lunes, 13 de marzo de 2017

DIARIO DE UN MAESTRO GRUÑÓN (12-3-2017)

El jueves hubo una jornada de huelga en Educación para reivindicar una educación pública de calidad, lo que implicaría el fin de los recortes (menos horas lectivas, menores ratios, sustituciones automáticas...), derogación total de la LOMCE y otras cosas, más difusas (y confusas) de las que, querido diario, escribiré. 
No tengo ningún problema en reconocer que, por primera vez en mucho tiempo, no me sumé a una huelga. Y no lo hice porque he llegado a la conclusión de que un día, o dos, con las aulas a medio ritmo sólo suponen un ahorro de dinero para la administración, dirigida por el partido al que se le planta cara y una forma de lavar la cara a unos sindicatos que, en realidad, poco o nada han hecho por cambiar las cosas, tanto en los momentos de pretendida bonanza económica como en los que esta estafa llamada crisis ha hecho acto de presencia en nuestras vidas. Lo siento, no consiento que me tomen más el pelo. Si quieren cambiar la realidad demos una lección a nuestros alumnos, enseñándoles que la lucha real, la que tiene continuidad, es válida para cambiar las cosas. El resto, postureo barato. Convoquen una huelga indefinida en el sector de Educación, no seria la primera vez (y dio buenos resultados), y en ese momento me tendrán allí. Mientras, unos y otros métanse las cifras, y su política de tertulia, por donde les quepan.
Tras este desahogo, creo necesario abordar alguna de las cuestiones que me preocupan del sistema educativo español y de las que no se suele hablar en los medios.
Una de las cuestiones que me llaman la atención es la falta de capacidad, al menos de una parte de los compañeros, para trabajar en equipo. Tal vez deba comenzar por definir que entiendo por trabajar en equipo, pues me he encontrado con personas que trabajar en equipo es entrometerse en tu trabajo con los niños, sin preguntar por qué estás haciendo algo, y a eso lo llaman trabajo en equipo. Para mí, trabajo en equipo es un trabajo cooperativo, en el que todos aportan algo, cada uno en función de su formación, intereses... y que se basa en el respeto al compañero. El respeto no consiste en decir que todo lo que hace la otra persona está bien. Al contrario. El respeto es argumentar, cuando algo no nos parece bien, por qué no consideramos correcto lo que se está haciendo, dando alternativas razonadas. Pero, también, es respeto decir a un compañero que lo que está haciendo es bueno (tenemos mucha facilidad para decir lo malo y obviar lo bueno). En el fondo, el trabajo en equipo consiste en perseguir un objetivo común, operativizado de manera previa, aportando, en una relación entre iguales, opciones para conseguir dicho objetivo, valorando, y aplicando, las que se consideren mejores, y descartando, previa discusión, aquellas que se consideren insuficientes para dar una respuesta a las necesidades planteadas. 
Desconozco como se trata este punto en las facultades de Educación en estos momentos, pero considero que la formación permanente debería incidir mucho más en ello. El cambio de paradigma se me antoja fundamental. 
Sobre la LOMCE, qué decir. Una ley que se alimenta de la visión estadounidense de la educación: premiar a los mejores, arrinconar (sin decirlo) a una parte significativa del sistema, moverse por evaluaciones externas descontextualizadas y absurdas. En el fondo, a pesar de lo que quieran vendernos, se trata de emular a un país cuyo sistema educativo, al menos en las primeras etapas, se mueve por el paradigma de superar pruebas externas, descontextualizadas, para recibir dinero a cambio. Además, se suele olvidar que lo que nos deslumbra, su gran calidad universitaria e investigadora, se fundamenta, además de en elegir a los mejores,  en la acogida de personas venidas de cualquier rincón del mundo. En el fondo, se trata de un mercado que se autorretroalimenta: existen grandes universidades, que atraen a los mejores, que a su vez hacen mejores las universidad...
Sobre el modelo educativo que deseamos ya he escrito en este diario en otras ocasiones, pero me gustaría contar algo que me fascina y que creo debería servir de ilustración hacia donde debemos caminar.
Los que hemos estudiado Educación Especial, hace ya mucho tiempo en mi caso, o Audición y Lenguaje tenemos un referente en el Informe Warnock. Dicho informe, que toma su nombre de la persona, Mary Warnock, que encabezaba el comité de expertos que, siguiendo el mandato del secretariado de Educación del Reino Unido, realizó un análisis sobre la Educación Especial en el país, constituyó un referente mundial sobre el enfoque del trabajo con alumnos con necesidades educativas especiales. No creo, querido diario, que sea necesario explayarme sobre el mismo, pero sí sobre como funcionan los asuntos en aquellos lugares donde se quieren hacer bien las cosas, lejos de partidismos y sandeces similares. En un país consecuente no se utiliza la Educación como arma arrojadiza. Los políticos, que no deben ser expertos en Educación, por mucho que se les llene en este país la boca con dicha palabra (por lo general para no decir nada o, a los sumo, vaguedades), deben ponerse en manos de expertos (no confundir con amiguetes de ideología similar) que, aportando puntos de vista desde diferentes ramas del conocimiento, ayuden a comprender una realidad compleja, intentando dar una respuesta, lo más ajustada posible, a las necesidades. Dudo mucho que aquí se sigan estas pautas para abordar una reforma integral del sistema educativo, pues la red clientelar establecida por los políticos, tiende a utilizar a los suyos para pagar favores o crear deudas de gratitud. Sin embargo, como se puede comprobar con el informe Warnock, cuyas conclusiones son válidas cuarenta años después, cuando las cosas se hacen desde la lógica, sin filibusterismo moral, los resultados ayudan a establecer principios duraderos que, en muchos casos, suponen un cambio cualitativo real.
Por supuesto, en este forma de entender el asunto los medios de comunicación deben cumplir un papel fundamental, que hoy por hoy no  deben rehuyen: limitarse a transmitir la realidad, y no a distorsionar hechos, buscando el espectáculo puro y duro cuando abordan ciertos temas. El espectáculo carente de rigor, apelando a lo s sentimientos primarios del personal, transmitiendo una imagen distorsionada de la realidad . Problemas existen, y existirán siempre, como en cualquier otro tipo de interacción humana, pero las campañas de pánico, intoxicación y exaltación de hechos que no constituyen el pan nuestro de cada día en las aulas, deben desaparecer.
Hace poco hablé en este blog sobre un asunto sucedido en un instituto de Madrid y hoy no me resisto a contar lo que me exponía una persona amiga,  que pertenece al equipo directivo de un centro, en una conversación habida en un  bar. Dicha persona se quejaba de la facilidad con que ciertos padres acudían a los centros para hablar del presunto acoso escolar que sufren sus hijos. Sin negar que existe el problema, por desgracia, ¿cada vez que un niño tiene un problema con otro niño sufre acoso escolar? Sin embargo, es fácil crear un estado de alarma, haciendo aparecer cierta casuistica minoritaria como una realidad única y desbordante.
Por desgracia, a los juntaletras y mamporreros mediáticos de turno nadie les pide responsabilidades sobre sus exageraciones y deformaciones de la realidad. En el fondo, los medios de comunicación también tienen un papel educativo, no formal, pero el escaso, o nulo, interés que demuestran a la hora de mostrar la realidad del sistema educativo, de buscar diferentes posiciones, de ayudar al debate no contribuyen a que el ciudadano pueda aproximarse a lo que ocurre en los centros o en los despachos donde se redactan las leyes. Parece que los medios han optado por quedarse sólo con la función de entretener, olvidando la de informar y, sobre todo, la de formar (lo más parecido que hacen es adoctrinar).
Creo que me quedan cosas por escribir, querido diario, pero, por el momento, mis fuerzas no dan más de sí.