lunes, 5 de agosto de 2013

VIVIR Y MORIR EN EL PUEBLO. UNA INICIATIVA LOABLE

La necesidad de trabajar me ha llevado a vivir en tres provincias diferentes, cuatro si consideramos los períodos vacacionales que pasaba en Zamora junto a mi pareja, que trabajaba en la citada ciudad. Tres o cuatro provincias, según se mire, seis o siete localidades distintas en las que he establecido mi residencia, bien de manera provisional, bien de manera definitiva. 
Atrás han quedado amigos, conocidos, compañeros y gente impresentable, por qué no decirlo. Sería injusto no añadir que algunos de esos amigos siguen siéndolo, aunque no podamos seguir viéndonos con la frecuencia deseada. 
En resumen, un periplo de más de una década y media en busca de un trabajo de maestro. Periplo que, por el momento, parece haber concluido, pues tanto mi residencia como destino laboral parecen poseer, al menos para mí, una estabilidad tan deseada como tranquilizadora.
En todo este tiempo he tenido ocasión de conocer diferentes hábitats, si así se le puede llamar, determinados por el número de pobladores de las localidades donde he asentado mis reales para vivir. En la actualidad mi hogar se encuentra en un pueblo cuya población censada se cifra en el entorno de los cinco mil habitantes. Un pueblo, ni grande ni pequeño, para que nos entendamos. Y es aquí donde he comprobado, y he llegado a comprender, lo que supone algo tan denostado por las nuevas modas: la necesidad de vivir donde has nacido, poniendo por delante esta premisa a la económica.


Cuando hace unos meses en un programa de televisión un "noble" patrio cargaba con dureza contra las personas de Andalucía que no se largaban en busca de mejores oportunidades se armó un revuelo considerable (de hecho el fulano rectificó, debido a la que se el vino encima). Sin entrar a considerar si el gachó en cuestión, un tipo que lo ha tenido todo, y en demasía, desde que lloró por primera vez, poseía la capacidad moral para criticar a esas personas, esta cuestión me parece harto interesante. Personas, en ciertos casos abocados a la incertidumbre económica, que deciden que lo más importante en su vida es vivir donde nacieron y donde su persona se ha ido haciendo, priorizando la relación con sus seres queridos, con sus amigos y con sus enemigos (por qué no decirlo). 
Desde cierto punto de vista, el más chachi piruli, muy relacionado con el neoliberalismo y con el desarrollo de la persona a través del trabajo??? esta actitud puede parecer retrógrada, digna de esa estupidez que se ha llamado la España profunda. Desde el punto de vista de este humilde ser que garrapatea estas líneas no puede, ni debe, existir crítica alguna hacia estas personas, que, sin huir de llevar una vida digna, anteponen lo humano, lo que ha conformado su existencia, a otros aspectos, relacionados en exclusiva con alcanzar un cierto nivel económico (iba a escribir alcanzar un cierto nivel de vida, pero me parece más correcto añadir la palabra económico tras la palabra nivel).


Tal vez algún lector, y muy posiblemente cualquier teórico de la economía patológica, achaque a estas personas un cierto inmovilismo, un conformismo patológico o una falta de capacidad de adaptación a los "nuevos tiempos". Nada más lejos de la realidad, al menos desde mi punto de vista. Muchas de estas personas poseen una iniciativa envidiable o, en el otro lado de la balanza, son capaces de afrontar con entereza situaciones económicas adversas. Sin embargo, se obvian aspectos como los anteriormente citados, y otros como la necesidad que sienten ciertas personas de tener su entorno cerca para ser felices. Se intenta vender una única verdad: el trabajo constituye la prioridad en la vida de la persona, cuando en realidad la única prioridad de una persona es ser eso: persona.
Existe cierta probabilidad de que algunos identifiquen a esas personas que deciden vivir toda, o buen parte, de su vida, en su localidad de origen con el tonto del pueblo. Nada más lejos de la realidad. Estos tipos, y tipas, son los que abren los negocios del pueblo, los que hacen nos proporcionan los alimentos, los que hacen trabajos diversos, necesarios para el funcionamiento de su localidad. Sin embargo, contrariamente a lo que mucha gente puede pensar, esta personas utilizan las nuevas tecnologías en su vida diaria, viajan cuando lo consideran necesario y, en muchos casos, son los que mantienen la vida cultura de sus localidades de origen. En otras palabras: contribuyen a que el hábitat rural no muera, aún más.
Posiblemente algún lector puede alegar que en los pueblos existen rencillas, cotilleos y maledicencias de todo tipo. Cierto, pero como existe en cualquier comunidad de vecinos o en cualquier trabajo "urbanita". En el fondo todo ello va en la condición humana y existe en todos los ámbitos de la vida, tanto del hombre urbanita como del ser humano "rural".


Sobre la España profunda, término absurdo donde los haya (más profundo que el caciquismo decimonónico de los que habitan en palacios y ministerios es difícil hallarlo en este país), que se identifica con personas que habitan en los pueblos de esta vieja piel de toro (especialmente con pueblos de ciertas comunidades autónomas), sólo puedo aportar la siguiente reflexión: yo soy hijo de personas que conformaban esa España profunda y, cosa curiosa, con todas sus "costumbres", mis padres me invitaron a formarme, a progresar en la vida y aceptan con normalidad que conviva con mi pareja sin pasar por vicaría alguna o que mi hijo no haya "recibido" las aguas bautismales. Parece que los componentes de esa España profunda han conformado esta "España moderna" donde el triunfo económico como principio básico nos ha puesto en la órbita de Europa. Tal vez, sólo tal vez, el desconocimiento absoluto de lo que significa el mundo rural, con sus virtudes y sus miserias, para muchos de los habitantes de las ciudades lleva a hablar de la España profunda y a hacer sentir a esas personas una cierta superioridad moral, sobre aquel que decide vivir en su pueblo para los restos. En este sentido, me gustaría reseñar que la visión que los medios de comunicación, que no de información, transmite de la vida rural ayuda mucho a distorsionar la realidad.
Me estoy distanciando del tema principal de esta entrada, intentando analizar aspectos relacionados con el mismo, que no aportan excesiva información. Con total seguridad todo ello se debe a que la idea que intentaba transmitir: el respeto que me merecen las personas que deciden quedarse a vivir en sus localidades de origen (en ocasiones tras vivir años en ciudades o pueblos más grandes). En el fondo, la presunta falta de iniciativa de estar personas, no es más que la decisión, fuerte y casi siempre irrevocable, que tomaron hace mucho tiempo. La decisión de apartarse de modas, del éxito económico o de zarandajas por el estilo, pues consideran que lo más importante es todo el entorno en el que han crecido y en el que desean morir. La presunta falta de iniciativa se convierte en una iniciativa personal, que vulnera lo "políticamente correcto" y el pensamiento único. En el fondo, se trata de vivir como a cada uno le da la gana, frente a los designios del señorito andaluz o del economista neoliberal de turno.
Un saludo.

2 comentarios:

Manuel Larios dijo...

Totalmente de acuerdo con el artículo, es más soy una de esas personas que ahora me encuentro sin identidad, con 7 años emigramos de Extremadura a Euskadi, después me "tocó" la mili en Galicia donde ahora resido y no sé de donde demonios soy, ni extremeño ni vasco ni gallego, y si paso por extremadura tengo "morriña".

PACO dijo...

Hola Manuel.
No me extraña que tengas morriña de Extremadura. Uno, que lleva viviendo en Extremadura más de una década, aprecia la belleza de esta tierra y la forma de vida del personal. De todas formas, uno es de donde pace, o, al menos, de donde tiene su corazón y, por ende, a sus seres queridos.
Un saludo.