emigrado, él sí cumpliendo con todos los trámites legales desde el principio, y se había instalado en Málaga. Esta forma de ingresar en la sociedad española, junto con una titulación de ingeniero, le habían facilitado adquirir un alto estatus socioeconómico, como demostraba el hecho de que sus hijos acudiesen al colegio alemán, en el que estudiaban parte de los hijos de las familias acaudaladas de la ciudad mediterránea.
Mohamed, que así se llama mi primo, me acogió en su casa y, durante unas semanas, pasé a formar parte de su familia; aunque yo sabía que se trataba de una situación provisional y debía buscar tanto una vivienda como un trabajo, que me permitiese variar la situación en que me encontraba en ese momento.
Siempre pensé que el desconocimiento del español supondría un problema para dar los pasos iniciales en el país al que acababa de llegar. Nada más lejos de la realidad. Gracias a Mohamed conocía a otros compatriotas y también a magrebíes con los que no me resultó difícil entenderme. La excepción eran los marroquíes que hablaban darija, pero, en poco tiempo también fui capaz de mantener conversaciones fluidas con ellos.
Este contacto con otros inmigrantes, la gran mayoría sin la documentación necesaria que asegurase su permanencia en el país, tal como me ocurría a mí, me proporcionó el conocimiento necesario para comenzar a trabajar, por supuesto sin ningún tipo de garantía ni cobertura social, en el mundo de la agricultura. Alguno de estos nuevos conocidos, que en un par de casos llegaron a convertirse en amigos, me proporcionaron los contactos necesarios para ofrecer mi fuerza de trabajo a agricultores que, en muchos casos, se autodenominaban patriotas, pero que cuando del dinero se trataba, no hacían ascos a contratar extranjeros, sin ningún tipo de papeles que acreditasen que estábamos realizando el trabajo por el cual nos pagaban. La patria, en ocasiones, se ubica en la cartera de los que pontifican sobre ella.
Los ingresos que obtenía, ahora sé que escasos si hacemos un cómputo entre tiempo de trabajo y dinero recibido a cambio, me permitieron buscar alojamiento, compartido con varias personas en mi misma situación, ya lejos de mi primo y su familia, que durante un tiempo también lo fue.
Me gustaría constatar en estas líneas que esos primeros momentos en España, de desconcierto y adaptación, resultaron mucho más llevaderos gracias a todos los que me acogieron en su casa cuando arrivé aquí. Les estaré, les estoy, eternamente agradecido por ello. Espero no olvidar nunca por todo aquello que he pasado y tener la capacidad de dar lo que yo recibí a aquellos amigos y conocidos que se puedan encontrar en una situación como la que yo viví.
Además de ellos y alguna de las nuevas amistades que hice durante esos primero meses, la adaptación resultó más fácil gracias a una organización católica, que, entre otras actividades, se encarga de ayudar a los inmigrantes que aún no tenían permiso de residencia. No les importó, en ningún momento me lo preguntaron, que perteneciera a ese millón y medio de personas que en el mundo profesamos lo que se conoce como religión drusa. Sólo vieron en mí un ser humano necesitado de ayuda, que había llegado a un país nuevo, huyendo de una guerra. Personas que dedicaban su tiempo a desconocidos, para que estos tuviesen una vida digna, o lo más digna posible, porque hace mucho tiempo, un par de milenios, en un lugar cerca del que procedo, alguien les dijo, supuestamente, que debían querer y ayudar al prójimo. Me chocó bastante la diferencia entre los que me contrataban y explotaban, que decían profesar la misma fe que los que me ayudaban en sus organizaciones, y estos voluntarios, y algunos profesionales, que procuraban revestirme de la dignidad que, según ellos, todos los seres humanos merecen.
Aunque hasta el momento solo he escrito sobre mí, en ningún caso olvidé a mi familia, que continuaba en Siria. Todos los días hablaba, a través de videollamada, con mi esposa, Houda, y con mis hijos, Abdel y Noor, a través de la aplicación WhatsApp y cuando comencé a trabajar y a percibir mis primeros magros salarios, enviaba, les enviaba una parte significativa de los mismos. La guerra en mi país no parecía tener fin y, aunque, de momento, a ellos no les afectaba, la preocupación me acompañaba día y noche.
