martes, 18 de septiembre de 2012

HISTORIAS BREVES CASI OTOÑALES

Sus amigos y conocidos no pertenecían a la élite económica o política. Los números de la Lotería Primitiva parecían haberse aliado entre sí para evitar que los boletos que él sellaba tuvieran premio alguno. Ni su familia, ni la de su pareja, eran acaudaladas, más bien al contrario. Su trabajo, uno más entre una multitud de ellos, le permitía vivir sin estrecheces, pero poco más. Todo ello le conducía indefectiblemente a una rutina  que año tras año se repetía por las mismas fechas: el mismo día de incorporarse al trabajo, siempre después de las vacaciones, debía superar unos días de desánimo. Pensamientos como: "estoy perdiendo mi vida en este trabajo", "odio las rutinas"... ocupaban un espacio preferente en sus pensamientos durante ese tiempo. Sin embargo, no necesitaba medicamento alguno para hundir esa melancolía, o desánimo vital, de los primeros momentos en algún rincón de su interior, bastaban unas palabras, que cada año cambiaban para superar el trance: "Por lo menos tengo trabajo", "no me puedo quejar del trabajo", "al menos he disfrutado de unas espléndidas vacaciones"... Así llevaba, que el recordará, varias décadas de su vida.

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Había pertenecido al ejército durante décadas. Su rango de oficial así lo demostraba. Participó en diferentes guerras en nombre de la nación que ahora le aseguraba mensualmente una generosa pensión de jubilación. Pero cuando cometió aquel asesinato colectivo no pesaba sobre él ningún tipo de rencor por su situación o hacia su país; más bien todo lo contrario. Disparó una y otra vez durante aquellos frenéticos veinte minutos para intentar que aquellas personas, desconocidas para él, no viviesen el infierno que el había conocido como militar. No quería que nadie sufriese como aquellos seres humanos a los que había visto morir, en muchos casos mutilados hasta extremos insospechados, por culpa de una guerra de la que no sabían, ni querían saber, nada. Él unicamente quería evitar posibles sufrimientos futuros a aquellas personas a las que había quitado la vida.

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Llegaba su ocaso, lo sentía. Ya no se trataba del deterioro físico o la pérdida ocasional de memoria, había algo más. La mejor forma de expresarlo que encontraba era haciendo un simil con su antiguo reloj de pulsera: sentía que el encargado de dar cuerda a su vida había olvidado su función y notaba como todo se ralentizaba, antes  de pararse para siempre.
Sin embargo cuando esa pequeña le miró y dijo algo parecido a abuelo sintió como aquel pequeño ser humano, su nieta, había convertido en inútil la necesidad de relojes y relojeros. Toda su necesidad a partir de aquel momento giraba en torno a escuchar esa palabra, mal pronunciada, partiendo de aquellos pequeños labios.

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El asunto le parecía bastante divertido. En su fuero interno no podía ser más feliz. Habían detenido a aquel escritor, famoso gracias a una serie de novelas de carácter policial de gran éxito, acusándole del asesinato de aquella mujer que tanto espacio ocupó en los medios de comunicación. De hecho, él había participado en alguno de esos programas y había felicitado públicamente a las fuerzas policiales por la buena labor realizada.  Se sentía feliz por varios motivos, pero especialmente por dos: por demostrar a ese juntaletras panoli que la policía no siempre detiene al asesino y, en segundo lugar, por seguir en libertad tras cometer ese crimen.

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Hacía años que había abandonado el alcohol; aunque como todos los antiguos alcohólicos se seguía considerando uno de ellos. De hecho había conseguido rehacer su relación sentimental con su ex mujer tres años después de probar por última vez una bebida alcohólica y ahora todo había vuelto a ser como antes, un auténtico infierno en el que ardía día tras día por no atreverse a abandonar su nueva/vieja adicción: sufrir el desprecio y el maltrato continuo de su mujer.

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Lo comprendió de repente: todo consistía en hacer como que se hacía. No importaban los logros finales, la medida consistía en parecer estar ocupados en proyectos para los que en muchas ocasiones la gran mayoría de los participantes no estaban dotados ni capacitados.
Tras unos minutos de confusión ante lo que acaba de descubrir decidió no variar su esquema vital considerando que la única unidad de medida real debía ser mirarse por la mañana al espejo y no tener ganar de vomitar al ver frente a él a un ser despreciable y acomodaticio.



3 comentarios:

Carlos Galeon dijo...

Mi enhorabuena por estos relatos cortos, bien escritos, originales, y crítcos con la socidad en la que vivimos.
Saludos, y un abrazo.

Luis Fer dijo...

Muy buenos, Paco. Ya sabes que son los que más me gustan.

PACO dijo...

Hola a ambos.
Gracias Carlos por tu enhorabuena. Espero que esta vez la separación haya evitado confusiones.
Hola Fito. Sinceramente, tú sabes bien porqué, espero que los próximos comentarios me los mandes más allá de las tres de la tarde. Por cierto, me debes una canción ;-)
Un saludo.