lunes, 28 de octubre de 2013

LA CRIPTA

El frío no había hecho acto de presencia, aún siendo mediados de octubre, en aquella milenaria ciudad, que tanto admiraba y de la que tanto disfrutaba cada vez que la visitaba. La temperatura, que superaba los veinte grados de manera ajustada, y ese Sol, que presidia un límpido cielo azul, inundando de luz todo lo que su vista abarcaba, invitaban a saborear ese café solo en la terraza de aquel viejo y decadente bar. Se encontraba sentado, sin compañía alguna, en una de sus calles preferidas de aquella urbe, y de urbe alguna.  Aquella calle, que veinte siglos atrás debieron transitar los legionarios de la Legio VII Gemina, daba acceso a algunos de los monumentos más espectaculares que conocía. Dos mil años de genialidad humana encontraban acomodo en aquel tramo peatonal, que tantas veces había recorrido y que tantas veces pensaba volver a recorrer.
Si bien había deambulado en alguna ocasión por aquellos lares sin más acompañamiento que sus pensamientos, siempre había existido una compañera sentimental a quien dirigir sus pensamientos y su afecto entre paseo y paseo. Ahora la cuestión distaba mucho de lo que acontecía en aquellas ocasiones. Había acudido a aquella cita solitaria con la intención de rememorar un pasado que desapareció sin remisión, un presente que se obligaba a vivir y un futuro en el que el único puerto seguro, y fundamental, lo constituía la pequeña persona a la que había contribuido a dar vida, hacía ya de ello varios años. Tenía la certeza absoluta de que todo lo que habría de venir giraría en torno a ese pedazo inmenso de su corazón que alimentaba con su risa despreocupada cada una de las horas de su vida.
No existía una justificación real para aquella visita. Pero algo le impelía a exorcizar ciertos demonios internos, con total probabilidad inexistentes, que le permitieran contemplar, dentro de un tiempo indeterminado, los frescos que describen mensualmente las labores agrícolas con otra persona que, además del gusto por el arte, compartiera un sentimiento más profundo y particular.
Recordaba la emoción que sintió cuando contempló esa cripta, o pseudocripta. La belleza, casi pueril, de aquellos abundantes restos de pintura, le hizo olvidarse de la mujer que se encontraba a su lado. Ese recinto le había atrapado y nada más importaba en ese momento, y en los siguientes. La simpleza de lo que observaba le trastocó sobremanera, comprendiendo que se encontraba ante algo de un atractivo sin igual.
La segunda vez que acudió a su cita con aquel lugar de enterramiento de los reyes de León su acompañante había cambiado y sintió un tremendo placer al poder compartir con ella ese espacio que para él condensaba la esencia del Románico, que tanto le atraía por su sencillez y, en determinados casos, por la sensación de urgencia que le transmitía. Urgencia por llenar un vacío por parte de unos reinos fragmentandos, inmersos tanto en guerras fraticidas como en campañas contra un enemigo que, en ocasiones, constituyó el mejor aliado contra el hermano o el hijo.
No le embargó en aquella ocasión un sentimiento tan contundente como el de la primera vez; sin embargo supo que en aquella ocasión su pasión era compartida por la mujer que disfrutaba con cada centímetro de aquella estancia. Ese disfrute compartido le llenó aún más que el desbocado sentimiento de la primera vez.
Ahora, en el presente, sentado en aquella cómoda silla, sentía dudas sobre la conveniencia de una nueva visita a aquel magnífico recinto. Sabía que aquella colegiata constituía parte de él, pero no alcanzaba a discernir con claridad si ese fragmento pétreo de su alma tenía sentido si se transitaba con él corazón pertechado únicamente de soledad. En ese mismo instante comprendió que esos sillares, casi milenarios, rebosan sentimientos. Cada sillar está conformado por la forma en que cada persona vive los sentimientos cuando se apresta a franquear los muros que tejen esos perfectos, y majestuosos, productos en forma de prisma, a los que los canteros han dotado de personalidad. Y en ese momento comprendió que merecía la pena esperar.

No hay comentarios: