jueves, 7 de junio de 2012

CONTEXTO

Hace poco tiempo me llegó una noticia sorprendente sobre una persona cercana: padecía una patología, digamos de carácter psíquica, que resultó ser sorprendente, al menos para mi, por lo poco ajustado de los criterios que se utilizan para determinar tal enfermedad, al funcionamiento de dicha persona en su discurrir diario.
En un principio cogí los criterios diagnósticos más comunes utilizados en estos casos y comparando lo propuesto en el manual para estos casos con lo que veía día a día no encontraba un hueco donde encajar lo propuesto por el especialista y los items que tenía frente a mi. 
Con cierta presteza aparqué el asunto en uno de esos rincones donde el tema se encuentra a resguardo, pero dispuesto a salir a la superficie al menor atisbo de necesidad. Desdeñé por tanto lo más hondo del baúl, pues, a pesar del desconcierto, algo en mi consideraba necesario que este asunto no quedara sumergido en la zona abisal del olvido absoluto.
Como es costumbre, esta vez de manera somera, traté el asunto con mi pareja, que además conoce a la persona y, como no era momento, todo quedó en un breve comentario a pie de página de aquello que nos traíamos entre manos. Pero, tal vez en ese momento, o un poco antes o un poco después, no sé precisarlo, surgió la palabra crucial: contexto.  C O N T E X T O.
Contexto: conjunto de circunstancias que condicionan un hecho.


En este caso, el contexto, condiciona la evaluación. Un contexto nuevo para la persona evaluada, es introducir una serie de variables que el evaluado no maneja necesariamente, en este caso lo afirmo. ¿Qué evaluamos en este caso? Un registro sistemático de su conducta, de sus capacidades en distintos ámbitos, de sus pautas rutinarias de actuación, de su realidad fuera de ese momento y de ese lugar, parece imprescindible. En otras palabras, a una persona con ciertas limitaciones por cuestiones que no voy a contar aquí por motivos obvios, se le "miden" sus respuestas cotidianas en un contexto artificial, por mucho que los items estén diseñados para, en teoría, superar ese hándicap. Resultado, desde mi punto de vista, un auténtico disparate. 
No parece muy apropiado pensar que una persona con ciertos déficits se adapte a los requerimientos del explorador. Me explico. Cuando una persona a partir de una determinada edad acude a que revisen su agudeza o su campo visual sabe que debe ofrecer una serie de respuestas para que dicha valoración pueda considerarse válida (a nadie se le ocurre decir letras de manera aleatoria cuando te presentan una fila de ellas para poder precisar la agudeza visual). Sin embargo, en ciertos casos la cuestión es bien distinta. La colaboración del paciente dista mucho de ser la óptima, especialmente en determinado tipo de población. Si a esto le añadimos que las pruebas se realizan en contextos desconocidos, por parte de personas totalmente desconocidas para el individuo, y todo ello en un lapsus de tiempo ínfimo, ¿qué evaluamos en realidad?


Este problema del contexto artificial para evaluar, que desde mi punto de vista, acertado o no, tanto daño hace a la educación, en concreto a los alumnos, contribuye a deshumanizar e industrializar el acto educativo. La importancia de la observación pausada (debemos recordar que el propio observador, al menos en un principio, puede alterar las dinámicas habituales, pues es un elemento extraño en los primeros momentos), buscando no sólo limitaciones, también puntos fuertes. El contraste y la búsqueda de explicaciones racionales a las discrepancias del funcionamiento de la persona en función del momento o de las personas que constituyan el entorno del niño; así como la importancia de valorar los sentimientos de la persona evaluada (roza la ridiculez no considerar que ciertos comportamientos o bajones en el rendimiento son una respuesta a situaciones que los niños pueden considerar traumáticas, lo sean o no. No es lo mismo un divorcio de los padres que el nacimiento de un hermano menor) constituyen un eje básico en la función evaluadora.
Todo este proceso, que debe huir de lo mecánico debería guiar cualquier actuación, no sólo en el ámbito educativo, en cualquier campo donde las personas sean receptores de esas valoraciones. Cuando cualquier ciencia que se basa, estudia y/o intenta explicar los comportamientos o acciones del ser humano, ya sea a nivel individual o colectivo, pierde de vista que todo no se puede reducir a fríos números o a fórmulas de dudosa validez, se produce esa deshumanización de esa ciencia, pretendidamente humana, y carece de toda validez, por más que ciertas fórmulas intenten demostrar lo contrario.
A veces vale más mirar a la cara de una persona que todo el conjunto de conocimientos acumulados durante siglos.
Un saludo.

2 comentarios:

Carlos Galeon dijo...

Por ese motivo que indicas, lo psicólogos siempre acuden a la entrevista personal, como mejor método de evaluación. Los tests, y otras sistemas, tan sólo son guías para dirigirla o para diagnosticar algún fallo indetectable en la entrevista (como por ejemplo fallos de audición o de visión o de atención audio-visual), que te los da directamente un test.
La entrevista y la observación en ella del lenguaje corporal, no sólo de lo que dice, es la herramienta fundamental de trabajo del psicólogo (o el psiquiatra).
Saludos y un abrazo.

PACO dijo...

Hola Carlos.
Es evidente que por motivos de privacidad no he profundizado en el asunto. Lo que tú planteas es un trabajo con personas con un nivel intelectual normal, o casi, un lenguaje normal, o casi, pero yo no estoy hablando de algo normal, o casi. Es más, la información requerida para completar la visión sobre el sujeto, por motivos que no vienen al caso, no ha sido completa. De una entrevista se puede, y debe, sacar información, De hecho hacer una buena entrevista es un arte que conlleva mucha formación y mucha práctica. De los test posiblemente también, aunque yo no crea en los de inteligencia, que son los que conozco, del resto no puedo opinar.
Pero yo hablo de otra cosa, de tener una imagen lo más completa de un individuo. Buscando un simil con la educación, cuando yo enseño, funciona la teoría de la mente, el aprendiz sabe que estoy enseñando y yo que el aprendiz debe aprender. Si en una evaluación diagnóstica uno de los dos tipos no tiene esa conciencia y los datos aportados son insuficientes, a lo que se suma la incapacidad del individuo para adaptarse la contexto, totalmente artificial, no creo que el asunto, aunque puedo equivocarme, piente bien.
Un saludo.