Por supuesto, yo no les contaba que, en ocasiones, debía compartir habitación con otros inmigrantes o que la situación laboral se podía definir, siendo generosos, como precaria. No necesitaba añadir más preocupaciones a las que Houda ya tenía: cuidar de los niños, aún pequeños, ella sola, sin ayuda de sus padres, que habitaban en una región donde la guerra mostraba su verdadero rostro, cruel e inhumano, que unido a la falta de recursos tras su separación provisional, junto con la incertidumbre de un conflicto bélico guerracivilista, ya resultaban lo suficientemente estresantes.
Durante una larga temporada esa comunicación telefónica constituyó un punto de arraigo y de tranquilidad en toda la vorágine que supusieron los primeros meses de residencia en España. Al finalizar la videollamada sentía el peso de la soledad, la incertidumbre y la responabilidad que había asumido al emprender el viaje y gastarme buena parte de los ahorros familiares para emprender la aventura que había de llevarnos, en un futuro indeterminado, a conseguir una vida mejor. Un lugar donde ver crecer a nuestros hijos con la única incertidumbre de su futuro laboral.
Pronto comprendí que, aunque, hasta ese momento, resultaba suficiente con el escaso conocimiento de español que tenía, pues el idioma que hablaba normalmente en mi entorno era el árabe, necesitaba conseguir un buen dominio del español, para abrirme puertas nuevas, en especial en el mercado laboral. Como para otras cuestiones, recurrí a la organización católica de la que antes hablé, ya que disponía de un servicio de clases para aprender español, totalmente gratis, para ciudadanos extranjeros que no tenían otra forma de acceder a este tipo de enseñanza, bien por imposibilidad económica, por falta de papeles o por ambas cuestiones.
Acudía siempre que podía a las clases. En ocasiones terminaba de trabajar tarde y me resultaba imposible asistir, pero, en líneas generales, iba siempre que me resultaba posible. Éramos un grupo reducido, nunca estábamos más de diez alumnos en clase, aunque en realidad supera el número de veinte inscritos en esta actividad; pero no siempre podíamos acudir todos y algunos otros, aunque formalmente matriculados, no aparecieron por el aula ningún día.
La profesor, Yanire, provenía de Colombia, y había entrado en España, como todos nosostros, sin papeles. Sin embargo, ella no se había jugado la vida atravesando mares ni poniéndose en manos de mafias. Cuando naces en un país hispanoamericano posees la ventaja de poder entrar, legalmente, en España con un visado turístico, generalmente a través del Aeropuerto de Barajas, que te permite permanecer en España durante tres meses, tras lo cuales pasan a considerar tu estancia en el país como ilegal. Contrariamente a una creencia muy extendida en España, la mayor parte de los inmigrantes sin papeles entran por aeropuertos, en especial por el citado con anterioridad, de manera legal.
Yanire resultó una gran profesora, al menos a mí me lo parecía. Comprendía nuestra situación, ella había vivido algo similar no hacía mucho tiempo, y mostraba una paciencia, casi infinita, con nosotros, que convertíamos la gramática española en un campo de minas. Nos hacía ver todo lo que habíamos avanzado, corrigiendo, una y otra vez, nuestros errores, con su seductora voz caribeña. Aprender constituía casi una obligación, aunque solo fuese para corresponder al esfuerzo y paciencia que nuestra docente mostraba con cada uno de nosotros. Además, Yanira poseía una belleza cautivadora. Al menos a mí me lo parecía. Otro motivo para personarse en las clases.
Los progresos en la adquisición del español se produjeron con rapidez. En las conversaiones con mis hijos les enseñaba palabras o expresiones que había aprendido en castellano. Nunca supe si lo hacía para que aprendiesen la lengua del país que les acogería o para presumir de mis avances en la lengua de Cervantes. Tal vez, existía una mezcla de ambos aspectos en esa conducta. Por un lado ejercia el papel de padre y por otra parte quería hacer partícipe a los míos de los progresos que realizaba en mi nueva vida.
Unas pocas semanas después del comienzo del curso de español, la mayoría de los que acudíamos a él empezamos a quedar al finalizar las clases con la excusa de practicar español, aunque, en realidad, esto constituía un pretexto para seguir viéndonos fuera del aula. Con el tiempo, el ambiente de camaredería, sería más preciso decir de amistad, entre todos nosotros facilitó que construyésemos un grupo estable de amigos, que quedaba también los fines de semana para realizar actividades conjuntas. Un grupo en el que se integró también Yanira, aunque ella acudía con menor frecuencia que la mayoría de nosotros a los encuentros que realizábamos.
