lunes, 11 de enero de 2016

YO HE HECHO MAL...

 “A menudo las personas dicen que aún no se han encontrado a sí mismas. 
Pero el sí mismo no es algo que uno encuentra, sino algo que uno crea”.
Thomas Szasz


Comienzo a escribir esta entrada y no tengo ninguna certeza sobre como va a acabar, a pesar de que el tema sobre el que voy a tratar lleva rondando por mi cabeza varios días. Por ello pido disculpas de antemano al lector si no encuentra mucho sentido a lo que se va a encontrar a partir de un determinado momento. Sin embargo, siento la necesidad de poner negro sobre blanco esta idea, sin saber muy bien los porqués. 
Pero no creo que a los que lean estas líneas les interese sobremanera lo que pasa por mi mente; por ello, sin más dilación, paso a abordar lo que me ocupa hoy.
Como todos aquellos que me conocen saben me dedico a la docencia. No temo desvelar un secreto si afirmo que se trata de una profesión donde el ego tiene gran importancia. No resulta infrecuente encontrarse con un compañero que todo lo sabe y domina, en general fruto de sus "muchos años de experiencia". Aunque no es necesario que ese pretendido dominio y conocimiento derive de ejercer décadas. A veces, la ciencia infusa se encuentra en alguien por gracia de una deidad, que parece no haber sonreído a los demás. A fuer de ser sincero, reconozco que yo también tengo ese puntito de egolatría, al menos en algún momento. 
Sin embargo, este post no versará sobre la egolatría propia o ajena. El objetivo de esta entrada no es otro que el de hablar de la capacidad de autocrítica.La autocrítica, esa virtud, desconozco si extendida poco o mucho entre el común de los mortales, que tan útil, o tormentosa, puede resultar.
Desde mi punto de vista, tan trascendentes resultan las conclusiones a las que se llega, fruto de una labor de reflexión propia, como la propia capacidad de cuestionarse diferentes aspectos de la propia existencia. Aspectos que van desde lo profesional, hasta las relaciones interpersonales, pasando por todo aquello que a lector se le pueda ocurrir.
Autocriticarse supone tener la necesidad de cuestionarse la idoneidad de lo que hemos llevado a cabo en diferentes momentos. A veces se debe a que hemos metido la pata hasta el fondo, por lo que resulta evidente que en algún momento algo hemos hecho mal. En otras ocasiones son matices, respuestas ante nuestros comportamientos, los que nos hacen analizar lo que ha ocurrido, intentando detectar aquello incorrecto. En todo caso todos estas conductas denotan una necesidad de buscar explicación a algo que no se ajusta a nuestras expectativas y, de paso, buscar una forma de actuar correcta si vuelve a suceder.
A nadie se le escapa que esta autocrítica viene siempre matizada por nuestra forma de entender el mundo, de entender las relaciones sociales, familiares... y que, en ningún caso, se encontrará una objetividad plena (si eso existe) en nuestro análisis de las causas. Sin embargo, a pesar de los expuesto con anterioridad, esta capacidad denota una intención de mejora, que no de autojustificación, pues se busca comprender lo que ocurre para responder con mayor eficiencia.
En ocasiones autocriticarse no resulta constructivo, en especial si se realiza en situaciones en que la moral anda baja, muy baja o por el núcleo terrestre. Pero en estos casos parece que inexcusable criticarse a uno mismo para demostrarse lo abyecto y mal tipo que es uno. Pero mi entrada no pretende hablar de estos momentos. Mi reflexión anterior se puede circunscribir a cuando nuestro estado de ánimo se puede calificar como normal e incluso un poco alto. En esos instantes la capacidad de autocrítica muestra su mayor eficacia. Resulta eficaz porque autocriticarse no consiste en fustigarse, sino en indagar sobre nosostros, nuestras reacciones, nuestras interacciones y buscar una mejora, si fuera menester, en las mismas. 
Se habla mucho de triunfadores, de personas emocionalmente estables, de empatía y de otro montón de historias que, según suene la flauta de una u otra manera, deben caracterizarnos, pero jamás se pone de relieve la capacidad para mejorar desde dentro (sin necesidad de mantras ni de mandangas budistas). Jamás se incide en la capacidad de pensar sobre nosotros, sobre como interactuamos con nuestro entorno, sobre lo que no nos gusta y sobre como cambiarlo. Queremos crear emprendedores/triunfadores, personas con una gran inteligencia emocional, personas capaces de desempeñar con eficacia diversos roles en esta sociedad, pero no nos cuestionamos enseñar a las personas a pensar sobre sí mismas, a pensar sobre lo que no les gusta, a pensar sobre lo que no funciona , a pensar sobre cómo cambiar todo aquello que, en el fondo, les lastra de una u otra manera. 
La autocrítica per se no va a cambiar el mundo, consiguiendo un mundo chachi (como ese que defienden desde algunos medios), pero sí puede contribuir a hacernos sentirnos mejor, a mejorar nuestro entorno y con ello a aumentar nuestro nivel de bienestar y el de las personas que nos rodean. 
Volviendo al mundo de la docencia, piense como sería el mundo de la educación si hubiese menos egos y mayor capacidad de autocrítica. Creo que este ejemplo resulta bastante ilustrativo de lo que hasta aquí he defendido.
Un saludo.



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