Yanira y yo sentíamos una gran afinidad. Reconozco que ella me atraía físicamente, me gustan las mujeres voluptuosas como ella, pero, además, ambos nos sentíamos agusto junto al otro. Teníamos una visión de la vida similar y resultaba muy sencillo y, por qué no decirlo, acogedor encontrar una persona con la que la conversación fluía por unos cauces tan sencillos como lógicos. Esa sensación que se tiene solo con aquellas pocas personas, hombres o mujeres, que parecen habitar exactamente en el mismo mundo que tú.
De esa manera, entre el trabajo, las clases de español, el grupo de amigos y las videollamadas, transcurrían los meses, digamos que si no de manera apacible, sí sin grandes sobresaltos. La única preocupación seria la constituía la situación en Siria, que lejos de apaciguarse viraba hacia una guerra total y más cruel, si es que una situación bélica puede resultar más cruel que otra. Los fundamentalistas islámicos, apoyado por Occidente, parecían recobrar el pulso y ganar terrreno en su intento por acceder al poder del país. Siempre que recordaba las imágenes de su líder sujetando una cabeza cortada de un enemigo con una de sus manos y dando patadas a otra, sentía un temor irracional por mi familia.*
Al no poder regular mi situación, los trabajos que desempeñaba se caracterizaban por la precariadad y la mala remuneración. Por ello, cuando a los veintisiete meses de mi llegada, se empezó a expandir el rumor de que el Gobierno de España estaba diseñando una ley que permitiría que muchos de nosotros pudiésemos disponer de un permiso de trabajo, que regularizaría nuestra situación, no pude evitar llorar de alegría. Sentía que todo lo vivido mereció la pena, a pesar del miedo sufrido en ocasiones. A pesar de la incertidumbre, que había presidido todo desde el momento en que mi esposa y yo decidimos que había de cruzar el Mediterráneo en busca de un futuro mejor para los cuatro. A pesar del sentimiento de soledad, que me había acompañado, en especial en los primeros meses de experiencia. A pesar de todos los pesares pasados por mí y por mi familia en nuestro país.
Todo parecía merecer la pena, porque aquí, en mi nuevo hogar, también había encontrado quién me quería y me daba cobijo.
En efecto, tres meses después apareció una disposición legislativa para regularizar la situación de las personas que, como yo, residían, trabajaban, pagaban un alquiler, usaban algunos de los servicios de este país e incluso teníamos cuentas bancarias aquí. Los trámites, realizados por una abogada relacionada con la asociación católica, a la que cada vez acudía con menos frecuencia, se resolvieron con una relativa rapidez.
Cuando tuve el papel con mi nombre en mis manos, ese papel que me permitía transitar por cualquier lado sin miedo de que un policía me exigiese una documentación que no poseía y que podía dar con mis huesos, y con mis sueños, vete tú a saber dónde, sentí la tranquilidad que genera la sensación de haber realizado un trabajo bien hecho. Un trabajo en el que se pone todo el empeño y la pericia para realizarlo sin falla, para ejecutarlo a la perfección.
Ahora solo quedaban ellos. Solo restaba más burocracia. Solo faltaban unos papeles, de nuevo unos paples, que permitiese la precencia de ellos aquí. La presencia de Abdel, de Noor y de su madre en Malaga, donde aún seguía residiendo.
La alegría en los rostros de los míos cuando, durante una videollamada, les mostré el documento, que acreditaba que mi situación en España resultaba legal, me generó un poso de amargura, pues tuve que explicarles que su situación aún no se había resuelto con esta credencial. Cuando les plantee que ahora debería iniciar otro proceso, de duración incierta, para conseguir que ellos viniesen a España de manera legal, la desilusión se apoderó de mis hijos, que desconocían los detalles de todo lo que conlleva la autorización para residir junto a mí. Houda, que ya conocía de antemano todo el proceso, se dedicó desde ese mismo momento a consolar a mis hijos y a implantar en ellos la idea de que lo más complicado, el permiso de trabajo, ya lo había conseguido y que el resto llegaría de trámites se solucionaría con más celeridad que mi permiso.
Aunque, gracias a mi nueva situación, conseguí un trabajo en el que estaba asegurado, mi situación económica, mi salario, no mejoró en exceso. Mi nivel de español a estas alturas ya resultaba bastante bueno y desde hacía meses no acudía a las clases de español, aunque los compañeros de aquella aventura educativa seguíamos constituyendo un grupo de amigos, al que, como ya escribí con anterioridad, se había unido hasta la profesora.
La misma abogada que gestionó toda mi documentación, se encargó de los trámites para conseguir que mis hijos y mi mujer pudiesen adquirir el derecho de venir a vivir conmigo a España. Apeló a la situación en el pais, cada día más enrevesada, con diversos países y facciones sirias implicadas en la misma, como forma de lograr la reunificación familiar y, de manera sorprendente, en pocos meses consiguió el beneplácito de la administración para que viajasen y viviesen en esta ciudad de la costa mediterránea, en la que habito, junto a mí.
Encontrar billetes de avión no resultó difícil. Conseguí que realizasen el viaje, exclusivamente en avión, realizando una sola escala en Estambul. Cuando vi salir a mis hijos y a Houda por la terminal de llegadas el corazón me dio un vuelco. Mis hijos parecían otros. Más altos, más delgados, consecuencia de la adolescencia, y con una voz diferente, en especial Abdel. Su madre, en cambio, aparentaba haber envejecido diez años o más durante este período de no más de cuatro años. Arrastraba el cansancio del esfuerzo, de la soledad en la crianza de los hiijos, del miedo a la guerra. Todo ello se reflejaba en su ojos y en el gran número de arrugas presentes en su rostro, que apenas si existían cuando partí de Siria. Por un momento se me pasó por la cabeza si yo había sufrido durante este tiempo un proceso similar al suyo en mi cara, pero rápidamente lo desterré de mi cabeza. Tenía cuestiones más importantes que resolver durante esos primeros momentos de nuestro reencuentro.
Conduje a mis hijos y a su madre al piso que había alquilado y, después de revisarlo y adueñarse de sus respectivas habitaciones mis hijos dieron el visto bueno. Houda no sé si concedió el beneplácito a su nueva casa o no. No se lo pregunté, debía plantearle antes una cuestión urgente, que definiría a partir de entonces nuestra relación. La relación de todos los que nos encontrábamos en ese momento en esa vivienda.
Intenté ser conciso y exponer la situación sin circunloquios ni rodeos innecesarios:
"Como me comprometí había conseguido que ella y los niños obtuviesen el permiso de residencia en España, junto a mí. Sin embargo, yo me había enamorado de otra mujer, Yanira, y convivía junto a ella en su piso. No tenía intención de cambiar esta situación, porque no pensaba renunciar al amor de mi vida. Sin embargo, a efectos oficiales, Houda, los niños y yo debíamos convivir en el mismo domicilio, para que ellos pudieran permanecer en España. Por ello había alquilado el piso donde estábamos ahora, que sería el lugar donde ella viviría junto con Abdel y Noor, cuando estuviesen con ella. Yo necesitaba tener a mis hijos cerca de mí y tenía un compromiso con ella de que todos vendrían a España conmigo. Ese acuerdo lo he mantenido, y te ayudaré a buscar empleo, si lo deseas, pero no me pidas que viva contido y renuncie a la mujer que me hace sentir lo que jamás he sentido. Yo me encargaré de contar todo a los niños, contido delante, por supuesto, siempre que tu quieras. Les plantearé una custodia compartida, sin papeles oficiales, obviamente. Así tú y yo podremos estar con ellos tiempo. No quiero renunciar más tiempo a ver como crecen y a estar a su lado. No sé lo que opinas tú ni lo que van a opinar los niños, que sé en un principio no se van a sentir cómodos con la propuesta. Aunque espero que tras el choque inicial acepten la proposición. Quiero ver crecer a mis hijos, aunque no acepten lo que les voy a exponer".
Cuando terminé me sentí tan liberado como despreciable. Liberado por haber expuesto la situación y despreciable por todo el dolor que había generado a Houda. Pero, por otro lado, no podía renunciar a la persona que me había hecho sentir el amor como hasta entonces nunca lo había sentido y que me había explicado sin palabras que algo tan esencial solo existe para vivirlo junto a la persona que lo provoca y que también te lo ofrece.
*Esas imágenes del actual presidente de Siria son reales.